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   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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-[159]-
Capítulo
XXXV

 

Guerra por la posesión de las Azores.—La expedición de don Pedro de Valdés.—Victoria del Marqués de Santa Cruz contra los franceses.—Rodrigo de Cervantes en el Tercio de Bobadilla.—Desilusión de Miguel y regreso a Madrid.—Segunda epístola de Cervantes a Mateo Vázquez.—Visión cervantina de Portugal.—La leyenda de la «dama portuguesa» y los fantásticos estudios de Cervantes en Salamanca.

 

Quedaba, a todo esto, el archipiélago de las Azores, salvo la isla de San Miguel, rebelde a la obediencia de Felipe II. Constituyen el archipiélago, como es sabido, nueve islas atlánticas, con los islotes Formigas: la indicada de San Miguel, la Tercera, Santa María, el Fayal, el Pico, el Cuervo, San Jorge, Flores y la Graciosa. La Tercera, con su capital, Angra, había mantenido a las siete últimas, por más importante, en la fidelidad al pretendiente don Antonio. La posesión de estas islas, avanzada de América, no admitía encarecimiento. Llaves del Nuevo Mundo, tenerlas implicaba asegurar el camino de los galeones que iban al otro Continente o de allí regresaban con rico cargamento; porque en ellas reparaban sus averías, descansaban las tripulaciones y hacían su provisión. Felipe II comprendió que, sin las Azores, Portugal no quedaba del todo sometido, ni su Imperio completamente afianzado. Imponíase, pues, la conquista de la Tercera, cuya toma acarrearía el dominio de las islas restantes. El Rey, antes de decidirse a una expedición violenta, procuró tantear prudentemente la sumisión pacífica. A este objeto, en Junio de aquel año envió a la Tercera a don Pedro de Valdés, con cuatro naos grandes, dos pequeñas y tropas para tratar de reducirla, y a la vez perseguir corsarios y proteger las flotas que se esperaban de la India Oriental, de Nueva -[160]- España y Tierra-firme. Salió de Lisboa el 11 de Junio, y el día 30 dió fondo en la isla de San Miguel. Desde allí dirigióse a la Tercera, dando vista al puerto de Angra el 8 de Julio. Llevaba cartas de Su Majestad para el magistrado; y la orden terminante y precisa de que, aunque éste las rechazase y la isla rehuyese la obediencia, no intentara acción alguna en mar ni en tierra sin que primero arribase y se juntara con él don Lope de Figueroa, a quien había de obedecer, y «que partiría en su seguimiento con la infantería de su Tercio» (1). Partió, efectivamente, don Lope, de Lisboa, en dirección a las Azores, el 25 de Julio, conduciendo en sus navíos «cuatro compañías del Tercio de Nápoles, soldados viejos» (2), pero Valdés, imprudente y temerario, sin esperarlo, como era la orden de Su Majestad, y por «alcanzar la gloria de la conquista» (3), a pesar de sus pocos efectivos, decidió acometer a la ciudad de Angra. Recibido a balazos, fracasaron sus gestiones de comunicar con las autoridades. Repitió el intento ante la villa de Praya, con igual resultado. Entonces, a 18 de Julio, la cañoneó, no sin recibir algún daño en el galeón almirante. Enfurecido, al amanecer del día 25 (según otros el 26), efectuó un desembarco, echando a tierra sus soldados y marineros en cierto lugar entre una playuela y la villa. Empero, los de Praya le atacaron tan denodadamente, que perdió unos trescientos hombres, con cuyos cadáveres cometieron los isleños actos de salvajismo y antropofagia. Arribó don Lope a la Tercera, supo el mal suceso de Valdés y requirió a los de Angra para que se redujesen a la obediencia del Rey Católico. Mas los de la isla, arrogantes y envalentonados, le respondieron desdeñosamente. Visto lo cual, don Lope regresó a Lisboa, trayendo consigo a Valdés, que fué encerrado, al día siguiente de su llegada, en la ciudadela, aunque, sometido a proceso, alcanzó después gracia. 

Hemos relatado este contratiempo de la unión con Portugal, porque muchos autores, copiándose unos a otros, sostienen equivocadamente que, en tal jornada, entre los soldados de Figueroa, «bien pudo contarse a Cervantes» (4), por creerle a la sazón incorporado, con su hermano Rodrigo, a su antiguo Tercio.
 

Miguel de Cervantes en Portugal
Estalagem da Gaita a mediados del siglo XVII; humilde caserío en medio del campo montuoso cerca de Thomar.
Estalagem da Gaita a mediados del siglo XVII; humilde caserío en medio del campo montuoso cerca de Thomar.
(Acuarela de Pier María Baldi.—Biblioteca Laurenciana de Florencia.)
 

-[161]- Enlázase todo ello con una serie de fantasías e hipótesis erróneas, que ruedan desde hace largo tiempo en las biografías del portentoso alcalaíno. 

Primeramente, en ninguna parte consta, ni se infiere, ni dice él, que volviera al Tercio de don Lope de Figueroa, ni menos su hermano, que, según se verá, pertenecía al del maestre de campo don Francisco de Bobadilla. Contrariamente, hallamos a Miguel en Portugal encargado de comisiones políticas de importancia al servicio del Rey. Y tan absurdo es que se embarcara en Junio o Julio de 1581 con Valdés o con Figueroa, cuanto apenas tuvo tiempo de llegar a Lisboa desde Cartagena y dar cuenta de su misión. Rotundamente hay que descartar la participación de Cervantes y de su hermano en la fracasada expedición de Valdés-Figueroa en 1581. 

Examinemos ahora el origen de aquellas fantasías e hipótesis erróneas. Cervantes, en su tantas veces citado Memorial de 21 de Mayo de 1590, cuando amohinado por tantos infortunios quiso marchar a América y solicitó del Rey «un oficio en las Indias» que le fué denegado, dice, haciendo historia de sus servicios y englobándolos con los de su hermano: «después de libertados, fueron a servir a Vuestra Majestad en el reino de Portugal, y a las Terceras con el Marqués de Santa Cruz», que interpretado a la luz de las razones que llevamos expuestas y de otras y documentos que aduciremos, quiere decir que él sirvió a Su Majestad en el reino de Portugal (en la misión que conocemos), y su hermano, en las Terceras con el marqués de Santa Cruz (1). Mas, aunque se le quite su sentido recto a la frase, como las expediciones del marqués de Santa Cruz a la isla de San Miguel primero y a la conquista de la Tercera después, no se verificaron sino en 1582 y 1583 respectivamente, la empresa Valdés-Figueroa de 1581 cae, volvemos a insistir, fuera de los servicios de Cervantes y de su hermano. 

Veamos las otras fantasías. 

El fracaso de la expedición de Valdés dió a los rebeldes de la isla Tercera mucha arrogancia, mayormente cuando supieron la vuelta de don Lope de Figueroa. En seguida despacharon mensajeros al pretendiente don -[162]- Antonio, comunicándole tan felices nuevas, el cual les envió artillería y pólvora, más la promesa de reforzarlos con un cuerpo de ejército que aprestaba. Mandó aprisionar a todas las personas que obedecían al Rey Católico y confiscar sus bienes, y nombró por lugarteniente a Manuel de Silva con título de conde de Torresvedras: hombre cruel, codicioso y cobarde, que inauguró un período de terror.

 Firma, en documento inédito, del capitán Martín de Bertendona.
Firma, en documento inédito, del capitán Martín de Bertendona.—
Madrid, 21 de Marzo de 1574.

