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   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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« Este que veys aqui, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembaraçada, de alegres ojos y de nariz corba, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veynte años que fueron de oro, los vigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seys, y essos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los vnos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande, ni pequeño, la color uiua, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; este digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quixote de la Mancha, y del que hizo el Viage del Parnaso, a imitacion del de Cesar Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahi descarriadas y, quiza, sin el nombre de su dueño. Llamase comunmente Miguel de Ceruantes Saauedra. »

Cervantes. — Novelas exemplares. (Madrid, 1613).
— « Prólogo al lector. »

 

Retrato probable de Miguel de Cervantes, pro don Juan de Jáuregui.

Retrato probable de Miguel de Cervantes, por don Juan de Jáuregui.
(Colección del Marqués de Casa Torres.)

 

VIDA EJEMPLAR Y HEROICA

DE

MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA




Tomo I

 

PROEMIO  GENERAL

« deuiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y no nada apassionados, y  que ni el interes, ni el miedo, el rancor, ni la aficion no les hagan torcer del camino de la verdad. »

 (Quijote.—Parte 1, cap. IX.)

 

« La historia, la poesia y la pintura simbolizan entre si, y se parecen tanto, que, quando escriues historia, pintas, y quando pintas, compones. »

(Trabajos de Persiles Sigismunda.—Libro III, cap. XIV.)


LUIS ASTRANA MARÍN (Retrato por Manuel Benedito)
LUIS ASTRANA MARÍN (Retrato por Manuel Benedito)

-[I]-

PROEMIO GENERAL

 

«La verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir... »

(Quijote.—Parte I, cap. IX.)

 

Hemos de comenzar diciendo que la luz, en el conocimiento de la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, no ha ido haciéndose sino por lentas y muy espaciadas aportaciones de la investigación.

No tuvo a su muerte, contrariamente a Lope de Vega, elogios panegíricos, «famas póstumas», ni pomposas «exequias fúnebres» a la inmortalidad de su nombre, que recogieran en libros los más ilustres ingenios. Sólo dos epitafios, de don Francisco de Urbina y de Luis Francisco Calderón, jóvenes y modestos poetas, y unas frases calurosas del maestro José de Valdivieso. Nadie tampoco escribió su biografía. Empero no se infiera de ello que su figura estuviese ignorada. En uno de esos mismos epitafios se dice:
 

No tantas en su orilla arenas mueve glorioso el Tajo, cuantas hoy admira lenguas la suya... (1)

Ahora, aunque a todo lo largo del siglo XVII y durante el primer tercio del XVIII las obras cervantinas crecieron y divulgáronse prodigiosamente -[II]- en unas doscientas ediciones (1), y con ellas la gloria del autor, de su vida, sin embargo, sabíase muy poco, y esto poco casi en total por referencias de él mismo. Ni siquiera se conocía el lugar de su nacimiento, a pesar de que algún contemporáneo lo consignase con exactitud (2). Dijérase que su gran obra borraba su gran vida, no obstante que su vida nivelábase en grandeza con su obra. 

La primera biografía de Cervantes, así como la primera edición monumental del Quijote, surgieron de la admiración y munificencia de un prócer inglés, el barón Lord Carteret (3). Ya éste con anterioridad, en su -[III]- entusiasmo por Cervantes, había encargado a Harry Bridges, hacia 1720, la versión de algunas de las Novelas ejemplares, que se publicaron en Bristol el año 1728 (1). En la portada se dice claramente salir under the protection of Hís Excellency John, Lord Carteret, Lord Lieutenant of the -[IV]- Kingdom of Ireland. Pero el notable humanista y gran hombre de Estado quiso llevar más adelante su fervor cervantino; y advirtiendo no existir ninguna biografía de Cervantes ni ninguna edición monumental de su obra cumbre, se propuso subsanar, a sus expensas, tan sensible falta. Con ocasión de hallarse de embajador de España en Londres don Cristóbal Gregorio Portocarrero y Guzmán, quinto conde de Montijo, cuya esposa, doña Dominga Fernández de Córdoba y Guzmán, supo conquistarse alto lugar por sus dotes de fina inteligencia y cultura en la Corte de Jorge II de Inglaterra, Lord Carteret, a la sazón ministro de Estado, entró en relaciones con estos aristócratas. Se habló ampliamente de Cervantes en los salones de los condes de Montijo. Doliéronse todos de la carencia de noticias sobre el famoso Todo, Manco Sano y Regocijo de las Musas. Y el ilustre y cultísimo Lord decidió rendir un homenaje de admiración y respeto a la condesa embajadora, y con ella a España, haciendo imprimir y ofreciendo dedicarle la primera edición monumental del Quijote (1). Años después indagaba qué escritor de prestigio podía encargarse de redactar la primera biografía de Cervantes. Le fué indicado, quizá por los mismos condes de Montijo, aunque no consta de modo seguro, el nombre del gran polígrafo valenciano don Gregorio Mayáns y Siscar (1699-1781), aquel a quien Menéndez y Pelayo llamaba «el Néstor de las letras españolas en el siglo XVIII». 

Aceptado el encargo por el insigne hijo de Oliva, al comenzar a recoger materiales para su obra, iba muy avanzada, desde 1722, la gran edición londinense del Quijote, que constaría de cuatro gruesos volúmenes en 4,º con sesenta y ocho ilustraciones a toda plana, más un retrato del autor, láminas dibujadas por I. Vanderbank y G. Kent (la segunda lleva fecha de 1723) (2) y grabadas por G. Vander Gucht, G. Vertue, B. Baron y Claude du Boc. La impresión, que duró quince o dieciséis años, -[V]- publicóse el de 1738. Pero uno antes de salir, estaban listos ejemplares sueltos, desglosados del primer tomo, con la biografía de Cervantes, en 1737 (1), según la siguiente portada: Vida de Miguel / de / Cervantes Saavedra / Autor / Don Gregorio / Mayáns i Siscár. / Bibliothecario del Rei / Catholico. / (Doble filete) / En Londres: / Por J. y R. Tonson. / (Filete) / MDCCXXXVII.

Ocupa VI páginas preliminares, más 103 de texto, repartido en ciento ochenta y tres párrafos. En la dedicatoria «Al Ex.mo Señor Don Juan, Barón de Carteret, &c. &c. &c.», Mayáns dice (y dejamos en su sabor la -[VI]- caprichosa ortografía del original): «Ex.mo Señor,—Un tan insigne Escritor, como Miguél de Cervantes Saavedra, que supo honrar la memoria de tantos Españoles, i hacer immortales en la de los Hombres a los que nunca vivieron; no tenía hasta hoi, escrita en su lengua, Vida propia. Deseoso U. E. de que la huviesse, me mandó recoger las Noticias pertenecientes a los Hechos, i Escritos de tan gran Varón».

Mas no siendo entonces ni frecuente ni fácil la investigación en los archivos, el biógrafo se vió con documentación tan escasa, que, a veces, para llenar su cometido, tuvo que apelar a la conjetura y aun a la fantasía. Por ello, hombre discretísimo, no dió otro alcance a su trabajo que el de unos apuntamientos, como los llama: «Mi fin sólo ha sido (confiesa al terminar su obra) obedecer a quien debía el obsequio de recoger algunos apuntamientos para que otro los ordene y escriba con la felicidad de estilo que merece el sugeto de que tratan» (1).

Y en la referida dedicatoria, excusándose de la carencia de datos: «He procurado poner la diligencia a que me obligó tan honroso precepto: i he hallado que la materia que ofrecen las Acciones de Cervantes, es tan poca; i la de sus Escritos tan dilatada, que ha sido menester valerme de las hojas de éstos, para encubrir de alguna manera con tan rico i vistoso ropage, la pobreza i desnudez de aquella Persona dignisima de mejor Siglo: porque, aunque dicen que la Edad en que vivió, era de Oro; Yo sé que para él, i algunos otros benemeritos, fue de Hierro. Los Embidiosos de su Ingenio, i Eloquencia, le mormuraron, i satirizaron. Los Hombres de Escuela, incapaces de igualarle en la Invencion, i Arte, le desdeñaron, como a Escritor no Cientifico. Muchos Señores, que si hoi se nombran, es por él; desperdiciaron, su poder, i autoridad, en aduladores, i bufones, sin querer favorecer al mayor Ingenio de su tiempo. Los Escritores de aquella edad (aviendo sido tantos) o no hablaron dél, o le alabaron tan friamente, que su silencio, i sus mismas alabanzas, son indicios ciertos, o de su mucha embidia, o de su poco conocimiento».

Aquí se muestra algo severo, aunque justo, el buen Mayáns. Y lo mismo cuando dice en el párrafo 56 (modernizamos ya su ortografía): «Lo cierto es que Cervantes, mientras vivió, debió mucho a los extranjeros -[VII]- y muy poco a los españoles; aquéllos le alabaron y honraron sin tasa ni medida; éstos le despreciaron y aun le ajaron con sátiras privadas y públicas»: palabras que hallaban eco todavía, ochenta y dos años más tarde, en la cuarta edición del Quijote publicada por la Real Academia Española «Madrid, 1819), en cuyo prólogo se lee que la Corporación quería «desagraviar la memoria del ilustre Cervantes, poco honrada hasta entonces entre sus compatriotas».

