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   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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Capítulo
XLVI

 

Ruta de Toledo a Sevilla.—Ventas y parajes cervantinos.—Ciudad Real, Miguelturra, Caracuel, Tirteafuera, Argamasilla y Almodóvar del Campo.—La Fuente de la Pizarra.—Venta del Molinillo.—Venta del Alcalde.—La Fuente del Alcornoque.—Venta Tejada.—El Val de las Estacas.—El Arroyo de los Batanes.—Peña Escrita.—Las Ventas de Sierra Morena hasta Sevilla

 

El viaje desde Toledo a Sevilla hacíase entonces, ya en carruaje o ya en caballos de posta, en ocho etapas, a razón de unas ocho o nueve leguas al día. Así se deduce de contratos del tiempo y de varios documentos oficiales. Y cada tres días se descansaba uno. Esto, claro es, no regía con los viajes particulares, donde todo posesor de coche, litera o caballo emprendía las jornadas a su antojo. Según el citado Reportorio de Pedro Juan Villuga, de Toledo a Córdoba, sitio obligado de parada, había cuarenta y nueve leguas y media; y de Córdoba a Sevilla, veintidós por Écija y Carmona, y veintiuna por Posadas, Peñaflor y Tocina. De modo que, por la ruta más larga (y más practicable), de Toledo a Sevilla había setenta y un leguas y media, y por la más corta (peligrosísima siempre en el trayecto de Sierra Morena), una menos. Conque el viaje desde la Ciudad Imperial a la del Betis, contados los dos días de reposo, duraba justamente, a menos que algún azar lo retrasase, diez días. 

Conviene advertir que el antiguo camino real de Toledo a Sevilla, -[72]- denominado de la Plata, que vamos a recorrer detenidamente con Cervantes, por haberlo éste inmortalizado, era el principal en su tiempo para atravesar, bajando desde Ciudad Real y Almodóvar del Campo, la cordillera Mariánica, pues hasta mediado el siglo XVIII no se abrió el de Despeñaperros. Llamábase también por los andaluces Camino Real a la Mancha, y fué en épocas remotas la vía de comunicación más breve y frecuentada entre Córdoba y Castilla, y la que utilizaron casi siempre los musulmanes cordobeses en sus expediciones guerreras al Centro y Norte de la Península. Por iguales razones, fué asimismo, durante las centurias XIII a la XVII, el trayecto preferido de los viandantes cristianos entre Andalucía y la Mancha. 

Varias veces lo había atravesado Cervantes, como sabemos, y muchas más lo atravesaría, porque su destino le impulsaba a recorrerlo para su gloria. El resultado de la nueva vida que va a emprender, ¿podía él preverlo? Sólo notará que su infortunio se le acrecienta; que desde la juventud (ya apunto de desvanecerse) lleva la piedra sobre sus hombros; que tras haber sido condenado a vergüenza pública, y desterrado, y camarero, y soldado, y herido de guerra, y prisionero, y esclavo, y escarnecido, ha de abandonar no sólo todas sus pretensiones, las militares, las cortesanas y las literarias, sino el propio hogar y sus sueños arcádicos, para buscar el sustento afuera. Y ¿qué le aguarda? Un empleo tan apartado del horizonte de su vida, que más dijérase una prueba para fortificar de nuevo su espíritu. 

Cierto autor de efemérides, atento a la corteza de las cosas, no a los secretos móviles que vienen de lo alto, escribe a este propósito: «Dolor y fatiga causan aun hoy ver al infeliz Cervantes bregar con tantos miles de arrobas de aceite, de fanegas de trigo y cebada, tratar con arrieros, molineros, carreteros, bizcocheros, alguaciles y más gente de este jaez; rendir tres, seis y ocho veces una misma cuenta; prestar multitud de fianzas; sufrir excomuniones inmotivadas y encarcelamientos por quiebras ajenas, litigar pleitos injustos; caminar de un lado a otro sin descanso, en invierno y en verano, por diez y doce reales de salario; y, al cabo de todo este inmenso trabajo, salir más pobre que había entrado en él» (1)

Pero, sin este inmenso trabajo, ¿se hubiera escrito el Quijote? Sin la observación del mundo y de las cosas, en que, llevando por delante como rudo maestro al dolor, le colocará la implacable persecución de la Fortuna, ¿habría sabido sonreír, mantenerse firme, desafiando su tiranía, dar «rienda suelta al pecho melancólico y mohino» y abrazar, en fin, a toda la Humanidad? No. Bendigamos, pues, mil veces al Destino; que no era el Hado adverso, sino la sabia Providencia de Dios, que le daba el dolor para su beneficio y su inmortalidad.


Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla

I
(De Toledo a Ciudad Real)
Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla - I

Signos convencionales.—En trazo rojo: Antiguo camino real de Toledo a Córdoba y a Sevilla.—Triángulos negros: Ventas en tiempo de Cervantes.—En trazo negro: Ríos y arroyos.—En trazo negro continuo: Carreteras modernas.—En trazo negro entrecortado: Ferrocarriles.—En trazo de cruces: Límite de provincia.—Punto negro: Pueblo.—Punto y círculo: Cabeza de partido.—Punto y doble círculo: Capital.


Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla

II
(De Ciudad Real a la Venta de la Cruz)
Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla - II

Signos convencionales.—En trazo rojo: Antiguo camino real de Toledo a Córdoba y a Sevilla.—Triángulos negros: Ventas en tiempo de Cervantes.—En trazo negro: Ríos y arroyos.—En trazo negro continuo: Carreteras modernas.—En trazo negro entrecortado: Ferrocarriles.—En trazo de cruces: Límite de provincia.—Punto negro: Pueblo.—Punto y círculo: Cabeza de partido.—Punto y doble círculo: Capital.


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Cervantes abandonaría a Toledo, probablemente en unión de algún amigo o de gente de Sevilla venida a las fiestas de Santa Leocadia, en los últimos días de Abril o primeros de Mayo, cuando en los campos principia a bullir la Primavera, asoman de puntillas los trigos y se abren las cebadas a la granazón. 

Caminando desde el amanecer, según costumbre, el primer punto que se tocaba, luego de dejar a la derecha Cobisa y Burguillos y a la izquierda Nambroca, era las Ventas de Diezma, a dos leguas y media de Toledo, no lejos del Monte Marica y a la derecha del río Valdecabra, que más adelante cruzábase por un puentecillo. Hace ya dos siglos que no queda de ellas el menor rastro. 

Desde allí, bajando por entre Chueca y Almonacid, y pasada Villaminaya, que quedaba a la izquierda, entrábase en el término de Orgaz, donde se almorzaba y descansábase un rato. Pertenecía entonces Orgaz, villa muy antigua, al conde de este título; el número de vecinos llegaba a setecientos, y las casas eran regulares. Su riqueza consistía, principalmente, en el vino, aunque se cogía algún trigo y cebada y criábanse cabras y ovejas. La iglesia parroquial tenía por patrono a Santo Tomé apóstol. Dentro del pueblo había dos ermitas, Nuestra Señora de la Concepción y San Andrés; y extramuros, tres, Nuestra Señora del Socorro, San Benito y Santiago. Las Relaciones topográficas de 14 de Febrero de 1576 califican de muy bueno al hospital. 

Desde Orgaz, ya a cinco leguas de Toledo. seguíase a Yébenes, cruzando la Sierra del mismo nombre, una legua adelante. Yébenes, parte del cual pertenecía a Toledo y parte a la Orden de San Juan, era pueblo de unos seiscientos vecinos. En sus montes abundaban los lobos, zorras y conejos; algunas veces se cazaba el jabalí, y otras, liebres y perdices. Cogíase trigo y vino; pero el terreno, aunque bañado por el río Algodor, pecaba de pobre y desolado. A dos leguas, por entre parajes desérticos, con montes de más de mil metros de altura (los de Cubos y Dorado) y sin divisarse ningún poblado en torno, se llegaba a Las Guadalerzas, en cuya venta hacíase noche. 

Otras dos leguas más allá, a la derecha de la ruta y en la misma campal desolación, estaba la Venta del Arazután o de Darazután, donde coloca Luis Vélez de Guevara el tranco V de El Diablo Cojuelo. Por más que, a mi juicio, Luis Vélez la confunde, pues dice que estaba en Sierra Morena, con la venta Darán o de Orán, allí ubicada, en efecto, y a la cual llegaremos después, por hallarse en la ruta, y, precisamente, en Sierra Morena. 

Todavía prolongábase el descampado otras dos leguas, hasta la Venta de la Zarzuela, ya en los fines de la provincia de Toledo; y otras dos adelante, principio de la de Ciudad Real, entrábase en la villa de Malagón. 

Malagón pertenecía aún al reino de Toledo, pero en el partido de -[74]- Calatrava y vicaría de Ciudad Real. Lo había ganado Alfonso IX a los moros en 1217, auxiliado por el maestre de aquella Orden, Ruy Díaz. Era sitio muy viajero. Por él se pasaba no sólo a Córdoba y Sevilla, sino a Málaga y reino de Granada; y desde Andalucía, a toda Castilla la Vieja, tierra de Soria y otras muchas partes. Tenía una casa fortaleza, y en el término, minas de plata y de hierro, aunque pobres. Descubríanse algunas sepulturas de piedra e inscripciones romanas. Contaba unos seiscientos vecinos, con iglesia parroquial (antigua mezquita) bajo la advocación de la Magdalena, y ermitas de San Sebastián y San Simón, más el famoso convento de Carmelitas Descalzas de San José, fundado por Santa Teresa de Jesús el Domingo de Ramos de 1568 (1), y trasladado más tarde, con asistencia de la Santa, el 8 de Diciembre de 1579, al Sur del pueblo, en medio de un hermoso olivar, cerca del castillo, donde continúa. Fué espléndidamente dotado por su amiga doña Luisa de la Cerda, señora a la sazón de la villa, esposa que había sido de Arias Pardo. En él le avino a Teresa la divina inspiración de escribir su Libro de las Fundaciones; y de todas las suyas, este convento, edificado, como decía Juan de Avila, «desde el polvo de la tierra», es el que menos cambios ha sufrido. 

Cervantes, tan admirador de la Santa, no dejaría de contemplar, a su paso por Malagón, las altas tapias del convento; la fábrica, de rojo tejado. y los cipreses en torno. Apenas queda hoy otra cosa que notar en la villa, de cruel e injusto refrán: «En Malagón, en cada esquina un ladrón». El vecindario, casitas blancas humildes, vivía entonces, como ahora, modestamente, pero sin agobios. La tierra es llana, y en la serranía abunda la leña. Mucha caza de conejos y perdices, y a veces, de jabalíes y venados. Tampoco escaseaban los lobos y raposas. Los informantes de las Relaciones topográficas (20 de Diciembre de 1575) refieren esta leyenda: un campesino del lugar, llamado Diego Martínez Asensio, se puso unas alas de buitre y arrojóse desde la Sierra de Malagón el Viejo; volando pasó la Sierra y una dehesa, hasta caer en un zarzal, del que pudo salir con la ayuda de unos pastores; vino al pueblo, muy arañado de las zarzas, y como le preguntasen qué había sido aquello, respondió: «A ponerme cola, volaré más de cuatro leguas.» No refieren los informantes si lo supo el Santo -[75]- Oficio... Pero, siempre crédulos, todavía fantasean con el origen del nombre de Malagón, diciendo que antes de ser ganado por los cristianos, era señor de la villa un ladrón (siempre los ladrones a vueltas) de apellido «Mago», a quien apodaban por ello «Mal Mago», y de aquí «Malagón». Más serio es lo que aseguran de haberlo comprado Arias Pardo de Saavedra, en 1549, al emperador Carlos V. 

