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   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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-[261]-
Capítulo
XXXIX

 

Regreso de la Corte a Madrid.—Muerte del maestro López de Hoyos.—Su biblioteca.—Conquista de la isla Tercera por el Marqués de Santa Cruz.—Heroísmo de Rodrigo de Cervantes

 

Mientras tanto, el 30 de Enero de 1583 era jurado heredero de la Corona portuguesa en el Palacio de la Ribera de Lisboa el príncipe Felipe, después Felipe III; y el Rey Católico, una vez quietas y sosegadas las cosas de Portugal «y con el orden y recaudo que convenía, se partió para Castilla a despachar los negocios de importancia que estaban detenidos» (1). Dejó en Lisboa por gobernador de aquel país al cardenal archiduque Alberto, sobrino suyo, asistido de don Carlos Garcerán de Borja, duque de Gandía, y del célebre Sancho Dávila, que en el mismo año murió (2). El día antes de partir, -[262]-quedaron en poder del marqués de Santa Cruz las instrucciones convenientes para la expugnación de la Tercera (1), cuyos aprestos iban muy adelantados. 

Su Majestad salió de Lisboa con dirección a Madrid el 11 de Febrero, hizo el viaje por Badajoz; llegó a Nuestra Señora de Guadalupe el 15 de Marzo, siguió por Talavera de la Reina y los lugares de la Sierra de Navamorcuende, la Higuera, San Jerónimo de Guisando, Dehesa de Quejigar y Robledo de Chavela, hasta El Escorial, donde arribó a las once de la mañana del 24 de dicho mes, y salieron a recibirle los destajaderos, oficiales y peonaje de las obras del Monasterio con los instrumentos de sus oficios. 

Halló la construcción en mucho crecimiento, «cerrada la cúpula del cimborrio de la iglesia, despojado su dentro de la madera de andamios, grúas, cimbras, tablados y vigas tan gruesas y tan espesas, que ponía admiración; era de ver la trabazón y fuerza de tanto enmaderamiento, necesario todo para la seguridad de tan gran máquina y peso y con tanta priesa proseguida... También halló ya perfecto el pórtico principal, que es otra excelente fábrica, y el claustro grande del aposento real y todo lo que le forma y da comodidades» (2)

Celebradas al punto unas honras fúnebres por el alma de la reina doña Ana, el domingo 27 de marzo continuó Felipe II su viaje, durmió en Galapagar, tocó en El Pardo, y el 29 entraba con toda solemnidad en Madrid, y era recibido con general alborozo y espectáculo, llevando a su izquierda al cardenal Granvela. 

Había aumentado la Monarquía con la Corona lusitana, «cumpliendo (dice su cronista) con la máxima última del arte de reinar, que es la forma de ampliar el Imperio» (3). Otro escribe que llevó para su Consejo de Portugal al Obispo de Lisboa, a don Cristóbal de Moura y a los doctores Pedro Barbosa y Ruy de Matos Noroña, y añade: «Siguieron al Rey muchos portugueses, que por sus negocios acudieron a Madrid, adonde en las audiencias del Rey eran preferidos a todos y recebidos con grande amor; pero no bastaba nada para que, en general, estuviesen sus ánimos con reposo, estando la Tercera en pie, que daba mucha ocasión de pensar nuevas cosas a los inquietos» (4)

Palacio se llenó de pretensores; y siendo de nuevo los portugueses, -[263]- como antes en Lisboa, los atendidos, no extrañará que Cervantes, al dirigir ahora a Mateo Vázquez de Leca la segunda Epístola en verso, que ya conocemos, viera una vez más frustradas sus esperanzas de un empleo por intercesión del archisecretario, demasiado entretenido a la sazón en destruir a Antonio Pérez y a la Princesa de Éboli, para atender a las instancias de un poeta. ¡Y todavía lisonjeaba el espíritu noble y candoroso de Miguel la nueva de que su Epístola había sido «tan celebrada de Larsíleo»! (1). 

Poco después fué cuando terminó La Galatea. En seguida, a fines de Mayo o principios de Junio, publicábase el Romancero de Pedro de Padilla (2), con aprobación (sin fecha) del maestro López de Hoyos y sonetos de Cervantes y de su amigo López Maldonado. El «Soneto de Miguel de Seruantes (sic) al autor» principia:

Ya que del ciego dios habéis cantado... 

La aprobación de López de Hoyos debió de ser la última que suscribiera, pues falleció de allí a poco, el 28 de Junio. Suma pena causaría a Cervantes la muerte de su querido maestro, el primero que le alentó y el primero que le dió a conocer en letras de molde (3); empero, desgraciadamente, se ignora si el acontecimiento arrancó de su lira algún doliente son. 

Bajaba a la tumba, todavía joven, con reputación bien ganada de sabio preceptor, clérigo virtuoso, generales simpatías de todo Madrid y una gran fortuna, adquirida mediante un continuo trabajo y felices especulaciones financieras. -[264]- 

Tres años antes, a principios de 1580, había casado a su hermana, Ana de Santiago, viuda de Pedro de la Parra, calcetero, con Sebastián de Alfaro, también calcetero, según concierto y capitulación, fecha 4 de Enero, hallados por nosotros (1)

También hemos hallado, y es lo más importante de nuestras investigaciones sobre su vida y obra, el «Inventario» de los bienes dejados cuando falleció (2). Por él vemos los muchos libros que poseía y la cuantiosisima hacienda que había logrado reunir. Hízose el 30 de Junio de 1583, ante el licenciado Figueroa, teniente de corregidor de la villa, y el escribano Francisco de Quintana, en presencia de Juan de Frutos, clérigo, y del referido Sebastián de Alfaro, como albaceas testamentarios, con asistencia de Juana de Santiago, su madre, y de los escribanos Juan del Campillo y Francisco Martínez en calidad de testigos. La enumeración de bienes en ropas, objetos, censos, casas, tierras, joyas, ricas casullas, etc., ocupa trece folios, y nueve más su librería, de la que sólo se excluyen las Tablas de Tolomeo. Viene a continuación una «Memoria de lo que hay en Valdeza», y firma al final su hermano Gabriel López. 