Felipe II estaba decidido a poner remedio inmediato a aquella situación tiránica, pero el dictamen de sus consejeros, cuyas opiniones andaban divididas; las contingencias de una campaña naval de invierno; la peste que, comunicada de Lisboa, asolaba por entonces las costas andaluzas y dificultaría los aprestos, traíanle dudoso. Si atendía a las advertencias que, bien informado siempre, recibía de Londres, y de París sobre las andanzas y preparativos de don Antonio y sus valedores, armando naves, juntando soldados y disponiendo algunos corsarios contra las islas de la Madera y San Miguel, convenía apresurar la expugnación de la Tercera; pero, prudente y cauteloso en todo instante, pudieron más en su ánimo las razones de reunir primero el mayor número posible de navíos y de tropas, para, sobre seguro y en buen tiempo, llevar a cabo con felicidad la empresa. Quedó, pues, aplazada la campaña hasta el verano siguiente. Y, mientras prevenía el mayor armamento naval que jamás se hubiera ordenado en España, atendió a vigilar y reforzar los puntos capitales de sus extensos dominios. Una escuadrilla, al mando de Ruy Díaz de Mendoza, se estacionó en la isla de Santo Domingo, para garantizar la navegación en el mar de las Antillas; otra cubrió el estrecho de Magallanes y la costa del Brasil; otra envióse (y tal vez en esto influyera el viaje de Cervantes a Orán y los avisos y cartas que trajo del alcaide de Mostagán) en socorro de las guarniciones de las plazas berberiscas, acosadas de los turcos y moros; y otra, en fin, al mando de Martín de Bertendona (1), aseguró las costas de Galicia y Portugal. Para aquel esfuerzo sin precedentes, «hubo que recurrir a la orden general de embargo de cuantas naves de naturales hubiera y fueran llegando a los puertos de la Península, desde Fuenterrabía a Rosas, a los -[163]- de las islas Baleares y a los de los reinos de Nápoles y Sicilia, tomando por encima a sueldo, en virtud de contratos voluntarios, urcas de Flandes y naos de Ragusa, Venecia y otras levantinas. De las españolas no se libraron las de la pesca de Terranova y Cabo de Aguer en Africa, ni siquiera las besugueras de Castro y Laredo, siendo general la leva de marineros, que se aumentó con otras de voluntarios de Génova» (1). Por vía de precaución, remitiéronse a la isla de San Miguel cuatro naos guipuzcoanas con dos compañías de soldados, más dos galeones y tres carabelas por complemento de la guarnición. Poco antes, en 13 de Enero de 1582, don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, recibía el título de capitán general de la armada y de la gente de mar y guerra destinada a la isla Tercera, y comenzaban en la Primavera los preparativos de la expedición, haciéndose a la vez en Sevilla y en Lisboa. 

Mientras tanto, el pretendiente don Antonio, con las joyas de la Corona de Portugal, instaba en Londres a la reina Isabel a que intercediera en su causa, y, para más moverla, remitía un valioso diamante a su favorito Leicéster. El Rey Isabel (como llaman los ingleses a su gran reina) pareció interesarse más por las joyas que por la causa del pretendiente. No paró, codiciosa de estos adornos desde la cuna, hasta que todas estuvieron en su poder, y entonces y sólo entonces permitió que se abriera en la City una suscripción para armar una escuadra. Inscribiéronse Francisco Drake, Hawkins, Frobisher, los condes de Leicéster, de Oxford, de Pembroke, de Warwick y algunos negociantes. Mas la Reina no prestó sus navíos, y adoptó una actitud remisa en el armamento de los de la suscripción. Prudente y cauta, o no vió hacedero el asunto, o no quiso, o «no pudo ayudar con nada», como el embajador Tassis escribía el 25 de Enero de 1582 a Felipe II. Entonces don Antonio dirigióse a Francia al lado del conde de Vimioso, que le anunciaba disposición más benévola por parte de Catalina de Médicis. La reina madre de Francia creíase también con derecho al trono de Portugal; pero aveníase a favorecer al pretendiente, a cambio de que éste le cediera el Brasil y el archipiélago mismo de las Azores. Don Antonio, con tal de que le colocara en el solio pretendido, no tenía inconveniente en hipotecar el destino de un pueblo del que se llamaba rey, y le había ofrecido, como remuneración a los auxilios de Francia, la isla de Madera, Guinea, Brasil y el derecho de comerciar en las islas Orientales (2). La oferta era tentadora, porque, a la vez, hería el engrandecimiento de la -[164]- Casa de Austria, que iba a juntar las Indias Orientales con las Occidentales. Ya en sus celos y odio por el poder de Felipe II, insinuó a Isabel de Inglaterra el peligro que a Europa traería el predominio del Rey Católico y la necesidad imperiosa de una coalición de los demás soberanos para impedirlo. Pero Isabel, que tenía más talento y mejores consejeros que la astuta italiana, adivinó sus intenciones; y si le convenía vigilar los progresos de Felipe II, le interesaba más laborar en provecho propio y no dar aliento a los intereses de los Valois. 

Don Antonio, en resolución, se vió excelentemente acogido en la corte galante de Francia, con título de rey de Portugal. Le agasajaron Catalina y su hijo Enrique III; mereció las simpatías de Lausac, de Aubigné, de Brissac, de todos los gascones y especialmente de la bella reina de Navarra, Margarita de Valois, que lo encontraba «recomendable en toda clase de galantería y para el amor». En cuanto a su alátere Vimioso, hacíase llamar «el condestable Francisco de Vimioso», y sellaba tranquilamente sus cartas con las armas de Portugal, aunque, pintiparado en ascendencia a su amo, fuera nieto de la judía Beatriz Pereira y de un obispo de Évora, que a su vez era bastardo de un príncipe portugués (1). Se habló de la cesión del Brasil y de los ricos escudos que España acuñaba con el oro de América... No hubo doncel en la corte, aventurero o político, que no estuviese de acuerdo para pedir una expedición a Ultramar (2). Catalina se dejó vencer de tal modo, que la aparejó por fin, y dió el mando de ella a su hombre de guerra favorito, su primo Felipe Strozzi. Por su parte Enrique III, que dejaba que su hermano el duque de Alençon atacara a Felipe II en Flandes y su madre en las posesiones portuguesas, fingía ignorar que se reunían una escuadra y un ejército; escribía, no obstante, a Strozzi para que apresurase su partida y permitía a sus ministros, habiendo paces concertadas con España, que hicieran los preparativos en su nombre (3)

Con semejante perfidia y doblez, aquella corte de Francia, «entregada a fiestas extravagantes y a proyectos incoherentes, imaginó arrancar a Felipe II el reino de Portugal, sin declarar la guerra a España» (4). Pero el Rey Católico estaba enterado por sus agentes y su embajador en París hasta de los más mínimos detalles de la maniobra. Incluso había infiltrado espías, como Miguel Váez, entre los consejeros de don Antonio, que lo llevaba de proveedor general y comisario de guerra. El 16 de junio de 1582, por la noche, la escuadra francesa, compuesta de más de sesenta velas y -[165]- mandada por Sainte-Soulaine, salía de Belle-Île con treinta y siete banderas de infantería francesa y cuatrocientos voluntarios a las órdenes de Felipe Strozzi y de Brissac. Iban a bordo el pretendiente don Antonio y el conde de Vimioso y les acompañaba Miguel Váez, que inmediatamente avisaba a Felipe II de la salida. 

Con noticias de ella y de los efectivos franceses, el marqués de Santa Cruz partió apresuradamente de Lisboa el 10 de Julio con el primer cuerpo de ejército, integrado por el galeón San Martín, que arbolaba el estandarte real, veintisiete naos grandes y medianas y cinco pataches pequeños de aviso. Llevaba cinco mil soldados españoles a cargo del maestre de campo don Lope de Figueroa y de don Francisco de Bobadilla. El segundo cuerpo de ejército, armado en Cádiz, a las órdenes de Juan Martínez de Recalde, constaba de otras veinte naos gruesas; pero dispersado por duros ponientes en la costa de Algarbe, las galeras, dirigidas por don Francisco de Benavides, decidieron la arribada. También hubo de volver a Lisboa una nao arragucesa del marqués de Santa Cruz, en que iban tres compañías de los soldados viejos de Flandes con médicos y material sanitario. Así, la potente escuadra reunida en Lisboa y Cádiz, compuesta de sesenta naos gruesas, más los pataches y otras embarcaciones ligeras a proporción y las galeras y barcas chatas, con 11.873 hombres, quedó reducida a 36 bajeles primero y últimamente a sólo 25 de guerra y exactamente 4.044 soldados, contra 62 barcos enemigos y más de 7.000 hombres. 