En Malagón, honrado y laborioso, empezaba, propiamente, la Mancha calatraveña de Cervantes. Desde allí, a dos leguas de ruta, pasábase aprisa por Peralvillo, o Peroalbillo, lugarejo de sangrienta memoria, citado en El Ingenioso Hidalgo (1), donde asaeteaba a los facinerosos condenados a muerte la (tan odiada por Don Quijote) Santa Hermandad. A menudo veíasela visitar las ventas de aquellos parajes, en busca de «golfines» (ladrones, salteadores y asesinos), con sus ballestas al hombro, sus medias varitas verdes en la mano y sus vestidos del mismo color (2). En seguida cruzábase el «tortuoso» Guadiana, como le llama Miguel, (Quijote, I, XVIII); y dos leguas más al Sur, a dieciocho ahora de Toledo, aparecía Ciudad Real, segunda etapa del viaje, donde se pernoctaba. Los correos de postas, sin embargo, solían adelantarse y rendir jornada en Caracuel. 

Ciudad Real, no considerada entonces (no lo fué hasta 1691) capital de la Mancha, y todo su territorio, están vinculados a la gran obra de Cervantes (3). En su momento se explanará este punto. La fundación de Ciudad

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Ciudad Real a mediados del siglo XVI.
Ciudad Real a mediados del siglo XVI.
(Grabado en madera.—Gabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional.)

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Real, con nombre de Villa Real, debióse a Alfonso X, quien, deseando asegurar las comunicaciones entre Toledo y Córdoba, y contrarrestar a la vez el predominio de la Orden de Calatrava con una «grand villa e bona, e que conservasse e tuviesse entre todos por fuero, e que fuesse cabeza de toda aquella tierra», la alzó en término de Alarcos, en cierta aldea vecina, llamada Pozuelo de Don Gil, antiguamente la griega Philipópolis, según unos, y en opinión de otros la romana Clunia. No existen fundamentos serios en que apoyar ninguna de estas hipótesis; mas, sea como quiera, en la Crónica de aquel Rey aparece un capítulo consagrado a la fundación de Villa Real e insértase la carta-puebla correspondiente, dada en Burgos a 7 de Febrero de 1255. Para defenderla de las asechanzas de los calatravos, la circuyó de fuerte muralla con 130 torres y ocho magníficas puertas, de las cuales se conserva aún la hermosa de Toledo, monumento nacional; construyó un espléndido Alcázar, donde pasó algunas temporadas, y en pocos años adquirió la villa tan pujante desarrollo, que pudo competir con Almagro, la población rival, ventajosamente. En ella celebró Cortes Alfonso XI, base del «Ordenamiento de Villa Real», y allí vivieron los condes de Soler y Arbi, «omes de grand guisa del Regno de Inglaterra». El intenso tráfico la inundó de judíos, y en tiempos de Enrique III la Aljama sufrió las terribles consecuencias de la ira popular. Después Juan II, en atención a los servicios prestados por los villarrealenses cuando estuvo cercado por el infante don Enrique en el castillo de Montalbán, de donde logró fugarse, la elevó al rango de ciudad, exentóla de todo perdido y moneda forera, y en 1455 la dió en dote a su esposa doña Juana, quien erigió la torre del Alcázar. Posteriormente, los Reyes Católicos hiciéronla sede de la Santa Hermandad, al crear esta institución, y ya Ciudad Real vivió una vida quieta hasta 1508, en que el desbordamiento del Guadiana la arrasó casi por entero. 

En los días que narramos, aunque reconstituída, había perdido mucho de su antiguo esplendor, que nunca consiguió recobrar. Veintitrés años más tarde, la expulsión de los moriscos, en cuyas manos radicaba lo principal de su agricultura, acabó por arruinarla. Hoy no parece sombra de lo que fué. De su famoso Alcázar, de sus murallas, de sus iglesias, conventos y edificios notables, apenas existe nada: la mencionada Puerta de Toledo, la de la Humbría, en la iglesia parroquial de San Pedro; la fachada del convento de monjas de Santo Domingo, la iglesia de Santiago, cuyo artesonado mudéjar, lamentablemente oculto por un cielo raso, data del reinado de Enrique II, es lo único antiguo digno de admirarse. Porque la francesada y las guerras civiles también se ensañaron con ella. 

En este viaje de Cervantes todavía quedaban excelentes reliquias de otrora; pero los ojos del insigne alcalaíno estaban acostumbrados a mayor grandiosidad. Y así, lo que cita de Ciudad Real como extraordinario, en lo

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Ciudad Real.—Puerta de Toledo.
Ciudad Real.—Puerta de Toledo.

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cual le había precedido Jorge Manrique, son sus vinos (1), hasta el extremo de decir en El Licenciado Vidriera que Ciudad Real, más que Real, debía denominarse Ciudad Imperial y «recámara del dios de la risa» (Baco), ponderación que repite en el Coloquio de los Perros, haciendo que el amo de «Berganza» estimule al «perro sabio» a saltar «por el licor de Esquivias, famoso al par del de Ciudad Real, San Martín y Ribadavia». 

También menciona, aunque ya en la Segunda Parte del Quijote, el inmediato pueblo de Miguel Turra, villa quemada un tiempo (1328), cuando las luchas intestinas entre las órdenes Militares de Santiago y Calatrava. Tenía ahora cuatrocientos vecinos, que no pechaban ni pagaban derechos de ninguna clase, de ellos, nueve hijosdalgo; una iglesia dedicada a Santa María la Mayor y dos ermitas, la de San Sebastián y la de Nuestra Señora de la Estrella, más otra en la aldea de Peralvillo, perteneciente a su término: la de Santa María la Blanca. 

No se hallaba Miguel Turra en el trayecto que seguimos; pero que lo conocía Cervantes, así como los pueblos de alrededor, se prueba por la entrevista de aquel «labrador negociante» con Sancho, gobernador de la ínsula Barataria (2), a quien dice: «Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está a dos leguas de Ciudad Real.» Y contesta Sancho: «Sé muy bien a Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi pueblo» (3). Y después el tal labrador (un socarrón fino) le habla del linaje de los Pelerines. Curioso es notar que, hasta hace pocos años, según mis informes, dignos de toda fe, han existido Pelerines en Miguel Turra. ¿Cómo sabía de esta familia Cervantes? Muy sencillo: sin duda, por Francisco Sánchez de Prado, natural de aquel pueblo, que en 1590, como adelante se dirá, casó en Madrid con Luisa de Rojas, la hermana de Ana de Villafranca. Por él también sabría otros pormenores de la región manchega, especialmente de algunos parajes que muestra conocer a fondo y que no consta visitara. De sus observaciones personales sobre los manchegos pudo escribir en La Tía Fingida que «son gente avalentonada, de los de Cristo me lleve». Y en el Quijote: « la gente manchega es tan colérica como honrada, y no consiente cosquillas de nadie.» Creamos o no de Cervantes La Tía

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Ciudad Real.—Puerta de la Humbría, en la iglesia parroquial de San Pedro.
Ciudad Real.—Puerta de la Humbría, en la iglesia parroquial de San Pedro.

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Fingida, vemos que coincide con el Quijote en la apreciación de los manchegos. 

Otro lugar de la contornada, volviendo a la ruta, cruzado el Jabalón y a tres leguas de Ciudad Real, era Caracuel, de cuyo nombre extrajo Cervantes el del gigante Caraculiambro. La deducción surge facilísima. No sino recordando a Caracuel pudo incitar Don Quijote a que dijese el caballero andante que bullía en su trastornado cerebro, hincado de rodillas ante su dulce señora: «Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero Don Quijote de la Mancha, el cual...», etcétera (1). Muy bien asimismo conocía Sancho a Caracuel y otros pueblos vecinos, que tampoco ignoraba el doctor Pedro Recio. «Yo, señor gobernador (le decía éste), me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero y soy natural de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo, a la mano derecha...» Y replica Sancho, encendido en cólera: «Pues señor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo..., quíteseme luego de delante» (2). La referencia geográfica es exactísima.

 Ciudad Real.—Fachada del convento de monjas de Santo Domingo.
Ciudad Real.—Fachada del convento de monjas de Santo Domingo.

Caracuel, asentado en una ladera, entre cerros, tierra montuosa y rasa, contaba solamente cincuenta vecinos, tres de ellos hijosdalgo; pero en la alta Edad Media había sido, con su castillo, pueblo importante, y también en la Antigüedad, pues se trata del Carcuvium romano, y lo pregonan las ruinas de grandes edificios y antiguos enterramientos de sus cercanías. Los -[82]- informantes de las Relaciones topográficas de 1575, como de costumbre, asignan al lugar una etimología tan ignara como fantástica, expresando que, según testimonio de epitafios arábigos, su nombre procedía de «Ciudad de los Caracoles» (1). Era sitio muy pasajero y fin de jornada, y en ella la haría Cervantes, de no haberla rendido en Ciudad Real. 

Cogíase trigo, cebada y garbanzos, y se criaba ganado lanar y cabrío. Las casas eran de piedra y tierra, cubiertas con teja o con retama. A la parte de Poniente alzábase el famoso castillo, de cal y canto, conquistado por Alfonso VII, casi todo ahora en ruinas, menos una torre, por cierto pentagonal. A una legua se unen el Guadiana y el Jabalón, cuya pesca quedaba reducida a barbos, anguilas, lampreas y camarones. La iglesia estaba consagrada a Nuestra Señora de la Asunción. 

Apartándonos un poco de la misma ruta, hallaremos «a la derecha mano», como decía Sancho Panza, el lugar del doctor Pedro Recio, que le mataba de hambre. Tirteafuera, sin embargo de su mal nombre, tenía ciento setenta vecinos, tres veces más que Caracuel; pero no era villa, como éste, sino aldea de Almodóvar del Campo. Nuevamente los informantes de las Relaciones topográficas, a 5 de Diciembre de 1575, cuentan una patraña sobre el origen del pueblo. Juan Martínez, vecino ya anciano, declara haber oído a su abuelo que, pasando una mora principal, al enterarse de que la aldea carecía de nombre, había exclamado: «Dígase Tiratafuera de pecar», y desde entonces se le llamé al poblado Tirteafuera. Ahora, tirte es síncope de tírate, y «tirarse afuera», como escribe Clemencín, es «retirarse, apartarse, huir, cuya significación nada indica favorable al pueblo, sea por la calidad de su terreno, o por la índole de sus habitantes» (2). Cuanto al terreno, tenía poco de apetecible, pues era visitado por osos, lobos, jabalíes, zorras, garduñas y otros animales de este jaez. El río (afluente del -[83]- Guadiana), secábase en verano, el agua escaseaba en todo tiempo y no se cogía fruta alguna. Otros dicen que el lugar tuvo en lo antiguo un nombre tan escandaloso, que no lo toleraban los castos oídos, y que, llegando cerca el Rey, y preguntando cómo se llamaba, al saberlo, respondió: ¡Tírate afuera!, y alejóse de allí. De lo cual coligieron los vecinos que sin duda el Rey quería que éste fuera su nombre, y le cambiaron el primitivo por el de Tirteafuera. Lo creo una patraña más, naturalmente. Quizá imaginasen un nombre duro de decir, y lo callaron, por la razón apuntada, pues no es presumible que el pueblo careciera nunca de él. Más racional parece que, por su acceso dificilísimo (suelo siluriano de pizarras), tuviese aquel nombre.

 Una calle de Tirteafuera.
Una calle de Tirteafuera.

Pero el Edrisí, geógrafo del siglo XII, al hablar del territorio de la Balalita (en el cual ya estamos), menciona diversos lugares fuertes, como Pedroche, Dar Albacar, Gafic y Gebel Afur. Gafic estaba a siete millas de Pedroche, y Gebel Afur a una jornada de Gafic. ¿Sería Gebel Afur, corrompido después el nombre, Tirteafuera? Cabe en lo posible (1); mas nada puede asegurarse, pues el pueblo, según los informantes aludidos, era relativamente moderno, un tiempo de la Orden calatraveña, de cuyos maestres conservaba algunos privilegios, y, a la sazón, de Felipe II. Producía trigo y cebada, y ganado de cerda, vacuno, lanar y cabrío. Las casas eran de tapiería, cubiertas con teja; y la madera, de encina, roble, quejigo y madroño. En su demarcación había minas de plomo, de plata y de alcohol de alfareros; y a la orilla del río, llamado Pozo Amargo (que hasta -[84]- el río tenía mal nombre), molinos invernizos de Juan de Rivera, uno de los dos alcaldes ordinarios. Éstos, con dos regidores, ayudados por un alguacil mayor y dos alcaldes de Hermandad, que juraban el cargo en Almodóvar, con un procurador del Concejo, dos mayordomos y un escribano, a la vez sacristán, constituían las autoridades. La iglesia parroquial hallábase consagrada a Santa Catalina. 

