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   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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Capítulo primero

Escudo de armas de la Casa de Cervatos, confundido hasta ahora con el de la de CERVANTES.
 

Escudo de armas de la Casa de Cervatos, confundido hasta ahora con el de la de CERVANTES.
(Ernesto de Vilches; Cervantes.—Apuntes históricos de este apellido. Madrid, 1905.)

 

Escudo de la Casa de Cervantes.
 

Escudo de la Casa de Cervantes.
(Del Memorial de Juan de Mena.—Ms. de la Biblioteca Nacional núm.  3.390.)

 

-[1]-
CAPITULO PRIMERO

 

La verdadera nobleza.—Ascendencia de los Cervantes.—Errores de los genealogistas.—La estirpe real cervántica.—Ramas distintas de este linaje.—Los Cervantes de Talavera.—Los de Sevilla.—Los de Granada.Los de Córdoba.—El apellido Saavedra.—La auténtica línea.—Consideraciones

 

Cuando don Fernando Colón, en sus Relaciones de la vida del Almirante (1), se esforzaba por buscar una ascendencia ilustre al gloriosísimo Nauta, «por ser siempre más considerados aquellos que descienden de insigne cuna o de familia noble», ocultó cuidadosamente toda alusión a los cardadores de lana de Génova; y así, forjó para su padre una generación espiritual. ¡Como si necesitara nobleza quien había dado a los hombres un Nuevo Mundo! Y sin embargo, el propio don Cristóbal (aunque bien podía) se pagó de esta vanidad, procurándose un escudo de armas y tratando de unir su sangre con la de los reyes. «Sin duda Colón —dijo, al saberlo, un noble de la corte— quiere tejer su linaje». . Y el Almirante, con aquella altanería que le caracterizaba, repuso que «nadie mejor que él para tronco de una familia, porque desde que Dios -[2]- crió a los hombres, había hecho más que ninguno» (1). Respuesta hinchada, pero lógica y muy acorde con el tiempo. 

A la verdad, no hay que perder de vista los prejuicios de las épocas, que en lo concerniente a la nobleza de la sangre, todavía subsisten. Ya Séneca dijo que sin virtud no puede haber honra. Y Sófocles, que no siempre nacen nobles hijos de nobles padres, ni malos hijos de padres malos. Nuestro mismo Cervantes hable por todos, pues todos los grandes ingenios, desde Juvenal, dijeron lo mismo: «la verdadera nobleza consiste en la virtud». Y él particularmente, en defensa propia: «La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso: la pobreza puede anublar a la nobleza; pero no escurecerla del todo; pero como la virtud dé alguna luz de si, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el consiguiente, favorecida» (2).

Y en otro lugar: «Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en todo; que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros; pero no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por parecer hombres bajos. Aquéllos se levantan, o con la ambición, o con la virtud; éstos se abajan, o con la flojedad, o con el vicio; y es menester aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las acciones» (3).

Respecto de la nobleza de Miguel de Cervantes, conviene advertir que él, por lo que se infiere de su vida y de sus obras, se envaneció bien poco de ella, como si presintiese que su ingenio y sus virtudes antes daban que recibían abolengo.

Con todo, conviene ser bien nacido, y Cervantes lo era. Tanto en lo moral como en lo intelectual, las aptitudes se propagan con la sangre. La ventaja del buen nacimiento se deja sentir, no sólo en la posición del individuo en la sociedad, sino en su propia elevación moral y mental.  -[3]- Sainte-Beuve, hablando de Lacordaire, escribe: «No es indiferente, en mí opinión, aun para las futuras convicciones y creencias, proceder de una raza sólida y sana. Cuando sobre un fondo de organización hereditaria, tan firme y claramente delineado, brota un talento singular; cuando llega a manifestarse un gran don de gloria; cuando, por ejemplo, desciende la elocuencia, la palabra de fuego encuentra digno asiento y marco: es como el incienso que de antemano tiene el altar y como el holocausto que se ofrece sobre la roca».

No sin significación las Sagradas Escrituras contienen varias líneas genealógicas. Entre los árabes consérvase la creencia en los orígenes nobiliarios, y Abd-el-Kader da el siguiente ejemplo: «Tómese un arbusto espinoso y échese agua de rosas sobre él durante todo el año; a pesar de ello, no producirá sino espinas; mas tómese una palmera y déjesela sin riego en el terreno más estéril, y, no obstante, producirá abundancia de dulces frutos».

Por estas consideraciones, ya corrientes desde la Antigüedad, los biógrafos concedieron gran importancia a las genealogías, y Plutarco, de casa honorable, es siempre muy minucioso al describir el linaje de sus héroes. Para el aludido Séneca (y adviértase que perteneció al rango ecuestre), «ninguno es más noble que otro, sino el que tiene más recto ingenio y más aparejado para las buenas artes». Porque el talento puede ser transmisible; pero el genio, de ninguna manera. El talento es el rasgo común de una familia, mientras que el genio pertenece a un individuo solo. El talento lleva el sello de su generación, en tanto que el genio marca su huella en el tiempo. Cervantes y Shakespeare fueron los únicos de su raza. Antes de ellos no existió nada en sus familias, ni después tampoco. Sólamente viven en sus obras; sus descendencias se han extinguido: la de ambos, en sus nietas. Lo mismo aconteció con Quevedo, con Calderón de la Barca, con Newton. Antes de ellos no los hubo, ni menos después. Únicos todos en su generación.

Y los grandes hombres no tienen clase, sino que pertenecen a todas las clases sociales; igual nacen en cabañas que en palacios, en suntuosas moradas que en alquerías. Empero no sin su por qué. La Naturaleza sabe colocarles. Sin la vida de Cervantes no se explicaría el Quijote. Las estirpes no entienden de estos secretos destinos. La familia de Descartes juzgaba como una mancha en su escudo el que uno de sus descendientes se hubiera degradado haciéndose filósofo...