La escuadra francesa, cuyo buque insignia era el San Juan Bautista, tenía, sobre la superioridad numérica, la de la igualdad y ligereza de movimiento de las naos a la vela. Arribó a la isla de San Miguel en 16 de Julio, e ignorante de que no tardaría en llegar la española, desembarcó 1.500 hombres y comenzó a sitiar el fuerte. Seis días después, el 22 de Julio, fondeaba en Villafranca el marqués de Santa Cruz, y los vigías de la capitana descubrían las velas francesas por Punta Delgada, capital de la isla. El choque prometía ser terrible.

Hay varias relaciones de esta batalla: la remitida por Santa Cruz a Felipe II con su primo Ponce de León; la de don Lope de Figueroa; la de don Miguel de Oquendo; la de Estanislao Togelveder, embajador del rey de Polonia, escrita en latín, etc. (1)

Las fuerzas que conducía nuestra escuadra eran como sigue: tercio de don Lope de Figueroa, veinte compañías; tercio de don Francisco de Bobadilla, trece compañías; tercio de don Antonio Moreno, catorce compañías; tres más que salieron de Lisboa, siete venidas de Extremadura, cinco viejas del tercio de don Fernando de Toledo y, por último, seis llegadas -[166]- con don Cristóbal de Eraso. La más nutrida era la de don Pedro Zapata, con un total de 206 hombres, del tercio de don Antonio Moreno; y la menos, la de Marcos de Isaba, del tercio de don Lope, la cual sólo disponía de 44 individuos. Los franceses, pues, superaban en tres mil soldados nuestras fuerzas de guerra, doblaban con creces el número de barcos y aún aguardaban refuerzos distintos. Así, aunque sabían que el marqués de Santa Cruz se vería aumentado con su segunda escuadra de Cádiz (que no llegó), tenían por descontada la victoria. El mando superior francés se encomendó a Felipe Strozzi, hijo del mariscal de Francia Pedro Strozzi, y deudo, como hemos dicho, de Catalina de Médicis, de lugarteniente iba el conde Charles de Brissac, hijo también de mariscal de Francia, y de subalternos, Charles Landereau, Saint-Soulaine, Layneville, capitán normando el servicio de la Reina; Beaumont, maestre de campo general, y gran número de señores feudales y caballeros de distinción, entre ellos, naturalmente, don Francisco de Portugal, conde de Vimioso, y el pretendiente, prior de Crato. Las naos arbolaban el estandarte de Francia, blanco flordelisado de oro. En la escuadra española, siguieron al marqués de Santa Cruz «muchos caballeros ventureros y entretenidos, con grandes esperanzas de señalarse victoriosamente con el gobierno y fortuna de tan bien reputado capitán general» (1)

El mismo día 22 de Julio, que cayó en domingo, el marqués juntó Consejo, y con parecer de los hombres principales de la armada, decidió pelear. La flota enemiga resolvió otro tanto, poniéndose en orden y disparando una pieza de artillería por señal de combate. Inmediatamente Santa Cruz mandó arbolar el estandarte de batalla y tiró otra pieza. Llegó la noche sin combatir. Los franceses volvieron al puerto, y los españoles anduvieron dando bordos por las proximidades de Villafranca. Al amanecer el 23, comenzaron a salir los enemigos con el viento y el sol en su favor. Frente a frente las dos flotas, al mediodía el viento era escaso y orceaba la de España. Llevaba el marqués la vanguardia, don Cristóbal de Eraso, su lugarteniente, la retaguardia; el lado izquierdo, don Francisco de Bobadilla, y el derecho, don Lope de Figueroa. Seguían a éstos los demás navíos, procurando ganar el viento a los contrarios. 

Santa Cruz comenzó a rectificar la formación de la línea para estrechar las distancias. Otro tanto hacía la escuadra francesa, que, por haberse fijado el viento del Sudoeste, tenía la ventaja del barlovento. Estaba, pues, en su mano iniciar el combate, y por tres veces lo intentó, pretendiendo doblar con una división la retaguardia española y cogerla entre dos fuegos. Pero el gran marino que era Santa Cruz, lo impidió, virando -[167]- oportunamente; y así, todo el día 23, calmado el viento por la tarde, se pasó en bordadas paralelas, a regular distancia. Al amanecer el 24, las dos escuadras manteníanse inmóviles, dando bordos entre las islas de San Miguel y Santa María con viento flojo del Sudoeste. Esta inactividad turbaba los ánimos. A la tarde escaramuzó la artillería durante dos horas. Observó el marqués que las naos francesas a la vela, maniobraban con más rapidez que las suyas. Para remediarlo y aprovechando el viento fresco que hubo en la noche, corrió la bordada hacia tierra hasta ponerse la luna. Inmediatamente viró, sin luz en el fanal, para encubrirse y amanecer a barlovento del enemigo. Maniobra felicísima, pues el sol del día 25 alumbró a la armada francesa sotaventeada y en desorden, por efecto de las averías sufridas en la escaramuza. Un buque se hundió. 

Era la festividad del apóstol Santiago, y el marqués quiso presentar batalla; pero a las ocho de la mañana un cañonazo de la nave de don Cristóbal de Eraso, que amainó repentinamente las velas, anunció habérsele partido el árbol mayor, lo que le obligaba a rezagarse. Corrió don Alvaro de Bazán a darle remolque, para que no cayera en poder del enemigo, con su propio galeón San Martín, y tuvo que sacrificar el plan ante las circunstancias, manteniendo la unión a costa del barlovento, recobrado por los franceses al mediodía. No supieron aprovecharse de él; y las dos armadas, volteando, se entretuvieron hasta el día siguiente. En la francesa, que ignoró la avería de la nave de Eraso, producía inquietud y malestar la extraña calma del marqués, recelando alguna sorpresa. No se explicaban cómo no aparecía la segunda escuadra de Juan Martínez de Recalde, reunida en Cádiz. Al pretendiente don Antonio le entró tal pánico, que huyó cobardemente aquella misma noche, deslizándose con algunos navíos a lo largo de la costa, para refugiarse, al amparo de la obscuridad, en la isla Tercera. 

La hora del choque terrible no se vislumbraba. Strozzi perdía la paciencia, sintiéndose cercado por un enemigo inmóvil. El 26 de Julio amanecieron las armadas a distancia de tres millas una de otra, y diez y ocho de la isla de San Miguel. A las ocho de la mañana el viento entabló por el Oesnoroeste. Siguieron las dos flotas la vuelta del Norte, amura a babor, la francesa a barlovento; y como al llegar el mediodía no se advirtieran señales de combate, supúsose que también por aquella vez quedaría aplazado. 

