Página principal
   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
       búsqueda avanzadaPágina principal Enviar comentarios Ficha de la obra Inicio de la obra Anterior Abajo Siguiente Índice alfabético de la obra

 

-[325]-
Capítulo
 LI

 

La Armada no fué nunca vencida.—El regreso.—Miedo de los ingleses.—Los vientos y los mares.—Los naufragios.—El mal comportamiento de los irlandeses.—Primera «Canción» de Cervantes.—Duelo en España.—Segunda «Canción» de Cervantes.—«Canción» de la reina Isabel.—Arrepentimiento de Felipe II.—Guerra abierta con Inglaterra.

 

Tal sesgo llevaron hasta aquí los sucesos de la Armada Invencible, que, si no cumplió su fin, tampoco fué batida ni derrotada. Fué invencible, realmente, para los ingleses, quienes sólo atacaron naves dispersas de ella y no rindieron una sola. Lo que después ocurrió, corresponde a los elementos, y no estuvo en la mano de los hombres evitarlo. El Duque siguió navegando hacia el Norte, redujo la ración diaria a media libra de bizcocho, medio cuartillo de vino y un cuartillo de agua, y lanzó al mar los caballos y mulas, por no poder darles de beber. 

En tiempos modernos y ante la necesidad, hubieran servido de alimento excelente. Pero los españoles, ni entonces ni nunca, gustaron de esa carne. El 14 de Agosto veíase a los pobres animales nadando, «que era gran lástima (dice un testigo presencial), porque todos se venían la vuelta de los navíos a ver si hallaban remedio». El Duque encerróse en su cámara, melancólico y mohíno; y dejando que Diego Flores y don Francisco de Bovadilla dispusieran como quisiesen, su centenar y pico de galeones avanzaba absurdamente, penetrando sin apenas ropas, pues ya se notaba el frío, con pocos víveres y muchos enfermos, en la región polar. El día 15 apresaron tres pataches costeros, con cuyos pilotos se consultó

-[326]-

BARAJA INGLESA DE LA ARMADA
 
Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

Don Alonso, duque de Medina, capitán general de la Flota Española, y Juan Martínez de Recalde, gran marino.

La escuadra de Guipúzcoa, mandada por D. Miguel de Oquendo, compuesta de 14 navíos, y en ellos 2800 soldados, 807 marineros, 311 cañones, etcétera.
 

Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

La escuadra de Andalucía, mandada por D. Pedro de Valdés, compuesta de 10 galeones y una pinaza, y en ellos 2400 soldados, 800 marineros, 260 cañones, etc.

La escuadra de Castilla, de la que era general Diego Flores de Valdés, compuesta de 14 galeones y 2 pinazas, llevando a bordo 2485 soldados, 1719 marineros y 384 cañones.

-[327]-

sobre los cabos y puntas de aquellos parajes. Resolvióse, en consecuencia, ganar ciento cincuenta leguas al Oeste, para doblar el cabo de Clear e Irlanda, y no dar en sus costas. Y como los temporales azotan por allá de ordinario, se recomendó a las naves no se apartaran del San Martín; y si el tiempo lo impidiera, que cada bajel se encaminase por sus propios medios a La Coruña. 

Ya el día 15 la espesa niebla no consintió verse unas a otras las naos. Apretaba el frío. Desencadenóse la borrasca. Sólo fué un aviso, porque cambió el viento al Nordeste y pudo franquearse el paso de las Orcadas, dando las esperanzas más lisonjeras de arribar al golfo de Cantabria en pocos días. Pero ya se quedaron rezagadas algunas naves, de las que no volvió a saberse. 

Desde el 16 hasta el 2 de Septiembre, la Armada anduvo dando bordos. Se restableció, con gran violencia, como se presentía, el viento del Sudoeste, con continua cerrazón y aguaceros. Hízose dificilísimo el velejar, y menos seguir al galeón del Duque. Todas las noches desaparecía algún navío, hasta sólo quedar dieciséis a su lado. El 17 de Septiembre la violencia del viento se resolvió en una espantosa tempestad, cada vez más recia, que duró once días mortales. Medina Sidonia no pudo ya transmitir más orden, sino que cada nao se las arreglara como pudiese (1).