Era cosa bien sabida, y explotada en relación con Cervantes, la afición que, como muchos humanistas del tiempo, sintió López de Hoyos por Erasmo. En efecto, entre los cuatrocientos sesenta volúmenes, total de su biblioteca, hallamos dos de Erasmo y «otro intitulado Enquiridion». También aparece un «Laurencio Vala», un «Luciano en griego», un «Coloquio de Pedro Mexia», un «Matamoros», un «Luis de Vives», un «Filón», bastantes obras de Cicerón y muchos otros clásicos griegos y latinos: Aristóteles, Salustio, Virgilio, las Tragedias de Séneca, Lucano, Lucrecio, Suetonio, Vitrubio, etc. Abundan los Santos Padres. Se ven asimismo Esopo y Apuleyo; libros en hebreo, y otros, españoles, curiosos y varios: «Comedia de Samaritano», «Reprobación de hechicerías», «Apología del maestro Antonio», «Joanes Aguilera», «Juan de Villalobos», «Versos en romance», «Sobre la muerte del rei don Juan», «Baltasar Pérez del Castillo», «Tratado de sacerdotes», «Sermones», «El concilio Tridentino», etc., hasta un «De cozina», quizá por haber sido el humanista un buen gastrónomo. 

De la lista anterior se infiere (y no se incluyen sino unos cuantos títulos al azar) la amplia cultura del maestro de Cervantes, pues no -[265]- tendría tan selecta biblioteca sólo para recreo de los ojos, y sus aficiones y gustos. Es natural la existencia de libros de Lorenzo Valla, Luis Vives y Erasmo en casa de un humanista saturado de Renacimiento. Erasmo leíase aún, si no mucho, a pesar de los Índices. En una memoria de libros que quedaron por fin y muerte del licenciado Francisco Ramírez, fiscal del Consejo de Ordenes, hallamos el Enquiridion (1). También lo vemos, y es noticia tan nueva como curiosa, en la biblioteca que tenía en Belmonte el licenciado Antonio de León, casado con doña Ana Osorio, tío del inmortal fray Luis (2).

Portada del Romancero de Pedro de Padilla.
Portada del Romancero de Pedro de Padilla.

«Dime con quién andas (reza el refrán), y te diré quién eres»; que alguien ha transformado así, con exageración «Dime qué lees, y te diré cómo piensas». Mas se podía tener afición a Erasmo, y no seguir a Erasmo en todas sus partes. El antiguo y escandaloso proverbio de escuela «Quien habla mal de Erasmo, o es fraile o es asno», ya entonces, como Erasmo mismo, pasado de moda, pecaba de igual exageración. El maestro de Cervantes y hasta el propio Cervantes bajo su influjo, podían sentir gusto por Erasmo, especialmente en tiempos en que todavía sonaba su nombre y en todo aquello que no se apartaba de la doctrina católica; pero erasmistas íntegros no lo fueron ni uno ni otro, antes -[266]- católicos fervientes. Por lo demás, Cervantes no cita nunca, nominatim, a Erasmo; y si le cita López de Hoyos, es con la consiguiente prudencia, como puede verse en su Carta al ilustre Senado de la muy noble villa de Madrid, incluida en su Historia y relación de las exequias de Isabel de Valois, a propósito de aquellos gobernantes que toleran en sus repúblicas los malos vinos y los malos profesores. Otro tanto había dicho Erasmo de los malos vinos en su Exomologesis; y de los malos profesores, en su Antibarbarorum liber; ahora, aplicándolo no a los profesores en general, sino a los ptochotyrans, o monjes incultos metidos a catedráticos. ¿Por qué, pues, López de Hoyos menciona el Antibarbarorum, trocando los términos, y silencia el Exomologesis? Quizá inadvertencia, o porque aquél era un libro tolerado, y éste prohibido. Si lo ocultaba en su biblioteca, no lo sé. Que lo conocía es indudable. En el «Inventario» sólo consta con su rótulo el Enquiridion. Los demás se registran así: «Otro intitulado Herasmo» y «otro de Herasmo». De todas suertes, el Enquiridion estaba también prohibido: en el Index de 1559. Luego se permitió, mutilado, así como el Exomologesis; pero uno y otro, en aquel mismo año de 1583, volvieron a prohibirse, por Quiroga; y no se autorizaron, aunque expurgados, hasta 1612, en el Index, más tolerante, del protector de Miguel, don Bernardo de Sandoval, cuando ya el erasmismo yacía difunto. Se explicará, sin embargo, que, a pesar de las censuras, hubiera resistencia en los buenos bibliófilos y amantes del saber a destruir sus libros vedados, sin que por ello padeciese su ortodoxia. Y de ahí la retención del Enquiridion, y algunos más, por López de Hoyos, Ramírez, el licenciado León, etc. 

A los pocos días de su fallecimiento, en 14 de Julio, hacíase almoneda pública de sus bienes ante el escribano Juan Lorenzo de la Torre, que la registra así en su protocolo: «Almoneda de los bienes que quedaron del señor maestro Juan López, que está en gloria». Al descubrir el documento, abrigamos la esperanza de ver entre los licitadores a Cervantes y sus amigos, adquiriendo algunos volúmenes de su biblioteca; pero los compró todos un librero (1)

Al año siguiente moría su madre, Juana de Santiago, «viuda, mujer -[267]- que fué de Alonso López de Hoyos, vecina de esta villa de Madrid». Hemos tenido también la suerte de encontrar su testamento, otorgado el 23 de Noviembre de 1584 (1). Es interesante, por referirse a menudo al maestro y aludir en una cláusula al empleo de su padre en la obra del hijo. 