No se sabe cómo, he aquí salir a barlovento (¿cebo, casualidad?) el galeón San Mateo, donde iban don Lope de Figueroa y el veedor de la armada don Pedro de Tassis, navío que, por ser ligero de vela, podía apartarse mucho, como hizo, de la línea, sin temor a no poderse incorporar con la rapidez necesaria. Estaban Strozzi y el conde de Vimioso en la capitana francesa, y en la almiranta, el de Brissac. Al ver su armada favorecida -[168]- del viento, decidieron combatir, y señalaron los bajeles que cada uno había de aferrar. Fué el conde de Vimioso quien indicó la presencia del San Mateo, destacado y aislado de la armada española, y la facilidad de poder cortarlo antes que fuera socorrido. Inmediatamente lanzáronse sobre él la capitana, la almiranta y tres galeones del normando Borda. Pero en el San Mateo van los veteranos de don Lope, la flor de la arcabucería española y los mismos que hacían temblar la tierra con sus mosquetes. Aguardan a los franceses sin disparar un tiro; y cuando los tienen a toca penoles, les envían una espantosa descarga general, o ruciada, que va repitiéndose con increíble rapidez. A pesar del atroz fuego, la capitana francesa aborda al San Mateo por la mura de babor, y la almiranta de Brissac, por la banda opuesta, al tiempo que los galeones de Borda, sin aferrar, le baten por la popa y aleta, seguros de rendirle. El San Mateo, buque de seiscientas toneladas, con una treintena de cañones de bronce, sólo llevaba a bordo 250 hombres entre soldados y marineros, aunque toda ella gente escogida y bien distribuída en los castillos y corredores del alcázar. Resistió impávido la embestida de los cinco asaltantes e hizo en ellos tremenda carnicería, no obstante ser la fuerza de los contrarios quintuplicada y renovarla de refresco otros navíos. Dos horas peleó con sin igual bravura, abordado y rodeado de bajeles que le arrojaban alcancías y otros fuegos artificiales, que era preciso apagar rápidamente. Recibió en el casco más de 500 balas de cañón, y no hubo hombre que desfalleciera. Tal era el ardor de aquellos veteranos curtidos en tantas campañas, que a punto de rendirse la capitana de Strozzi, don Lope tuvo que gritar a sus capitanes que dieran muerte a quien pretendiera entrar en aquélla, a fin de no distraer la poca gente que le quedaba. 

En tanto, habíase generalizado el combate. Luchaban bien los franceses, y atacaban brillantemente los españoles. El marqués de Santa Cruz, como en Lepanto, como en todas partes, vigilaba los menores movimientos y socorría donde era menester. Ya las distancias entre ambas flotas habíanse reducido al mínimo. El San Martín del marqués viró en auxilio del San Mateo, así como otras naves del grupo de reserva. Llegó primero el capitán Garagarza, y con la nao Juana, de sólo 353 toneladas, abordó gallardamente a la capitana francesa, mientras Villaviciosa hacía lo mismo con la almiranta de Brissac. Acudieron otros barcos franceses. Formóse una piña entre todos. La lucha cobró su máxima intensidad. El humo no permitía distinguir aquella mezcolanza espantosa. He aquí entonces a Miguel de Oquendo, con la capitana de Vizcaya, correr, disparando sus cañones, por la izquierda. Con ímpetu arrollador metió la proa a toda vela entre el galeón San Mateo y la almiranta de Brissac. El choque y la descarga a boca de jarro fueron tan terribles, que hundió el costado de la nave francesa, rompió las amarras, deshizo el grupo y quedó aferrado con la
 

Lisboa a mediados del siglo XVII  (I)
Lisboa a mediados del siglo XVII  (I)
Vista panorámica de la ciudad.
(Acuarela de Pier María Baldi.—Biblioteca Laurenciana de Florencia.)

Lisboa a mediados del siglo XVII  (II)
Lisboa a mediados del siglo XVII  (II)
Vista panorámica de la ciudad.
(Acuarela de Pier María Baldi.—Biblioteca Laurenciana de Florencia.)

 

-[169]- misma, que por la proa seguía batiendo Villaviciosa. A esto, los tres galeones del normando Borda (presintiendo su pérdida) alejáronse prudentemente. Llegó el marqués de Santa Cruz, vió dominadas la capitana y la almiranta enemigas, y viró en socorro de otras naves. Todo bajel contrario que se le oponía era destrozado con certeras descargas. Atento a cualquier incidencia, notó después que la capitana de Strozzi desembarazábase del San Mateo. Al punto voló en auxilio de éste; abordó por una banda la nave francesa (ya convertida en laguna de sangre), mientras que por la otra lo hacía el capitán Labastida con el navío Catalina, y antes de una hora el adversario quedó rendido. El resto de la flota de Strozzi púsose entonces en fuga. La almiranta, hermoso bajel, fué abandonado por Brissac, que huyó, con los pocos hombres que le quedaban (sólo la descarga de Oquendo le mató cincuenta), en otro navío suyo. Huyeron también Saint-Soulaine y Fumée. La batalla duró poco más de cinco horas. Al anochecer, la mar quedó llena de despojos. 

Perdieron los franceses, que lucharon valerosamente, diez naos grandes, incluída su capitana; incendiáronse dos, cuatro se hundieron, y otras cuatro, entre ellas la almiranta, abandonáronse después de saqueadas, lleván dolas la corriente a embarrancar en la isla de San Miguel. Las bajas francesas, sin contar las que tuviesen las naves fugitivas, ascendieron a unos 500 muertos. De estas naves, una parte, regida por Layneville, dió sobre el Fayal y saqueó la isla, como si fuera de enemigos, otra parte, marchó directamente a Francia con Brissac; el resto, en número de 37, se reunió en la Tercera y formó la escolta de don Antonio, aunque después algunos navíos le abandonaron y pasáronse a don Felipe. En cifras redondas, de la potente escuadra dirigida contra el Rey Católico, únicamente arribaron a Francia 18 bajeles. 

Los españoles sólo tuvimos 224 muertos y 553 heridos, sin perder ningún barco en la lucha. Faltaron médicos, cirujanos y material sanitario, por quedar en la nao ragucesa apartada de la flota. Esta circunstancia impidió al marqués perseguir a las naves fugitivas, que se hubieran rendido fácilmente: tal era su estado de desaliento. Una vez más dejábamos de sacar partido de las victorias. 

Perdió la vida en el combate Beaumont, el comandante francés del San Juan Bautista. Quedó herido gravemente de un arcabuzazo y murió a las pocas horas en la capitana española, Felipe Strozzi. El conde de Vimioso, con dos tiros de arcabuz y una estocada, falleció al día siguiente. Fueron apresados ochenta caballeros y trescientos trece soldados o marineros. Los juzgó sumariamente, por orden del marqués, el auditor general de la armada, licenciado Martín de Aranda. Condenólos a la última pena: a ser decapitados públicamente los caballeros, y ser ahorcados los soldados y marineros, «porque así convenía al servicio de Dios, del rey nuestro señor -[170]- y del rey de Francia». Pareció cruel sentencia a los capitanes españoles (1); pero el marqués consideró a los aprehendidos, adversarios del reposo y bien común, perturbadores del comercio, fautores de los rebeldes de Su Majestad, y, como tales, rebeldes, a más de piratas y robadores con abuso de la bandera de una nación con la que España mantenía relaciones de paz y amistad. Ellos adujeron en las defensas no ser piratas, sino prisioneros de buena guerra, por hallarse en secreta y abierta su rey y el de España, que aunque se comunicaban por embajadores y disimulaban muchas cosas y ofensas, eran ficciones de príncipes y por ello no dejaban de estar en pública guerra. El marqués rechazó esta teoría; y como no pudieron enseñar ninguna orden del rey de Francia que los autorizara a la expedición (2), aunque con patentes suyas los asoldaron, Santa Cruz dió por falsas las patentes que exhibían, y atúvose a las órdenes de ambos soberanos, Cristianísimo y Católico, en cuanto al modo de tratar a los piratas. En consecuencia, seis días después del combate, a 1.o de Agosto, la sentencia se cumplió inexorablemente en un cadalso de la plaza de Villafranca. Y para «ejemplo de los que lo supieren, vieren y oyeren», se hizo con aparato, por cuatro compañías y banderas de don Francisco de Bobadilla. Veintiocho señores y cincuenta y dos caballeros fueron degollados; y los soldados y marineros, ahorcados en las entenas de las naves (3). Sólo se salvaron algunos pilotos y los que no pasaban de diecisiete años.

 Catalina de Médicis. (Grabado de la época.)
Catalina de Médicis. (Grabado de la época.)

La noticia del desastre y hecatombe causó consternación en París. Catalina de Médicis, llena de furor, se arrancaba los cabellos y pedía a -[171]- gritos venganza. Al chocar un ardid contra otro ardid, la lección había sido bien dura y merecida. 