Fué el principio del fin. Y, sin embargo, en aquellos días que precedieron a la dispersión, la flota inglesa se encontraba en peor estado que la española. «¡Extraña fatalidad! En estos momentos (escribe Forneron) hubiera podido Alejandro Farnesio penetrar en Inglaterra. La escuadra inglesa no se hallaba en estado de hacerse a la vela. Sus marinos habían sostenido sus fuerzas, durante los diez días de batalla, con pescado podrido, cerveza pasada y harinas averiadas, y estaban atacados de una epidemia que los mataba. El Isabel Jones hubo de perder doscientos hombres. El navío de Roger Townsend quedó reducido a un solo hombre. Los demás, apenas podían reunir tripulación bastante para levar anclas. Los recién llegados a bordo de los infectos barcos, eran muy luego atacados del contagio. Aquellos héroes, que con prodigios de energía y actividad acababan de salvar a su país, caían víctimas de la avaricia de Isabel y de la venalidad que ella misma autorizaba.» «Su Graciosa Majestad, escribe Leicéster [a Sherewsbury] el 25 de Agosto, ha venido aquí conmigo a ver su campamento, lo que ha entusiasmado el corazón de sus leales súbditos». Pero los reclutas de Leicéster no habrían podido atajar los aguerridos tercios de Farnesio, y la reina Isabel lo comprende sin duda, así, porque licencia a sus

-[328]-

BARAJA INGLESA DE LA ARMADA
 
Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

La escuadra de Vizcaya, mandada por D. Juan Martínez de Recalde, que se componía de 14 navíos, 2037 soldados, 863 marineros y 200 cañones.
 

Los doce navíos españoles llamados los 12 Apóstoles.
 

Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

La Armada Española, compuesta de 130 navíos, de los cuales 72 eran galeazas y galeones, donde iban 19290 soldados, 8350 marineros, 2080 galeotes y 2630 piezas de artillería. La fuerza naval se preparó durante tres años enteros.

La Flota Inglesa, de la cual era Lord Almirante el Lord Charles Howard, y Vicealmirante Sir Francis Drake.

-[329]-

soldados tan luego como pasa la revista. Leicéster está fatigado y quiere aprovechar la estación de los baños, siéntase a la mesa y cae muerto. Al saber la Reina este golpe, ocurrido en el día en que ella también está ligada por influencias siderales, se estremece pensando en su propio horóscopo y cae en un acceso de demencia. Preciso es que el primer ministro, Cecil, arriesgue su cabeza para penetrar en la soledad en que permanece encerrada Isabel hace ya una semana. Así, durante todo el mes de Setiembre estuvo indefensa Inglaterra. Y lo más curioso es que Felipe II tenía el presentimiento de esto, como quiera que el 3 del mismo mes envió a Farnesio la orden de pasar el Estrecho y desembarcar en Margate» (1).

Y no paró aquí la sensación de peligro que en todo momento hubo en Inglaterra, pues, como escribe Fernández Duro, apoyado en Herrera el cronista, «habiendo corrido el falso rumor de que la Armada católica, repuesta en las islas Orcadas, volvía a buscar al Duque de Parma, llenos de confusión la Reina y su Consejo, por haber mandado desarmar las naves y despedir la gente, inmediatamente ordenaron que se aprestaran de nuevo, cesaron las alegrías y hubo inquietud y zozobra en el reino, hasta que las embarcaciones ligeras, despachadas a inquirir la verdad, volvieron con la certeza de que la escuadra española había pasado aquellas islas y navegaba hacia el Poniente. Creyéronse, además, en la necesidad de sincerarse ante Europa de los cargos que se hacían a la poca resolución de las escuadras britanas» (2).