Cervantes tuvo la humorada de forjar con el nombre del pueblo la frase de «hacer tirteafuera», o huir (1)

Tornando otra vez a la ruta, a la izquierda y fuera de ella, y una legua antes de llegar a Almodóvar del Campo, encontrábase Argamasilla, entonces Argamasilla a secas, después Argamasilla de Calatrava, la única Argamasilla a que aludió, por tanto, Cervantes, y lugar donde los famosos académicos epitafiaron a Don Quijote (2). Todo el trayecto, como va e irá viéndose, está lleno de recuerdos cervantinos, recogidos en los muchos viajes de nuestro autor por él. 

A 8 de Marzo de 1576, los informantes de las Relaciones topográficas dicen que el pueblo se llama Argamasilla; pero que no hay quien sepa la causa, aunque algunos viejos la atribuyen a que en ciertas partes del término se ven argamasas antiguas. Poseíalo el Rey, como maestre de la Orden de Calatrava, y era corregidor don Antonio de Padilla, presidente del Consejo de órdenes. Éste había muerto ya, como sabemos. La villa confinaba al Saliente con la Aldea del Rey, a cuyo Mediodía alzábanse las ruinas -[85]- del sacro convento y castillo de Calatrava; al Sur con Puertollano, al Poniente con Almodóvar del Campo y al Norte con Villamayor y Caracuel. Terreno llano, poco áspero ni montuoso: «tierra sana (aseguran), especialmente en heridas de cabeza (!), según dicen los médicos y cirujanos desta tierra». No era paso ni entrada para ningún puerto, ni tenía portazgo, ni aduana, ni escudo alguno. Las casas construíanse de tapia, por no haber madera, y así, muchas techábanse con retama, y con teja otras.

Argamasilla de Calatrava.
Argamasilla de Calatrava.

Dentro de una, veíase cierta torrecilla de más de treinta pies de ancha y hasta la rodilla de alta. El pueblo era antiguo y no había dado hombres ilustres en armas o letras. Los vecinos llegaban al número de seiscientos, los más, labradores. Contábanse veinticinco hijosdalgo; pero sin ningún mayorazgo, casas solariegas ni escudos, por la pobreza de la gente. Ahora, tejíanse muy buenos paños, aunque con caudales cortos. No existía justicia eclesiástica; la seglar elegíala el pueblo; la mitad, los labradores, y la otra mitad, los hidalgos. De éstos, el corregidor señalaba uno de cada estado para alcalde.

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Ruinas del convento y castillo de Calatrava.
Ruinas del convento y castillo de Calatrava.

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No había río, «salvo un arroyo desque llueve mucho», que venía desde poco más de una legua e iba a parar al Guadiana, tres leguas al Norte; pero sí pozos y norias, y «hasta agua, y tres lagunas, que muy pocas veces la tienen, y cuando la tienen de lo que llueve, se secan a primo verano». Molían en Toledo y en Ruidera, a veintitrés y veintisiete leguas, respectivamente. Disfrutaban, en cambio, de buenas casas de encomiendas, de la obrería de Calatrava, y de dos cortijos, el uno el de Curruchel, y el otro, la venta de Pascual Domingo. Cogíase medianamente pan y vino y se criaba ganado menudo. De lo que más carecía el pueblo era de aceite, pescados, sal, lino y cáñamo, que habían de procurarse en Sevilla y Málaga, a veces a 48 leguas. La caza escaseaba también, y las leñas no pasaban de humildes chaparros, cornicabras, jaras, labiérnagos, retamas y jaguarzos. Sin embargo de esta penuria, la villa había crecido de algunos años a aquella parte, aunque no se celebraban ferias ni mercado alguno. El término abarcaba legua y media de largo y una de ancho. La iglesia parroquial hallábase bajo la advocación de Nuestra Señora la Mayor, con una capilla pequeña, de San Benito, «que dexó Gonzalo Fernández de Córdoba, corregidor que fué desta villa». Había cuatro ermitas: Nuestra Señora del Rosario, San Cristóbal, San Sebastián, y San Ciriaco y Julita. El hospital no tenía renta. Y los informantes acaban diciendo que el lugar «no es pasajero a parte ninguna». 

Tal era el pueblo de los académicos argamasillescos «El Monicongo», «El Paniaguado», «El Caprichoso», «El Burlador», «El Cachidiablo» y «El Tiquitoc», que epitafiaron a Don Quijote, a Dulcinea, a Rocinante y a Sancho Panza. ¿A quiénes aludió Cervantes? ¿Qué sentido dar a sus burlas? Se ignora. Pero todo en los genios tiene un sentido. 

Él conocería a muchos labradores del pueblo, vecinos, arrieros o trajinantes, que pululaban por Caracuel, Almodóvar del Campo y las ventas de aquellos contornos, y sabría alguna cosa de Argamasilla. Quien no sabía de ella ni el nombre, era el encubierto «Alonso Fernández de Avellaneda», el cual siempre la llama Argamesilla, prosodia que delata sin duda a un nativo del reino de Aragón. 

Almodóvar del Campo, paso obligado de esta ruta tan ligada a la Primera Parte del Quijote y a algunas de las Novelas ejemplares, era la capital de la comarca: antiguo país de límites inciertos, fértiles valles y ásperas sierras, que el Edrisí elevaba a la categoría de provincia con el nombre de Balalita, y que se extendía, desde los Pedroches cordobeses, pasando por los campos de Alcudia, hasta buena parte de los de Calatrava. Hay ya noticias de Almodóvar del Campo desde el siglo IX, y su completo historiador, Edgar Agostini, habla, sin asegurar que existiera población en la Antigüedad, de las dos calzadas romanas que lo unían con Córdoba. «Una de las dos calzadas (escribe), la que pasaba por Pedroche y Puerto

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Vista panorámica de Almodóvar del Campo desde el S. O., en dirección al camino de Ciudad Real y puerto de Caracuel.
Vista panorámica de Almodóvar del Campo desde el S. O., en dirección al camino de Ciudad Real y puerto de Caracuel.
(Foto de Manuel Corchado)

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Mochuelo, es precisamente el itinerario de Córdoba a Toledo desarrollado por Edrisí. La segunda, la que pasaba por Adamuz y Conquista, es el camino que más tarde siguieron las postas de Madrid [la ruta de que estamos tratando], por Ciudad Real, Caracuel, Almodóvar, Venta de la Alcudia, Conquista, Venta del Puerto, Adamuz y Córdoba. Otro camino atajo llegaba de Almodóvar, por Puertollano y Mestanza, a Andújar, y más tarde a La Carolina. Todo esto también está corroborado y completado en el Libro de Sesiones del Ayuntamiento de Almodóvar en el año 1680: la calzada de Córdoba salía de Almodóvar por la actual ermita de San Sebastián y por el Puerto de Navalromo , la de Adamuz-Montoro, por la desaparecida ermita del Espíritu Santo, junto al olmo tradicional; la de Andújar, por la ermita del Calvario, siguiendo la orilla meridional de la Laguna, donde se observa todavía el empedrado, en dirección de Puertollano» (1)

Circunscribiéndonos al estado de la villa en tiempos del creador de La Galatea, los informantes de las Relaciones topográficas, Juan Rodríguez, clérigo, y Hernando de Castro, acompañados del juez gobernador de la comarca, licenciado Gaspar Jaramillo, dijeron en 24 de Febrero de 1576, que Almodóvar se llamó así de las voces arábigas almi o alme, en equivalencia de agua, y dovar, que significa sitio o lugar redondo (2), tal vez porque al pie del castillo hay una laguna, muy redonda, de agua, y del Campo, por estar situada en el campo (3); y de este modo se distingue de Almodóvar del Pinar, siete leguas de Cuenca, y de Almodóvar del Río, cuatro de Córdoba. Añaden que era pueblo muy antiguo, de cuyo principio y fundación no tenían noticia cierta, sino sólo de haberlo conquistado Alfonso VII el Emperador. Quizá lo sabían por el párrafo de la Estoria de Alfonso X, que ya citamos. Pero lo que ignoraban seguramente es que ya menciona a Almodóvar El Extremo (para diferenciarlo del Almodóvar de Córdoba) el biógrafo cordobés, poeta, orador, bibliófilo y jurisconsulto, Abenalfaradí (962-1013) en su célebre diccionario biográfico Historia de los varones ilustres de Alandalus, al hablar del jurista Otsmán Benguáquil, natural de «Almodóvar La Extrema, de familia oriunda de Córdoba», discípulo de Baqui Benmajlad, de la escuela de Xafei. Como Almodóvar del Pinar no formaba parte de Alandalus, es claro que Abenalfaradí se refiere al que nos ocupa. Los mismos informantes sitúanlo en la provincia del maestrazgo de Calatrava, -[90]- intermedia y final de la Mancha, Castilla y Andalucía, al pie y entrada de Sierra Morena, en el camino real antiguo de Castilla la Vieja y Toledo, del que dista 24 leguas, a Andalucía (1).

 Otra vista de Almodóvar del Campo.
Otra vista de Almodóvar del Campo.

En el escudo del pueblo figuraba la citada laguna y un olmo o álamo, por otro que antiguamente había en cierta calle. La villa, a la sazón de unos ochocientos vecinos, se encontraba en un valle, rodeada de la Sierra de Santa Brigida. Durante el período sangriento de la guerra de las Comunidades, si otros pueblos comarcanos se declararon adictos a la causa de los comuneros, Almodóvar del Campo fué fiel a su Rey, a quien se ofrecieron más de 400 hombres, que lucharon en su favor. Era tierra de labranza y de viñas; criábase ganado lanar, cabrío, vacuno y de cerda. Abundaba la caza de perdices, conejos, liebres, jabalíes y venados; también había zorros, lobos y osos, y no faltaba la leña, por ciarse las encinas, los alcornoques y los quejigos. No pasaba ningún río; el Guadiana corría a distancia de tres leguas; pero en los arroyos y en la laguna hallábase alguna pesca. De diezmo se recaudaban 1.662 fanegas de trigo, 1.906 de cebada y 45 de centeno, de las cuales Su Majestad se llevaba las dos terceras partes, y la otra el arzobispo de Toledo. Los -[91]- almodovenses acudían a moler al Guadiana y a los arroyos de invierno. En el término radicaba el valle de Alcudia, y la minería extraía plata, plomo y alcohol de alfareros. No escaseaba el agua, merced a muchos pozos y varias fuentes. En medio del pueblo había una de piedra labrada, muy antigua, que llamaban la Fuente de la Villa, y en las inmediaciones, a poco más de un tiro de ballesta, camino de la ermita del Espíritu Santo, estaba otra, de piedra, redonda y antiquísima, la Fuente de la Mora, de agua excelente. Pero la más abundante y dulce se encontraba en la Cuesta, punto el más alto del pueblo. 

Fuera de la villa alzábase el castillo de Almodóvar, fortaleza de cuatro torres de cal y canto, con sus altas y fuertes murallas y su cava alrededor, edificación muy antigua de moros, hoy inexistente. Dentro de la villa descubríanse restos de cerca y muralla, que la distinguían del arrabal, y en otros sitios del término, las fortalezas de Herrera y de Curaquel. 

Era el comendador, don Gonzalo Chacón; y actuaban catorce regidores y un alférez, dos alguaciles tenientes, otros dos menores, dos escribanos de la Gobernación; uno, público, y ocho, reales; otro de la Hermandad y un procurador síndico. 

Había trece o catorce hidalgos. Las casas eran medianas, de tapiería, cal y ladrillo. El yeso traíase de Manzanares y La Membrilla; y las maderas, de las sierras de Cuenca y de Alcaraz. El tráfico consistía en lanas y labor de paños, aunque el crecimiento de las alcabalas había perjudicado mucho el negocio. 