Distinguiéronse sobremanera en la batalla, además de los jefes indicados, don Francisco de Bobadilla, que iba en la urca San Pedro, y los capitanes Miguel de Venesa, Miguel de Cardona, Pedro Pardo, Juan Chacón, Alvaro Borragán, Labastida, Juan de Vivero y Luis de Guevara. 

Empero el gran héroe de la jornada, origen del combate y blanco de tantos enemigos, fué el San Mateo. Quedó el galeón como una boya, el casco acribillado, sin jarcias ni velas, con las dos anclas colgando por los cables hasta el chicote, picadas de intento las trincas por los franceses. Tuvo 40 muertos y 74 heridos, amén de muchos parcialmente quemados. Algunos soldados recibieron tres tiros de arcabuz, otros dos, y en todos menudearon los actos de arrojo y heroísmo. «Fué esta batalla (escribe Larrey) una de las más memorables que se han dado en el Océano, ya por ser los combatientes de dos naciones belicosas, ya por que no se jugaba en la embocadura de un río o inmediación de una costa, como las que antes se habían visto en Holanda y Zelanda, sino en alta mar y en medio de dos continentes, siendo el premio de la victoria no sólo las Terceras, sino el reino de Portugal». 

El cronista que mejor y más ampliamente trató de ella, dice a este respecto: «Algunos han escrito que, como soldado del tercio de Figueroa, iba en esta ocasión embarcado en el galeón San Mateo Miguel de Cervantes Saavedra; ningún fundamento escrito lo confirma, y fuera raro, habiendo sido testigo de tan grande acción, que no la sacara a plaza en alguna de sus novelas» (1)

En efecto, su silencio es bien elocuente, cuando tantos casos dignos de recordación sucedieron en aquella empresa y en aquel navío (2). Mas -[172]- CERVANTES ni pertenecía ya al tercio de Figueroa, ni se embarcó para la isla de San Miguel, sino que proseguía en Lisboa (alentado por la comisión recibida) sus gestiones de pretendiente en Corte, en espera de la ocasión favorable. ¿Asistió, en cambio, su hermano Rodrigo a la acción? De esto no cabe duda. Cierto que en el citado Memorial de 1590 no se dice que Rodrigo fuera a la isla de San Miguel, sino «a las Terceras con el marqués de Santa Cruz», y cierto también que la expedición para la conquista de la isla Tercera no se verificó hasta el año siguiente. Pero esta expresión «las Terceras» valía entonces por antonomasia las islas de los Azores, en que se comprende la de San Miguel. Y como, por otro lado, en la expedición a ésta tomó parte el tercio de don Francisco de Bobadilla y la compañía de Luis de Guevara, a la que, según Mosquera de Figueroa, pertenecía en 1583 Rodrigo (1), es seguro que en 1582 el hermano de Cervantes hubo de acompañar a dicho tercio, reforzado aquel mismo año en Castilla para la jornada del marqués de Santa Cruz. De suerte que debió de combatir en la mencionada urca San Pedro. En una Relación, de aquellos días se dice: «La urca San Pedro, donde iba don Francisco de Bobadilla, hicieron muestra cuatro bajeles de irla a abordar, y él dió tan buena ruciada al primero, que los demás no osaron allegar. El capitán Villaviciosa, el viejo, con su navió, en que iba la compañía de Luis de Guevara, del tercio de don Luis Enríquez (2), aferró con otro de los enemigos, los cuales pelearon valerosamente, y habiendo muerto el dicho capitán Villaviciosa y mucha parte de los soldados del bajel, se departieron las dichos bajeles, yendo muy maltratado el enemigo» (3). Tuvo este barco 45 muertos y 52 heridos, y su gente peleó con tal denuedo, que pasó a cuchillo a todos los tripulantes de la nave contraria, sin excepción. 

En las instrucciones de Felipe II al marqués de Santa Cruz después de la jornada, le dice que deje «en la isla de San Miguel los 1.500 hombres que escribis, a cargo del maestre de campo don Francisco de Bobadilla, y de los de su tercio que se levantaron en Castilla para esta jornada; que no sean ningunos de los que dejáredes en ella de los tercios de don Lope de Figueroa y don Fernando de Toledo, porque éstos los habreis de traer -[173]- enteramente aquí» (1). Ahora, como Rodrigo de Cervantes pertenecía al tercio de Bobadilla, se infieren dos cosas: primera, que se enroló en Castilla para dicha expedición en 1582, aunque pudo servir antes en la guerra de Portugal; y segundo, que hubo de quedarse, después de la victoria sobre los franceses, en la isla de San Miguel. Por carta posterior del rey al marqués, fecha en Lisboa a 10 de Febrero de 1583, consta que en dicha isla quedáronse del referido tercio 2.400 soldados a cargo de Agustín Iñíguez, que luego, ascendidos a 2.600 recogió Santa Cruz e incorporó al grueso de su armada cuando llegó para la conquista de la Tercera.

 

Volviendo a la jornada, el marqués, tras de dejar la isla de San Miguel a cubierto de un golpe de mano, y en ella, con la guarnición referida, los heridos y enfermos, viendo avanzada la estación para expugnar la Tercera, dió la vuelta con cuarenta galeones y naos sobre la isla del Cuervo, encontró las flotas de Indias, y, escoltándolas, dirigióse a España. El 15 de Septiembre tocaba el puerto de Lisboa. 

Subían por el Tajo los bajeles engalanados con flámulas, trayendo la capitana francesa, mientras disparaban los cañones y saludaban con vítores las muchedumbres enardecidas. Hízose al célebre marino español un recibimiento grandioso. Todo Lisboa se asoció con clamores a su triunfo. La entrada solemne de la escuadra con las tres flotas de Indias constituyó un espectáculo sin igual. Desde las ventanas de Palacio presenciábanlo el Rey, la Emperatriz, el archiduque Alberto y la archiduquesa Margarita. El mismo día, Santa Cruz besaba las manos de Su Majestad. Felipe II le otorgó la encomienda mayor de León; pero, contra lo que se esperaba, no le mandó cubrir. Una serie de fiestas cívicas y religiosas sucedió después.

 

A las pocas semanas, no tardó en susurrarse el regreso de la Corte a Madrid. Para los pretendientes, nada había que hacer ya en Portugal, donde todo lo acaparaban los lusitanos, y las esperanzas de Cervantes fueron desvaneciéndose. Ante la perspectiva, poco lisonjera, de otro invierno y ver que su hermano Rodrigo había quedado de guarnición en San Miguel, decidió tomar el camino de la Patria. Era mucha estancia la de año y medio en aquel país, de pretendiente en corte, sin otros recursos, que sepamos, que los 100 escudos de la comisión a Orán. Su colaboración en el Romancero de Pedro de Padilla (2), cuya dedicatoria va fechada en 4 de Marzo de 1583, indica que con bastante anterioridad Cervantes había vuelto, -[174]- desengañado de sus pretensiones, a Madrid, y se hallaba entregado definitivamente al cultivo de las letras, a la terminación de La Galatea; cuyos últimos toques dan principio en estos días. Carece de consistencia la hipótesis de que pudo realizar este trabajo en Portugal. Contrariamente, libros como el sexto con el «Canto de Calíope», donde pasa revista a cien poetas, algunos noveles, sólo era posible escribirlos en Madrid en consorcio con el mundo literario. Y esta labor no la comenzó sino en 1583, con parte quizá de fines de 1582. La razón es clara: la obra hallábase concluída antes de 1.o de Febrero de 1584, fecha de la aprobación; pero en el prólogo (ya lo hicimos constar), censurando igualmente la conducta de aquellos que dan al público con demasiada ligereza lo que escriben como la de otros que tardía y perezosamente se atreven a comunicar sus escritos, dice: «Huyendo destos dos inconvenientes no he publicado antes de ahora este libro, ni tampoco quise tenerlo para mí solo más tiempo guardado». Así pues, hay que retrotraer gran parte de su composición a 1583, cuando menos. No poco sin duda de estas que llama «primicias de mi corto ingenio» escribiéronse en Italia y en Argel; pero bastante reformaría y acoplaría después (1). La novela encierra más de 5.000 versos en toda clase de metros, que requieren largo tiempo, y algunos libros de ella, sin contar el sexto, por sus alusiones, fueron positivamente trazados íntegros luego de su llegada de Argel y, en consecuencia, de su regreso de Portugal. 