Forzado Mayáns a extraer pormenores biográficos de algunas manifestaciones, mal compulsadas, de los escritos de Miguel, los errores se imponían. Así, por ejemplo, por entender a tuertas dos pasajes del Viaje del Parnaso (1), cree que «la patria de Cervantes fué Madrid» (§ 4). Y da la fecha de su nacimiento en 1549 (§ 8), llevado de aquella cita del prólogo de las Novelas ejemplares, publicadas en 1613 «Mi edad ya no está para burlarse de la otra vida; que al cincuenta y cinco de los años, gano por nueve más y por la mano». Pero Mayáns no columbra que el referido prólogo se escribió a fines de 1611 ó principios de 1612, cuando Miguel contaba aún sesenta y cuatro años. No importa que la dedicatoria al conde de Lemos vaya datada a 14 de Julio de 1613. Ya el privilegio real y las aprobaciones de fray Juan Bautista y del doctor Cetina tienen fecha de 1612. El libro se presentó a la censura hacia fines de Junio de este año, pues en 2 de Julio el mismo doctor Cetina lo remitía al mencionado fray Juan Bautista, de la Orden trinitaria. También Mayáns se hizo portavoz de una fábula que, aunque ya refutada por Máinez (2), corre en nuestros días. Según ella (§ 56), «estaba el rey don Felipe, tercero deste nombre, en un balcón de su palacio de Madrid, y, espaciando la vista, observó que un estudiante, junto al río Manzanares, leía un libro, y de cuando en cuando interrumpía la lección y se daba en la frente grandes palmadas, acompañadas de extraordinarios movimientos de placer y alegría; y dijo el rey: Aquel estudiante, o está fuera de sí, o lee la Historia de Don Quijote. Y luego se supo que la leía, porque los palaciegos suelen interesarse mucho en ganar las albricias de los aciertos de sus amos en lo que poco importa».

No consignó Mayáns de dónde tomó la anécdota; pero el biógrafo inmediato, don Vicente de los Ríos, se la atribuyó al licenciado Baltasar Porreño, en sus Dichos y hechos del señor Rey Don Felipe III, siendo -[VIII]- la verdad que el historiógrafo conquense no registra en tal obra, ni en otra alguna, semejante patraña.

Mayáns, en resumen, no aportó ningún documento nuevo a la vida de Cervantes. Incluso ignoró la Topographia de Haedo, que le hubiera proporcionado, amén de otras noticias, el conocimiento de su verdadera patria (1). Y fué el primero, por ende, en iniciar la leyenda de su encarcelamiento en la Mancha, escribiendo (§ 37), aunque lo refiere de oídas, que «fué allá con una comisión, y por ella le capitularon los del Toboso y dieron con él en una cárcel».

En cambio, la crítica que hace de las obras cervantinas es admirable para su tiempo. Y cuenta que no siempre las elogia. En La Galatea halla entretejidos tantos episodios, «que su multitud confunde la imaginación de los lectores» (§ 14). Tiene el Quijote por «una sátira, la más feliz que hasta hoy se ha escrito contra todo género de gentes» (§ 127). Censura sus pretensos anacronismos, descuidos, yerros y alusiones (§§ 95-126). Ahora, en cuanto al estilo, «es puro, natural, bien colocado, suave y tan emendado, que en poquísimos escritores españoles se hallará tan exacto; de suerte que es uno de los mejores textos de la lengua española» (§ 53). Ataca duramente al autor del falso Quijote, de quien «sólo se sabe que era un fraile» (§ 61), por su falta de ingenio y de gracia» que pide «un natural muy agudo y discreto, de que estaba muy ajeno el dicho aragonés» (§ 65). Respecto de las Novelas ejemplares, formula este justo encomio: «Son las mejores que se han escrito en España, así por la grandeza de su invención y honestidad de costumbres como por el arte con que se dispusieron y la propiedad y dulzura de estilo con que están escritas» (§ 165). Considera el Coloquio de los Perros como sátira incomparable, digna de medirse, por lo intencionada y bien hecha» con lo mejor que pudiera idear el cáustico ingenio de Luciano, y «una invectiva contra los abusos que hay en la profesión de varios ejercicios y empleos» (§ 161). Encuentra el Viaje del Parnaso «más ingenioso que agradable», aunque adiciona: «no por eso me atreveré a llamar a su autor mal poeta» (§ 167). Su opinión sobre las Comedias y el Persiles ofrece el interés de hallarse en oposición, por sus encarecimientos, con la crítica moderna. Para él las Comedias, «comparadas con otras más antiguas, son mucho mejores, exceptuando siempre la de Calisto y Melibea» (§ 175); y en lo tocante al Persiles, afirma que es obra «de mayor invención y artificio y de estilo más sublime que la de Don Quijote de la Mancha» (§ 182). Y en esto último se ve hoy asistido de algunos partidarios. No podía exígírsele más.

-[IX]-Tal es, a grandes líneas, la primigenia biografía de Cervantes trazada por el erudito valenciano, que obtuvo un éxito enorme (1) y en seguida comenzó a figurar al frente de las ediciones castellanas y de las traducciones de nuestro autor, e incluso a verterse suelta.

A continuación, con portada especial, datante de 1738, y paginación nueva, seguía el texto del Quijote, impreso también a expensas de Lord Carteret por los mismos tipógrafos londinenses J. y R. Tonson (2).

Lord Carteret levantaba así, a la vez, en lengua castellana, dos sublimes monumentos, a Cervantes y a su obra inmortal. A ésta, con una edición rica y espléndida, que correspondiera a su fama en el mundo; él, con una biografía que rompiese todas las obstrucciones del silencio y del olvido (3). Y llegó a más Lord Carteret. Quiso que a la biografía, puesta como proemio a esta edición ilustrada del Quijote, acompañase un retrato de Cervantes, aunque habían sido inútiles todas las diligencias para hallarlo.

La gran obra fué dedicada por el Lord «A la Excma. Señora Condessa de Montijo». En la dedicatoria, fechada en «Londres Março el 25, 1738», -[X]- le dice: «U. E. à sido universalmente admiráda en este país, durante el tiempo que residió aquí Embajadora, pues dio grande exemplo en esta Corte y país, honrando à su propia Corte y Nación tan bien como à esta. Dios guarde à U. E. &c». Conviene advertir que a la sazón ya la condesa había partido de Londres para España. desde el 10 de octubre de 1737, concluida hacía más de dos años la embajada de su esposo, nombrado en este último mes y año para la presidencia de Indias.

 

Escudo de armas de Lord Carteret.
Escudo de armas de Lord Carteret.

La biografía de Cervantes destinóse, pues, desde un principio a servir de preámbulo a la magna edición del Quijote. Y así se deduce de las siguientes palabras de Mayáns en la dedicatoria a Lord Carteret: «Salga, pues, nuevamente a la luz del Mundo el Gran Don Quijote de la Mancha, si hasta hoi Cavallero desgraciadamente aventurero, en adelante, por U. E., felizmente Venturoso». Y firma: «D. Greg. Mayáns i Siscár».

Dicha dedicatoria va acompañada del escudo heráldico del prócer y de un retrato de Cervantes, debido a Guillermo Kent, pintor, dibujante y arquitecto, muy afamado entonces, y grabado por Jorge Vertue. El retrato (202 x 147 mm.) es de media figura. Cervantes aparece sentado, apoyado el brazo izquierdo, cuya mano se ha mudado absurdamente, en la mesa en que escribe. Al fondo, una ventana, por la que se descubre un salón ojival de estilo inglés, y en él Don Quijote a caballo, seguido de Sancho y su rucio. Del quicio de la ventana penden un casco y una espada. Por debajo del cortinaje, que forma la parte izquierda del fondo, se advierte una estantería con libros.

En ciertas «Advertencias / de Don Juan Oldfield / Dotor en Medicina, sobre las Estampas desta Historia», se lee: «No aviendo hallado (por más -[XI]-

 

Dibujo de Kent, grabado por Vertue.(Vida de Miguel de Cervantes, Londres, J. y R. Tonson, 1737.)
Dibujo de Kent, grabado por Vertue.
(Vida de Miguel de Cervantes,
Londres, J. y R. Tonson, 1737.)

-[XII]-

solicitud que se aya puesto) Retrato alguno de Miguel de Cervantes Saavedra; ha parecido conveniente poner en el Frontispicio de la Historia de Don Quixote de la Mancha (principal obra suya, y la que hace su memoria mas durable) una Representación que figure, el gran designio que tuvo tan ingenioso autor». Pero después se pensó que con los datos que el propio Cervantes suministraba el Prólogo de sus Novelas ejemplares (base de casi todos los retratos existentes) podía dar se una imagen gráfica de su fisonomía (1). Y de ello se encargó Kent.

 Primer dibujo de Cervantes, anónimo.(Nouvelles, Amsterdam, Marc-Antoine, MDCCV.)
Primer dibujo de Cervantes, anónimo.

(Nouvelles, Amsterdam, Marc-Antoine, MDCCV.)

Kent, pues, atúvose a los detalles del referido prólogo; y así, al dibujar su figura, le puso, sin vanagloria, este epígrafe: Retrato de Cervantes De Saavedra / por el mismo; es decir, del mismo retrato hecho por su autor, interpretando las conocidas palabras suyas: «Éste que veis aquí, de rostro aguileño», etc.