La iglesia parroquial estaba dedicada a Nuestra Señora de la Estrella, cuya torre era el único edificio suntuoso del pueblo. En el templo solamente existía una capilla principal, la de la Concepción, fundada por don Francisco de Torres, de allí nativo, pero residente en Indias. También existían las ermitas del Espíritu Santo, antes citada; de San Antón, San Sebastián, San Bartolomé, San Francisco y San Benito. En 1575 habíase fundado un convento de carmelitas descalzos (1). La villa sostenía dos hospitales, el de Santa María, junto a la iglesia, y el de San Miguel, ambos en casas pobres. -[92]- 

Además de Otsmán Benguáquil, que nadie, naturalmente, conocía, Almodóvar del Campo era patria de hijos ilustres: el venerable maestro Juan de Ávila, creador de la Mística, ya difunto; el maestro Martín Gutiérrez, de la Compañía de Jesús, gran teólogo y orador sagrado, quien al dirigirse a Roma y pasar por una ciudad francesa, había sido apaleado por luteranos, también ya difunto; el maestro Marcos, benedictino, hombre de autoridad y letras; fray Antonio de los Ángeles, franciscano, varón de santa vida; otro franciscano de mucha virtud, fray Francisco Rico, y poco después, fray Juan Bautista de la Concepción, famoso trinitario. Y en la milicia, el insigne Francisco Pareja, que a la sazón vivía y llamaban «el Bueno», muy notorio en las guerras contra herejes en Bohemia y Hungría, hecho hidalgo y caballero armado; y el capitán Francisco del Olmo, señalado en las campañas de Argel y Mostagán. -[93]- 

En el término de Almodóvar del Campo, en dirección a Córdoba, se encontraban muchas ventas y parajes cervantinos, de que en seguida hablaremos. La villa tenía como anejos los lugares siguientes: Tirteafuera, Retamal, Abrazatortas o Brazatortas, Navacerrada, San Benito, La Perdiguera, Valdehernando, Carnerero y La Viñuela. Se celebraban dos ferias, la una por el día de San Martín, y la otra por el de San Juan Bautista. El pueblo, anteriormente de la Orden de Calatrava, de cuyo monasterio distaba cinco leguas, pertenecía entonces al Rey, como maestre de todas las órdenes, y era la cabeza del partido.

 Paraje de Sierra Morena, a ocho leguas de Almodóvar del Campo.
Paraje de Sierra Morena, a ocho leguas de Almodóvar del Campo.

Cervantes muestra conocer bien a Almodóvar. Pasó por él en todos sus viajes de ida y vuelta por aquella ruta a Andalucía, y en algunos de ellos haría fin de jornada y visitaría la población, residencia, pocos años antes, de San Juan de la Cruz, a la traslación de cuyos restos consagrará un capítulo en su inmortal obra. Sobre las citas, ya registradas, en el Quijote, del doctor Pedro Recio y de Sancho Panza, que ubicúan exactamente a Tirteafuera entre Almodóvar y Caracuel, tenemos otras dos en el capítulo XXIII de la Primera Parte. Cuando Don Quijote y Sancho, tras la aventura desventurada de los galeotes, para esquivar a la Santa Hermandad (a la que tanto temía el último), a instancias de éste, sube aquél en Rocinante y deciden apartarse del camino real, dice el texto: «Subió Don -[94]- Quijote, sin replicarle más palabra, y guiando Sancho sobre su asno, se entraron por una parte de Sierra Morena, que allí junto estaba, llevando Sancho intención de atravesarla toda, e ir a salir al Viso o a Almodóvar del Campo, y esconderse algunos días por aquellas asperezas, por no ser hallados, si la Hermandad los buscase.» Llegan aquella noche «a la mitad de las entrañas de Sierra Morena», donde duermen entre dos peñas y muchos alcornoques. Amanece luego, éntranse «por aquellas montañas», encuentran el cojín y la maleta de «Cardenio» con el dinero y el librillo de versos y cartas, y meditando el Caballero de la Triste Figura en quién fuese el dueño, «vio que por cima de una montañuela que delante de los ojos sé le ofrecía, iba saltando un hombre de risco en risco y de mata en mata». Hallan después, rodeando parte de la montaña, caída y muerta en un arroyo, la mula de «Cardenio», y en seguida al Cabrero, quien les habla del triste estado del arrogante joven y del «accidente de la locura» que sufre. «Y en verdad os digo, señores —prosiguió el Cabrero—, que ayer determinamos yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle hasta tanto que le hallemos, y después de hallado, ya por fuerza, ya por grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura.»
 

Evocaciones de Sierra Morena.
Evocaciones de Sierra Morena.
 ... «iba saltando un hombre [Cardenio] de risco en risco y de mata en mata».

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Del texto se infieren con absoluta claridad dos cosas: primera, que el paraje por donde anda «Cardenio» y se celebra la plática del Cabrero con Don Quijote y Sancho, está «a la mitad de las entrañas de Sierra Morena», y a ocho leguas de la villa de Almodóvar, precisión geográfica de las más puntuales de la novela inmortal; y segunda, que Cervantes conocía perfectamente la existencia en Almodóvar de buenos médicos y remedios curativos, con preferencia a ningún otro lugar en ocho leguas a la redonda del sitio en que habla el Cabrero, pues en Almodóvar podían curar al enfermo, «si es que su mal tiene cura». 

Dejemos ya a Almodóvar y continuemos el viaje por el mismo camino Real de la Plata. A dos leguas estaba la Venta de Tartaneda, que menciona Villuga, pero que no menciona Meneses por olvido, pues funcionaba aún en 1649. Su posición, si existiera, correspondería actualmente al punto de cruce del ferrocarril Madrid-Badajoz con el río Ojailén, cerca de la estación de Veredas (1), frente a la aldea de Brazatortas. Pertenecía en 1576 a María del Olmo y valía 500 ducados. 

A la derecha de la ruta, como a diez kilómetros a Occidente, al asomar a la solana del valle de Alcudia por el puerto de Tres Ventas, junto al río de la Cabra, hallábase la Fuente de la Pizarra, aludida por Cervantes en La Ilustre Fregona, cuando dice que Avendaño y Carriazo salieron en Valladolid «a ver la fuente de Argales, famosa por su antigüedad y sus aguas, a despecho del Caño Dorado y de la reverenda Priora, con paz sea dicho de Leganitos y de la extremadísima fuente Castellana (2), en cuya competencia pueden callar Corpa y la Pizarra de la Mancha». De esta fuente y de la exquisitez de sus aguas tendría conocimiento por trajinantes, cuadrilleros o mozos de mulas de aquellas ventas. 

Dos leguas más allá de la de Tartaneda, hallábase la del Molinillo. Cervantes la sitúa así en el texto primigenio de Rinconete, compuesto en Sevilla: «En la venta del Molinillo, que está en los campos de Alcudia, viniendo de Castilla para la Andalucía, ya en la entrada de Sierra Morena...» Y en la lección definitiva, realizada en Madrid al preparar la novela para su impresión: «En la venta del Molinillo, que está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía...» -[96]-
 

El valle de Alcudia.
El valle de Alcudia.
... «los famosos campos de Alcudia, como vamos de Castilla a la Andalucía».

 No siempre mejoró Cervantes en su edición y refundición el texto primitivo, y posiblemente el párrafo transcrito de éste sea preferible y más exacto. En él coloca la acción en «un día de los calurosos del verano del año 1569»; mas en la refundición se elude la fecha. ¿Respondía a la realidad? Por un pasaje conexivo, del Coloquio de los Perros, referente al licenciado Juan Sarmiento de Valladares, se ha creído ver errata en el año 1569, por 1589, en que aquél era Asistente de Sevilla. Otros suponen que quizá Miguel citó de memoria, sin pararse mucho en año más o menos, y por eso luego borró la fecha. En mi opinión hay, efectivamente, errata, y la cita de «uno de los calurosos días del verano del año 1589» responde a la realidad. Como en otro capítulo veremos, las huellas de Cervantes en Andalucía se pierden durante más de medio año, desde 26 de Junio de 1589 a 12 de Febrero de 1590, en que se halla en Carmona. Él debió de salir de Sevilla, cansado de sus comisiones, aunque luego tuvo que volver a ellas, en dirección a Esquivias y a Madrid, hacia el 27 de Junio de 1589; y así, pudo pasar por la venta del Molinillo en «uno de los días calurosos» de aquel verano. Allí sorprendería a los dos mozalbetes, que tan maravillosamente describe, los cuales saliéronse (texto primitivo) «a sestear en un portal con su ramada, que delante la venta se hace», o (lección definitiva) «a -[97]- sestear en un portal o cobertizo, que delante de la venta se hace». Queda suprimida la «ramada», ramaje o enramada; pero posiblemente la hubiera, para templar los rigores de la estación. Y por eso dice después (y el texto es ahora de la refundición) que «salió en esto un arriero a refrescarse al portal», pidió hacer tercio con Rincón y Cortado, que jugaban a los naipes disimuladamente, y los pícaros le ganan «doce reales y veinte y dos maravedís, que fué darle doce lanzadas y veinte y dos mil pesadumbres». No suministra más detalles de la Venta, sino que en tal sazón (texto primitivo) «pasaron ciertos caminantes, que iban a comer y sestear a la venta del Alcalde», o (lección definitiva) «pasaron acaso por el camino una tropa de caminantes a caballo, que iban a sestear a la venta del Alcalde, que está media legua más adelante». Suprime lo de «comer», hace a los caminantes jinetes y da la justa distancia de una venta a otra. Más la siguiente observación: que la ventera había estado oyendo a los pícaros, sin que ellos lo advirtiesen, y dijo al arriero que los naipes que traían eran falsos, el cual se pelaba las barbas por la afrenta. En fin, los compañeros del arriero, prueba de que allí concurrían muchos, obligaron al hombre a quedarse en la Venta y no marchar a la inmediata en persecución de los tunantes. 

La Venta del Molinillo pertenecía entonces no como venteros, sino como propietarios, a María y Francisco Delgado (de familia prócer, emparentada con Juan de Ávila), y era la mejor de todas las del contorno, a excepción de la del Alcalde, pues valía 1.400 ducados. Su emplazamiento, según la documentación de los Itinerarios de Agostini y Gallego, radicaba en el quinto llamado «Cerro Verde», inmediato a los terrenos de «Nava la Grulla», a la izquierda del camino. Llamábase del Molinillo por uno instalado en la presa del arroyo de que nace el río Tablillas. Tenía de fachada, que miraba al Oeste, sesenta y dos varas, y de fondo, cuarenta y dos. En 1602 moraba en ella la viuda de Alonso Caro. Sucesivamente, claro está, pasó a diferentes dueños. De documentos inéditos que me facilita mi citado buen amigo Sr. Agostini, estantes en el Archivo Municipal de Almodóvar del Campo, se extraen noticias curiosas y sucesos acaecidos en la Venta. En 1666, el portal o cobertizo en que jugaran a los naipes Rincón y Cortado, se transforma en oratorio embovedado, con sus ornamentos, misal y cáliz de plata para celebrar el santo sacrificio de la Misa, autorizado por bula de Su Santidad. Cuatro años después, siendo ventero Eugenio Ruiz de Arévalo, casado con María Alonso, una mañana, 7 de Agosto, hallándose Eugenio sentado en el portal, llegaron diez o doce hombres, unos a pie y otros a caballo, por el camino de la Bienvenida (venta al Noroeste, apartada de aquella ruta). Salieron a atenderles un postillón, un herrador de los caballos de las postas y tres criados. Pidieron de beber, y cuando Eugenio servía al que llamaban «Capitán», el conocido por «Sargento» dióle de palos con un

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La Venta del Molinillo, hoy «Casa de la Divina Pastora».
La Venta del Molinillo, hoy «Casa de la Divina Pastora».

Otra visa a de la Venta del Molinillo.
Otra visa a de la Venta del Molinillo, donde sitúa Cervantes la acción de las primeras escenas de  Rinconete y Cortadillo.