Manda ser enterrada en la iglesia de Santiuste, en la sepultura de su marido Alonso López. Que se digan doscientas misas por el alma de éste, por la suya y por la del maestro Juan López, su hijo, a voluntad del Dr. Andrés López. Dice que por cuanto Isabel López, su hija, es manca y coja y no puede trabajar, la mejora en el tercio y remanente del quinto de todos sus bienes, y ruega a sus hijos, sus hermanos, la cuiden y tengan donde quisiere escoger. Declara haber pagado por el maestro Juan López, 800 reales a diferentes personas, después que murió. Ha dado a Gabriel López, su otro hijo, 200 ducados cuando se casó y más 200 reales, 150 para alzarle de su destierro, 50 al venir de él, y 10 ducados cuando llevó su mujer a Ávila. Manifiesta que todo el tiempo que Alonso López, su marido, «estuvo por sobrestante en la obra del maestro Juan López su hijo, cada día le dió e pagó el dicho maestro Juan López cuatro reales». Nombra por albaceas y testamentarios a Pedro Fernández, clérigo, y al doctor Diego López y a Gabriel López, sus hijos, y deja por herederos a María, Isabel, Juana y Úrsula de Santiago, sus hijas; a Gabriel López, su hijo, a los hijos de Alonso López y a los de Catalina de Santiago, sus hijos también. Hace libres, en fin, a dos esclavos, varón y hembra, que tenía el maestro. La otorgante no sabía firmar, como tantas mujeres de entonces. 

Igual falta advertimos, lamentable lacra del tiempo, a través de cientos de protocolos examinados, hasta en personas de la más elevada condición social y aun en esposas de intelectuales gloriosos. Tristemente se explica cómo pudieron convivir con semejantes analfabetas, que de ningún modo podían entenderles. La mujer del «divino» Valles ignoraba el abecedario (2). La hermana de Lope de Vega, Isabel del Carpio, también (3). -[268]- Por ello, hemos de resaltar nuevamente la fina educación que, no obstante sus agobios, dió a sus hijos el cirujano Rodrigo de Cervantes; cómo él mismo supo elegir por esposa a una mujer instruída, contrariamente a su ilustre colega Valles, y cómo siguió su ejemplo, a contrapelo de la época, nuestro inmortal escritor. 

Mas retrocedamos ya al estío de 1583. 

Malos días por entonces para Miguel, sin hallar editor que le tomase La Galatea. Su penuria y la de su familia eran tales, que, por orden de su hermana doña Magdalena, empeñaba a Napoleón Lomelín, un prestamista genovés residente en la corte, «cinco paños de tafetán amarillos y colorados para aderezo de una sala, que tienen setenta y cuatro varas y tres cuartas, por treinta ducados», los cuales paños, a los dos años, «poco más o menos tiempo», o sea en 10 de Septiembre de 1585, la dicha doña Magdalena y su hermano Rodrigo de Cervantes vendían al expresado Lomelín en 523 reales, deducidos los 30 ducados del empeño, hasta entonces sin redimir, prueba de los constantes ahogos de aquella familia (1). Posiblemente los tales paños formaban parte de las «siete piezas de tafetanes amarillos y colorados» que, como se recordará, regaló a doña Andrea de Cervantes en 1568 Juan Francisco Locadelo, entre otros efectos de su curioso donativo. Quizá doña Andrea, que seguía viviendo aparte con doña Constanza de Ovando, los transfirió en alguna ocasión a su hermana, o quedaron en casa de sus padres, moradores ahora en la parroquia de San Justo. 

Como quiera que fuese, el empeño demuestra que Miguel continuaba sin colocación en Madrid, y estrechado sin duda por los apuros y al no encontrar fácilmente editor para La Galatea, decidió probar fortuna como poeta escénico. 

En el ínterin, sobrevino la expedición a la Tercera, en que tanto se distinguió su hermano Rodrigo. 

Esperaba Felipe II que, tras el vencimiento de los franceses en la campaña anterior, se someterían los rebeldes por la persuasión y la política; y a este fin despachó a la Tercera a dos comisarios portugueses, Amador Vieira y Magallanes, para tentar los medios de conciliación y avenencia y ahorrar así los gastos de una nueva campaña; pero los comisarios, -[269]- traicionando tan buenos propósitos, vendiéronse a Manuel de Silva y le delataron las personas afectas a la causa de España, que fueron perseguidas y ajusticiadas con inaudito rigor. A una de ellas, Melchor Alfonso, rico hacendado, le hizo el cruel Silva calzar unos zapatos de cuero bañados en aceite, y, raídas las plantas de los pies, exponérselas al fuego; después le mandó arrastrar y hacerle cuartos, colocó su cabeza dentro de una jaula de hierro, y como algunos le pidiesen enterrarla, contestó: «Se ha de quitar de la jaula esa cabeza cuando se ponga la mía». Una segunda era de terror en la isla comenzó inmediatamente, con saqueo de casas y toda clase de oprobios. 