Pero ¿y cuando se carece de ascendencia? Algunos grandes hombres han sido sus propios antepasados. Otros han omitido hablar de sus padres: eran sólamente nietos de sus abuelos. Y, en verdad, muchos hombres son nietos de sus abuelos, por cuanto es de éstos de quienes se heredan, más frecuentemente que de los padres, las inclinaciones. Bien que, por -[4]- lo común, se reciba el genio y el temperamento de la madre. En general, como dice el proverbio, «los padres comen la fruta aceda, y los hijos tienen la dentera». Por lo que toca al genio, intelectualmente no conoce padre ni madre. Los genios son los creadores de su mismo cerebro y los ascendientes de sí propios; desafían el análisis y no consienten discernir su origen; surgen a despecho de las circunstancias; como el viento, soplan allí donde les place; sujetos al influjo del medio, son más o menos modificados por la época en que viven, y su energía y fuerza de voluntad hacen que se desarrollen sus facultades al choque de los inconvenientes y obstrucción que hallan; exploran la ruta por sí; la paciencia busca un camino y ellos se lo abren.

De estos genios es Miguel de Cervantes Saavedra.

 

La mención más remota que aparece sobre la línea de los Cervantes corresponde al famoso poeta cordobés, cronista de don Juan II, Juan de Mena (1411-1456). Éste, en ciertos apuntamientos de algunos linajes antiguos y nobles de Castilla que, con título de Memorial (1), iba escribiendo por orden del condestable don Alvaro de Luna, dice: «Los deste linaje de Cervatos e Cervantes son de alta sangre, que vienen de ricos homes de León e Castilla que se llamaron Munios e Aldefonsos, que están enterrados en Sahagún e en Celanova: eran gallegos de nación, que venían de la rodilla de los reyes godos emparentando con los reyes de León. De Celanova vinieron a Castilla e se hallaron en la conquista de Toledo estos Aldefonsos, que era su apellido antiguo, e por el lugar de Cervatos se llamaron así. Fueron señores de Ajofrín e tierra de Toledo, e unos destos Cervatos, por el castillo de San Servando que estaba fundado en Toledo, se llamaron Cervantes. Es buena casta, e hubo dellos unos conquistadores de Sevilla e de Baeza e otros grandes hombres. Agora vive el muy ilustre señor don Juan de Cervantes, que fué obispo e agora es arzobispo de Sevilla e cardenal de Roma, grande señor mío, e en su poder he visto muchos papeles deste linaje de luengo tiempo e previlegios e albalás de muchos reyes, concedidos por sus muy altos -[5]- fechos, e conocí a sus hermanos e a su padre Gonzalo de Cervantes e a su madre Bocanegra, fija del almirante mayor de Castilla, Bocanegra, que yacen enterrados en Todos-Santos, eglesia de Sevilla, por fundar allí una capilla. Sus armas son, de los Cervatos, un campo de bleu, que es azul, e en el dos ciervos de oro, e alrededor aspas de oro en campo de sangre; e los Cervantes, como las usa el cardenal: un escudo verde con dos ciervas de oro, paciendo la una» (1).

La rama de los Cervatos ha tenido exigua descendencia; pero la de los Cervantes se multiplicó de modo, que el apellido abunda en todas las regiones y provincias de España, siendo hoy casi imposible determinar por cuál de las diversas familias transmitióse a los ascendientes del inmortal escritor. No habrá que encarecer el esfuerzo de los genealogistas y biógrafos por reconstituir toda la línea frondosa del árbol de Miguel de Cervantes hasta recular en los Munios y Aldefonsos señalados por Juan de Mena, La fantasía ha corrido parejas con la temeridad, y la invención no reconoció límites. Sin embargo, todavía muy recientemente se ignoraban los verdaderos nombres de los abuelos y bisabuelos del -[6]- autor del Quijote (1), y aun hoy de los abuelos maternos no se sabe una palabra: tan sólo que la abuela se llamó doña Elvira de Cortinas.

Ya hemos indicado que no se pagó Cervantes de una ascendencia ilustre; pero tampoco olvidó nunca que era hidalgo y que por tal quería se le tuviese. Dedúcese esto de que ni él ni ninguno de sus hermanos adoptó el apellido de la madre. Todos firmáronse pomposamente Cervantes, o Saavedra, o Pimentel, o Sotomayor, aunque el parentesco con alguno de estos linajes fuese quimérico o por demás lejano: ninguno tomó el humilde sobrenombre de Cortinas, Aun en el cautiverio de Argel, Cervantes era «un hidalgo principal de Alcalá de Henares» (2).

Veamos como podía enorgullecerse de sus apellidos, no importa el grado en que la locura de los genealogistas le hace emparentar con «la rodilla de los reyes godos».

No conocemos de modo irrefutable el lugar en que radicara su casa solariega, ni hay noticias de su ejecutoria, que, a estilo del tiempo, debería estar «escrita en pergamino y sellada con nuestro real sello de plomo pendiente en filos de seda de colores» (3), ni tampoco sabemos de -[7]- su particular escudo de armas. Pero algunos de los Cervantes lo usaron tal como Juan de Mena describe el del arzobispo de Sevilla, y aun le añadieron los siguientes versos:

Dos ciervas en campo verde,
la una paze y la otra duerme:
la que paze, paz augura;
la que duerme, la asegura.