Sin embargo, para trazar el que bien pudiéramos llamar primer retrato artificioso de Cervantes, Kent tuvo a la vista otro retrato anterior, primitivo esbozo o tentativa, dibujo y grabado de autor anónimo, salido a luz en la traducción francesa de las -[XIII]-

 

  Copia, a la inversa, del primer dibujo de Cervantes, anónimo, en que difieren el fondo y la posición de la figura.   Reproducción, con modificaciones, del primer dibujo anónimo de la edición de Amsterdam de 1705.
 

Copia, a la inversa, del primer dibujo de Cervantes, anónimo, en que difieren el fondo y la posición de la figura.

(Nouvelles, Amsterdam, Marc-Antoine, 1707.)

 

 

Reproducción, con modificaciones, del primer dibujo anónimo de la edición de Amsterdam de 1705.

(Nouvelles, Rouen-Paris, Chez Pierre Witte, MDCCXIII.)

Novelas ejemplares publicadas en Amsterdam en 1705 (1). Kent, desde luego, mejoró el dibujo de Amsterdam, que en ediciones posteriores se -[XIV]- modificó bastante (1). Ahora, también sufrió modificaciones, y aun mejoras, el retrato de Kent. Y el que más se divulgó no fué el de Londres, sino otro, grabado por Jacob Folkema y aparecido en la edición castellana de las Novelas ejemplares impresa en La Haya al año siguiente, o sea en 1739 (2).

Estos dos dibujos, de Kent y Folkema, especialmente el segundo, han sido el modelo a que, con más o menos transformaciones, se han ajustado los infinitos retratos en lienzos, estatuas, lápidas, medallas, estampas, etcétera, desde el primero conjeturado auténtico por la Real Academia española...

En resumen, Lord Carteret se anticipó a España en glorificar a Cervantes, dando al mundo, a sus expensas, la primera biografía del autor, la primera edición monumental del Quijote y el primer retrato convencional (por no hallarse el genuino) del insigne complutense.

A la biografía de Mayáns, muchas veces reimpresa y varias traducida (3), siguió, cuarenta y tres años más tarde, la de don Vicente de -[XV]- los Ríos (1), En este lapso de casi media centuria, se habían hallado algunos documentos que rectificaban o aclaraban diversos errores, conjeturas y puntos dudosos del primer biógrafo. Estos documentos eran: I. Partida de defunción de Cervantes (Prólogo de don Blas Nasarre en su reimpresión de las Comedias y Entremeses, Madrid, 1749, con error en el nombre del testamentario). II. Partida de bautismo de Miguel de Cervantes (Agustín de Montiano, en su Discurso sobre las tragedias españolas, Madrid, 1753, I, pág. 10) (2). III. Partida de rescate del cautiverio de Cervantes (José Miguel de Flores, en Aduana crítica..., Madrid, 1764. III, pág. 274). IV. Partida de casamiento de Cervantes (descubierta por Manuel Martínez de Pingarrón, extractada por Juan Antonio Pellicer, Ensayo de una Bibliotheca de traductores.., Madrid, 1778. pág. 305, y publicada por Ríos, Vida, pág. CLXXXVI) V. Nota referente a la escritura de dote otorgada por Cervantes a favor de su esposa (Pellicer, Ensayo..., pag. 156). VI. Carta de pago para el rescate de Cervantes (Pellicer, Ensayo..., pag. 195. Todos los documentos transcritos lo son sin rigor paleográfico y parcialmente. Conviene también advertir que Ríos y Pellicer trabajaban al mismo tiempo: y así, aunque las obras de ambos, en que se insertan estos documentos, ostenten distintas datas, como por los mismos caminos llegaron a igual fin, las investigaciones del uno en nada disminuyen las del otro (3).

La biografía de Ríos se imprimió póstuma, en la gran edición del Quijote que, para emular la de Lord Carteret de 1738 y las traducidas por Charles Jarvis (Londres, 1742) y T. Smollett (Londres. 1755), todas espléndidamente ilustradas, publicó la Real Academia Española en 1780 (4).  -[XVI]-

Dibujo y grabado de Folkema.
Dibujo y grabado de Folkema.
(Novelas exemplares,
Haya, J. Neaulme, 1739.)

También, a imitación de aquéllas, apareció con estampas, y hasta con el aludido retrato auténtico de Cervantes. Las láminas fueron dibujadas por Antonio e Isidro Carnicero, Joseph del Castillo, Joseph Brunete, Manuel Brandi, Bernardo Barranco, Miguel de la Cuesta, Pedro Arnal, Jerónimo Gil, Rafael Ximeno y Gregorio Perro; y grabadas por Fernando Selma, Mariano Brandi, Manuel Salvador y Carmona, Jerónimo A. Gil, Pedro Pasqual Moles, Simón Brieva, Joaquín Fabregat, Joaquín Ballester, Juan de la Cruz, Juan Minguet, Francisco Muntaner, Juan Palomino y Juan Barcelón. Demasiados artistas para 36 láminas y un mapa, los cuales, por otro lado, demostraron un desconocimiento absoluto de la novela. Sólo la parte tipográfica, como debida a Ibarra, fué realmente magnífica. En cuanto a la depuración del texto, la Academia cometió el error de tomar por modelo de segunda edición de Cuesta, de 1605, confundida con la príncipe.

El retrato auténtico de Cervantes (209 x 144 mm.), dibujado por J. del Castillo y grabado en cobre por M. Salvador y Carmona, sacóse de un cuadro al óleo regalado en 1773 a la Academia por el conde del Águila, quien lo adquirió de un traficante en pinturas, creyéndolo labor de Alonso del Arco (1625-1700). Como Castillo invirtiese la posición de la figura, quedó ésta semejante al dibujo de Kent de la edición londinense de 1738. Pero resulté que el lienzo de Alonso del Arco (pintura mediocre) era pintiparado al grabado hecho por Folkema para la edición de La Haya -[XVII]-

Falso retrato de Cervantes, atribuido a Alonso del Arco
Falso retrato de Cervantes, atribuido a Alonso del Arco,
primer auténtico de la Real Academia Española,
donado por el conde del Águila.

de 1739 (1). Esto produjo una gran contrariedad. La falsificación fluía incuestionable. Entonces la Academia, para confundir a los dudosos, sometió el reconocimiento de la obra «a los pintores de cámara de S. M. y directores de pintura de la Real Academia de San Fernando, don Antonio González y don Andrés de la Calleja, prácticos en el conocimiento de las pinturas antiguas». Y estos sapientísimos académicos, que conocían el dibujo de Kent, pero no el de Folkema, emitieron informe a la Española, atestiguando la vejez del lienzo, la ranciedad de los colores «y ser el estilo de las escuelas de Vicencio Carducho y Eugenio Caxés, que florecieron en tiempo de Felipe IV». De manera, que el cuadro del conde del Águila, para asombro del mundo, no era copia del dibujo de Londres (como que lo era del de La Haya), sino éste de aquél. Con lo cual, la de la Lengua decretó que «el convenir perfectamente dicha pintura con todas las señas que Cervantes da de sí mismo, producen una conjetura muy racional y fundada de que es copia de algun buen original hecho en vida de Cervantes y acaso del de Jáuregui o Pacheco», como si Pacheco le hubiera retratado. La Academia, así, al aceptar el informe de González y Calleja y reproducir aquella imagen al frente de la primera edición monumental que hacía del Quijote, aunque con las reservas de que debía de ser copia de un original perdido, declaraba y confirmaba una autenticidad sin justificación. Lo temerario de tal proceder se vió pronto, en la labor expansiva de semejante engendro, pues al seguirlo reproduciendo en sus ediciones de 1782 y de -[XVIII]-

Dibujo de José del Castillo, grabado por Manuel Salvador y Carmona. (Edición académica del Quijote, Madrid, Ibarra, 1780.)
Dibujo de José del Castillo, grabado por Manuel Salvador y Carmona.
(Edición académica del Quijote, Madrid, Ibarra, 1780.)


-[XIX]-1787 (1), hizo autorizarlo y divulgarlo en muchas de las obras de Cervantes impresas a fines del siglo XVIII y durante gran parte del XIX (2).

Al mencionado retrato, siguió en la edición académica la biografía de Ríos, con este epígrafe Vida de Miguel de Cervantes Saavedra y Análisis del Quixote. A continuación, un Plan cronológico del Quixote; y después. Pruebas y documentos que justifican la vida de Cervantes. Hemos dicho que Ríos, sobre las indicaciones de Mayáns, podía aprovecharse tanto de sus propias investigaciones como de las noticias publicadas por Pellicer en su Ensayo y por otros. Así, menciona ya a Alcalá de Henares como patria de nuestro autor, habla a grandes rasgos de su estancia en Roma, de sus acciones militares, de su cautiverio en Argel, intentos de fuga, redención, vuelta a España, publicación de La Galatea y casamiento en Esquivias. Pero recoge una serie de errores y leyendas que han perjudicado mucho (y siguen perjudicando) a. la biografía de Cervantes. Afirma gratuitamente que estuvo «de asiento en la Mancha a su vuelta de Sevilla», y que (variante de Mayáns), «de resultas de una comisión que tenía, le capitularon, maltrataron y pusieron en la cárcel los vecinos del lugar donde estaba comisionado». Y cita, no ahora a El Toboso, sino a Argamasilla de Alba, como pueblo en que le ocurrió el percance. Autorizaba, y recalcaba de este modo las groseras leyendas que todavía corren por el país manchego. Hácese eco también de que el duque de Béjar no quería admitir la dedicatoria del Quijote, a causa de «un religioso que gobernaba la casa del duque» y cree, en fin, aparte de otras fantasías, en la existencia de un folleto titulado Buscapié, escrito por Cervantes «para excitar la atención » del público sobre el Quijote.