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arcabuz y le derribó. Acto seguido, por la puerta del corral entraron otros siete hombres, a la cabeza de los cuales marchaba un tal Juan de Salazar con la espada desnuda, y repartieron palos y golpes, incluso al cura que iba a decir misa; encañonaron a todos con las pistolas, los metieron en un cuarto, que cerraron por fuera, dejando a la puerta dos bocas de fuego, y robaron ropas, dinero, alhajas y caballerías. Pidieron la guitarra, tocaron, cantaron, cenaron y se fueron. Ya de noche, muy oscura, los prisioneros sintieron abrirse el cuarto, y vieron a algunos pasajeros (seis de ellos con heridas) a quienes acababan de desvalijar los bandidos. No pudo detenérseles. Al parecer se trataba de gitanos extremeños. 

En 1687, Alfonso Ruiz había sucedido en el arriendo de la Venta a Eugenio y a María. Estaba casado en Puertollano y sostenía relaciones ilícitas en Almodóvar con la soltera Catalina Trujillo. Entra el alguacil una noche en la casa y encuentra a ella acostada y a él debajo de la cama. Catalina es condenada a destierro, y él a multa. Pero al dirigirse ella a Conquista a cumplir el destierro, pasa por la Venta del Molinillo y se queda tranquilamente a vivir con Alfonso. Entérase la Justicia y a él le ocasiona la ruina. Toma entonces la venta Manuel Sánchez, que en 1692 sufre una causa por contrabandista de tabaco; se lo proporcionaban las postas. 

Todavía se cita en los Repartimientos de 1799; pero en adelante desaparece. En el sitio que ocupó en el predio «Cerro Verde», alzóse una casa de labor con el nombre de «Casa de la Divina Pastora», aún subsistente, aunque reconstituída. De la Venta del Molinillo sólo quedan unos viejos cercados, unidos a la casa de labor, cuyas dimensiones coinciden con las apuntadas, y una piedra de molino, quizá la misma que funcionara un tiempo y diera nombre a la Venta. Pero la chimenea y la cocina de la «Casa de la Divina Pastora» son, respectivamente, el campanario y oratorio que antaño se habían construído en el cobertizo o portal «con su ramada», donde «un día de los calurosos del verano del año 1589», pusiéronse a jugar a la veintiuna Pedro del Rincón y Diego Cortado, con aquellos naipes de figura aovada, «porque, de ejercitarlos, se les habían gastado las puntas». 

De la Venta del Molinillo se pasaba a la del Alcalde, «que está media legua más adelante», como escribe Miguel con exactitud, pues distaba una de otra justamente, en medidas de hoy, 3.000 metros.. Hallábase enclavada, al pie mismo de la Sierra, en el sitio del valle de Alcudia denominado quinto de «Minarrica y Cotofía». Su fachada, al Oriente, comprendía sesenta varas, y su fondo diez y seis. Componíase de un cuarto dormitorio, de suelo cuadrado; sala cocina, granero, dos cuartos y pajar a sola teja. Era, pues, bastante más pequeña que la del Molinillo; pero edificio mejor, pues valía, como se ha dicho, 1.500 ducados, mientras la otra, 1.400. Tenía correo de postas y pertenecía a la sazón a hijos de Esteban Sánchez. Se ignora quién

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La célebre Venta del Alcalde, ahora «Venta de la Inés».
La célebre Venta del Alcalde, ahora «Venta de la Inés».

Otra vista de la Venta del Alcalde, y antiguo camino Real de la Plata de Toledo a Córdoba y Sevilla.
Otra vista de la Venta del Alcalde, y antiguo camino Real de la Plata de Toledo a Córdoba y Sevilla.

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fuera el ventero; pero en el «Libro de Acuerdos del Concejo de la villa de Almodóvar del Campo, año de 1601», figura como morador en ella Juan Grande (1). Después de pasar a diferentes dueños en los siglos XVII y primera mitad del XVIII, en 1746 la compra Jacinto García Lozano, quien casa en 1761 con Inés Ruiz Castellanos. Muere Jacinto el 19 de Febrero de 1774, y su mujer se pone al frente de ella. El 8 de Marzo de 1797, diez bandidos montados y armados, llegan a la Venta, llévanse dos fanegas de cebada y un caballo bueno, a cambio de otro viejo; suben al puerto, roban a siete molineros de aceituna que vienen de Andalucía, y los rondines no los alcanzan, porque huyen a Conquista.

Viejas cercas de la Venta del Alcalde.
Viejas cercas de la Venta del Alcalde.

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 En 1807 fallece Inés en Brazatortas, y la Venta pasa a sus hijos Antonio, Juan y Francisca, mujer de Antonio Sánchez Molina, que la regentaba desde 1801. Pero la Venta del Alcalde, a causa de morar en ella más de treinta años Inés, acabó por perder su nombre y llamarse «Venta de la Inés». Así aparece ya, en 1820, en el Libro de Amillaramientos de Almodóvar. Las mismas familias de Sánchez Molina y de García Lozano disfrutaban la propiedad de ella en 1857. La heredaron luego sus hijos, y en 1879 la transmitieron a unos parientes, abuelos de los propietarios actuales. Aún se conserva en buen estado, merced a sus reparaciones, y todavía pueden verse sus cercados antiguos y huellas de su primitiva edificación.

 Corral de la Venta del Alcalde.
Corral de la Venta del Alcalde,
hasta donde descienden los robles de Sierra Morena.

Aquí, como la mejor venta de la ruta, que tenía, según hemos dicho, correo de postas y era fin de jornada y servíase de comer, haría noche Cervantes, deteniéndose un día, que ya eran tres de viaje, para descanso de su persona y cabalgadura. No creemos descaminado suponer que esta Venta, mejor aún que la precedente del Molinillo, como la más importante, fuera la elegida en su imaginación al crear la celebérrima del Quijote. Ninguna prestábase tanto, considerado el número, pues resultó estrecha, y la calidad de los personajes, al buen alojamiento y acomodo. Claro que todo es fantasía; pero en alguna de estas ventas inmediatas a Sierra Morena pensó, pues los que traen a Don Quijote de las entrañas de ella, en una cercana han de alojarse; y el Oidor, que con tanto aparato de coche y criados viaja a Sevilla y hace allí parada, no había de buscar sino la mejor o una de las -[103]- mejores de la ruta, que es la que sigue a la ciudad del Betis (y no había otra) desde León. Creer que la famosa Venta del Quijote pudo imaginarse en otro trayecto y no en éste y junto a Sierra Morena, es delirar. En el camino de herradura de El Toboso, que desemboca en la carretera que viene de Quintanar de la Orden, no hubo jamás venta en aquellos tiempos; ni siquiera por el propio Quintanar pasaba, ni podía pasar, ni pasó, ni pasa camino alguno en dirección a Sevilla, por ser justamente la ruta de Valencia.

 La Fuente del Alcornoque.
La Fuente del Alcornoque,
al pie de cuya peña mandó ser enterrado Grisóstomo.

La Venta del Alcalde, en cambio, coincide en todo con la evocada por Miguel. Sobre lo indicado, vemos que tenía granero y pajar, donde pudo muy bien fingirse aquel «camaranchón que, en otros tiempos, daba manifiestos indicios que había servido de pajar muchos años», en que alojan a Don Quijote herido, y lo emplastan de arriba abajo la ventera y su hija, alumbrándoles Maritornes (1). Tenía también corral, cuyas cercas o paredes, «que no eran muy altas», se ven todavía, dentro del cual los cuatro perailes de Segovia, los tres agujeros del Potro de Córdoba y los dos vecinos de la Heria de Sevilla mantearon al pobre Sancho, holgándose con él «como con perro por Carnestolendas», mientras Don Quijote, encolerizado, oía desde

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Inmediaciones de la Fuente del Alcornoque
Inmediaciones de la Fuente del Alcornoque, donde Cervantes coloca la acción de los capítulos
del XI al XIV de la primera parte del Quijote.

La peña misma de la Fuente del Alcornoque
La peña misma de la Fuente del Alcornoque, sobre la cual pinta Cervantes la aparición de la pastora Marcela.

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fuera sus gritos y veíalo bajar y subir por el aire, sin que pudiera subir desde Rocinante a las bardas para socorrerle, por lo molido y quebrantado que estaba (1).

Y no sólo conocía Cervantes con precisión esta Venta, para evocarla preferentemente a ninguna otra, sino todos sus contornos y parajes, pues en el mismo quinto de la «Cotofía» y a escasa distancia de ella, encuéntrase la Fuente del Alcornoque, nombre que conserva aún, y en la cual y en sus inmediaciones coloca la acción de los capítulos XI, XII, XIII y XIV de la Primera Parte del Quijote. Allí, recogidos caballero y escudero por la noche junto a las chozas de unos cabreros, que les convidan a cenar sobre una rústica mesa de pieles de ovejas, pronuncia Don Quijote su célebre discurso, con un puñado de bellotas en la mano, sobre la Edad de Oro, cuando eran los hombres felices, «la justicia se estaba en sus proprios términos», y la «ley del encaje aún no se había asentado en el entendimiento del juez» (2).

Cercanías de la Fuente del Alcornoque
Cercanías de la Fuente del Alcornoque,
con las altas hayas a que alude Cervantes

Canta después el cabrero Antonio un romance al son de su rabel, y luego llega otro mozo, de los que traían el bastimento a la majada, con la noticia de haber muerto en la aldea (que sería la de Brazatortas) «aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores -[106]- de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el Rico; aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales... Y es lo bueno que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la Fuente del Alcornoque, porque, según es fama, y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vió la vez primera» (1). Añade a continuación que, a pesar de parecer el testamento obra de un gentil, se cumplirá, porque así lo quiere un gran amigo del difunto, el estudiante Ambrosio, y todos los pastores sus amigos, «y mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho». Los cabreros prometen asistir al entierro, menos uno, que guardará las cabras; y Don Quijote pide noticias de Grisóstomo y de Marcela, una de las más lindas figuras que ha creado la imaginación de Cervantes. Cuenta el cabrero Pedro la historia de aquellos amores, y cómo están prendados de la sin par hermosura de Marcela muchos ricos mancebos, hidalgos y labradores, que la siguen, desengañados, por aquellos valles y sierras, haciendo resonar sus lamentos. «No está muy lejos de aquí un sitio —continúa— donde hay casi dos docenas de altas hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el nombre de Marcela, y encima de alguno, una corona grabada en el mesmo árbol... Aquí sospira un pastor, allí se queja otro, acullá se oyen amorosas canciones, acá desesperadas endechas» (2). Pedro, en fin, aconseja a Don Quijote que no deje de hallarse a la mañana siguiente al entierro de Grisóstomo. Éste se lo promete. Sancho se duerme, acomodado entre Rocinante y su jumento, y el Caballero de la Triste Figura entra a descansar en la choza de Pedro, pero «todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela». 

Al amanecer del día siguiente, Don Quijote, Sancho y los cabreros se encaminan a la Fuente del Alcornoque, «y no hubieron andado un cuarto de legua» (Cervantes precisa exactamente el lugar), cuando vieron venir los asistentes al entierro: seis pastores vestidos con pellicos negros y coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y adelfa, dos gentileshombres de a caballo y tres mozos de a pie; y después, veinte pastores más, también vestidos de luto, y con guirnaldas, seis de los cuales traían el cadáver de Grisóstomo en unas andas «cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos». Se aproximan a ellos, que se disponen a enterrarlo, y antes de llegar, «ya los que venían habían puesto las andas en el suelo, y cuatro dellos con agudos picos estaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña». Ambrosio, entonces, exclama: «Allí me dijo él que vió la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fué también donde la primera vez le -[107]- declaró su pensamiento, tan honesto como enamorado; y allí fué, la última vez, donde Marcela le acabó de desengañar y desdeñar, de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, en memoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas del eterno olvido» (1).

 Cervantes, a continuación, infunde a la escena un sabor patético y sublime, con la «Canción desesperada» de Grisóstomo y la presencia de Marcela, que aparece, como visión maravillosa, por encima de la peña donde se cavaba su sepultura.

 Sepultura de Grisóstomo, junto a la Fuente del Alcornoque
Lugar junto a la Fuente del Alcornoque, donde, según Cervantes,
cavaron los pastores la sepultura de Grisóstomo.