De suerte que, consumidos sus recursos y desesperado con largas dilaciones de conseguir ninguna merced real, la entereza de su carácter no le permitió excesivas aguardadas, y, al conocer los rumores del regreso de la Corte, hacia finales del otoño de 1582, tomó el camino de Madrid. Aquí sería más fácil negociar. Pero siempre la mala suerte. Lo ha de recordar un día: «Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan, porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros pretendieron; y aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las pretensiones» (2). El incienso es agradable, evidentemente, hasta a los dioses; pero Cervantes, para gloria suya, no sabía adular. «¡Oh fuerza de la adulación (exclama contristado), a cuánto te extiendes y cuán dilatados limites son los -[175]- de tu jurisdicción agradable!» (1). Y por boca del licenciado Vidriera «Yo no soy bueno para Palacio, porque tengo vergüenza y no sé lisonjear». 

La vida de pretendiente en corte, y la corte misma, acabaron por disgustarle. Tras una juventud consumida en los duros azares de la guerra y en los sufrimientos de la esclavitud, añoraba la tranquilidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmullo de las fuentes, la música de las florestas: las cosas gratas a su amada poesía y a la quietud del espíritu. Era llegada la hora del otium sapientis, y sentíase árcade. Toda su vida tendrá inclinación de árcade. Por su misma intuición maravillosa de la realidad, llevó siempre oculta una constante aspiración romántica hacia los reinos de la pura fantasía; y con penetración escribe Paolo Savj López, que «sintió la ansiosa necesidad de crearse una realidad engañosa interior más sonriente, más serena, más amigable que la otra realidad amarga del mundo» (2)

Y, como antes desde el cautiverio de Argel, no tardaría, desde su retiro, en volver a escribir al secretario Mateo Vázquez otra Epístola, en forma de Canción, muy bella, en que refleja el estado congojoso de su alma y su corta ventura; se siente disgustado del bullicio cortesano y de la inutilidad de sus pretensiones, vuela a regiones más altas, y le suplica que procure favorecerle:

El vano imaginar de nuestra mente,
de mil contrarios vientos arrojada
acá y allá con curso presuroso;
la humana condición, flaca, doliente,
en caducos placeres ocupada,
do busca, sin hallarle, algún reposo;
el falso, el mentiroso
mundo, prometedor de alegres gustos,
la voz de sus sirenas,
mal escuchada apenas
cuando cambia su gusto en mil disgustos,
la Babilonia, el caos que miro y leo
en todo cuanto veo;
el cauteloso trato cortesano,
junto con mi deseo,
puesto han la pluma en la cansada mano (3). -[176]- 

Quisiera yo, señor, que allí llegara
do llega mi deseo, el corto vuelo
de mi grosera mal cortada pluma,
sólo para que luego se ocupara
en levantar al más subido vuelo
vuestra rara bondad y virtud suma (1).
Mas ¿quién hay que presuma
echar sobre sus hombros tanta carga (2),
si no es un nuevo Atlante,
en fuerzas tan bastante
que poco el cielo le fatiga y carga?
Y aún le será forzoso que se ayude
y el grave peso mude
sobre los brazos de otro Alcides nuevo;
y, aunque se encorve y sude,
yo tal fatiga por descanso apruebo.

Ya que a mis fuerzas esto es imposible,
y el inútil deseo doy por muestra
de lo que encierra el justo pensamiento,
veamos si, quizá, será posible
mover la flaca mal contenta diestra
a mostrar por enigma algún contento;
mas tan sin fuerzas siento
mi fuerza en esto, que será forzoso
que apliqueis los oídos
a los tristes gemidos
de un desdeñado pecho congojoso,
a quien el fuego, el aire, el mar, la tierra,
hacen comino guerra,
todos en su desdicha conjurados,
que se remata y cierra
ton la corta ventura de sus hados.

Si esto no fuera, fácil cosa fuera
tender por la región del gusto el paso
y reducir cien mil a la memoria,
pintando el monte, el río y la ribera
do amor, el hado, la fortuna y caso
rindieron a un pastor toda su gloria.

  Miguel de Cervantes en Portugal
La Venta de Busseiras, entre Évora y Estremoz, a mediados del siglo XVII.
La Venta de Busseiras, entre Évora y Estremoz, a mediados del siglo XVII.
(Acuarela de Pier María Baldi.—Biblioteca Laurenciana de Florencia.)

 -[177]-

Mas desta dulce historia
el tiempo triunfa, y sólo queda della
una pequeña sombra,
que ahora espanta, asombra
al pensamiento que más piensa en ella
condición propria de la humana suerte,
que el gusto nos convierte
en pocas horas en mortal disgusto,
y nadie habrá que acierte
en muchos años con un firme gusto.

Vuelva y revuelva, en alto suba o baje
el vano pensamiento al hondo abismo;
corra en un punto desde Tile a Batro,
que él dirá, cuanto más sude y trabaje
y del término salga de sí mismo,
puesto en la estera o en el cruel Baratro:
¡Oh una, y tres, y cuatro,
cinco, y seis y más veces venturoso
el simple ganadero,
que, con un pobre apero,
vive con más contento y más reposo
que el rico Craso o el avariento Mida,
pues con aquella vida
robusta, pastoral, sencilla y sana,
de todo punto olvida
esta mísera falsa cortesana!

En el rigor del erizado invierno,
al tronco entero de robusta encina,
de Vulcano abrazada, se calienta,
y allí en sosiego trata del gobierno
mejor de su ganado, y determina
dar de sí al cielo no entricada cuenta.
Y cuando ya se ahuyenta
el encogido, estéril, yerto frío,
y el gran señor de Delo
abrasa el aire, el suelo,
en la margen sentado de algún río,
de verdes sauces y álamos cubierto,
con rústico concierto
suelta la voz o toca el caramillo,
y a veces se ve cierto
las aguas detenerse por oillo.

Poco allí le fatiga el rostro grave
del privado, que muestra en apariencia
mandar allí do no es obedecido,
ni el alto exagerar con voz suave
del falso adulador, que, en peca ausencia,
muda opinión, señor, bando y partido; -[178]-
ni el desdén sacudido
del sotil secretario le fatiga,
ni la altivez honrada
de la llave dorada (1),
ni de los varios príncipes la liga,
ni del manso ganado un punto parte,
porque el furor de Marte
a una y otra parte suene airado,
seguido por tal arte,
que apenas su secuaz se ve medrado.

Reduce a poco espacio sus pisadas,
del alto monte al apacible llano,
desde la fresca fuente al claro río,
sin que, por ver las tierras apartadas,
las móviles campañas del Oceano
are con loco antiguo desvarío.
No le levanta el brío
saber que el gran monarca invicto vive
bien cerca de su aldea,
y, aunque su bien desea,
peco disgusto en no verle rescibe;
no como el ambicioso entremetido,
que con seso perdido
anda tras el favor, tras la privanza,
sin nunca haber teñido
en turca o en sangre mora espada o lanza.

No su semblante o su calor se muda
porque mude color, mude semblante
el señor a quien sirve, pues no tiene
señor que fuerce a que con lengua muda
siga, cual Clicie a su adorado amante,
el dulce o amargo gusto que le viene.
No le vereis que pene
de temor que un descuido, una nonada,
en el ingrato pecho
del señor el derecho
borre de sus servicios, y sea dada
de breve despedida la sentencia.
No muestra en apariencia
otro de lo que encierra el pecho
sano que la rústica sciencia
no alcanza el falso trato cortesano. -[179]-

¿Quién tendrá vida tal en menosprecio?
¿Quién no dirá que aquella sola es vida
que al sosiego del alma se encamina?
El no tenerla el cortesano en precio,
hace que su bondad sea conoscida
de quien aspira al bien, y al mal declina.
¡Oh vida, do se afina
en soledad el gusto acompañado!
¡Oh pastoral bajeza,
más alta que la alteza
del cetro más subido y levantado!
¡Oh flores olorosas! ¡Oh sombríos
bosques! ¡Oh claros ríos!
¡Quién gozar os pudiera un breve tiempo,
sin que los males míos
turbasen tan honesto pasatiempo!