Estas manchas empañaron lamentablemente su biografía (3). -[XX]-

El Análisis del Quijote (págs. XLIII-CLIII) es trabajo mejor, aunque no exento de defectos. Con buen estilo, tuvo arte para poner de relieve las grandes bellezas de la obra que examinaba. Yerra, ciertamente, ententar establecer un parangón entre ella y los poemas de Homero y Virgilio pero acierta al refutar algunos anacronismos señalados por Mayáns; porque, como escribe Cervantes en el Prólogo de la primera parte del Quijote, «ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología, ni le son de importancia las medidas geométricas». Y así, dice cuerdamente (§ 298) que «los autores de semejantes composiciones como Cervantes, tienen licencia de fingir con verosimilitud, y de crear e inventar cosas que ni existen, ni han existido, ni es creíble que existirán en adelante». Por ello es reprensible que incidiera en lo mismo que tan juiciosamente censuraba, trazando un inútil Plan cronológico del Quijote (págs. CLIII-CLXIV) y el Mapa de una porcion del Reyno de España, que comprehende los parages por donde anduvo Don Quijote, y los sitios de sus aventuras. Delineado por D. Tomás Lopez, Geografo de S. M., segun las observaciones hechas sobre el terreno por D. Joseph de Hermosilla, Capitan de ingenieros. Tal Mapa es un disparate de arriba abajo, fuera de que el texto del Quijote no da material suficiente para trazar el itinerario completo del héroe manchego. Con exclusión de algunas indicaciones precisas de Cervantes, toda cuanto se ha escrito sobre la ruta quijotesca es falso o mal adeliñado (1)

Ríos, en conclusión, si supo señalar en párrafos elegantes el mérito de la narración del Quijote y ofrecer algunos documentos que aclaraban o rectificaban ciertas afirmaciones e hipótesis de Mayáns, atiborró su biografía de leyendas y errores que pasaron a sucesivos biógrafos (2). -[XXI]-

Dibujo de D. J. Ferro, grabado por D. F. Selma, con error en la edad y fecha
Dibujo de D. J. Ferro, grabado por D. F. Selma,
con error en la edad y fecha de la muerte de Cervantes.

(Retratos de los Españoles Ilustres,
Madrid. 1791.)

-[XXII]- Y, entre ellos, el primero fué don Manuel Josef Quintana (1772-1857), quien trazó una Noticia de la Vida y de las Obras de Cervantes, aparecida en los preliminares de cierta edición ilustrada del Quijote, de 1797 (1), apunte aumentado del epítome que hubo de redactar en 1791 para los Retratos de los españoles ilustres. A ella acompañó el consabido retrato de Cervantes, copia del de la Academia, dibujado esta vez por J. López Enguidanos y grabado por su hermano Tomás. El trabajo de Quintana, como obra de juventud, es declamatorio y erróneo (admite también la leyenda del Buscapié). Empero no dejó de advertirlo el ilustre poeta, quien luego, al correr de los años, lo amplió, rectificó y refundió casi enteramente, formando con él una de las primorosas biografías sucintas que integran su colección de Vidas de españoles célebres, a la que aludiremos aun.

No merecen particular mención dos precedentes reseñas biográficas:  la de M. de Florian,  compendio libre de Ríos,  en su desdichado arreglo y  -[XXIII]- traducción de La Galatea (1), y la de don Antonio de Capmany, extracto de Ríos y Pellicer, en su Teatro histórico-crítico de la elocuencia española (Madrid, 1786-88, vol. IV), si bien diserta agudamente sobre el estilo del Quijote, señala su «grata y fluida armonia», registra muchas bellas expresiones y se deleita con sus modos de decir, «delicados, tiernos, sentidos y armoniosamente elegantes». Otro tanto podría agregarse del notable elogio de Cerdá y Rico (Madrid, 1781), en sus apéndices (III, pág. 227) a la Retórica de Gerardo J. Vosio, que apareció al tiempo de la gran edición londinense del Quijote comentada por el Reverendo don Juan Bowle (2), a cuyas manos fué a parar, a fines de 1778, el manuscrito del P. Sarmiento, Noticia de la verdadera patria de el Miguel de Cervantes estropeado en Lepanto, que se imprimió un siglo después (Barcelona, Verdaguer, 1898, en 4.º, 170 páginas y colofón).

Pero en el mismo año de 1797, aunque con menos limado estilo y enjundia estética que la de Ríos, salió a luz la notable Vida de nuestro autor -[XXIV]-

Dibujo de Rafael Ximeno, grabado por Pierre Duflos.
Dibujo de Rafael Ximeno, grabado por Pierre Duflos.
(Edición del Quijote, Madrid, Sancha, MDCCLXXXXVII.)

por don Juan Antonio Pellicer, al frente de su esmerada edición del Quijote (1), y reproducida después, suelta, en la separata de la reimpresión de 1798-1800 (2). Pellicer aprovechó las «Noticias literarias» de Cervantes insertas en 1778 al fin de su referido Ensayo de una biblioteca de traductores españoles, y otros documentos inéditos, ordenados bajo el rótulo de «Documentos que acreditan algunos sucesos descubiertos nuevamente de la Vida de Miguel de Cervantes Saavedra»., Éstos eran, en número de diez, los siguientes: partida de bautismo de Luisa, la hermana de Cervantes; carta de dote otorgada por éste a su esposa, un extracto del proceso de Valladolid con motivo de la muerte de Ezpeleta, encontrado pocos años antes en el archivo de la Cárcel de Corte; certificación de haber tomado el hábito de hermanos de la Orden Tercera de San Francisco Miguel de Cervantes, doña Catalina de Salazar y doña Andrea de Cervantes (también el licenciado Francisco Martínez y Lope de Vega), partidas de difuntos de doña Andrea de Cervantes, doña Constanza de Ovando, su hija, y doña -[XXV]- Catalina de Salazar (y asimismo Lope de Vega), y carta de pago de 300 ducados que doña Leonor de Cortinas y doña Andrea entregaron a los padres fray Juan Gil y fray Antón de la Bella para el rescate de Cervantes. El nuevo biógrafo rebuscó, pues, principalmente, en los archivos y parroquias. Tenía, desde luego, mucha más cultura y erudición que Ríos y una especial psicología y penetración histórica, que le llevaron a adivinar algunos pormenores y hechos cervantinos comprobados después por la investigación.

 Busto del grabado de Juan Moreno de Tejada.
Busto del grabado de Juan Moreno de Tejada.
(Vida de Miguel de Cervantes, por Pellicer. Madrid, 1800.)

Rechazó ya, entre otras, la patraña del Buscapié, identificó la casa en que murió Cervantes e hizo entrar la biografía del autor del Persiles en el terreno científico. Lástima que acogiera todavía algunas leyendas y falsedades, como sus incidentes en la Mancha, su prisión en Argamasilla de Alba y que «estando en ella escribió la Historia del Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha», etc. Estudió serena y desapasionadamente la causa de Ezpeleta; y, no obstante, por escrúpulos infundados, ocultó lo más sensacional del proceso; confundió a don Luis de Garibay con una inexistente doña Luisa de Garibay, soltera, y aventuró que la madre de Cervantes había contraído segundas nupcias con un N. Sotomayor, sin otros yerros. Empedró, en fin, su obra de digresiones y prolijidades excesivas y cometió el gran desliz de creer el Quijote una imitación del Asno de Oro de Apuleyo. Sin embargo, merece toda estimación el Indice de las cosas más notables contenidas en el Discurso preliminar, en la Vida del autor y en las notas distribuidas por toda la obra, con que cierra las últimas páginas del volumen quinto.  

-[XXVI]- Lleva la biografía (edición de 1800) otro retrato de Cervantes, copia, como los anteriores, del de la Academia, pero con grandes mejoras, grabado finamente por Juan Moreno de Tejada, y, además de muchas láminas y viñetas, dos mapas, bien trazados, referentes a la cueva de Montesinos y a las lagunas de Ruidera.

Dibujo y grabado de B. Lane. 
Dibujo y grabado de B. Lane.
(Versión inglesa del Quijote, Londres, W. Lewis, 1809.)

El estudio final contiene una Descripción geográfico-histórica de los viages de Don Quixote de la Mancha, seguida de una Carta geografica de los viages de Don Quixote y sitios de sus aventuras, delineada, a tenor de las indicaciones del propio Pellicer, por M. A. Rodríguez. Fué incidir en el mismo error que Ríos. La Carta es tan disparatada como el Mapa de López y de Hermosilla. No obstante, el biógrafo se adelántó a todos en recorrer y estudiar a fondo la tierra manchega, sobre la que discurre a menudo atinadamente.

La biografía de Pellicer, en resolución, a pesar de sus muchos defectos, marcaba un avance considerable en los conocimientos cervantinos al concluir el siglo XVIII.