Todo el paisaje de la Fuente del Alcornoque y sus inmediaciones se halla descrito exactamente, como por quien, alojado varias veces en la Venta del Alcalde, se habría adentrado, curioso, por aquellas cercanías. Y hasta se da el pormenor, prueba de encontrarse en la ruta que seguimos, de que, concluída la escena, al despedirse Don Quijote de sus huéspedes y de los caminantes, éstos le rogaron que se fuese con ellos a Sevilla; pero Don Quijote lo rehusó, diciendo que «por entonces no quería ni debía ir a Sevilla, hasta que hubiese despejado todas aquellas sierras de ladrones malandrines, de quien era fama que todas estaban llenas». Y decía verdad. 

La misma Venta del Alcalde y también la del Molinillo, como lugares -[108]- de mucha concurrencia, prestábanse en un observador como Miguel al estudio de tipos populares de la más diversa índole, así manchegos como de otras regiones castellanas o andaluzas, por ser tránsito obligado, especialmente, de Madrid a Sevilla y de Sevilla a Madrid. Algunas veces, igual en invierno que en verano, el fin de jornada se prolongaría, a causa de nieves, lluvias u otros contratiempos. Allí se jugaría a los naipes, dados y demás juegos, se cantaría y se bailaría. Ya hemos visto (aunque el suceso ocurre casi un siglo después) pedir en la Venta del Molinillo unos bandoleros la guitarra. La había en todas las ventas. Además, en ocasiones eran visitadas de propósito por comediantes, no digo por compañías de ellos, que casi siempre irían de paso y no se detendrían a trabajar (1); pero sí por bojigangas, garnachas, cambaleos, gangarillas y ñaques, y no digamos por bululús y titereros del corte de Maese Pedro, cuya función inmortaliza Cervantes en otra venta, ésta ya en la Mancha de Montearagón (2). En la más famosa del Quijote (a nuestro juicio la del Alcalde), el ventero Juan Palomeque el Zurdo cuenta cómo, cuando es el tiempo de la siega, se reúnen allí muchos segadores «y siempre hay alguno que sabe leer», el cual coge un libro de caballerías en las manos, y rodeándole más de treinta personas, todas le escuchan «con tanto gusto, que nos quita mil canas» (3). La escena, sabiamente dispuesta, está traída con varias intenciones y no carece de rasgos autobiográficos. Primera, el ataque, por boca del ventero (la misma tesis de Don Quijote y del sacerdote aludido por Melchor Cano), de que cómo podían ser falsos y mentirosos los libros de caballerías, «estando impresos con licencia de los señores del Consejo Real». Segunda, buscar un pretexto o artificio para incluir la Novela del curioso impertinente, ajena al asunto del Quijote, cargo que pronto se le hizo a Cervantes, «no por mala ni por mal razonada (como dice el Bachiller Sansón Carrasco), sino por no ser de aquel lugar», del cual su autor se justificó luego con mucha gracia. Cuanto a los rasgos autobiográficos, resaltan patentes; el ventero sacó de su aposento «una maletilla vieja, cerrada con una cadenilla, y abriéndola, halló en ella tres libros grandes y unos papeles de muy buena letra, escritos de mano». Los libros eran Don Cirongilio de Tracia, Félixmarte de Hircania y las biografías del Gran Capitán y de Diego García de Paredes; y los manuscritos, las novelas El curioso impertinente y Rinconete y Cortadillo. ¿Cómo estaba dicha maleta con tales libros y papeles en aquella venta? El mismo ventero lo dice: por haberla dejado allí olvidada su dueño, «que bien puede ser que -[109]- vuelva» , al cual piensa entregar los libros y los papeles, porque «aunque ventero, todavía soy cristiano».

 Ruinas de la Venta Tejada, citada en La Ilustre Fregona.
Ruinas de la Venta Tejada, citada en La Ilustre Fregona.

Todo indica claramente que Cervantes hizo algún viaje con aquella maleta por el tiempo en que, pensando escribir el Quijote, o componiéndolo ya, necesitó documentarse leyendo o remozando la lectura de libros de caballerías, que llevaría consigo, y la dejó olvidada en la Venta. Los detalles, sin interés para el lector, de ser «una maletilla vieja, cerrada con una cadenilla», y la buena letra de los papeles, propia de Miguel, tienen un valor significativo como recuerdos personales. Y el incluir en el Quijote la novela de El curioso impertinente se explica muy bien. No podía pasarse por alto a Cervantes que aquella narración era un pegote, todo lo lindo que se quiera, pero ajeno al asunto. La incrustó, sencillamente, al ver poco fácil su publicación suelta, para recabar su propiedad. Leída en ventas y mesones, corría el peligro de serle usurpada. No da él esta explicación, aunque la sugiere. E igual la de Rinconete y Cortadillo. Dejó de incluirla, cierto, en el Quijote, por ser ya imposible, después de aquélla y del relato del Cautivo (primitivamente también novela, engarzada con encanto en la narración); pero da su título, previniéndose así, del modo mismo, contra cualquier hurto. El propio ventero no era de fiar, con todo y prometer, tras llamarse cristiano, que devolvería aquellos libros y papeles, porque luego dice al Cura «que pues su dueño no había vuelto por allí, que se los llevase todos», y

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Prado vecino al Val de las Estacas, donde los yangüeses molieron a Don Quijote.
Prado vecino al Val de las Estacas, donde los yangüeses molieron a Don Quijote.

El camino Real de la Plata a Córdoba y Sevilla, a la entrada de Sierra Morena.
El camino Real de la Plata a Córdoba y Sevilla, a la entrada de Sierra Morena.

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el Cura se lo agradeció y quedóse con Rinconete y Cortadillo, para leerlo «cuando tuviese comodidad» (1)

En resolución, la Venta, que, merced a tantas circunstancias, parece corresponder a la del Alcalde, y cuyos sucesos ocupan casi la mitad de la Primera Parte del Quijote, debió de ser la preferida de nuestro autor en sus viajes por aquella ruta; y si acaso no hay ficción en los nombres de Juan Palomeque el Zurdo, Pedro Martínez y Tenorio Hernández, dijérase haber querido con ellos descubrirla a sus contemporáneos. 

Reanudado el camino, luego de la jornada de reposo, a una legua se descubría la Venta Tejada. Era entonces propietario de ella Pedro García, y valía trescientos ducados. Cervantes la evoca también, no ahora en el Quijote, sino en La Ilustre Fregona. En la conversación que sostienen a la entrada de Illescas los dos mozos de mulas andaluces, a que nos referimos en el capítulo XLII, el que iba a Madrid desde Sevilla y Toledo, dice al que venía de Madrid e iba por Toledo a Sevilla: «Y esta noche no vayas a posar donde sueles, sino en la Posada del Sevillano, porque verás en ella la más hermosa fregona que se sabe; Marinilla, la de la Venta Tejada, es asco en su comparación.» La moza, pues, de la Venta Tejada, aunque no pudiera compararse con la bellísima Constanza, sería la antítesis de la fea Maritornes; y esto nos lleva a la conclusión de que la Venta Tejada no tiene que ver con la famosa venta cervantina. Estuvo en los terrenos del valle llamado de El Escorial, vecino del Val de las Estacas, a la derecha de la ruta, mirando su fachada al Oriente. Funcionó hasta hace unos cuarenta años; pero hoy no quedan de ella sino sus escombros, que pronto se borrarán totalmente. 

Y como por todas aquellas cercanías gustó Cervantes de llevar a su Ingenioso Hidalgo, a escaso trecho al Sudeste colocó su terrible encuentro «con unos desalmados yangüeses», según el epígrafe del capítulo XV de la Primera Parte, o con «unos harrieros gallegos», según el texto del mismo, que luego se repite varias veces (2). El lugar se revela en el capítulo XVII. Vuelto ya Don Quijote, en la Venta, de su parasismo, comienza a llamar a Sancho «con el mesmo tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando estaba tendido en el Val de las Estacas». Recuérdese que luego de los estacazos de los yangüeses o de los gallegos, Sancho

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El Arroyo de los Batanes
El Arroyo de los Batanes

Castaños y altas peñas del pradecillo en el Arroyo de los Batanes.
Castaños y altas peñas del pradecillo en el Arroyo de los Batanes.


Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla

III
(De la venta Tejada a Córdoba)
Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla - III

Signos convencionales.—En trazo rojo: Antiguo camino real de Toledo a Córdoba y a Sevilla.—Triángulos negros: Ventas en tiempo de Cervantes.—En trazo negro: Ríos y arroyos.—En trazo negro continuo: Carreteras modernas.—En trazo negro entrecortado: Ferrocarriles.—En trazo de cruces: Límite de provincia.—Punto negro: Pueblo.—Punto y círculo: Cabeza de partido.—Punto y doble círculo: Capital.

 

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acomodó a Don Quijote sobre el rucio y puso de reata a Rocinante; «y llevando al asno de cabestro, se encaminó poco más o menos hacia donde le pareció que podía estar el camino real. Y la suerte, que sus cosas de bien en mejor iba guiando, aún no hubo andado una pequeña legua, cuando le deparó el camino, en el cual descubrió una venta» (1). Nueva prueba de que la famosa era la del Alcalde, pues la de Tejada hallábase casi enfrente, y tuvieron que atravesar terreno, desde el Val de las Estacas, hasta ganar el camino real, y aun entretenerse antes de llegar a la primera, porfiando en si era venta o castillo. 

Todavía perdura allá el nombre de Val de las Estacas, aureolado con la cita del Romancero del Cid:

Por el Val de las Estacas
pasó el Cid a mediodía
en su caballo Babieca:
¡oh, qué bien que parecía!...

Y el otro romance:

Por el Val de las Estacas
el buen Cid pasado había:
a la mano izquierda deja
la villa de Constantina...

Si pasó o no el Cid por el Val de las Estacas a reclamar del monarca sevillano las parias debidas al de Castilla, es cuestión peliaguda, ajena a esta obra; pero que por él pasó Cervantes, se colige de su evocación, así como de la del Arroyo de los Batanes y Peña Escrita, término de Fuencaliente, en la ruta de Almodóvar del Campo-Fuencaliente-Andújar, cuando sus comisiones en el Reino de Jaén en 1592, de que nos dejó (y en su lugar veremos) la visión admirable, en el Persiles, del monasterio de la Virgen de la Cabeza «en las entrañas de Sierra Morena, tres leguas de la ciudad de Andújar». Así, las Relaciones topográficas de Fuencaliente (20 de Diciembre de 1575) nos hacen saber que por el pueblo pasaba un camino real, y que iban por él los que se dirigían de Andalucía al Reino de Toledo. Era un excelente atajo desde Andújar y otros lugares de Jaén. 

Por la proximidad a la ruta que ahora seguía Cervantes, conviene anticipar que el Arroyo de los Batanes (y aun las ruinas que de ellos subsisten) se encuentran un poco al Sudeste del lugar del enterramiento de Grisóstomo. Es el prado a que arriban, caminando a tiento, Don Quijote y Sancho,

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Otra vista del Arroyo de los Batanes.
Otra vista del Arroyo de los Batanes.

En plena Sierra Morena.—Valle en las proximidades de Peña Escrita.
En plena Sierra Morena.—Valle en las proximidades de Peña Escrita.

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acosados por la sed, luego de la aventura con el cuerpo muerto, «cuando llegó a sus oídos un grande ruido de agua, como que de algunos grandes y levantados riscos se despeñaba» (1). Sancho, siempre medroso y de poco ánimo, se estremecía al escuchar aquellos «golpes a compás con un cierto crugir de hierros y cadenas, acompañados del furioso estruendo del agua, que pusieran pavor a cualquier otro corazón que no fuera el de Don Quijote». Cervantes dramatiza admirablemente el momento: «Era la noche, como se ha dicho, escura, y ellos acertaron a entrar entre unos árboles altos, cuyas hojas, movidas del blando viento, hacían un temeroso y manso ruido, de manera. que la soledad, el sitio, la escuridad, el ruido del agua, con el susurro de las hojas, todo causaba horror y espanto, y más cuando vieron que ni los golpes cesaban, ni el viento dormía, ni la mañana llegaba.» Para matar el tiempo, narra Sancho el cuento del pastor Lope Ruiz y la pastora Torralba. Hasta que amanece, y se hallan «entre unos árboles altos, que ellos eran castaños, que hacen la sombra muy escura»; y andando después una buena pieza, «dieron en un pradecillo que al pie de unas altas peñas se hacía, de las cuales se precipitaba un grandísimo golpe de agua».