Era preciso, pues, el empleo de las armas, con el envío de la flota, para sujetar a la «ladronera», como la llamaba el Rey. A mediados de Junio balanceaban a la boca del Tajo 2 galeazas, 12 galeras, 5 galeones, 31 naves, 41 pataches, zabras y carabelas, y las barcas chatas de remolque. Conducían todas 6.531 hombres de mar y remo, más otros 8.841 de la infantería, que, sin contar los 2.600 reservados en la isla de San Miguel, sumaban 15.372 hombres, con víveres para seis meses. Iban además, adscritos a diferentes compañías, 120 fidalgos portugueses, 180 caballeros y personas particulares, con sus criados, y 24 capitanes de infantería con entretenimientos. Y, también con entretenimientos, 26 caballeros, 56 alféreces, 10 sargentos y 20 soldados particulares. Entre los últimos figuraba un gallardo mozo casi imberbe, futura gloria de España y futuro gran rival de Cervantes. Era Lope de Vega (1)

Constituían la plana mayor y consejo del marqués de Santa Cruz los generales de mar D. Cristóbal de Eraso y Juan Martínez de Recalde; de tierra, don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca; D. Pedro de Padilla, capitán general de Orán, y D. Lope de Figueroa, maestre de campo general; veedor, D. Jorge Manrique; auditor general, licenciado Cristóbal Mosquera  de Figueroa, amigo de Cervantes, encomiado en La -[270]- Galatea (1), y escritor minucioso de aquella jornada (2); administrador del hospital, D. Juan de Benavides y Bazán, sobrino del marqués, más los subalternos. Mandaban la infantería española el referido D. Lope de Figueroa, -[271]- D. Francisco de Bobadilla y D. Juan de Sandoval; los alemanes, el conde Jerónimo de Lodrón; los italianos, Luis de Pignatelli, y los aventureros portugueses, Félix de Aragón. Rodrigo de Cervantes continuaba perteneciendo al Tercio de Bobadilla y era uno de los ciento trece soldados de la compañía de Luis de Guevara. 

Firma del Licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa.
Firma del Licenciado Cristóbal Mosquera de Figueroa.

La víspera de San Juan, 23 de Junio, después de visitar la Armada y de despedirla dándole su bendición en nombre de Su Santidad (como legado a latere) el cardenal archiduque Alberto, acompañado del duque de Gandía, el bosque flotante de velas y remos que gobernaba el marqués de Santa Cruz salió de la barra de Lisboa con viento favorable «y firmes esperanzas de próspero suceso, tendidas las velas, con serenidad de cielo y mar y la gallardía que los antiguos juzgaban por buen agüero» (1). Una muchedumbre inmensa presenciaba en las riberas del Tajo el grandioso espectáculo del esparcimiento de más de cien naves de guerra ricamente empavesadas. En algunos bajeles, sobre todo en las dos galeazas magníficas -[272]- construídas en Nápoles por orden del comendador mayor de Castilla, el sol arrancaba reflejos de las figuras esculpidas en las extremidades y en los corredores y de las relucientes cincuenta bocas de bronce dispuestas en la proa y los costados. Las bellas artes —la pintura y la escultura— contribuían entonces al ornato de las flotas. Hoy impone a la vista la solidez y el poderío de los barcos, en aquel tiempo, además, la recreaba.

Don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.

Don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.
(Grabado de Lozano, 1765.)

-[273]- Se adelantaron las galeras, navegando independientemente, a fin de recoger y embarcar en la isla de San Miguel los 2.600 hombres (entre ellos Rodrigo de Cervantes) que al mando de Agustín Iñiguez quedaron allí el año anterior para presidiar la isla y tenerla a cubierto de un golpe de mano. Llegaron las galeras, a las órdenes de Diego de Medrano, el 3 de Julio, once días antes que el resto de la Armada; fondearon en Villafranca y Punta Delgada, repusieron la aguada, embarcaron las fuerzas de Iñiguez y la artillería de batir, mulas, pertrechos y municiones, maestranza y gastadores, y el 19 de Julio pusiéronse en movimiento con rumbo a la Tercera. Por el camino apresaron a diez portugueses salidos de ella a espiar, cuyas informaciones fueron pronto utilísimas al marqués de Santa Cruz. 

La isla Tercera (1), de 18 millas en su mayor extensión superficial y 11 en la menor, está bordeada de costas altas y escarpadísimas, abundantes en precipicios, y el interior no es menos inaccesible: corre de Este a Oeste una sierra volcánica con picos y mesetas de más de mil metros de elevación. En aquella época, y aun mucho después, carecía de puertos, y las embarcaciones fondeaban en ensenadas o calas batidas por el mar y muy peligrosas. Sólo su capital, Angra, en la costa meridional, ofrecía un abrigo, relativamente seguro, a las naves por el monte del Brasil; pero defendía el acceso el castillo de San Sebastián, muy bien artillado. Adelante, como seis millas al Oriente, había otro desembarcadero, por nombre las Muelas o Molas, y otro, en fin, tres millas más allá, denominado de San Sebastián. Siguiendo hacia el Norte, divisábanse algunas aldeas, y luego la villa de Playa o Praya, donde aconteció el fracaso del imprudente don Pedro de Valdés en Julio de 1581, pueblo fortificado con castillos y muralla en defensa de una ensenada limpia, de bastante fondo. La capital contaba entonces con unos 2.000 vecinos, o sea 10.000 almas. Poseía iglesia catedral y algunos palacios, residencia del obispo, gobernador y autoridades, y su comercio era floreciente, a causa de los navíos de las Indias Orientales y Occidentales que allí hacían escala. 

Hasta el postrer momento, el pretendiente D. Antonio abrigó la esperanza de que poseyendo la Tercera y con ayuda de franceses e ingleses, no había perdido del todo a Portugal. Y así, durante tres años, osó desafiar el poder de Felipe II, prevalido de las dificultades naturales de la isla; armaba a 9.000 hombres, construía en los sitios accesibles fuertes y -[274]- trincheras y enviaba de las islas vecinas refuerzos y víveres. Todo, ocioso es decirlo, desde sus refugios de París o Londres.

Firma de don Alvaro de Bazán
Firma de don Alvaro de Bazán en un poder, inédito, a don
Rodrigo de Benavides. Madrid, 31 de Diciembre de 1568.
(Archivo de Protocolos, núm. 635, fol. lxxvi.)