Con la entrada del XIX, disminuyeron en España los trabajos acerca de Cervantes. La invasión francesa, que siguió pronto, redujo considerablemente la actividad literaria. Por ende, muchas obras artísticas, monumentos, bibliotecas, archivos, fueron destruidos o saqueados por las tropas de Napoleón. Perdiéronse, así, infinitos papeles de capital importancia para nuestra historia.

Sosegados los ánimos tras la derrota y expulsión de los intrusos, apareció, precisamente en París, la primera medalla con el busto de Cervantes («Serie Numismática Universal de varones ilustres»), editada por Durand, en 1818 (1).

-[XXVII]- Ya don Martín Fernández de Navarrete recogía noticias, desde 1804, para componer su de todo punto extraordinaria y admirable biografía del gran genio. Siguiendo en el estilo el método de Ríos y en la investigación el de Pellicer, se propuso, y lo consiguió, forjar una obra documental con el auxilio principalmente de los archivos, fuente verdadera científica y entonces casi inexplorada. Y así, pudo lisonjearse «de haber dado tanta luz y novedad a los sucesos de Cervantes, que parece la vida de otro sujeto diferente si se compara con las anteriormente publicadas». Sobre sus investigaciones propias, apeló a la erudición y cultura de los archiveros, bibliotecarios, académicos y demás personas de relieve intelectual en España, solicitando de ellos documentos, inquiriendo datos y sometiéndoles cuestiones e interrogatorios.

 Medalla grabada por Gairard.
Medalla grabada por Gairard.
(Series numismatica universalis virorum illustrium, París, Durand, 1818.)

Véase cómo explica el resultado feliz (aunque no siempre lo fuera) de sus afanes: «El Ilmo. Sr. D. Manuel de Lardizábal (escribe), secretario de la Academia Española, que residía en Alcalá de Henares, registró por sí mismo y por otros amigos suyos los libros parroquiales, los del Ayuntamiento y los de la Universidad, y examinó cuantas memorias podían existir allí de Cervantes y de su familia (1). El teniente de navío D. Juan Sans de -[XXVIII]- Barutell, individuo de la Academia de la Historia, que se hallaba reconociendo por orden del Rey el Archivo General de Simancas, encontró en él varios documentos que dieron nuevas luces sobre los destinos de nuestro escritor en las campañas de Italia, de Levante y de Africa, y sobre la embajada del cardenal Aquaviva (1). El Sr. D. Tomás González, canónigo de Plasencia y catedrático que fué de Retórica en la Universidad de Salamanca, con la proporción de haber sido comisionado después por S. M. para el arreglo del mismo Archivo, no sólo acrecentó y comprobó estas noticias, sino que descubrió algunas desconocidas hasta ahora, concernientes a las comisiones que tuvo Cervantes en Andalucía desde 1588, y otras relativas a diversos parientes suyos; las cuales nos ha remitido por medio del Ministerio de Estado con aquella franqueza propia de los literatos que se interesan en la historia de los hombres célebres que han honrado a su patria (2). El Sr. D. Juan Agustín Ceán Bermúdez, de la Academia de la Historia, encargado entonces por S. M. del arreglo del Archivo General de Indias en Sevilla, practicó por si y por medio de otros literatos exquisitas diligencias en aquel Archivo, en el de la Catedral, en el de la Audiencia, y entre los papeles de varios curiosos; y aunque infructuosas por el espacio de tres años, obtuvo al fin el premio de la perseverancia, hallando el día 12 de Enero de 1808 en el Archivo de Indias un expediente que contenía varios documentos originales respectivos a Cervantes, los cuales, confirmando y ampliando algunos hechos ya conocidos, y descubriendo otros enteramente nuevos, dieron ideas más cabales y extensas sobre los servicios -[XXIX]- y empresas de aquel hombre memorable, y sobre la elevación y dignidad de las prendas de su ánimo. El Sr. D. Antonio Sánchez Liaño, presbítero de la Orden de San Juan, que había sido cura párroco diez y nueve años en Argamasilla y tres en Alcázar de San Juan, nos comunico cuantas noticias pudo recoger en aquel país pertenecientes al autor del Quijote, ya en algunos documentos que logró ver, ya en las tradiciones cuyo origen y fundamento procuró examinar (1). El Excmo. Sr. D. Juan Pérez Villamil, consejero de Estado y director que fué de la Academia de la Historia, nos facilitó cuanto constaba en la Congregación de la calle del Olivar y otros apuntes curiosos para ilustración de nuestra obra. Igual obligación debemos al Sr. D. Juan Crisóstomo Ramírez Alamanzón, bibliotecario mayor que fué de S. M., por lo respectivo a varios puntos de crítica y de historia literaria; y finalmente otros sujetos, que tendremos ocasión de nombrar, nos han auxiliado con sumo celo y eficacia, practicando diligencias o dándonos avisos, que si no han tenido siempre un resultado feliz, han contribuido a lo menos alguna vez a desvanecer tradiciones o conjeturas admitidas hasta aquí con sobrada ligereza.»

La nueva biografía apareció en 1819, formando parte, como tomo de los cuatro que integran El Ingenioso Hidalgo D. Quijote de Mancha, «Cuarta edición corregida por la Real Academia Española», en cuyo Prólogo se anuncia diciendo «que ahora se publica». Pero su gran difusión hízose en tirada aparte (2).

Del concienzudo trabajo de Fernández de Navarrete, magnífico a la par por su fina y cuidada prosa, bastará con decir que, a pesar de haber -[XXX]- transcurrido bastante más de una centuria desde su publicación, todavía se consulta con fruto, por la innumerabilidad de documentos que contiene, no sólo referentes a Cervantes y su familia, sino también a otras personas enlazadas con hechos atinentes a él. Los primeros suben en conjunto al número de treinta y siete, treinta y uno de los cuales se hallan exclusivamente relacionados con nuestro autor (1). Fué, pues, la primera biografía -[XXXI]- extensa asentada sobre rigurosas bases científicas, que no tuvo después superación en este punto concreto.

El defecto de ella es que Fernández de Navarrete, escritor admirable por otro lado, carecía de talento constructivo. No acertaba a distribuir bien las partes de un libro docto, darles la debida proporción y armonía, arrancar para la narración lo importante de los documentos y extraer de ellos todo su relieve, a fin de infundir a los hechos el máximo vigor y belleza. Su biografía, consecuentemente, está mal compuesta, como está la de Máinez, de que luego hablaremos: obras no de verdaderos literatos y artistas profesionales, sino de muy ilustres aficionados. A la vista de tanta documentación, uno y otro hiciéronse, como vulgarmente se dice, un lío, sin atinar a disponerla ni a que rindiese en su lugar el debido provecho. Relegan lo mas sobresaliente de la misma a ilustraciones, apéndices, notas y autoridades, fuera de los capítulos, caos que desorienta, confunde y fatiga al lector. A menudo dichas ilustraciones, colocadas al fin, ofrecen más interés que la narración principal. Así, la Vida de Fernández de Navarrete, volumen respetable de 644 páginas, sobre parca en examen crítico, termina propiamente el relato en la 199; las ilustraciones, documentos y citas, en medio de los cuales intercala bibliografía, llenan desde la página 200 a la 539; después coloca las notas de la parte primera, y, por último, las notas y autoridades de la parte segunda. Y si bien el índice de las principales materias no deja nada que desear, la obra en total resulta informe y desordenada. Por ello, casi nunca se ha reimpreso íntegra, sino sólo sus 199 primeras paginas.

En las ilustraciones recogió catorce poesías de Cervantes, una de ellas, -[XXXII]- a mi juicio, apócrifa, procedente de cierto manuscrito de 1631; y las demás, genuinas, impresas por aquél en libros de autores contemporáneos (1).