 El alto «peñón tajado» de Peña Escrita.
El alto «peñón tajado» de Peña Escrita.

Todo sigue igual en el pradecillo, los altos castañas, las altas peñas, la chorrera del Arroyo de los Batanes; todo, menos, naturalmente, aquellas -[116]- «casas mal hechas, que más parecían ruinas de edificios que casas», hoy verdaderas ruinas de ellas, y los seis mazos de batán que, aunque fueron sustituyéndose, no se repusieron, al fin, y dejaron de funcionar, desapareciendo, hace más de un siglo.

 Inscripciones neolíticas sobre las rocas de Peña Escrita.
Inscripciones neolíticas sobre las rocas de Peña Escrita.

Un tanto al Sur, como a tres kilómetros, muy cerca ya de Fuencaliente, se encuentra Peña Escrita, famoso monumento neolítico, de interés histórico, en plena Sierra Morena, que parece señalar el sitio escogido por Cervantes (pues se halla exactamente a las ocho leguas de Almodóvar, arriba indicadas) para la penitencia de Don Quijote, imitando la de Amadís cuando, llamándose Beltenebros, se alojó en la Peña Pobre después de los desdenes de Oriana. Lógico surge que, en la imitación, a una Peña Pobre sucediera una Peña Escrita. Allí puede verse, tal y como lo describe Cervantes, el lugar elegido por el Caballero de la Triste Figura para hacer su penitencia, «al pie de una alta montaña, que, casi como peñón tajado (1), estaba sola entre otras muchas que la rodeaban. Corría por su falda un manso arroyuelo, y hacíase por toda su redondez un prado tan verde y -[117]- vicioso, que daba contento a los ojos que le miraban. Había por allí muchos árboles silvestres y algunas plantas y flores, que hacían el lugar apacible» (1)

Que Miguel vió a Peña Escrita y sus imágenes neolíticas, no ofrece para mí duda, pues no se explica de otro modo el sabor pagano y mitológico que, a continuación, imprime a las exclamaciones de Don Quijote: «¡Oh vosotros, quienquiera que seáis, rústicos dioses, que en este inhabitable lugar tenéis vuestra morada! Oíd las quejas deste desdichado amante, a quien una luenga ausencia y unos imaginados celos han traído a lamentarse entre estas asperezas y a quejarse de la dura condición de aquella ingrata y bella, término y fin de toda humana hermosura. ¡Oh vosotras, napeas y dríadas, que tenéis por costumbre de habitar en las espesuras de los montes! Así los ligeros y lascivos sátiros, de quien sois, aunque en vano amadas, no perturben jamás vuestro dulce sosiego, que me ayudéis a lamentar mi desventura, o, a lo menos, no os canséis de oilla.» La evocación, pues, entona perfectamente con el primitivismo rústico y pagano que respiran aquellos parajes. 

A la Venta Tejada (tornando de nuevo a la ruta), donde los viajeros alguna vez celebrarían las gracias de Marinilla, seguía la del Herrero, no citada por Meneses, dos leguas adelante. Valía seiscientos ducados, y era propiedad entonces de Bartolomé Felipe. Una legua más allá venía la Venta de Guadalmez, junto al río de este nombre. Pertenecía a la viuda del bachiller Gutiérrez. Valía ochocientos ducados y era la última del término de Almodóvar. 

Entrábase ahora en el Reino de Córdoba y existían en el trayecto once ventas de allí a Adamuz, que funcionaron hasta mediados del siglo XVIII; pero que fueron desapareciendo, menos la llamada de Navajunda o Navasegunda, y la de Agua Dulce, al fin todas también, excepto la última, extinguidas. La apertura, en el mencionado siglo, del camino real de Despeñaperros, arruinó el tráfico del de la Plata, que a comienzos del XIX fué usado únicamente por la arriería. 

Las once ventas, desde Conquista a Adamuz (10 leguas), fueron creadas para comodidad y seguridad de los pasajeros por la ciudad de Córdoba en los años 1392 ó 1393, y el rey don Enrique III las eximió de toda clase de pechos, a petición de la misma ciudad, en 17 de Enero de 1394. La primera, Venta de las Porquerizas, hallábase a media legua de la de Guadalmez, muy cerca de Conquista. Seguían las Ventas Nuevas, a dos leguas de la precedente. Como de ninguna de las dos queda el menor vestigio, su ubicación resulta difícil; pero a 11.000 metros de aquélla y junto al cruce de varios caminos, se encuentra hoy el cortijo de don -[118]- José Castro. Pudieron, así, estar por este sitio las Ventas Nuevas. A unos cuatro kilómetros del anterior emplazamiento aparece, a la derecha, Villanueva de Córdoba. Y a kilómetro y medio por debajo y a una legua de aquéllas, hallábase la Venta Alhama. No hay tampoco vestigio de ella, ni toponímico, si bien a tal distancia y junto al arroyo Almadilla existe un enlace de caminos. Pudo estar en él. Una legua más allá señala Villuga la Venta de la Cruz. Debe de haber error en la distancia, porque a diez kilómetros de Villanueva de Córdoba, a la izquierda del camino, veíanse hasta hace poco las ruinas de la Venta de la Cruz. Seguía la Venta de los Locos, a una legua de la precedente. No queda de ella otro indicio que el del «Cortijo de la Venta de los Locos», cuyo caserío se encuentra a unos 1.500 metros de las ruinas de la Venta de la Cruz y a 200 del camino, en el lado izquierdo. A media legua venía la Venta Darán o Venta de Orán. De su existencia tenemos el rastro de que a 2.000 metros del «Cortijo de la Venta de los Locos», aparece, también a la izquierda del camino, el «Cortijo de la Venta Orán». 

Aquí haría noche Cervantes, pues era venta muy concurrida, y la misma en que se desarrolla, según anticipamos, el tranco V de El Diablo Cojuelo. Quizá la confusión de Luis Vélez, de llamarla Darazután, en vez de Darán, no pase de errata de imprenta, o bien sea yerro de memoria. Estando el Cojuelo y Don Cleofás en Toledo en el Mesón de la Sevillana (o sea en el propio Mesón del Sevillano de La Ilustre Fregona, que ya conocemos), aquél le dice: «Hemos de ir a comer a la Venta de Darazután, que es en Sierra Morena, veinte y dos o veinte y tres leguas de aquí». Vélez equivoca la distancia. De Toledo a la Venta de Darazután sólo había, como hemos visto, diez leguas; y a la de Darán, unas cuarenta; pero es a ésta a la que se refiere, por lo que en su obra narra. La escena tiene animación y movimiento. Don Cleofás y "el Cojuelo, llegados por el aire a la Venta, piden de comer. No quedan, según el ventero, sino un conejo y un perdigón, asándose a la lumbre. «Pues trasládenlos a un plato —dijo Don Cleofás—, señor ventero, y venga el salmorejo, poniéndonos la mesa, pan, vino y salero.» Pero no hay más que una mesa, en que comen y beben vino blanco y clarete un francés, un inglés, un italiano y un tudesco, ya medio beodos. Con ellos se sientan y trábanse en disputas, que concluyen en reyerta. El Cojuelo zambulle al inglés «en una caldera de agua hirviendo, que tenían para pelar un puerco en casa de un labrador de Adamuz.» Después llegan algunos mozos de mulas, pidiendo vino, «y, tras ellos, en el mismo carruaje, una compañía de representantes, que pasaban de Córdoba a la Corte, con ganas de tomar un refresco en la Venta». La entrada es arrogante, y lo que sucede corrobora cuanto dijimos sobre la visita de cómicos a las ventas de aquel trayecto: «Venían las damas en jamugas, con bohemios, -[119]- sombreros con plumas y mascarillas en los rostros, los chapines con plata, colgando de los respaldares de los sillones; y ellos, unos con portamanteos sin cojines, y otros sin cojines ni portamanteos, las capas dobladas debajo, las valonas en los sombreros, con alforjas detrás, y los músicos, con las guitarras en cajas delante de los arzones.» Lo primero que hicieron al entrar, fué alabar su arte, diciendo «que habían robado a Lisboa, asombrado a Córdoba y escandalizado a Sevilla, y que habían de despoblar a Madrid». Allí mismo quisieron repartir los papeles de ta comedia que habían de hacer en la Corte, y «el apuntador de la compañía sacó de un alforja los de una comedia de Claramonte, que había acabado de copiar en Adamuz». En fin, como suele acontecer, al repartirse los papeles de la primera y de la segunda dama, la una cree que debe hacer el papel de la otra, y llegan a las manos, «diciéndose palabras mayores, y tan grandes, que alcanzaron a los maridos, y sacando unos con otros las espadas, comenzó una batalla de comedia, metiéndolos en paz los mozos de mulas con los frenos que acababan de quitar». Don Cleofás y el Cojuelo, como Don Quijote y Sancho, se salen de la venta «al camino de Andalucía», sin pagar; pero como el alboroto continúa, el ventero, igual que su compañero Juan Palomeque el Zurdo, avisa a los cuadrilleros de la Santa Hermandad, quienes llegan con escopetas, chuzos y ballestas y prenden a los cómicos para llevarlos a Ciudad Real. 

Esta escena, y otras parecidas, serían presenciadas por Vélez de Guevara, como por Cervantes, en las ventas de aquella ruta, pues también aquél las recorrió muchas veces. 

A media legua de la anterior estaba la Venta de Fresnedilla. Tampoco se conserva; pero a 500 metros del «Cortijo de la Venta Orán» existe el alto Cerro de Fresnedilla (680 m.) a la izquierda del trayecto y como a un kilómetro del enlace con otro camino, junto al cual pudo hallarse emplazada. 

A continuación y a una legua señala Villuga la Venta de Dos Hermanas. No queda rastro toponímico. Ahora, a unos 4.500 metros del citado Cerro de Fresnedilla se encuentran las ruinas de la Venta del Puerto, seguramente la antigua de las Dos Hermanas. 

A distancia de otra legua venía la Venta del Fresno. El hecho de existir a la derecha del camino y a unos 5.000 metros de las ruinas de la Venta del Puerto las de la Venta del Fresnedoso, junto al arroyo del mismo nombre, muestra que se trata de la primitiva Venta del Fresno. 

Una legua adelante pone Villuga la Venta de Navagunte. La palabra no tiene sabor castellano, que él, como valenciano, pronunciaría mal, por Navajunda, su verdadero título, aunque en otros textos se llama Navasegunda. No hay más vestigio de ella que unos montones de piedras; pero todavía funcionaba a fines del siglo XVIII. Su emplazamiento hallábase

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El camino Real de la Plata poco antes de llegar a la Venta de Agua Dulce
El camino Real de la Plata poco antes de llegar a la Venta de Agua Dulce. A la derecha, ladera con olivos al fondo.

La Venta de Agua Dulce.
La Venta de Agua Dulce.

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inmediato al caserío de la «Cruz de las Navezuelas», junto al cruce de tres caminos. 

A ella seguía la Venta de Agua Dulce, a otra legua de la precedente y a la derecha de la ruta. Es la única que se conserva, como dijimos arriba. 

En fin, a una legua más, según Villuga, aunque realmente a siete kilómetros y medio, entrabase en Adamuz. Allí quizá se detendría a comer Cervantes, pues le daba tiempo para llegar a Córdoba (cinco leguas) antes de ponerse el sol.

 Escudo de la villa de Adamuz.
Escudo de la villa de Adamuz.