El desastre sufrido por los franceses en la campaña anterior, cauteló no poco los ánimos de Enrique III y Catalina de Médicis; pero las instancias de don Antonio, pintando inexpugnable la Tercera; las excitaciones de su fanático fray Simón de Barros, y, especialmente, la sed de venganza de la reina madre, que soñaba con hacer suya la isla y aun todo el archipiélago, movieron a Francia a amparar al pretendiente con 1.700 soldados, que unidos a los 1.000 que había en la Tercera y 400 en el Fayal, sumaban 3.100 franceses, más 14 navíos armados y 100 piezas de artillería gruesa para las fortificaciones. La escuadra iba a las órdenes del comendador De Chaste (1), gobernador de Dieppe y primo hermano del duque de Joyeuse. Llevaba a bordo una compañía de hasta 400 ingleses (2), único auxilio que consiguió don Antonio de la reina Isabel, si se exceptúa cierta autorización para entenderse con sus súbditos en el armamento de corsarios. 

«Esta vez (escribe Forneron) los franceses no se presentaban como simples aventureros, sino que iban en comisión real..., casi tan deshonrosa para Enrique III como sus protestas de desaprobación». Y añade que el real despacho (fecha 6 de Mayo de 1583) recomendaba a Chaste «que si encontraba a los navíos de las flotas que venían de las Indias u otros, se apoderase de ellos y enviara a Sus Majestades el oro y plata y géneros preciosos que trajeran» (3)

Chaste desembarcó en la Tercera el 11 de Junio, y fué cubierto de flores por las mujeres (4); pero no le pareció la isla tan inexpugnable como decía don Antonio, ni los 9.000 soldados de Manuel de Silva tan buenos -[275]- como éste cacareaba; y así, entre las dos autoridades reinó desde un principio cierta frialdad, agravada por no serle entregado al jefe francés el castillo de San Sebastián. Chaste mejoró o reconstruyó treinta y un fuertes, escalonados desde la punta de San Mateo, y uniólos con trincheras. Quedaron defendidos los puntos accesibles y esperó buen suceso, aunque no dejó de advertir la mala situación de la isla: los soldados extranjeros corrompían las costumbres, los frailes adictos a don Antonio alborotaban públicamente, el comercio había cesado, ahuyentadas las naves de la carrera de las Indias; la moneda oficial andaba falsificada; los esclavos, armados, cometían desafueros, y la tiranía de Manuel de Silva, hombre frenético y brutal, rayaba en lo inimaginable. De suerte que, como dice Larrey, «Chaste había de luchar contra su perfidia más que contra las fuerzas españolas» (1)

La armada del marqués de Santa Cruz, por la contingencia de vientos contrarios, tardó cuatro días en trasladarse desde la isla de San Miguel a la Tercera, y, toda unida, llegó el 23 de Julio a vista de la ciudad de Angra, dando fondo en 60 brazas de agua, a tiro de cañón, para poder ancorar. Rompieron fuego los fuertes con balas gruesas; mas sólo contestaron las galeras, que, aproximándose, limpiaron la playa. El Marqués mandó a Miguel de Oquendo y al capitán Marolín, como marineros tan entendidos, que practicaran un reconocimiento detenido de la costa y sitios accesibles, y envió por tres veces emisarios a Manuel de Silva con oferta de perdón general, si se entregaba. No sólo fué rechazado, sino que el déspota, engallándose, contestó insolentemente, y aun hizo fuego sobre los portadores de bandera blanca, contra las prácticas de la guerra. 

No había tiempo que perder. Don Álvaro de Bazán examinó por sí mismo, a bordo de una de las galeras, los puntos indicados por los capitanes del reconocimiento, y eligió para el desembarco no el lugar de mejor y más extendida playa, sino una caleta pequeña y mala, que, por serlo, hallábase menos defendida: la mencionada de las Muelas. 

Era la víspera de Santiago. Al anochecer, hicieron gran salva los galeones, y buena parte de la noche entretuviéronse en disparar cohetes y otros regocijos. Los de la isla, con diez días de atraso en el calendario, por no tener conocimiento de la Corrección Gregoriana, estuvieron en gran alarma y zozobra, sin entender la diversión de la gente de las galeras, que simulaba atacar por varios puntos. 

Ordenados al día siguiente los preparativos del desembarco, prevenidos los repuestos de municiones y de agua en barriles portátiles y la ración para tres días a cada soldado, a prima noche, comenzó la colocación de las

-[276]-
Expedición a la isla Tercera.

Expedición a la isla Tercera.
(Fragmento de una pintura al fresco en el Monasterio de El Escorial.)

-[277]- tropas en las embarcaciones. Se ordenó guardar un silencio profundo y apagar las luces. Sólo se oía, dice Mosquera de Figueroa, el crujido sordo de las armas cuando, para descansar, se movían los hombres, o el más leve susurro de los que proveían al remedio de la conciencia con los sacerdotes en momentos tan solemnes. 

A las dos de la madrugada arrancaron las galeras, remolcando a los lanchones, pinazas y pataches, que conducían de primera intención 4.000 hombres. Todo dispuesto, quebraba el albor de aquel 26 de Julio, aniversario memorable de la derrota naval de los franceses, como si el marqués hubiera buscado de propósito tan fausta fecha. Saltó de improviso, y con sin igual ímpetu, la primera gente, no obstante que la resaca y las lajas en que chocaban las embarcaciones hacía sumamente difícil y arriesgada la operación. 