Hoy, a la luz de la investigación moderna, pueden señalarse muchos yerros en la obra de Fernández de Navarrete. Los más admiten excusa: son esclarecimientos posteriores; pero no pocos dimanan de su fantasía y de acoger equivocaciones precedentes sin someterlas a análisis. Conviene enumerarlos, por haber nutrido las biografías subsiguientes y considerarse en buena parte como ciertos. En primer lugar es falso todo cuanto asienta referente a la genealogía de Cervantes. Cree (pág. 10) que estudió primeras letras en Alcalá, habla de haber compuesto (pág. 12) «una especie de poema pastoral» titulado Filena, y llama al duque de Sessa (pág. 32) don Carlos de Aragón: todo ello erróneo. Afirma respecto de la Mancha (páginas 96-97): «no puede dudarse que vivió en ella mucho tiempo, especialmente en Argamasilla [de Alba], que hizo patria de su Ingenioso hidalgo». -[XXXIII]- Nada más disparatado. Sostiene (pág. 195) que dejó por albacea a su mujer y «al licenciado Francisco Núñez», confundiéndolo con Francisco Martínez, y que las monjas trinitarias se habían fundado en 1612 en la calle del Humilladero. También se equivoca (ibidem) al suponer que Cervantes y Shakespear (sic) murieron el mismo día. Yerra asimismo en mantener (ibidem) que las citadas religiosas se establecieron en 1633 «en el nuevo convento de la calle de Cantarranas», y que trasladaron allí los restos enterrados en la iglesia de su primitiva residencia, y, por tanto, los de Cervantes. Es autor de la presunción gratuita (págs. 14 y 15) de que éste fué admitido en la comitiva de monseñor Aquaviva y marchó con él a Roma. Se engaña al escribir (pág. 92) que hay sobrados fundamentos para creer que trató familiarmente a Francisco Pacheco, concurrió a su academia y éste pintó su retrato. Aventuró la tesis incierta de haber estudiado dos años en Salamanca (pág. 271) e hizo monja en las trinitarias descalzas (pág. 254) a su hija Isabel. Consignó igualmente, atenido a un documento equivocado (pág. 255), que el cura Francisco de Palacios vivía en Madrid en la misma casa que su hermana doña Catalina la mujer de Cervantes. Tuvo por seguro que en La Galatea (pág. 255) retrató éste a su esposa. Niega, contra lo ya probado por Pellicer (pág. 249), que doña Magdalena de Sotomayor fuese hermana de Cervantes, consideró a éste el último de los hijos de su padre Rodrigo (pág. 253) y estableció la leyenda (pág. 254) de que la hija de Cervantes lo era de «alguna dama portuguesa». Se equivoca en varios años al fijar la data del fallecimiento del referido padre de Cervantes (pág. 248), a pesar de haber tenido en sus manos la partida de defunción, por tomar a la letra una declaración de su esposa, que se fingió viuda para mover a los poderes públicos a la entrega de adjutorios destinados al rescate de Miguel. Rebate sin razón (págs. 10 y 256-257) lo certeramente sugerido por Nicolás Antonio, de que Cervantes oyó de joven representar a Lope de Rueda en Sevilla, creyendo que donde le escuchó fué en Segovia. Habla de un hermano mayor de Cervantes llamado Rodrigo (pág. 250), bautizado con el nombre de Andrés, y yerra, con Herrera y Cabrera de Córdoba (pág. 257 y 567), en establecer la Corte en Madrid el año 1560. Da a Pedro Lainez por estante en Valladolid en 1605, habiendo muerto veintiún años atrás (pág. 110). Otro error grande consiste en aseverar (pág. 111) que existe conformidad en el estilo y en la expresión entre la novela del Cautivo, incrustada en el Quijote, y la Topographia de Haedo, y que sus autores se buscaron para tratarse y confrontar sus respectivas obras. Atribuye sin fundamento a Góngora (páginas 110-470) la poesía «Hermano Lope, bórrame el soné-», aunque tiene por auténtico (páginas 113-4) el soneto «Parió la Reina, el luterano vino», e insinúa torpemente (pág. 115) que hubo «algunos indicios de que las heridas y muerte de D. Gaspar [de Ezpeleta] habían provenido por competencia de obsequios y galanterías, dirigidas bien a la hija o a la sobrina de Cervantes». En fin, -[XXXIV]- dice que ésta y su madre doña Andrea (pág. 119) le siguieron a Sevilla, y considera «muy probable» (pág. 131) que cuando estuvo en España Gaspar Barthio le conociese el gran alcalaíno y de él forjara El licenciado Vidriera. Respecto de «Avellaneda» muéstrase prudente y cauto, No da ningún nombre. Sólo apunta que el autor del falso Quijote (pág. 150) sería protegido del confesor del Rey, fray Luis de Aliaga, y que lo más seguro es que era aragonés y no de Tordesillas, no sólo porque así lo declara Cervantes repetidas veces, sino «porque lo acredita y hace manifiesto de un modo indudable su lenguaje y estilo».

La nueva biografía, por otro lado inmejorable como semblanza moral de Miguel (1), anuló a las precedentes y no fué superada ni aún igualada, en el orden documental, por las posteriores, a pesar de que algunas contaron con datos inéditos, producto de la investigación ajena. Porque en adelante las conquistas que irán esclareciendo los contornos obscuros de la vida del autor, se deberán a los investigadores, y no a los biógrafos; a la crítica docta y no, a los narradores ocasionales, adversarios de la erudición y los archivos. Con la Vida de Fernández de Navarrete, las letras españolas, excluidos los lunares marcados, tuvieron una importante y magnífica biografía, punto precioso e ineludible de arranque para futuros y más completos trabajos biográficos.

A partir de ella, conocido ya más a fondo el autor del Quijote, en toda nuestra literatura y en los medios intelectuales se engendra un fervor por -[XXXV]- Cervantes que va creciendo prodigiosamente y adquiere su máximo esplendor desde mediados a fines del siglo XIX. Es la época que pudiéramos denominar de cervantismo agudo, en que todo el mundo cervantiza y hasta cervantomanea; difúndense a millares los estudios cervantescos, se redoblan los escritos tratando algún tema especial, emergen las interpretaciones fantásticas del Quijote, las claves, los sentidos ocultos, los simbolismos y esoterismos; aparecen explicadas las reconditeces gramaticales, lexicográficas e históricas del texto; comienzan a hacer maravillas con él los escoliastas del orden psicológico... Escaso acuerdo, mucho ruido y pocas nueces, en verdad. Pero el fervor cervantino (con tal cual folleto cervantófobo por excepción) no disminuye. Se idolatra, más que se admira, a Cervantes; se multiplican las ediciones de sus obras, se le traduce a las principales lenguas, se le erigen estatuas y monumentos; las escenas quijotiles pasan al oro, a la plata, al bronce, al hierro, al mármol, al barro, al alabastro, a los tapices, a la seda policromada de los abanicos; y, con ellas, la imagen fingida de los retratos del autor prodigase en toda clase de formas y procedimientos; por el dibujo, por el grabado, por la litografía, por el troquel; en cueros repujados, en pergaminos, en corchos, en porcelanas, en sortijas y piedras preciosas, en vidrios y azulejos; en los objetos más corrientes, en las marcas y marbetes más diversos, en los billetes bancarios, hasta en las hojas de papel de fumar, hasta en las aleluyas, hasta en los cartones de las cajas de fósforos. Hay Crónica de los cervantistas, revistas literarias con el nombre de Cervantes, periódicos con el de Don Quijote, Los Quijotes, y aun Sancho Panza. ¡Qué lejanos los tiempos de Lord Carteret! España se ha dado ya cuenta de que Cervantes es uno de los mayores genios de la Humanidad, y le elogia sin medida.

Mientras esto va aconteciendo, la investigación no cesa, y las biografías y semblanzas, que la siguen, se suceden. Las inmediatamente posteriores, ya extensas, ya sucintas, no ofrecen nada nuevo. Ni las de De Launay (1), L. Simon Auger (2) (elogiosa para España); don Diego -[XXXVI]- Clemencín (1), comentarista muy discutido, si bien doctísimo autor del primer análisis detallado del texto del Quijote; don José Mor de Fuentes (2), Thomas Roscoe (3), Louis Viardot (4), William H.  -[XXXVII]- Prescott (1), don José de la Revilla (2), Giovacchino Mugnoz (3) y otros (4) aducen ningún esclarecimiento, aunque algunas, como la de Prescott y especialmente las de Auger y Roscoe, sean excelentísimas por sus observaciones y la crítica de las obras cervánticas.

A esto, continuaban prodigándose los retratos del autor, por lo común en las ediciones de sus obras, todos más o menos inspirados en el de la Academia. A los mencionados anteriormente, siguieron otros muchos, citados en las iconografías, como los de B. Lane 1808) y Ad. Lalauze (1879), muy extendidos en Inglaterra, que aquí no lograron arrumbar el dibujado por D. J. Ferro en 1791 para la lujosa colección de Retratos de los españoles ilustres, con un epitome de sus vidas; el de Choquet, el de Deveria, etcétera. Nada menos que unos ciento cuarenta artistas, entre pintores, escultores, dibujantes y grabadores, y se queda corto, registra el Sr. Givanel Mas en su Catálogo iconográfico de Los retratos de Cervantes, ya aludido. Pero esto fué al correr de los tiempos. -[XXXVIII]-

Poco a poco, a la vez, van surgiendo los homenajes. Ya desde los días del Príncipe de la Paz, a quien Pellicer había dedicado su edición del Quijote en 1797, echábase de menos que Cervantes no tuviese en Madrid un monumento digno de su fama. El pensamiento, que bullía en todos los amantes de las buenas letras, hubiera sido llevado a efecto por Godoy, sí los acontecimientos políticos, con sus propias vicisitudes, no lo estorbaran. Sobrevenida luego la invasión francesa y entronizado el usurpador José Bonaparte, algún afrancesado de su camarilla, con ánimo de congraciarle con el pueblo y exhibirle como entusiasta exaltador de las glorias nacionales, apoderóse de aquella idea, incapaz de brotar de la mente del hermano de Napoleón, y se la brindó al intruso. Efectivamente, en el Prontuario de las Leyes y Decretos del Rey José Napoleón (Madrid, Imprenta Real, 1810, vol. II) se manda, con fecha 21 de Junio de aquel año (entre otros decretos sobre traslación de sepulcros, lápidas y bustos de hombres célebres desde los templos, monasterios y conventos donde se hallasen a las catedrales de las respectivas diócesis), erigir un monumento público a Miguel de Cervantes Saavedra en el sitio que ocupaba la casa en que murió. Quedó el proyecto para siempre en olvido. Pero el duque de San Fernando, entusiasta cervantista, hablando en Roma el año 1825 con el escultor catalán don Antonio Solá, le significó su deseo de que hiciese la estatua del maravilloso complutense; y cuando después, al venir Solá a Madrid a entregar su grupo escultórico de Daoiz y Velarde se alojó en el palacio del duque, éste le reiteró el mismo anhelo y lo empeñado que estaba en que no volviese a Roma sin llevar el encargo de acometer aquélla. Hubiera sido de desear que, a la vez, se hubiese realizado el proyecto de consagrar la casa en que murió Cervantes a monumento nacional, como hizo después Inglaterra, en 1868, con «New-Place», o morada donde falleció Shakespeare.