Miguel pudo sentir afecto por Adamuz: la villa pertenecía desde 1564 a don Luis Méndez de Haro, ya difunto, cuyo padre, del mismo nombre, tanto favoreció, como se recordará, al licenciado Juan de Cervantes, llevándole a varias tenencias de corregiduría, y estuvo vinculada, a partir de aquella fecha, a la casa y estado de los marqueses del Carpio (1). Era población antiquísima, fundada, decíase, por los fenicios; y no faltó quien pretendiera identificarla con la Vogia de Tolomeo. Otros derivan Adamuz de la voz hebrea adamotz, en equivalencia de «tierra colorada», que casa bien con su suelo. Su historia va unida a la de Córdoba por su proximidad, a cuya jurisdicción pertenecía desde 1260, no sin que sus derechos sufrieran algunas veces las embestidas de ciertos ricoshombres, como el conde de Cabra, codiciosos de la fértil tierra de Adamuz y de su fuerte castillo. A la sazón tenía sus cercas; pero de él sólo quedaban las ruinas, pues mandó demolerse, por concordia celebrada, a requerimiento de Enrique IV, en

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Trozo del camino Real de la Plata, en dirección al sitio llamado de «Los Malos Pasos»,
Trozo del camino Real de la Plata, en dirección al sitio llamado de «Los Malos Pasos»,
500 metros antes de llegar a Adamuz.

Adamuz.—Iglesia parroquial de San Andrés
Adamuz.—Iglesia parroquial de San Andrés, erigida en 1260 por el obispo de Córdoba don Fernando de Mesa,
y reedificada en 1549 por el también obispo de Córdoba, don Leopoldo de Austria.

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1464, entre Córdoba y los usurpadores de sus fortalezas. Al fin el pueblo, por venta de Felipe II, había pasado, de realengo, a señorío y perdido su almojarifazgo, si bien don Luis Méndez de Haro, generosamente, compensó a Córdoba con un juro perpetuo de 16.000 maravedís sobre sus alcabalas.

 Adamuz.—Torre de la iglesia parroquial de San Andrés construída en 1260.
Adamuz.—Torre de la iglesia parroquial de San Andrés construída en 1260.

La villa, en la falda de Sierra Morena, y a media legua del Guadalquivir, había progresado en aquellos veinte años. Ya el Rey, antes de venderla (1), hubo de autorizar la roturación de gran parte de terreno, en general quebrado y de monte inculto, que iba poblándose de olivos y viñas. En seguida abundaron también los huertos y las moreras. Esto y la abundancia de pastos en el monte, aunque la tierra de labor escaseaba, acrecieron la riqueza del lugar, entonces de unos 600 vecinos. La iglesia parroquial, dedicada al apóstol San Andrés, de 1260, habíase reedificado en 1549 por orden del obispo de Córdoba don Leopoldo de Austria. Existían varias ermitas, unas dentro y otras fuera de la población, y a legua y media al Suroeste, el convento de San Francisco del Monte, erigido en 1385 por Martín Fernández de Andújar, y traslada, de en 1394, y donde seis años atrás (1581) había sido guardián San Francisco Solano, que desde allí atendió a los apestados de Montoro. -[124]- 

Para Cervantes soplaban ya los aires olivíferos de la tierra de sus abuelos paternos, aires cordobeses, caricia de su niñez. 

Reanudada la marcha, dos leguas adelante, por entre aquellos campos, que a primeros de Mayo exhalan el perfume lujuriante de la primavera andaluza, venía la Venta de Mal Abrigo. ¿Por qué este nombre, siendo todo en torno cálido y albergador? No se sabe. Una legua más allá, raso el terreno y desigual el camino, estaba el Puente de Alcolea, reconstruído en 1574 por el maestro Hernán Ruiz III. Junto a él había dos ventas. Cuando el 8 de Diciembre de 1668 lo atravesó, con las demás personas del cortejo de Cosme de Médicis, Pier María Baldi (quien pintó la linda acuarela que reproducimos), el puente, de piedra y ladrillos, componíase de catorce arcos bastante grandes, a cuya bajada veíanse unas cuantas casas y una iglesia. Hoy es un poblado anejo a Córdoba, con más de mil habitantes. 

Otra legua todavía, y se llegaba a la Venta del Montón de la Tierra. No quedan vestigios. La sustituye hoy, pero sólo a dos kilómetros de Córdoba, la Venta de la Choza del Cojo. El Montón de la Tierra, restos de un monumento sepulcral romano, que tuvo forma piramidal, despojado otrora de los sillares que cubrían sus paramentos, se encuentra a unos siete kilómetros de aquella ciudad, a la derecha de la antigua Vía Augusta de Cástulo al Océano, luego aprovechada para la carretera que se abrió por Despeñaperros. Cerca de aquel monumento estaría la venta de igual nombre. 

Desde el Puente de Alcolea, el camino que seguía Cervantes iba, pegado a la Sierra, por encima de la actual vía férrea de Madrid. Junto a él existe una venta, a dos kilómetros de Córdoba, llamada de Pedroches, al otro lado del arroyo así dicho, que no puede identificarse con la del Montón

El Puente de Alcolea a mediados del siglo XVII
El Puente de Alcolea a mediados del siglo XVII
(Acuarela de Pier María Baldi.—Biblioteca Laurenciana de Florencia.)

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de la Tierra, por hallarse en distinta ruta y por la distancia que las separa. A unos trescientos metros de esta venta o ventorrillo de los Pedroches, en el cauce del arroyo, se ve todavía el molino aceitero nombrado de Torreblanca, que perteneció al bachiller Juan Díaz de Torreblanca, bisabuelo, como sabemos, de Cervantes.

Adamuz.—Torre del Reloj de la Villa
Adamuz.—Torre del Reloj de la Villa, que fué Pósito antiguo,
construído en 1556.

Miguel, pues, entró en Córdoba, ganados aquellos siete kilómetros desde la Venta del Montón de la Tierra, hacia el 8 ó 9 de Mayo. Haría noche en la Ciudad Sultana, que tantos recuerdos tenía para él, y alojaríase en algún mesón, o tal vez en casa de su prima doña Isabel de Torreblanca. No le quedaban ya otros parientes más propincuos, a excepción de su tía carnal doña Catalina de Cervantes, subpriora aquel año (por el trienio 1586-1589) del convento de Jesús Crucificado, a quien pudo visitar, como en viajes anteriores. 

En Córdoba descansaría un día, y al siguiente proseguiría su camino a la ciudad del Betis. La ruta era doble: por Posadas, Peñaflor y Tocina, tránsito peligroso, o por Écija y Carmona. Cuál eligiese es imposible determinarlo. Por Posadas había a Sevilla, como dijimos, 21 leguas, y por Écija 22. En la primera ruta hallábase, a dos leguas de Córdoba, la Venta de Romanos. No existe rastro de ella. Su emplazamiento puede corresponder a Villarrubia, doce kilómetros de la capital. Seguía la Venta de San Andrés, a una legua de la anterior. Su nombre recuerda la «Casilla de San Andrés», a ocho kilómetros de Villarrubia. Kilómetro y medio más allá, en línea recta, -[126]- encuéntrase Almodóvar del Río. Luego aparecía Posadas o Las Posadas, a nueve kilómetros de Almodóvar del Río. Aquellos parajes, no lejos de la orilla derecha del Guadalquivir, solían estar infectados de ladrones. Menos de un siglo atrás era famoso el sitio de «Los Barrancos», seis leguas al Suroeste de Córdoba, por donde no se podía pasar más que con escolta de guerra. Los bandoleros, sin embargo, cansados de la persecución y justicias ejecutivas de los Reyes Católicos, resolvieron abandonar su arriesgado oficio. Un día del año 1494, en que supieron pasaría por allí la reina doña Isabel, salieron al camino, echáronse a sus plantas y pidieron los indultase. Indultólos, en efecto, la gran Reina. Ellos entonces, dejada su mala vida, quedáronse en aquellos parajes y fundaron algunas posadas para albergue y comodidad de los viajeros. Corriendo los años, junto a las posadas fueron edificándose casas y dieron después origen, aumentado el vecindario, a la fundación del pueblo de Las Posadas. No obstante, la ruta continuó siendo peligrosa por otros sitios. Desde Las Posadas había dos leguas a La Venta, que no tenía más denominación. Ya no existe. Debía de hallarse entre Posadas y Palma del Río, al Sur de la villa de Hornachuelos y cerca de la hacienda de Moratalla, por la cual pasaba el camino. Era final de ruta y se pernoctaba. Dos leguas adelante, entrábase en Peñaflor. Después seguíase a Lora, dos leguas; a Villanueva, otras dos; a Tocina, otras dos, donde también se hacía noche; otras dos al llamado Bodegón, y tres más allá se descubría la torre esbelta de la Giralda. 

Por la otra ruta, el primer sitio que se tocaba era Alcázar, o sea la villa de Guadalcázar, tres leguas pasado Córdoba. En seguida, la Venta de las Viñas, a una legua de la precedente. No se conserva; pero a cuatro kilómetros de Guadalcázar, en el cruce del camino a Écija con el de Almodóvar a La Carlota, existen unas ruinas; y tres kilómetros más allá aparece la aldea de La Fuencubierta. Pudo corresponder a uno de estos emplazamientos. A otra legua estaba la Venta de Valcargado. Tampoco se conserva. Puede ubicarse en la «Casilla de la Capellanía del Conde», cercana a un enlace de caminos, que dista cinco kilómetros de La Fuencubierta y catorce de Écija. A esta ciudad (pronto residencia de Cervantes) había dos leguas. Allí se pernoctaba, para no hacerlo en la Venta del Palmar, a dos leguas y media. Seguía Fuentes, a una y media, la Venta del Albar, a otra, y cuatro adelante, Carmona, donde también se pernoctaba, y donde veremos luego a Cervantes. De aquellas dos ventas no quedan vestigios, e igual de otras cinco hasta llegar a Sevilla. Eran éstas: Venta Ronquera, a dos leguas de Carmona; Venta de Pero Mingo (atalaya de la Giralda, según el tranco VII del citado Diablo Cojuelo), a una de la anterior; Venta de Loisa, a media; Ventas de las Caleras, a otra media, y Ventas de Torreblanca, a -[127]- una. Desde estas últimas ventas, camino recto, a una legua de distancia, aparecía la Puerta de la Macarena. Sevilla, al fin, término del viaje. 

La duración, salvo incidencias, había sido de diez días. Viaje, en verdad, pesado e incómodo en aquellos tiempos, a causa del mal estado de los caminos, aunque se llamaran Reales y de la Plata. Leguas y más leguas, a menudo por campos desérticos, con treinta ventas, casi todas míseras, terrible refugio cuando fuera menester albergarse o dormir en ellas. 

Pero, en resolución, según hizo decir Cervantes al Licenciado Vidriera, «ningún camino hay malo como se acabe, si no es el que va a la horca». Y de los carreteros y arrieros, con quienes tanto se tropezó en la vida, opinaba de los carreteros, que transcurría su existencia en el espacio de vara y media, o sea del yugo de las mulas a la boca del carro; cantaban la mitad del tiempo, y la otra renegaban; y de los arrieros, que era gente en divorcio con las sábanas y en casamiento con las enjalmas; y su música, la del mortero; su salsa, el hambre; «sus maitines, levantarse a dar sus piensos, y sus misas, no oír ninguna». Y peor juzgaba a los mozos de mulas, pues a los que llevaban en ellas, si eran extranjeros, los robaban; si estudiantes, los maldecían, y si religiosos, abominaban de ellos. Sólo temían a los soldados.

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Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla

IV
(De Córdoba a Sevilla)
Mapa de los lugares y ventas cervantinos en el Camino Real de Toledo a Córdoba y Sevilla - IV
 

Signos convencionales.—En trazo rojo: Antiguo camino real de Toledo a Córdoba y de Córdoba (dos rutas) a Sevilla.—Triángulos rojos: Ventas en tiempo de Cervantes.—En trazo negro: Ríos y arroyos.—En trazo negro continuo: Carreteras modernas.—En trazo negro entrecortado: Ferrocarriles.—En trazo de cruces: Límite de provincia.— Círculo: Pueblo.— Punto negro: Aldea.—Punto y círculo: Cabeza de partido.—Punto y doble círculo: Capital.

 

 

   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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