Entonces... Pero dejemos la palabra a Mosquera de Figueroa, testigo presencial: «Llegaron brevemente las barcas a tierra, donde saltaron los españoles con grande esfuerzo, entre aquellas lajas, a los lados de los fuertes. Algunos ponían el pie seguro en una piedra para escaparse de la resaca, que era grande. Otros, que no podían esperar esta coyuntura, se abalanzaban y se sumergían, de suerte que el agua les cubría hasta la cinta, y con la resaca quedaban luego exentos para salir. Echóse al agua animosamente con su bandera, por haber encallado la barca, Francisco de la Rúa, alférez de don Francisco de Bobadilla, y tras él el capitán Luis de Guevara y Rodrigo de Cervantes, a quien después aventajó el Marqués; y así muchos salieron de las barcas mojados, corriendo agua salada entre las ropas y las armas» (1)

Cabrera de Córdoba da esta versión del momento: «Ya el Oriente aclaraba, cuando llegó el Marqués con su galera a tiro de arcabuz de la cala; y diciéndole el piloto mayor podían echarlos a fondo, le dijo con el atrevimiento de su fortaleza natural y entereza de ánimo: «Pues acercaos más, y, encallando, no nos ahogaremos». Ejecutó, y habiendo esperado que pasaran golpes de algunas balas por alto, siguiendo punto de mayor caza, porque en algunas plataformas no podían pescar sin peligro de perderse las piezas por el inclinarlas mucho para bajarles el punto, dispararon las galeras y desencabalgaron un cañón que dañaba mucho, y saltaron en tierra los españoles, con gran esfuerzo, entre las lajas, a los lados de los fuertes, embarazados de la resaca del mar, que los bañaba hasta la cinta, y del todo a Francisco de la Rúa, alférez de don Francisco de Bobadilla, y al capitán Luis de Guevara y Rodrigo de Cervantes, por haber encallado su barca; arremetieron con tal vehemencia, que

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Desembarco y asalto de la isla Tercera, en que tanto se distinguió Rodrigo de Cervantes.
Desembarco y asalto de la isla Tercera, en que tanto se distinguió Rodrigo de Cervantes.—Grabado en cobre.
(Del «Comentario en Breve compendio de disciplina Militar en que se escriue la jornada de las islas de los Açores.
Por el Licenciado Christoual Mosquera de Figueroa» (Madrid, 1596.)

-[279]- desmantelaron las trincheas derechas y levantadas sobre piedras de más de media pica... (1). Pisaron su cimera soldados dignos por cierto de toda honra militar» (2)

Rodrigo de Cervantes fué, pues, el tercero en orden y primero de los soldados españoles que asaltaron la Tercera, hecho de armas que le valió aventajarle el marqués de Santa Cruz. Después le veremos ascendido a alférez (3)

En seguida que pudieron distinguir los bultos, los de tierra rompieron el fuego de artillería y mosquetes, mas la sorpresa e ímpetu de los asaltantes les descorazonó. Porque, en verdad, no se explica sino por una agilidad pasmosa, que siendo derechas las trincheras y sentadas sobre piedras de más altura de media pica, subieran aquellos hombres sin escala ni otro auxilio, cargados con el peso de las armas, los morrales y la ropa mojada. ¡Qué temple y vigor el de aquella raza, enjuta y heroica! En un principio, los enemigos resistieron gallardamente; al fin, hubieron de desmayar. Forneron, nada afecto al reinado de Felipe II, escribe: «Los portugueses huían a la vista de los españoles, abandonando en la playa cincuenta franceses con su capitán Bourguignon, que pelearon hasta morir. Los habitantes de la ciudad vieron entonces saltar en tierra a las compañías españolas, cuya disciplina era tan correcta, que no bien saltaban cuando se ponían en orden de batalla. En vano quiso Chaste acometerlas: desde el primer día -[280]- perdió casi todos sus capitanes franceses, y no dándoles ya entrada en los fuertes los portugueses, tuvo que retirarse a la montaña» (1).

La jornada de las islas de las Azores.

La jornada de las islas de las Azores.
(Fresco del Monasterio de El Escorial.)
 

El primer día duró el fuego hasta el anochecer, sin resultado decisivo, pues no fué la empresa tan fácil como supone Forneron. Especialmente tuvo viveza la lucha al pie de una colina en que brotaba un hermoso manantial. El sol abrasador de Julio incitaba a defenderle a toda costa, sofocados los guerreros por la sed, que no bastaban a aplacar los barriles incesantemente enviados de la escuadra. Tomaron la fuente los españoles, mas la recuperaron los franceses y consiguieron retenerla. Dieciséis horas sin descanso combatió nuestra incomparable infantería, trepando cerros, saltando cercas y cruzando cañadas. Don Lope de Figueroa alentaba por todas partes a sus huestes, y D. Alvaro de Bazán, a pie y a sus años, como un soldado más, estuvo en continuo movimiento, acudiendo a los lugares -[281]- de más peligro e infundiendo valor con su arrojo. Quiso Manuel de Silva repetir el ardid que tan bien le saliera cuando el desembarco de Valdés, de lanzar sobre los españoles unas mil reses, que guiaba la gente de a caballo. Chaste le disuadió, diciendo que sólo conseguiría dar de cenar bien a los españoles echándoles aquellos bueyes. 

Al día siguiente, con las primeras tintas del alba, nuestros soldados arrebataron a los franceses aquel manantial tan disputado en la jornada anterior; y con empuje irresistible ganaron sucesivamente todos los fuertes y piezas enemigas. Se inició la desbandada general franco-lusa a la montaña de Guadalupe. Poco después de mediodía, las vanguardias entraban en Angra, entre la punta del monte del Brasil y el castillo de San Sebastián, y la flota se apoderaba de las naves de Chaste. 