Porque, a esto, la casa (perfectamente identificada por Pellicer) estaba ya demoliéndose, para su reedificación. Un clamor de sentimiento se alzó en todos los corazones. Era a mediados de Abril de 1833. Don Ramón de Mesonero Romanos (El Curioso Parlante) publicó el día 23, con motivo de la fecha del aniversario, un bello artículo en La Revista Española, intitulado La casa de Cervantes. Renovaba el sentir general y dolíase de que ningún monumento se alzara en memoria del creador del Quijote; antes, su último albergue veníase abajo. Es de advertir, empero, que apenas se prestaban aquellos días a conmemoraciones literarias, dividido a la sazón el país en absolutistas y liberales, hirviente de intrigas palaciegas y cargado el horizonte de presagios funestos.

El propio Sr. Mesonero Romanos escribía posteriormente que habiendo caído su artículo en manos de Fernando VII, le afectó de tal manera, que en la misma noche del 23 de Abril llamó al ilustrado y espléndido comisario -[XXXIX]- de Cruzada don Manuel Fernández Varela (1), ordenándole que por todos los medios posibles acudiese a evitar aquel derribo y procurase conservar la veneranda mansión del Príncipe de los ingenios españoles. En seguida el Sr. Fernández Varela comenzó a realizar las oportunas gestiones; pero, desgraciadamente, no dieron el resultado apetecido, por haberse opuesto el dueño de la finca a su enajenación. Oigamos al autor de Escenas matritenses las peregrinas circunstancias que concurrieron: «El señor Varela, en efecto, poniéndose de acuerdo con el ministro de Fomento y con el corregidor de Madrid, hizo que éste llamase al dueño de la casa en cuestión (que era, si mal no recordamos, un honrado almacenista de carbón, llamado Don N. [Luis] Franco), el cual se negó resueltamente a la cesiór. que le propusieron de dicha casa al Estado, porque convenía a sus intereses reconstruirla de planta, y porque (según repetía con mucha gracia el corregidor Barrafón) también él tenía mucho gusto en poseerla, porque sabía «que en ella había vivido el famoso Don Quijote de la Mancha, de quien era muy apasionado» (2).

Pero si por una parte quiso el monarca que se respetase la propiedad particular, dispuso por otra, en real orden de 4 de Mayo inmediato, refrendada por el conde de Ofalia, ministro de Fomento, lo siguiente: «Real orden.—Ministro de Fomento General del Reino.—Cuando llegó a noticia del Rey nuestro señor que se estaba demoliendo, por hallarse ruinosa, la casa número 20 de la calle de Francos de esta corte, en que tuvo su modesta habitación el célebre Miguel de Cervantes Saavedra, que tanto honor y lustre ha dado a su patria, se sirvió S. M. prevenirme que, por medio de V. S., se hicieran proposiciones al dueño de ella para que, adquiriéndola el Gobierno, se reedificase y destinase a algún establecimiento literario. Pero habiendo manifestado V. S. que aquél tenía repugnancia a enajenarla, y queriendo S. M. por una parte, que sea respetada la propiedad particular y por otra que quede al menos en dicha casa (3), O a la -[XL]- vista del público, un recuerdo permanente de haber sido morada de aquel gran hombre, ha tenido por conveniente resolver que, en la fachada de la referida casa, y en el paraje que parezca mas a propósito, se coloque el busto de Miguel de Cervantes, de que está encargado D. Estéban de Agreda, director de la Real Academia de San Fernando, con una lápida de mármol y la correspondiente inscripción en letras de bronce. El comisario general de Cruzada, viceprotector de la misma Academia, D. Manuel Fernández -[XLI]- Varela, animado de su celo por el fomento de las artes y por las glorias de su patria, se ha apresurado a proponer a S. M. que, de los fondos que se hallan bajo su dirección, y de la parte de ellos que está destinada a auxiliar a los artistas, se haga el gasto necesario para llevar a efecto este pensamiento; lo que S. M. se ha dignado aprobar. Y de Real Orden lo comunico a V. S. para que tenga su debido cumplimiento, poniéndose V. S. de acuerdo con el expresado comisario general viceprotector de la Academia, a quien lo traslado con esta fecha, y con el dueño de la casa, que ha dado para ello su consentimiento. Dios guarde a V. S. muchos años. Madrid, 4 de Mayo de 1833. Sr. D. Domingo María Barrafón, corregidor de esta villa.»

No tuvo la suerte Fernando VII de ver cumplidos sus deseos, por haber fallecido cuatro meses después, el 29 de Septiembre.

Reedificada la finca, en 13 de Junio de 1834, un mes antes que la epidemia de cólera morbo asolara Madrid, se colocó sobre la puerta principal de la casa un medallón con el busto de Cervantes, adornado de trofeos y esculpido en mármol de Carrara, y debajo, una lápida de mármol de Granada con la siguiente inscripción en letras de bronce: «AQUI VIVIO Y MURIO / MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA / CUYO INGENIO ADMIRA EL MUNDO / FALLECIO EN MDCXVI».

Medallón en mármol de Carrara sobre la puerta de la casa en que murió Cervantes
Medallón en mármol de Carrara sobre la puerta
de la casa en que murió Cervantes.

La colocación fué, y sigue siendo, errónea. Porque la casa en que expiró, ya reconstruida y reformada varias veces durante los siglos XVII y XVIII, tenía la entrada por la calle de León y no por la de Francos, donde ahora se abrió la puerta principal. Asimismo, al año siguiente, 1835, cometióse otro yerro, denominando a ésta última Calle de Cervantes. La que debiera llevar su nombre es la de León: a ella correspondía la casa. Y pues en la calle de Francos murió Lope de Vega, a éste merecía estar -[XLII]- consagrada, en vez de a Cervantes. Pero (injerencias del descuido) a la próxima de Cantarranas es a la que se rotuló de Lope de Vega, calle, justamente, donde radica el convento en que yacen las cenizas de Miguel y su esposa.

Estos yerros, sin subsanar todavía, debieran corregirse por el Ayuntamiento de Madrid (1). Aquellas calles, con todo, barrio de las Musas, centro de escritores y artistas en la centuria dorada, pertenecen igualmente en espíritu al Manco y al Fénix. Junto a la puerta de Miguel estaba el Mentidero de representantes, y Miguel mismo había morado, poco tiempo atrás, en la calle de las Huertas y en la de la Magdalena. Y aun en la propia de León, casa distinta y número 3 actual, en 1610. Respecto del Fénix, solía decir misa en la de Cantarranas, en las Trinitarias, convento donde profesó su hija Marcela. Y no lejos de allí vivía el imán de su corazón, doña Marta de Nevares Santoyo, en la del Infante. ¡Ironías y caprichos del destino! ¡Quién le dijera a Lope de Vega, cuando su gloria alcanzaba la categoría de un mito, que su calle ostentaría con el tiempo el nombre de su rival!

Inaugurado, pues, el medallón, reinante ya, bajo la regencia de María Cristina, Isabel II como sucesora de la Corona (2), faltaba erigir la estatua. El Rey, poco antes de morir, mandó a don Antonio Solá que la modelase. En opinión de don Javier de Losada (3), «testigo ocular de cuanto se trató y pasó», fué el duque de San Fernando quien intentó «pedir permiso a S. M. para abrir una suscripción entre la Grandeza que llenase aquel -[XLIII]- objeto, y se presentó al efecto al Sr. D. Fernando VII, contestándole S. M. que él mismo la mandaría hacer a su nombre», y que «entonces se pasaron las órdenes para que de los fondos de Cruzada le fueran facilitados al Sr. Solá los que hubiese menester para la ejecución de la obra». Tira con esto el Sr. Losada a empequeñecer la participación del referido comisario don Manuel Fernández Varela; pero resalta patente que del tesoro real no salió un cuarto para honrar a Cervantes, sino de los fondos de Cruzada, inmensos a la sazón y espléndidamente manejados por don Manuel, a quien, según Pérez Galdós, debe llamarse «El Magnífico», por haberlo sido en todas sus acciones, por su corazón generoso y por su amor a las artes y a las letras.

 Estatua de Cervantes de Antonio Solá, dibujada por Federico de Madrazo.
Estatua de Cervantes de Antonio Solá,
dibujada por Federico de Madrazo.
(El Artista, Madrid, 1835.)