¡Canción, a parte vas do serán luego
conocidas tus faltas y tus sobras! (1).
Mas di, si aliento cobras,
con rostro humilde, enderezado a ruego:
«¡Señor, perdón, porque, el que acá me envía,
en vos y en su deseo se confía!»
 

Esta Canción, cuyo carácter autobiográfico ha escapado a la perspicacia de los críticos, fué incluída por Cervantes en el libro IV de La Galatea muy de propósito. Juntos los pastores y pastoras de la égloga, entre ellos Tirsi (Francisco de Figueroa) y Damón (Pedro Laínez), se encaminan a pasar la siesta a la fuente de las Pizarras, bajo la sombra de unos espesos y verdes árboles. Hallan allí «a tres caballeros y a dos hermosas damas que de camino venían» con algunos criados. Convidados del ameno y fresco lugar, deciden pasar también en él las calurosas horas de la siesta. Sentados alrededor de la fuente, entre caballeros y pastores entáblase un diálogo sobre la excelencia de la vida pastoril. Uno de los caballeros, encubierto con el nombre de Darintho, pondera la ventaja «que hace al cortesano y soberbio trato el pastoral y humilde vuestro», y traza a continuación una bella apología de la vida del campo. Damón (o sea Pedro Laínez) contesta entonces: «¡Cuán bien se conforma con tu opinión, Darintho, la de un pastor amigo mío, que Lauso (Cervantes) se llama! El cual, después de haber gastado algunos años en cortesanos ejercicios, y algunos otros en los trabajosos del duro Marte, al fin se ha reducido a la pobreza de nuestra rústica vida [es decir, a la vida particular], y, antes que a ella viniese, mostró desearlo mucho, como parece por una Canción que compuso y envió al -[180]- famoso Larsileo, que en los negocios de la corte tiene larga y ejercitada experiencia; y por haberme a mí parecido bien, la tomé toda en la memoria, y aun os la dijera, si imaginara que a ello me diera lugar el tiempo, y a vosotros no os cansara el escucharla». Los caballeros y las damas, con todos los pastores (pastores que, como advierte Cervantes, «lo eran sólo en el hábito»), le ruegan que la diga. Así lo hace Damón, y al acabarla adiciona: «Ésta es, señores, la Canción de Lauso, la cual fué tan celebrada de Lariseo (1), cuanto bien admitida de los que en aquel tiempo la vieron». 

Que Larsileo encubre la persona de Mateo Vázquez es cosa generalmente admitida (2), y se corrobora por las concomitancias entre la Epístola dirigida desde Argel y la Canción (3).

Vemos, por lo referido, que Cervantes, cansado de solicitar inútilmente las mercedes reales cuya negociación le llevó a Portugal, aunque confiando todavía en el archisecretario, regresó, al año y medio, a su hogar de Madrid: tiempo más que bastante para aburrirse un pretendiente que no sabía adular (4), con pocos recursos y en corte extraña. Empero, Portugal le sedujo, y allí debió de pasar días plácidos y ser bien recibido de los naturales, a presumir por el afecto que muestra en varias de sus obras a las cosas lusitanas (5), aunque este cariño a ellas ha sido y es proverbial en los españoles. -[181]-

Tuvo, indudablemente, buen acogimiento en Portugal. Lo que no tuvo en él son los amores con la «dama portuguesa», que le inventaron sus primeros biógrafos. Y esta es otra de las fantasías e hipótesis erróneas a que venimos refiriéndonos. La especie, vertida sin ningún fundamento por don Martín Fernández de Navarrete, reducíase tan sólo a indicar que «hay lugar de presumir que contrajo relaciones de amistad y galantería con alguna dama portuguesa, de quien tuvo por este tiempo una hija natural, que se llamó doña Isabel de Saavedra» (1). Pero los subsiguientes -[182]- biógrafos, con pocas excepciones, dieron la leyenda unos por probable y otros por sentada. Aribau escribía: «También con esta época debieron coincidir ciertos amores con una dama portuguesa, de quien hubo Cervantes una hija natural llamada doña Isabel de Saavedra, que formaba después parte de su familia» (1). Y Ochoa: «Residió Cervantes algún tiempo en Lisboa, donde tuvo, de sus amores con una dama portuguesa, una hija natural que se llamó doña Isabel de Saavedra, la cual, aun casado su padre, le siguió en sus varios destinos» (2). Ya don Jerónimo Morán en 1863 rechazaba estas opiniones, diciendo que «se fundan únicamente en la imaginación de los escritores que las presentan» (3). La leyenda parecía enterrada desde que las investigaciones de Pérez Pastor, si bien no descubrieron la personalidad de Ana Franca de Rojas, revelaron que su madre era vecina de Madrid (4). Empero el ilustre historiador chileno don José Toribio Medina se atrevió a exhumar la patraña en 1926, acumulando, sobre aquel error, otros errores: «La fecha probable del nacimiento de Isabel de Saavedra (escribe), que coincide, más o menos de cerca, con su permanencia en Lisboa, son circunstancias que inducen a pensar que aquella su hija la hubo de una portuguesa, Ana Francisca de Rojas» (5). -[183]- 

No poco hará sonreír lo de la «dama portuguesa», cuando adelante veamos quién era en realidad Ana de Villafranca (que así se llamaba), cuál su condición y quién su marido, a la luz de una serie preciosa de documentos que hemos tenido la suerte de hallar para tormento de comentaristas mendaces y biógrafos chirles y anovelados. 

De semejante índole es otra hipótesis, provocada por el mismo Fernández de Navarrete, que se relaciona con los fantásticos estudios de Cervantes en la Universidad de Salamanca. 

Esta hipótesis, defendida por doña Blanca de los Ríos, pretende que Cervantes, a su regreso de Portugal, estudió, desde 1581 a 1583, dos años Filosofía en aquel glorioso centro, aunque no fuese como alumno oficial (1): exhumación también, con variaciones, de una desechada teoría, que hoy no sostuviera el, por otro lado, admirable señor Fernández de Navarrete. En efecto, éste escribe ser «cierto, como se nos ha asegurado, que Cervantes estudió dos años en Salamanca, matriculándose en su Universidad y viviendo en la calle de Moros, de donde procedió el conocimiento exacto con que pinta las costumbres y circunstancias peculiares de aquella ciudad y de sus estudios generales, especialmente en la segunda parte del Quijote, y en las novelas del Licenciado Vidriera y de la Tía Fingida» (2). E ilustrando su afirmación, más adelante: «El Sr. D. Tomás González, catedrático de retórica que fué en aquella universidad, nos asegura haber visto, entre los apuntamientos de sus antiguas matrículas, el asiento de Miguel de Cervantes para el curso de filosofía durante dos años consecutivos, con expresión de que vivía en la calle de Moros. La separación del Sr. González de su antigua cátedra por haber sido provisto para un canonicato en Plasencia, y comisionado después por S. M. para arreglar el archivo de Simancas, nos ha privado de la proporción que hubiera tenido para facilitar un documento fehaciente de noticia tan honorífica a la misma universidad» (3)