Don Martín Fernández de Navarrete, en su Vida de Miguel de Cervantes Saavedra (1), admirable biografía para sus idus, aunque hoy sólo le quede el valor arqueológico, trazó una genealogía cervantesca muy curiosa; pero sumamente fantástica, por no discernir las distintas ramas de este linaje para determinar aquella que enlazó con la línea inmediata (mal conocida entonces) del inmortal Manco, Es interesante removería, pues servirá para ir rectificando soldaduras y aquilatar la «buena casta» de que aquél, aunque pobre, pudo enorgullecerse.

Según ella, de la estirpe real cervantina emparentada con los monarcas de León procedió Tello Murielliz, rico-hombre de Castilla que vivió por los años de 988 y fué padre de Oveco Téllez, abuelo de Gonzalo Ovequiz, bisabuelo de Adefonso González, tercer abuelo del conde Munio Adefonso y cuarto abuelo de Adefonso Munio, caballero de Galicia que acompañó a Alfonso VI, en 1085, en la conquista de Toledo. Por sus relevantes servicios, el rey le concedió la villa de Ajofrin. Uno de sus hijos, Nuño Alfonso, alcaide de la Ciudad Imperial, rico-hombre de Castilla y célebre guerrero, murió peleando contra los moros el 1.o de Agosto de 1143 a los cincuenta y tres años de edad. Las crónicas del tiempo hácense eco de sus memorables hazañas, y en la Toledana (2) se expresa el gran sentimiento que causó su muerte al emperador Alfonso VII.

Rodrigo Méndez de Silva (genealogista no poco invencionero), en su Ascendencia ilustre del gran Nuño Alfonso (Madrid, 1648); Sandoval, en su Historia de los reyes de Castilla, y el marqués de Mondéjar, en un Discurso breve del apellido de Cervantes, extiéndense a este respecto, y dan como probable que Nuño naciese en Celanova el año 1090. Lo cierto -[8]- es que casó dos veces, la primera con doña Fronilde y la segunda con doña Teresa Barroso, dama de ilustre linaje, de la que tuvo cinco hijos y algunas hijas, una de las cuales, doña Jimena Muñiz, casó con el conde don Pedro Gutiérrez de Toledo. Oigamos lo que dice de ella el bueno de Fernández de Navarrete: «vino a ser progenitora de reinas y reyes de España y otras potencias, entre quienes el emperador Carlos V estaba en grado de su décímoseptimo nieto, y de decimoctavo el rey Felipe II y el vencedor de Lepanto (1), príncipes coetáneos y al mismo tiempo consanguíneos del desvalido y simple soldado de sus banderas, Miguel de Cervantes Saavedra».

La fantasía de los biógrafos sólo admite comparación con la locura de aquellos genealogistas que hacen descender sus héroes de Noé, o, cuando menos, del Cid o Fernán González, y que nos trae a la memoria aquel gracioso epitafio del poeta Prior: «Nobles y heraldos, con vuestro permiso, aquí yace el que un día llamóse Mateo Prior; era hijo de Adán y Eva. ¿Puede algún Borbón o Nassau tener más alta alcurnia?» ¡Quién le dijera a Miguel de Cervantes que con el tiempo le harían pariente del señor don Juan!

Porque (sigamos un poco todavía estas locuras) el tercer hijo de aquel famoso Nuño Alfonso y doña Jimena fué Alfonso Munio Cervatos, que tomó tal apellido por haberle dejado su padre en testamento el lugar y torre así llamados. Asistió con Alfonso VIII a la conquista de Cuenca en 1177 y estuvo en la población de Plasencia en 1180. Tuvo dos hijos. Pedro Alfonso Cervatos y Gonzalo de Cervantes, el primero de este apellido. De aquél, que peleó en las Navas de Tolosa y alcanzó los tiempos de San Fernando, se deriva el linaje de los Cervatos...

Gonzalo tomó el sobrenombre de Cervantes para diferenciarse de su hermano y en memoria, dicen, del castillo de San Servando, «a cuya edificación asistió su bisabuelo con Alfonso VI el año 1089», y que, corrompido después el nombre, se denominó de San Cervantes (2). Dicen -[9]- también que un descendiente de Pedro Alfonso llamó Cervatos a cierto pueblo de la provincia de Palencia, y que otro, descendiente de Gonzalo, fundó o pobló en tierra de Sanabria la villa de Cervantes... (1).