Antes de erigirse el monumento, fallecía dicho señor y encendíase en España la espantosa guerra civil entre isabelinos y carlistas. Don Federico de Madrazo publicaba en El Artista (vol. I, pág. 205) una hermosa litografía con el título de «La estatua de Miguel de Cervantes Saavedra» (1). Terminada ésta por Solá en Roma y fundida en bronce por los alemanes Luis Jollage y Guillermo N. Hospgarten, se colocó en Julio de 1835 en la plazuela matritense de Santa Catalina, hoy de las Cortes. El pedestal, trabajo del arquitecto don Isidro Velázquez, lleva la siguiente inscripción latina: MICHAELI DE CERVANTES / SAAVEDRA / HISPANIAE SCRIPTORUM / PRINCIPI. / ANNO / M.DCCC.XXXV. A la espalda repítese la misma inscripción, traducida -[XLIV]-

Monumento a Cervantes en Madrid. Estatua por Antonio Solá, erigida en la Plaza de las Cortes el año 1835. Grabado de Martínez.
Monumento a Cervantes en Madrid.
Estatua por Antonio Solá, erigida en la Plaza de las

Cortes el año 1835. Grabado de Martínez.

-[XLV]- al castellano (1). Los relieves de los costados ejecutáronse por el buen escultor don José Piquer. El de la izquierda representa la primera salida de Don Quijote y Sancho; y el de la derecha, la aventura de los leones. No es obra de gran mérito, pero sí la mejor de las estatuas erigidas hasta ahora en honor de Cervantes (2).

Volviendo al terreno biográfico, prosiguió la esterilidad documental. Don Buenaventura Carlos Aribau escribió una Vida de Miguel de Cervantes Saavedra, o más bien un bosquejo, pues sólo ocupa treinta y cuatro páginas, en 1846, para los preliminares de la colección de Obras de nuestro autor editada por Rivadeneyra (3). Pero si bien supo aprovecharse de las biografías precedentes y resumirías con buen estilo, no sólo mantuvo sus leyendas, sino que acrecentó los errores con la inserción de algunas poesías falsas. Dice haber tenido a la vista «unos extensos estudios sobre Cervantes, que en el año 1832 preparaba en París para la impresión el Sr, Arrieta»; y asimismo, que el poeta Quintana le ofreció la biografía dispuesta para sus Vidas de españoles célebres, de la cual, aun sin aceptarla, -[XLVI]- con su autorización había tomado «algunas ideas». Lo único, pues, nuevo que imprimía Aribau eran composiciones apócrifas, ó de muy dudosa autenticidad, sin ningún avance en noticias biográficas. Las poesías genuinas, unas procedían de la edición de García de Arrieta (1), como el romance «Los celos» (2), el célebre soneto «Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla» (3) y el dedicado «A la entrada del duque de Medina en Cádiz» (4); y otras, de la de Fernández de Navarrete. Reprodujo como auténticas las atribuidas: soneto «A un valentón metido a pordiosero» (5), y otro «A un ermitaño» (publicadas también por el expresado García de Arrieta), más los romances, francamente ajenos, «El desdén», «Elicio» y «Galatea» (del Romancero general), y, por primera vez, la inadmisible oda «Al conde de Saldaña», «de cuya autenticidad (asegura) no puede dudarse». Ofreció dar a conocer el manuscrito de ella en facsímil, cuyo original afirmó poseer don Juan Cortada; pero no cumplió su promesa, ni ha vuelto a saberse del documento.

 Busto por Antonio Solá, para Ticknor, hecho en Roma el año 1835.
Busto por Antonio Solá, para Ticknor, hecho en Roma el año 1835.

(Edición del Quijote, Nueva York, D’Appleton y Comp., 1860.)

Una biografía de nuestro autor, debida a Constantino Masalsky, tiene escaso interés. Vió la luz en los preliminares de su versión rusa, incompleta, del Quijote: Don Kixot Lamanchsky... (San Petersburgo, Jernakoff, 1848). -[XLVII]-

Al año 1852 corresponde la publicación, con ampliaciones, de la mencionada Vida de Cervantes por Quintana (1), que no pudo formar parte de sus Vidas de españoles célebres en ninguno de los tres tomos aparecidos en 1807,

Medalla de la Sociedad Numismática de Madrid. Año 1835.
Medalla de la Sociedad Numismática de Madrid. Año 1835.

 1830 y 1833, respectivamente. En ella, si no descubrió tampoco ningún documento, encomió con tino y galanura la originalidad del Quijote. Recriminó duramente a los que desdeñaban el gran libro tachándolo de frívolo e insípido, y más aún a los que, «poseídos -[XLVIII]- de la rabia gramatical (1), pretenden hacerse valer, buscando y señalando lunares en lo que admiran los demás», sin que consigan nada «con sus miserables reparos y con sus cosquillas pueriles»; porque «el descuido, aunque le haya, se cubre con la magia del talento; la gracia triunfa, y la crítica, desairada y corrida, se ve reducida al silencio». Dudó ya, acertadamente, de las razones aducidas por Fernández de Navarrete para explicar la marcha de Cervantes a Italia, y tuvo por meras conjeturas, indignas de entrar en la categoría de noticias históricas, otras particularidades, de mayor trascendencia que ciertas niñerías subrayadas por Pellicer.

 Dibujo de E. Laville, grabado por Andrew Best & Leloir.
Dibujo de E. Laville, grabado por Andrew, Best & Leloir.

(Versión alemana del Quijote, Pforzheim, Dennig Finck & C.o, 1830.)

Pero Quintana, poco o nada docto en materia de crítica histórica (como acontece a muchos poetas), empañaba sus certeros juicios sustentando el absurdo criterio de que en las biografías sólo debían acogerse los hechos favorables a los biografiados, y silenciar las debilidades que pudieran tener en cuanto hombres. Y como, por desconocerlo, creyó que el proceso de Ezpeleta dañaba la buena memoria de Cervantes, en vez de estudiarlo a fondo, era partidario de que bastaba con aludirlo ligeramente. Con lo cual tendía una sombra de duda sobre el recto proceder del autor del Quijote en aquel monstruoso error judicial. Asustaba a Quintana la verdad histórica, y temeroso aún de que se descubrieran (como se descubrieron) nuevos documentos de orden semejante al proceso referido, pedía que no se rebuscasen más noticias para ilustrar con ellas los trabajos biográficos del grande hombre. Estaba bien lejos de sospechar que la gloria de Cervantes, la estatua de mármol blanco de su vida, surgiría más pura cuanto más y mejor -[XLIX]- se fueran conociendo sus duros choques con la adversidad, en la guerra a vida o muerte que mantuvo constantemente contra la tiranía del destino.

 Dibujo y grabado anónimos.
Dibujo y grabado anónimos.

(Traducción inglesa del Persiles, Londres, Cundall, 1854.)

Puerilidad, por otra parte, indicará, cuándo no hipocresía, pretender velar las flaquezas de los hombres superiores, como si éstos no estuvieran expuestos a las mismas pasiones, defectos y vicios que todos los humanos en general. El mismo Quintana, que censura a Pellicer, sin nombrarlo, por su afán noticiero, se contradice al dolerse «de que estamos reducidos a probabilidades en casi todas las cosas personales de Cervantes». Al fin resplandecía su buen juicio, pues no podía ignorar, como escribe Máinez, que «hoy no se considera nada ocioso ó de poco momento en la vida de los grandes escritores, siempre que sirva para darnos a percibir, comprender y profundizar los más nimios incidentes de su existencia, aunque revelen casos y particularidades que parezcan, o sean realmente, ofensivos para su buena opinión» (1). Mayormente cuando no lo son. Y todavía agrega: «Queremos descubrir cuanto con él se relaciona, no sólo como literato, sino como hombre; no sólo en su vida pública, sino, con preferencia, en su vida particular e íntima. Queremos analizar sus acciones, adivinar sus pensamientos, examinar sus móviles, fiscalizar sus actos, descifrar los enigmas de sus impulses, conocer con toda exactitud hasta las más ocultas causas de sus amores, odios, felicidades o tristuras en sus agitaciones domésticas. Queremos, en suma, fotografiar, digámoslo así, la fisonomía moral, intelectual y física de la personalidad inmortalizada, a fin de que se vea su acabadisimo retrato, no sólo en lo aparente, no sólo en un aspecto especial de sus determinaciones, sino con toda la -[L]- perfección posible en todas las fases de su vida, como análisis psicológico de su ser, como explicación vivísima de sus inclinaciones y afectos». 

Fuera de los lunares indicados y de algunos otros de menor monta, producto del desamor de Quintana por la investigación de los eruditos, su biografía abunda en aciertos y observaciones agudas, especialmente cuando, en páginas donosas, estudia la entereza del carácter de Cervantes, su libertad, su desenfado, su bizarría, su viveza y su desenvoltura.

Retrato de Cervantes pintado por Luis de Madrazo y grabado por P. Hortigosa.
Retrato de Cervantes pintado por Luis de Madrazo y grabado por P. Hortigosa.
(Edición del
Quijote, Barcelona, Gorchs, 1859)

En 1853, el relator señor Travadillo encontró la «Escritura de capitulaciones matrimoniales entre D.a Isabel de Cervantes, viuda de D. Diego Sanz, y D. Luis de Molina, vecino de Cuenca», interesante documento que echaba abajo la leyenda monjil de la hija natural de Cervantes. Hallólo en la titulación de unas fincas de la Corte, con motivo de un pleito que se vió en la Audiencia de Madrid (1)

Diez años después, el bibliotecario don Luis Buitrago y Peribáñez descubrió en el archivo del conde de Altamira la incomparable y desde aquel momento célebre Epístola de Miguel de Cervantes a Mateo Vázquez (2), poesía conmovedora, enviada desde su cautiverio de Argel.


   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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