Hubo ya poca resistencia. Por algunos portugueses desertados a nuestras filas la noche pasada, supiéronse las terribles pérdidas del adversario. Diéronse por ambas partes algunos casos personales de excepcional valor. Por la nuestra, el de un indio mestizo, que con su mosquete mató a cinco franceses; por la otra, el de un fraile a caballo que, recogido el hábito y blandiendo una lanza, peleó constantemente en vanguardia excitando a los suyos. Otro episodio encarecido por los cronistas fué el del doctor D. Cristóbal Pérez de Herrera. Quedóse aislado curando a los heridos, sorprendiéronle los adversarios y quisieron rematarles, mas él tiró de espada y los defendió, recibiendo un arcabuzazo. Felipe II, al saberlo, le señaló renta y dióle título de protomédico de las galeras de España. Hubo, en fin, hasta un lance caballeresco, digno de una crónica medieval. Un infante portugués se adelantó a las filas españolas, armado de pica, y retó al que quisiera a singular combate. Un soldado español le salió al encuentro con otra pica; lucharon, y el nuestro le dió muerte (1)

El marqués de Santa Cruz, apoderado el Ejército de castillos y plazas, concedió a los soldados tres días de saco. «Concedo a mis soldados tres días de pillaje (escribía al arzobispo de Sevilla). Procedo contra los rebeldes, y lo mismo será de los franceses, que habiéndoles hecho el castigo que el año pasado V. S. I. sabe, han querido volver» (2). Exceptuáronse, naturalmente, del saqueo las iglesias, monasterios y demás lugares sagrados. Fué castigo sólo en las haciendas, y no en las vidas, pues nadie permaneció en sus casas, huído todo el mundo a los montes.

Ganáronse 44 fuertes, cerca de 300 piezas de artillería, algunas con -[282]- las armas del rey de Francia enlazadas (¡quien lo presumiera!) con las del Gran Turco, 14 naos de la armada a las órdenes de Chaste, cuatro francesas más y dos inglesas corsarias, sin contar todas las de la escuadra que envió don Antonio a saquear las islas de Cabo Verde. En fin, recobráronse otras vizcaínas y castellanas, con más de 90 cañones. La victoria fué absoluta (1)

Quedaba el rendimiento de los franceses atrincherados en la montaña. Como no tenían fuga posible, el marqués aguardó a que capitulasen; y mientras tanto, aprovechando el poco tiempo disponible de buena estación, ordenó, con su rapidez habitual, se llevase a cabo el sometimiento de las restantes islas del archipiélago que seguían la rebeldía de la Tercera. Encomendó la acción a D. Pedro de Toledo Osorio, marqués de Villafranca. Dióle las 12 galeras de la flota, cuatro pataches y 16 pinazas, y embarcó a sus órdenes 2.500 infantes, los más del tercio de Agustín Iñiguez (posiblemente entre ellos a Rodrigo de Cervantes), una compañía de alemanes y algunos caballeros aventureros, con Miguel de Oquendo, Rodrigo de Vargas y otros por capitanes de mar. 

Don Pedro tocó en la isla del Fayal (la más importante después de la Tercera, por tener guarnición de extranjeros y fuertes bien artillados) el 31 de Julio; y tras una lucha brevísima, coronada por el mayor éxito, hízola capitular. Como consecuencia, obedecieron prontamente las otras islas, de San Jorge, de Flores, el Pico, el Cuervo y la Graciosa. 

Recibió plácemes el de Villafranca por parte del Marqués; y -[283]- terminado el saqueo de la Tercera, don Alvaro, que había abierto las cárceles y sacado de ellas a los partidarios de don Felipe, allí gimientes por castellanos, dió seguridades para que todas las personas inocentes regresaran a sus casas. A esto los franceses pidieron capitulación y buen trato. Chaste, recordando que don Pedro de Padilla y él eran caballeros de San Juan y juntos habían servido en la isla de Malta y conservaban afectuosas relaciones, le envió una carta, rogándole su intercesión. Alegaba traer patentes y órdenes de Enrique III, que daban autoridad a su cargo; de modo que si el Marqués, considerándole guerrero, y no pirata, admitía condiciones, estaba dispuesto a tratar, ya que en el estado en que se hallaba era temerario permanecer.

 Moneda de oro, de Portugal, del reinado de Felipe II.
Moneda de oro, de Portugal, del reinado de Felipe II.

Don Pedro de Padilla, un gran corazón, habló con don Lope de Figueroa, irreprochable caballero (1), con el conde Lodrón, Agustín Iñiguez -[284]- y otros maestres de campo. Todos, con la proverbial hidalguía española, se condolieron de los franceses e intercedieron en su favor, con mucha insistencia, ante el Marqués. ¿Hubiera sucedido lo mismo a la inversa? Don Álvaro de Bazán pidió las patentes y despachos del rey de Francia, y consintió al punto en que los mismos caballeros negociasen las condiciones. Sólo advirtió que no había de transigir con otra condición sino con la de garantizar la vida de los rendidos y darles embarcación que los llevase a Francia. Resistíanse, buscando mejor partido; pero al fin cedieron, al ver que las tropas se ponían en camino para atacarles.

 Firma, en documento inédito, de don Lope de Figueroa.
Firma, en documento inédito, de don Lope de Figueroa.
Madrid, 30 de Marzo de 1585.

El acto de la rendición fué imponente. Cabrera de Córdoba, a pesar de su estilo, tantas veces enrevesado, lo relata con este primor: «Antes que llegase al lugar donde todos habían de rendir las armas, se despojó (Mos de Chatres) del coselete que traía y le invió al Marqués, quedando sólo con la espada y algunos musiures; y luego los alféreces llegaron con [diez y] ocho banderas de las viejas de Francia, inclinadas y recogidas, y las rindieron y entregaron, y treinta y seis portuguesas con letras indignas a toda disciplina militar y valentía y en vituperio de los castellanos, pero emblemas sin artificio ni sustancia. Los atambores entregaron sus cajas sordas y destempladas, con los pífanos; y desarmando dos mill y ducientos franceses y mill ochocientos portugueses de sus mosquetes, arcabuces, picas, alabardas, se apartaron despojados de toda gloria soldadesca y casi desconocidos, por estar desautorizados y carecer del ornamento de las personas. Quedaron en profunda tristeza, aunque el Marqués, por su natural humildad, no permitió pasasen por las haces de sus escuadrones. Movió a compasión mirarlos, porque además de venir avergonzados y rendidos, que es última calamidad para los ánimos amigos de gloria, estaban rotos y maltratados; y como el semblante es habla callada del corazón, manifestaba su congoja, a que se juntaba el ser desfigurados por la hambre y falta de sueño padecida en la campaña. Advirtióse que casi los más honrados llegaron -[285]- lastimados y heridos; dió lugar el profundo silencio para contemplar el humano estado y mudanza de la guerra, que en un punto los libres y gallardos suelen quedar casi muertos, y los vencidos levantar corona... Por la ciudad entraban franceses y portugueses delante del ejército del Rey castellano, desarmados y sin orden... Venían juntamente muchos isleños rendidos, de aquellos contra quien no se había procedido. Cosa es no leída en las historias el ver ejército tan numeroso y tan dispuesto para resistir al de Castilla, tan sobrado de armas y municiones, encastillado en tierra montuosa y fortificada, tan brevemente domesticado. Proveyó Pedro de [Heredia], marchal de logis, con cuartel separado a todos los franceses alojamiento con cuanto habían menester, bien tratados y medicinados. Su general y alférez y caballeros fueron regalados del maestre de campo general: Los maestres de campo, sargentos mayores y capitanes franceses besaron las manos al Marqués, y recibiólos con mucha cortesía y alegre semblante, mostrando que los hechos de la guerra tanto son más gloriosos cuanto son más conformes a virtud. Queriendo humillarse Mos de Chatres como prisionero, el Marqués le alzó y abrazó con blando acogimiento, y, haciéndole sentar, platicaron de diversas cosas» (1).