Establecida así la división entre ambas familias Cervantes y Cervatos, se da al referido Gonzalo de Cervantes como tronco de la nueva rama. Oigamos aún a Fernández de Navarrete cómo la forma hasta enlazar —que no se paró en barras— con el propio autor del Quijote: «Fué [Gonzalo de Cervantes] caballero de la mesnada de San Fernando y le acompañó en la conquista de Andalucía, particularmente de Sevilla, por cuyos servicios fué uno de los doscientos comprendidos en el repartimiento de aquella ciudad, año 1253 (2); y como de él se derivan y provienen las familias que han conservado aquel apellido, indicaremos su sucesión y genealogía hasta los tiempos de Miguel de Cervantes... Hijo de Gonzalo fué Juan Alfonso de Cervantes, comendador de Malagón en la Orden de Calatrava, y a éste sucedió Alonso Gómez Tequetiques de Cervantes, que casó con doña Berenguela Osorio, rama de la casa de los marqueses de Astorga. De este matrimonio nació Diego Gómez de Cervantes, que fué el primero que asentó su casa en Andalucía, y casó con doña Maria García de Cabrera y Sotomayor. Ambos consortes -[10]- reedificaron la capilla mayor de Santa María en la villa de Lora, donde yacen sepultados y donde se conserva actualmente su generosa sucesión. Entre los hijos que tuvieron fué uno Fr. don Rui Gómez de Cervantes, gran prior de la orden de San Juan (1), que dejó una larga posteridad; pero quien continuó la casa directamente fué Gonzalo Gómez de Cervantes, que casó con doña Beatriz López de Bocanegra, hija del almirante de Castilla Micer Ambrosio de Bocanegra, señor de Palma. Fundaron éstos la capilla de Jesús en la parroquia de Todos-Santos de Sevilla, año 1416, y en ella el sepulcro en que descansan, Tuvieron, entre otros hijos, al cardenal don Juan de Cervantes, que fué arzobispo de Sevilla, donde murió a 25 de Noviembre de 1453 (2); a Fr. don Diego Gómez de Cervantes, gran prior de la orden de San Juan, y a Rodrigo de Cervantes el Sordo, que casó con doña María Gutiérrez Tello, de ilustre alcurnia, y propagó la línea directa por medio de Juan de Cervantes su hijo, veinticuatro de Sevilla y guarda mayor del rey don Juan II, que -[11]- caso con doña Aldonza de Toledo, cuyos padres. Alfonso Alvarez de Toledo y doña Catalina Núñez de Toledo, fundaron el monasterio de Santa Clara de Madrid (1). Parece que este Juan de Cervantes renunció la renta que tenía de por vida en sus hijos, según una carta que escribió al mismo rey don Juan en Sevilla a 12 de Marzo de 1452. Hijo mayor de este matrimonio fué Diego de Cervantes, comendador en la orden de Santiago, que casó con doña Juana Avellaneda, hija de don Juan Arias de Saavedra, llamado el Famoso, segundo señor de Castellar y del Viso, y de su mujer doña Juana de Avellaneda, rama ilustre de la casa de los condes de Castrillo. Por este enlace se descubre el origen de haber usado muchos de la familia de Cervantes el apellido Saavedra juntamente. Entre los varios hijos de estos consortes se cuenta a Gonzalo Gómez de Cervantes, corregidor de Jerez de la Frontera, proveedor de armadas en 1501, que casó con doña Francisca de las Casas y propagó la línea directa que luego pasó a Nueva España; y a Juan de Cervantes, que según nuestras conjeturas, es el abuelo de Miguel de Cervantes...»

Hasta aquí Fernández de Navarrete, cuya genealogía, con su triple árbol, suscita el risum teneatis!, por cuanto el abuelo de nuestro inmortal escritor de ninguna manera fué hijo del tal Diego de Cervantes, ni hermano del corregidor de Jerez de la Frontera, como veremos después: yerros en que, junto con otros, todavía cayó en 1912 don Rafael Ramírez de Arellano en su Juan Rufo, jurado de Córdoba.

Si conociéramos los hermanos de los indiscutibles abuelo, bisabuelo y tatarabuelo de Cervantes, así como la descendencia que dichos hermanos tuvieran, seguramente se esclarecería la línea transversal hasta muy remoto origen; mas ignorados aún los tales, no es posible, ni importa mucho, determinarla.

Porque el apellido Cervantes (y aun el de Saavedra) aparece en infinitas localidades de España, y hay a la vez Cervantes en Talavera de la Reina, en Sevilla, en Granada, en Córdoba, en Valladolid, en Toledo, en Medina del Campo, en Jerez, en Palacios Rubios, en Alcázar de San Juan, en Consuegra, en Torrijos, en Leiva y en cien lugares más (2). -[12]-

Aquí sólo trataremos de aquellos de que consta con entera certidumbre hallarse visiblemente emparentados o relacionados con la rama de nuestro escritor (1), cuya verdadera genealogía dejaremos después absolutamente dilucidada desde el tatarabuelo paterno. -[13]-

El solar de Miguel de Cervantes, como ya indicamos, es desconocido, por no haber llegado a nuestros días (si existió) la ejecutoria de nobleza en que constara. Ni se deduce de los ascendientes del propio, ni de testimonio alguno de antiguos tiempos.

A fines del siglo pasado, don Julio de Sigüenza, que manejó importantes papeles genealógicos referentes a Cervantes, en un artículo publicado en La Ilustración Española y Americana (22 de Septiembre de 1887) (1), asentó la especie de que el solar cervantino radicaba en Talavera de la Reina. El trabajo de Sigüenza túvose entonces por patrañero, porque, indudablemente, contenía varios errores y algunas equivocaciones de detalle; pero posteriores descubrimientos de don Narciso Alonso Cortés, y últimamente de nosotros, dan la razón a Sigüenza en muchos puntos, si no en todos (2). Y uno de los que restan por aclarar es ese, precisamente, del solar talaverano cervantino (3). -[14]-

Desde luego erró Sigüenza en dar por bisabuelo de Cervantes a un D. Nicolás (pudo ser una mala lectura de Rui Dias), y seguramente en decir que el licenciado Juan de Cervantes, positivo abuelo de Miguel, fué corregidor de Alcalá de Henares en 1509, sin duda confundiéndole con el comendador Pedro de Cervantes, que ostentaba aquel cargo en la fecha referida, y aun en la de 1510, por el cardenal Ximénez de Cisneros (1). Pero los Diaz de Cervantes (que es el verdadero apellido de la estirpe del autor del Quijote) aparecen en Talavera. Dicho Pedro de Cervantes, regidor de Talavera por los años de 1490, tuvo de su mujer doña Isabel de Loaysa los siguientes hijos: Garci Jofre de Loaysa, frey Gonzalo Gómez de Cervantes, senescal de la orden de San Juan y comendador de las encomiendas de la Higuera, Cerecinos y Salamanca; Ruy Diaz de Cervantes (2), chantre y canónigo de Talavera, y el licenciado Iñigo López de Cervantes. -[15]-

Esta estirpe talaverana se extendió en varias ramificaciones, determinadas algunas por el Sr. Alonso Cortés: Garci Jofre de Loaysa matrimonió con doña Magdalena de Zúñiga, hija de doña Inés de Sotomayor, vecina de Toledo, de la cual tuvo tres hijos, Alvaro de Cervantes, Gonzalo de Cervantes y doña Elvira de Zúñiga; el licenciado López de Cervantes casó con doña Catalina Carrillo, que le dió cinco hijos, a saber: don Fernando de Cervantes, doña Teresa Carrillo, doña Isabel de Loaysa, doña Magdalena de Cervantes y doña Ana de Cervantes, las dos últimas, monjas profesas de los monasterios de San Benito y de la Madre de Dios en Talavera.