Remitió don Tomás González a Navarrete, desde Simancas, en los años 1816, 1817 y 1819 muchos documentos de interés, que reproduce o extracta aquel biógrafo en las págs. 231 a 417 de su obra; pero el fehaciente sobre los estudios universitarios de Cervantes no apareció. Al fallecimiento de Navarrete, quedó un manuscrito suyo con apuntes, datos y observaciones acerca de los papeles enviados por González antes y después de 1819. El manuscrito fué visto y examinado por don Julián Apráiz en -[184]- el archivo familiar de Ávalos. En él constan los esfuerzos del biógrafo, demandando ahincadamente del Sr. González la prueba de sus aserciones. Éste escribió entonces a su compañero el catedrático de Economía de Salamanca don Francisco Cantero, quien contestó en 22 de Agosto de 1817, diciendo no haber encontrado aún los registros que se solicitaban. El señor Apráiz, recogió en un interesante folleto estas cartas, y, a la vista del manuscrito citado, resumió así el asunto: «Cuando a principios del siglo (XIX) regentó González la cátedra de Retórica de la renombrada universidad, vió, entre los ayuntamientos de sus antiguas matrículas, el asiento de Miguel de Cervantes para el curso de filosofía durante dos años consecutivos, con expresión, de que vivía en la calle de Moros. Pero habiendo de ausentarse definitivamente de Salamanca, cuando, años después (en 1815, según carta original de D. Tomás), reclamó el veracísimo D. Martín un documento fehaciente que diese autoridad incuestionable a las palabras de González, o por haber desglosado y traspapelado en su día las tan buscadas hojas de matrícula, o por haber quedado desprendidas y expuestas a extravío, no pudo dar con ellas el bueno del Sr. Cantero (a) Holofernes, personaje que no había figurado hasta ahora en las crónicas cervantescas. González, sin embargo, volvió a asegurar a Navarrete lo de la matrícula en una entrevista que ambos tuvieron en Madrid en Junio de 1819» (1). 

Como el canónigo González era hombre veraz, Navarrete dió por ciertos los estudios cervantinos salmanticenses, con la esperanza, quizá, de que algún día surgieran los justificantes. Sin embargo, a pesar de las indagaciones verificadas muchas veces, Cervantes no figura en los libros de matrícula, pruebas de cursos, grados, etc. de la referida universidad (2).

Miguel de Cervantes en Portugal
Campo Mayor a mediados del siglo XVII.
Campo Mayor a mediados del siglo XVII.
(Acuarela de Pier María Baldi.—Biblioteca Laurenciana de Florencia.)

-[185]- Y aunque ello no fuera dato definitivo denegatorio de sus estudios (1), se hace no digamos difícil, sino imposible, concebir en un genio intuitivo y por naturaleza autodidacto, de extensa cultura ya formada, que a los treinta y cinco años, después de la vida que de él conocemos, se matriculara o asistiera a ninguna universidad, ni como alumno ni como oyente.

Firma, en documento inédito, de don Juan de Avendaño.
Firma, en documento inédito, de don Juan de Avendaño.—

La hipótesis admite disculpa en Navarrete, que asigna esos cursos filosóficos a la edad moza de Cervantes, aunque no reparó en su imposibilidad; pero nos parece imperdonable en doña Blanca de los Ríos, quien prevalida de que la afirmación de González no señalaba fecha, la aplicó a los años de 1581 a 1583; y, a sabiendas también de que repugnaba una matrícula de Miguel en tal sazón, le hace ir a Salamanca de ayo o director de algún estudiante pudiente, como aquellos Carriazo y Avendaño de La Ilustre Fregona, que deciden ir a estudiar a Salamanca (y luego no van), en compañía de un ayo o mayordomo (Pedro Alonso), que los gobierne; todo por la sola razón de haber encontrado en las matrículas salmantinas de los años expuestos, a los tales estudiantes con sus mismos nombres y apellidos: «Diego de Carriazo, jurista», matriculado en 1581 en el Colegio del Obispo; y «Don Juan de Avendaño, natural de Bilbao, diócesis de Calahorra», matriculado en 1584 (2). Que Cervantes daba a los tipos de sus obras nombres de personas que había conocido, lo hemos indicado en más de una ocasión, y que el asunto de La Ilustre Fregona se basa en algún sucedido real, es innegable. Incluso un don Juan de Avendaño aparece, como adelante veremos, enviando desde la ciudad de Trujillo, del Perú, donde residía, en 1613, mil reales a doña Constanza de Ovando, la sobrina carnal de Miguel (3). Empero ello ninguna conexión ofrece con -[186]- los estudios de Cervantes en Salamanca, ni remotamente puede servir para identificarle con el ayo Pedro Alonso. De conjetura en conjetura, quiere asimismo doña Blanca que el hecho de venir citados en La Galatea los poetas Liñán, Góngora y Bartolomé Leonardo de Argensola, obedeció a que, precisamente, estudiaban entonces en Salamanca, donde los conocería y trataría Miguel. Y todavía, en fin, supone (pues en suposiciones no se paró en barras, hasta identificar a Avellaneda con ¡Tirso de Molina! y calumniar al insigne mercedario, haciéndole bastardo del duque de Osuna) que allí tuvo noticias de una glosa que a la sazón corría contra fray Luis de León y que luego el autor del Quijote había, a su vez, de parodiar contra Lope de Vega en los preliminares de su libro portentoso. Hace hincapié en que dicha glosa hallábase inédita, sin reparar en que tanto ella como los célebres versos que trataba de zaherir, fueron mucho tiempo un lugar común en todo el mundo literario, y produjeron un sinnúmero de otras glosas, comentarios y letrillas intencionadas (1)-[187]-

¡Buena fantasía la de la señora de los Ríos! Basadas sus conjeturas en el testimonio de González sobre las supuestas matrículas para dos cursos filosóficos, lo que se le imponía forzosamente, y tergiversa, era dar a Cervantes por estudiante matriculado, en vez de convertirle en ayo o mayordomo. Y ¿qué se siguiera de ello? Que Cervantes hacía el bachillerato de Artes en Salamanca. Ahora, dos cursos de Filosofía (de los cuatro de que constaba), en 1581-83, si eran los últimos, suponen haber aprobado ya otros dos, o uno, si se trataba del segundo y tercero; y si eran los dos primeros, que Miguel había abandonado Portugal (donde estaba en el verano de 1581) para matricularse en Septiembre en Salamanca. Aquello es imposible, y esto... también. Porque Cervantes, sin recursos, hubiera preferido estudiar en Alcalá de Henares, su patria, a dos pasos de Madrid, donde tenía parientes, donde no le faltaban amigos y donde, en fin, pronto publicaría su primera obra. Pretender obviar estas dificultades, haciendo (sin prueba alguna) ir a morar en Salamanca dos años como criado de unos jóvenes al hombre entero de Lepanto y Argel, que acababa de desempeñar una misión política en África por orden de Felipe II, es tan inconcebible como lastimar la buena memoria de fray Gabriel Téllez con la nota de bastardo. 

No existieron, pues, los pretendidos cursos filosóficos de Cervantes en 1581-1583 en la Universidad salmantina. Lo cual no excluye que en alguna fecha pudiese visitar Salamanca. El ferviente encomio que le consagra en El licenciado Vidriera, diciendo que «enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado», parece un recuerdo personal. Asimismo la evoca en La señora Cornelia, en Las dos doncellas, en La ilustre fregona, en el Persiles, en La cueva de Salamanca y en El Ingenioso Hidalgo (II, 22). Ya don Fermín Caballero, al notar el profundo conocimiento con que habla el autor del Quijote de los sitios y objetos sobresalientes de nuestras ciudades, señalaba: «y de -[188]- Salamanca, la veleta o ángel de la parroquia de la Magdalena» (1). En resolución, nada impide que Cervantes conociese un cierto tiempo (pues peregrinó tanto) Salamanca; pero rotundamente hay que descartar que en ninguno de los años aludidos estudiase en aquel emporio de las Letras. 

Por el contrario, es en Madrid donde, a su regreso de Portugal, desilusionado de sus pretensiones y desde finales de 1582, se entregará a una intensa actividad literaria. A vivir una vida más quieta, más íntima, más concorde con su edad y con sus gustos. A soñar su sueño de árcade. Al lado de la familia, de los amigos. A pensar en la gloria, y a cultivar un poco también el corazón, que ya se va saliendo de los límites de la juventud y reclama su hegemonía.

 

 

   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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