 Moneda de plata de Portugal, del reinado de Felipe II.
Moneda de plata de Portugal, del reinado de Felipe II.

Era el 3 de Agosto (2). Al día siguiente, seis españoles del tercio de don Francisco de Bobadilla descubrieron a Manuel de Silva, que andaba -[286]- errante por los montes, y le presentaron preso (1). El Marqués había ofrecido 500 cruzados a quien le capturara y un hábito o encomienda, que, al fin, no se concedió, porque los aprehensores no eran de calidad para tanto, aunque se les pagó lo prometido. También se apresó a fray Simón de Barros, en cuyo poder encontróse la correspondencia del pretendiente don Antonio, varias cartas de Enrique III y de Catalina de Médicis y un diario de sus gestiones en París con ellos y en Londres con la reina Isabel (2)

El auditor Mosquera de Figueroa instruyó la causa general contra los rebeldes, dictó la sentencia a son de tambor y condenó, además, a ser quemada en brasero público la moneda de mala ley acuñada en nombre de don Antonio. Se levantó un cadalso en la plaza de Angra, y por mano del verdugo del regimiento alemán fueron ejecutadas todas aquellas personas en quienes recayó pena de muerte, en primer lugar Manuel de Silva. Se le cortó con espada la cabeza y, para que resultase profeta de sí mismo, colocóse en la jaula de hierro en que él mandó poner la de Melchor -[287]- Alfonso. Sucesivamente ejecutóse al traidor Vieira, a Manuel Serradas, saqueador de las islas de Cabo Verde y Arguín y profanador de sus templos; a Mateo Díaz Pilatos, que hizo alarde de haber comido hígados de castellanos cuando la rota de don Pedro de Valdés, y a otros sujetos, jueces, alcaides, amotinadores y espías. Hubo también sentenciados a galeras, destierro y penas menores. Los frailes y clérigos culpables fueron llevados presos a España. Cuanto a los franceses de Chaste, dióseles embarcación el 13 de Agosto en naves guipuzcoanas con destino a Fuenterrabía; y a los no comprendidos en la capitulación, por haber sido hechos prisioneros en la batalla, se les remitió a galeras. 

Dos días antes, el 11, don Álvaro de Bazán despachó a España doce navíos con cartas para Felipe II, dándole relación y recaudos de la nueva victoria, de que fué portador su sobrino D. Pedro Ponce de León, mensajero también del triunfo del año precedente. Llevaba asimismo para el Rey la proposición del Marqués, fechada en 9 de Agosto, de invadir Inglaterra. 

El día 17, y luego de dejar por gobernador de la isla Tercera al capitán Juan de Urbina, sobrino del famoso de igual nombre, con unos dos mil soldados don Álvaro se embarcó para España. La armada entera hizo salva, y la capitana tiró al instante pieza de leva. El glorioso galeón San Martín, adornado con los trofeos conquistados, descubrió el 13 de Septiembre el cabo de San Vicente y entró en la bahía de Cádiz el 15. Poco a poco fué llegando el resto de la armada, después de un viaje pródigo en tormentas. El Marqués dejó su navío el 5 de Octubre y tomó alojamiento en el monasterio de San Francisco. Entristeció su triunfo la noticia de la muerte de la marquesa su esposa. Felipe II le llamó a la Corte y recibió con aplauso; le mandó cubrir en su presencia como grande de España, nombróle capitán general del Océano y colmó de mercedes a los que, distinguiéndose bajo su mando, habían añadido a su corona las islas de las Azores.

Cabrera de Córdoba pone este colofón a la conquista: «En España se celebró la victoria con gran demostración de contento, y admiración en el mundo, y confusión de los émulos y mal correspondientes, ingratos a los beneficios recibidos de Su Majestad Católica, y desengaño a los que atentos esperaban el fin desta difícil y a su parecer imposible jornada. En Portugal también solemnizaron la victoria con gran muestra de contento en los leales y dolor en sus contrarios, que no habían perdido la esperanza de que podría D. Antonio, sobre el fundamento de la Tercera, volver al Reino» (1). -[288]- 

Fué, efectivamente, tan grande la demostración de júbilo, que las Cortes, reunidas a la sazón en Madrid, votaron, caso insólito, el servicio extraordinario, sin esperar a que se les pidiera. 

Es de creer que Rodrigo de Cervantes, a mediados o fines de Octubre, visitara a su familia y la llevase recursos (algo cogería en el saqueo de la Tercera) que la aliviaran de los apuros que nos muestra el empeño de los paños poco antes realizado por Miguel.

 

 

   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
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