Por todo lo dicho, hay quien otorga crédito a los documentos sobre el solar talaverano de Cervantes manejados por Sigüenza, sin pensar que éste, mal paleógrafo (1), hizo lecturas torcidas, como en el caso de D. Nicolás. Sólo aparece uno de este nombre en Talavera, pero coetáneo de Miguel, hijo de Alvaro de Cervantes, nieto de Garci Jofre de Loaysa y casado con doña María Duque de Toledo o Duque de Padilla, de la familia de los Duques de Estrada. « Bueno será notar —escribe el mismo Alonso Cortés— que las relaciones de Cervantes con la tierra manchega no parecen fortuitas; que entre él y su mujer, doña Catalina Salazar, hay acaso asomos de parentesco; que los Cervantes, los Loaysas, los Palacios, los Sotomayores de Toledo y Guadalajara, los Salazares, los Ayalas y los Gaytanes se mezclan y combinan en documentos por mí vistos; y, por último, que la protección prestada a la familia por los Duques del Infantado, es tal vez un indicio en igual sentido». Mis investigaciones no confirman tan interesantes conjeturas.

Si entre los Cervantes de Talavera hubo algunos ascendientes del autor del Quijote que se trasladasen a Sevilla, es cosa aún por demostrar; pero que muchos Cervantes sevillanos ostentan posible parentesco con él, resulta indubitable. Así, quizá fuese de ellos el arriba aludido cardenal don Juan de Cervantes. Ahora, no concedo importancia al hecho de que, poco después de su muerte, ocupara la silla arzobispal de Sevilla -[16]-

Sevilla, a mediados del siglo XVI.

Sevilla, a mediados del siglo XVI.

-[17]- don fray García de Loaysa, natural de Talavera e hijo de Pedro de Loaysa y de doña Catalina de Mendoza.

Como quiera que sea, los Cervantes aparecen en Sevilla desde tiempo inmemorial, y una rama noble figura allí establecida a principios del siglo XV y durante todo el XVI. No nos atrevemos a aseverar, como en el caso de Talavera, que radicara en Sevilla el solar de Miguel de Cervantes, Pero si Talavera fué para él, como dice en el Persiles, «la mejor tierra de Castilla», mucha más predilección mostró por la ciudad del Betis: patentízanlo su vida y sus obras. Cuando el pleito de 1552 en Valladolid, su padre invoca la ciudad de Sevilla para que los testigos hagan en ella y en las de Alcalá, Guadalajara y Córdoba (no menciona Talavera) información sobre su hidalguía, por haber residido su familia en estos lugares.

Y, en efecto, aunque la consanguinidad con el insigne alcalaíno se nos huya, en Sevilla hay profusión no sólo de Cervantes, sino también de Saavedras, que se entrelazan. La línea más interesante es la de aquel hermano del cardenal, Rodrigo de Cervantes el Sordo, y de su hijo Juan de Cervantes, veinticuatro de Sevilla. Recuérdese que los nombres de Juan y de Rodrigo sucédense de padres a hijos, sin interrupción, en la familia de nuestro Manco. La hermana del cardenal, doña Maria de Cervantes, casó con Juan de Ayala, alguacil mayor de la ciudad de Toledo, y uno de sus hijos, Gonzalo Gómez de Cervantes, matrimoniado con doña Juana Melgarejo, tuvo a doña Juana de Ayala, fundadora del convento sevillano de Nuestra Señora del Socorro, en el que profesaron después otras señoras del mismo linaje, entre ellas doña Constanza Ponce, hija de don Juan de Saavedra, conde de Castellar, y doña María de Ayala, que salieron, para trasladarse a él, del convento de Santa Maria de las Dueñas.

Un curioso trabajo de don Norberto González Aurioles (1), nos da noticias de otras monjas sevillanas, posibles parientas de Cervantes, en el convento de Santa Paula, del cual fué abadesa en 1590 doña Juana de Cervantes Saavedra, hija de Diego de Cervantes y de doña Catalina Virués de Cervantes, padres asimismo de una doña Beatriz de Saavedra. Esta doña Juana de Cervantes Saavedra, que profesó en 1548, cambió su nombre en el religioso de Juana de Santa María. A su lado florecieron sor Julia de Santa Ana, que tomó el hábito en 1577, hija de Juan -[18]- de Herver de Cervantes y de Isabel de Salamanca, y sor Mariana de San José, que profesó en 1593, hija de Juan de Padilla Carreño y de doña Melchora de Ovando y Figueroa. Notad estos dos últimos apellidos: son los mismos de doña Constanza, la sobrina carnal de Miguel.

Qué grado de parentesco tuvieran con Cervantes estas y otras monjas que se han citado, no es posible inferirlo, Pero relacionada con doña Juana de Cervantes Saavedra, o, por mejor decir, con sor Juana de Santa María, corre tina especie romántica, que no debe omitirse, precisamente para rectificarse y dejarla en su real valor.

Varios escritores nacionales y extranjeros han propalado la leyenda de que Miguel de Cervantes, durante su estancia en Sevilla, anduvo en amores con una monja del referido monasterio de Santa Paula: patraña tan absurda por lo que toca a sor Juana, que frisaba en los sesenta de su edad por los años en que el comisario de Guevara recorriera Andalucía. Significativo es, ciertamente, el afecto que muestra Cervantes por el monasterio de Santa Paula, al poner el venturoso desenlace de La española inglesa en la puerta del cenobio, y asimismo el detalle de ser monja en él una prima de Isabela, «única y extremada en la voz» (1); igualmente, como en todas o en casi todas las novelas de Cervantes, habrá en ésta datos autobiográficos: algunos sucesos, v. gr., la pérdida de Ricaredo en la costa de Francia, cerca de las Tres Marías, y su cautiverio en Argel; la identidad de aquel «padre de la Redención» con fray Jorge

Granada en 1565, desde donde se trasladó a Córdoba una rama de los Cervantes.

Granada en 1565, desde donde se trasladó a Córdoba una rama de los Cervantes.

(Dibujo de George Hoefnagle.—Gabinete de Estampas de la Biblioteca Nacional.)

-[19]- del Olivar (1); la procesión general de Valencia tras el rescate, concuerdan con hechos de la vida de Miguel; pero don José María Asensio se extralimitó ya en el siglo XIX, aventurando que uno de «los dos señores eclesiásticos» que ruegan a Isabela ponga por escrito la emocionante historia de Ricaredo «para que la leyese su señor el arzobispo», puede aludir al racionero Porras de la Cámara, autor de la Miscelánea escrita para recreo del cardenal arzobispo de Sevilla don Fernando Niño de Guevara durante su residencia de verano en Umbrete. 

Mas de todo ello nada se colige, en sana crítica, que de cerca ni de lejos pueda reflejar amores de nuestro autor con la sexagenaria doña Juana de Cervantes. No: mi interpretación es muy distinta. Más que en doña Juana de Cervantes Saavedra, el interés reside aquí en sor Mariana de San José, hija de doña Melchora de Ovando y Figueroa. Esta ¿seria hermana de Nicolás de Ovando, padre de doña Constanza de Ovando y Figueroa, la sobrina de Miguel? Sor Mariana y Constanza, de poca diferencia de edad, resultarían, por tanto, primas, y asimismo de doña Isabel de Saavedra. Los dados a la conjetura tal vez sospechen que Cervantes pudo juntar en el personaje de «Isabela», con el nombre de su hija, pormenores de ella y de su sobrina Constanza (2): mezcla de lo real y lo ficticio, con el natural trastrueque de nombres. Pero no seria razonable la hipótesis, aunque así se proceda al novelar lo real (3). En -[20]- resolución, el recuerdo cariñoso de Cervantes en La española inglesa sólo indica un homenaje de admiración y simpatía al monasterio de Santa Paula, por abrigar en sus muros monjas quizá parientas (imposible enamoradas suyas), o, a lo menos, conocidas. Treinta años atrás, en 1564, se encuentran en la ciudad del Betis homónimos del cirujano Rodrigo, padre de Miguel, prueba de la persistencia y abundancia de los Cervantes en Sevilla (1). Por ello, no es de extrañar que un escritor doctísimo, don Nicolás Antonio, al tratar de Cervantes, le haga natural u oriundo -[21]- de Sevilla (1), y otros, como el analista don Diego Ortiz de Zúñiga (2), le tengan claramente por sevillano, todos con manifiesto error. 

La rama de los Cervantes andaluces extendióse también por Granada. Y con ellos, igualmente, los Saavedra. Tampoco puede darse con el entronque; empero, sí no el parentesco, la relación con el creador del Persiles y con su familia es incuestionable; y aun ofrece el interés de que viene a coexistir con los Cervantes de Córdoba (3), cuna verdadera de los abuelos y bisabuelos paternos de Miguel

Surge en Granada a principios del siglo XVI un Gonzalo de Cervantes, casado con Beatriz de Vieras. ¿Quién era este Gonzalo, nombre que se repite tanto en el linaje cervantino, y que al primero así llamado se le da como tronco? ¿Seria descendiente del caballero de la mesnada de San Fernando que, como arriba vimos, le acompañó en la conquista de Sevilla? Nada lo hace presumir. Vivía en Granada muy humildemente, en compañía de su mujer y de sus hijos Alvaro de Cervantes, Alonso de Vieras, Alejo de Cervantes, Claudia de Vieras y Maria de Cervantes.

Era una familia de artistas, músicos y cantores, que en Granada debían de desenvolverse con dificultad. Como en 30 de Diciembre de 1524 el cabildo de la catedral de Córdoba anunciase para el 15 de Febrero de 1525 la provisión del cargo de maestro de capilla entre maestros de canto de órgano y contrapunto, Alvaro de Cervantes hizo oposición y ganó la plaza, dotada con un salario de veinte mil maravedís, cuatro cahices de trigo y otros emolumentos; y a la vez el mismo cabildo catedral hizo merced a su hermano Alonso de Vieras, presbítero y también cantor y músico, de la capellanía de San Bartolomé, con diez mil maravedís y dos cahices de trigo al año (4). -[22]- 

El tal Alonso de Vieras, sacerdote escandaloso y mujeriego, tuvo cuatro hijas, doña Andrea de Vieras, Luisa de Vieras, Juana Ponce de León e Isabel de Vieras, las tres últimas monjas del convento de Jesús Crucificado. Y es digno de notarse, como indicio al menos de las relaciones de amistad que debieron de existir entre ambas familias Cervantes, el que doña Andrea de Vieras, encarga en su testamento (23 de Diciembre de 1564) el rezo de los salmos «a la monja Catalina de Cervantes» del referido convento, tía carnal del creador de La Galatea, según veremos después. Pero dejemos ya a Alonso. De él diremos aún algo muy importante. También ofrece interés su tercer hermano, Alejo de Cervantes, cantor como los anteriores. Hizo un buen matrimonio en Córdoba con Isabel de Escobar o de Heredia, y sintiendo rebullir en él la nobleza de la sangre, pleiteó por los años de 1548 su hidalguía con el Ayuntamiento cordobés. Hasta entonces y durante veinticinco años, la familia había pechado y a todos sus miembros se les tenía por pecheros; y la ciudad, al trasladarse Gonzalo a ella desde Granada, no les conocía, o tal alegaban ahora los abogados. Pero Alejo y sus hermanos debieron de ganar el pleito, por cuanto su hijo Alonso de Cervantes figura en el padrón de hijosdalgo más antiguo del Archivo Municipal de Córdoba. 

Tuvo Alejo, además de Alonso, otros cinco hijos, Maria, Gonzalo, Beatriz, Andrea y Claudia. Alonso tomó por segundo apellido el de Sotomayor, exactamente como algunas veces doña Magdalena, la hermana de Cervantes. Y Gonzalo apellidóse de Cervantes Saavedra. Este personaje, bautizado en 10 de Julio de 1549, así como su hermano Alonso, ofrece, según veremos, especial interés para nosotros. Doña Andrea, que profesó de monja en el convento de Santa Clara, vino al mundo en 1556, y Claudia en 1559 (1). -[23]- 

No hace falta ser muy lince para sospechar en seguida que, por el apellido de Sotomayor (parece casual el nombre de Andrea), y, sobre todo, por los de Cervantes Saavedra (1), que Gonzalo usara, habría alguna relación, si no parentesco, entre la familia de Alejo de Cervantes y la del autor del Quijote. Esto sin contar el indicio arriba señalado. 

Fué Gonzalo de Cervantes Saavedra poeta, o aficionado a la poesía. En los preliminares de El perfecto regidor, libro del veinticuatro de Córdoba don Juan de Castilla y de Aguayo (Salamanca, 1586), figura una octava real suya, bastante mala por cierto (2). Ahora, Miguel de Cervantes, que publicó en 1585 la Primera parte de La Galatea, al elogiar a los -[24]- ingenios cordobeses en el «Canto de Calíope» (libro VI), y entre ellos al referido Castilla y de Aguayo (1), menciona en los siguientes encomiásticos términos al hijo de Alejo de Cervantes: 

Ciña el verde laurel, la verde yedra,
y aun la robusta encina, aquella frente
de Gonzalo Cervantes Saavedra,
pues la deben ceñir tan justamente.
Por él la sciencia más de Apolo medra;
en él Marte nos muestra el brío ardiente
de su furor, con tal razón medido,
que por él es amado y es temido.

Se ha pretendido identificar a este Gonzalo con don Gonzalo de Saavedra y Torreblanca, veinticuatro de Córdoba en 1580 y autor de la novela Los pastores del Betis, versos y prosas, editada por su hijo don Martín de Saavedra y Guzmán en Trani (Italia), el año 1633; mas son personas diferentes (2), y no puede dudarse de que es al hijo de Alejo -[25]- a quien alude Miguel, por cuanto Gonzalo se firmaba Cervantes Saavedra. Adviértase asimismo que es insegura la aseveración de los biógrafos de que, hasta la publicación de La Galatea, Cervantes no usó el apellido SAAVEDRA (1), y que para celebrar a un vate ignorado y de tan poco mérito como Gonzalo de Cervantes Saavedra, mediarían razones, sí no de parentesco, de conocimiento.

Pero hay más. Y es que Gonzalo de Cervantes Saavedra militó positivamente en las galeras de don Juan de Austria. Así consta de tina escritura notarial, inédita, de primero de Agosto de 1572. De suerte que hubo de andar por Italia y asistir a la batalla de Lepanto. Huyó de Córdoba en 1568, por herir gravemente en la cabeza a un Gabriel García (sucesos y años, ¡cómo se aparean con la vida de Miguel!), y en su fuga parece haberle acompañado su hermano mayor Alonso. La ausencia de ambos de Córdoba duró bastante tiempo: hasta principios de 1579 la de Alonso (2), y hasta fines de 1580 la de Gonzalo (3). No cabe, pues, -[26]- tras tantas pruebas, poner en duda las relaciones, a lo menos de amistad, entre Gonzalo y Miguel y las familias de uno y otro.

Gonzalo hizo buen casamiento en 1581, con doña María de Valverde, hija del opulento comerciante Gaspar Jurado, de la que tuvo tres-hijos: María, Alejo y Gaspar. Años antes había tenido una hija bastarda, que se llamó Isabel. Gonzalo enviudó pronto. Por sus costumbres soldadescas disipó con brevedad la fortuna de su esposa; y ya sin hacienda y llevado de su espíritu aventurero, decidió pasarse a Indias en 1594, con cartas de recomendación para el gobernador de Trujillo. Trágico fué -[27]- su viaje, que no pudo terminar, pues pereció ahogado, con sus dos hijos, Gaspar y Alejo, a la salida del puerto de la Habana. Era, además de poeta, escritor moralista, y en este orden compuso un libro intitulado Varios discursos, que parece no llegó a imprimirse. 

De todos estos Cervantes cordobeses, aunque de oriundez granadina, el grado de consanguinidad con el insigne alcalaíno desconócese, y, por verosímil que parezca, muévese en terreno conjetural.

 

Otra rama, empero, de los Cervantes de Córdoba, los Díaz de Cervantes, hasta aquí confundida, es la auténtica, directa e indiscutible: rama que no sospechó ningún biógrafo, ni descubrió la paciente investigación docta del benemérito Pérez Pastor (1), ni la sagacidad de Rodríguez Marín (2), Ramírez de Arellano (3), Leal Atienza (4), Rodriguez -[28]- Jurado (1), González Aurioles (2) y otros. Al esclarecimiento han contribuido bastante las investigaciones del doctísimo Alonso Cortés (3), y sobre todo, y en definitiva, las del ilustre José de la Torre y del Cerro (4)

La ascendencia paterna de Miguel podemos hoy establecerla, sin solución de continuidad, desde su tatarabuelo, natural o, al menos, vecino de Córdoba, hasta la extinción de la línea. No importa que permanezca todavía brumoso el ramaje transversal (5). Lo que importa saber es que Cervantes, castellano por sí y por sus padres y por su línea materna, fué cordobés por sus abuelos, bisabuelos y tatarabuelo paterno: sangre fresca de la recia entraña de Castilla, de la tierra ardiente y desolada de los héroes, de los pensadores y de los santos, en mezcla, por la simiente avúncula, con la savia hispano-romana y estoica de la colonia patricia, cuna de los Sénecas, oreada y fertilizada por el olivífero Betis.

A este respecto escribía Navarro y Ledesma (6): «Si el abuelo es de Córdoba, si es cordobesa la familia, podemos entrever hasta las más hondas raíces del espíritu del nieto. La sangre romántica y fatalista de Córdoba nos da el primer dato para ello: lo demás que sobrevenga ya nos lo explicarán las circunstancias y vicisitudes de la vida, que moldean y reforman los temperamentos humanos». Está muy bien, pero hay más. 

Porque Navarro y Ledesma se olvidaba de Galicia, de la remota sangre celta de Cervantes y de la no menos remota de los Saavedra, una -[29]- y otra de la provincia de Lugo. Y también de toda la sangre materna de los Cortinas, de la meseta central. Nada sabemos, como ya se dijo, de los abuelos maternos de Cervantes; mas los Saavedra eran de estirpe celta, que «tenían su casa solar en Galicia, junto a Lugo»; y allí está Santa Maria de Saavedra, e igualmente el pueblo de Cervantes, y San Pedro de Cervantes, y San Román de Cervantes. Muchos son los Saavedra que afincaron en Sevilla, y muchos los de Córdoba; ahora, también abundaron los difundidos por la Mancha y tierras de Toledo, por esas mismas que inmortalizara Miguel. Los hubo en Illescas. en Escalona, en la Puebla de Montalbán, en Alcalá de Henares, como ya dijimos, etc. ¡Oh, si un Saavedra fuese el abuelo materno del autor del Quijote! Pero no... (1). -[30]- 

Más justas, por lo que mira a Córdoba, son las palabras del Sr. Rodríguez Marín: «¿No es verdad que... sobre ser cordobés Miguel de Cervantes por la ley étnica de su linaje paterno, lo fué asimismo por la levadura cordobesa que dejaron en su alma los primeros años de su vida? Esto asentado y esto sabido, ahora podemos explicarnos bien cómo Cervantes, sin dejar de reflejar en sus obras la sana alegría de la tierra y de los corazones andaluces, rebózala siempre con un sutil si es no es de ironía suave y melancólica, cuya semilla se aposentó en sus entrañas en los días de su niñez, y es tan peculiar de la tierra cordobesa, tan privativa de la especial y complicada psicología de sus hijos. que siempre dió carácter propio y señalado a sus ciencias, a sus letras y a sus artes, y, en general, a todas las manifestaciones de su autónoma y vigorosa personalidad» (1)

Cierto, y otro tanto se dijera de Castilla. Tomad La Galatea, y veréis que los primeros recuerdos de Cervantes, sus primeros elogios, lo primero en que su alma se extasía en el libro primogénito de su invención, son las riberas del Tajo y del Henares; que él, repetimos, es castellano y que sus padres nacieron en Castilla; que por esas mismas tierras de Toledo y de Castilla que le inspiraron el Quijote, su obra cumbre, es el príncipe de nuestros ingenios y el escritor universal; y que su ironía, en fin, tanto tiene de suave melancolía andaluza como de fina socarronería castellana. Pongámosle un nombre que resuma todo: español. 

Háblese, pues, de sangre castellana, de cordobesa y celta, de estoica y de romántica; empero no se hable de sangre fatalista para explicar a Cervantes, que nos llevaría a infundirle, como a Orestes, el signo de la fatalidad, y menos bastardeándola en moruna. Su sangre hidalga de cristiano viejo hallábase exenta de toda contaminación árabe o judía (2). -[31]- 

Explicados así, en conclusión, los remotos orígenes de los Cervantes, y por los cuales él pudo atribuirse nobleza e hidalguía, la ascendencia inmediata, sin embargo, como veremos pronto, ni pertenecía a la alta nobleza ni tenía ganada una modesta ejecutoria, aunque por hidalga se la reconociese. Toda la familia provino de la clase media: gentes acomodadas un tiempo, que decayeron más tarde, hasta el punto de que algunas hubieron de ejercer humildes oficios manuales para vivir. Mas ¿qué importa? Si Cervantes no alcanzó las cumbres de la nobleza, vino a ennoblecer a toda la Humanidad. Y le bastó con ser hidalgo y pobre. 

Oíd sus propias palabras: «Es grande la confusión que hay entre los linajes, y solos aquellos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud..., riquezas y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso, será vicioso grande, y el rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés, y comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo; que, con dos maravedís que con ánimo alegre dé al pobre, se mostrará tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá quien le vea adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle por de buena casta; y el no serlo sería milagro, y siempre la alabanza fué premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados» (1)

Hermosa contestación de Don Quijote a su sobrina (habla Cervantes por boca de su héroe), en la réplica de que «aunque puedan los caballeros ser hijosdalgos, no lo son los pobres». -[32]-

 


   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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