Y aun siguieron temiendo que la Armada española se reparase en cualquier puerto, incluso en España, y volviera a la acción suspendida. Y como durante mucho espacio de tiempo ni en Inglaterra, ni en Francia ni en Flandes se supo el paradero de tantos galeones, qué rumbo habían tomado, ni qué podía significar su desaparición, la angustia de los ingleses acompañó a aquellas incertidumbres. Así, hasta Diciembre no dió la reina Isabel las gracias a Dios en la catedral San Pablo por la dispersión de la Armada, y entonces cantóse la canción que ella misma compusiera y que veremos después. Cuando se supo la dispersión y pasósele el miedo a tanta gente poco antes llena de espanto, vinieron las burletas, preguntando por la Armada, y si, con las oraciones, no estaría en el cielo. Un pasquín fijado en Roma decía: Pontificem mille annorum indulgentias largiturum esse de plenitudine postestatis suae, si quis certo sibi indicaverit quid sit factum de Classe Hispanica, quo abierit, in Coelumne sublata, an ad Tartara detrusa, vel in Aëre alicubi pendeat, an in aliquo Mari fluctuet (3).

-[330]-

BARAJA INGLESA DE LA ARMADA
 
Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

El cuarto escuadrón regido por Forbisher.

El tercer escuadrón regido por Hawkins.
 

Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

El Papa consulta con sus Cardenales y contribuye con un millón de oro a los gastos de la Armada.

El Almirante, el Lord Sheffield, sir Thomas Howard y otros se unen con Drake y Fenez contra la Armada de los españoles y triunfan de ellos.

-[331]-

Mientras tanto, la parte de la Armada que conducía Medina Sidonia llegaba a Santander el 23 de Septiembre. Ya el 3 del mismo había comunicado al Rey el estado lamentable en que hacía la navegación, con viento muy recio y contrario y grandes cerrazones y aguaceros, y cómo se le apartaron por esta causa diecisiete bajeles, entre ellos el de don Alonso de Ley, va y el de Juan Martínez de Recalde, sin algunos otros de consideración. Iba con escasez de bastimentos y gran número de enfermos, de los cuales morían muchos. Ahora, acabado de arribar a Santander con las reliquias de la flota, le comunicaba peores noticias, haciendo una pavorosa pintura de los trabajos pasados en la navegación. Había dejado el San Martín al cuidado de Diego Flores, quien lo remolcó hasta Laredo, donde quedaba surto con 21 naves gruesas de Andalucía y galeones reales. En Santander entraron 8 naos, y a la vuelta de Vizcaya cinco o seis con Miguel de Oquendo. Sucesivamente fueron llegando más. En el San Martín se le habían muerto 180 personas de enfermedad de tabardillo (seguramente escorbuto), y de toda la gente de su servicio, que eran como 60, sólo le restaban dos. Toda la gente venía muy enferma. El poco vino y bizcocho acabaríanse dentro de ocho días. Y así, suplicaba al Rey remitiera dinero, pues «en la Armada no viene un solo maravedí, porque Oquendo se lleva consigo el que repartió en su nave, que son 55.000 escudos». En fin, tras otras miserias que refería, rogaba a Su Majestad nombrase jefe para la Armada, «por no estar él con salud para ninguna cosa». 

Ahí tenía Felipe II al hombre a quien escribiera el 11 de Marzo: «Muy confiado estoy que con vuestro gran celo y cuidado os ha de suceder todo muy bien». 

Largo sería de contar el desastre acaecido a los que el temporal arrastró a las costas de Escocia e Irlanda. Confiados en que en Irlanda había muchos católicos, acogíanse a sus playas hambrientos, sedientos y fatigados, para ser pasados a cuchillo sin compasión. El gobernador de Connaught se jactaba en estos términos de la suerte de ciertos náufragos «Después de haberlos despachado así, hemos consagrado el día entero del domingo en glorificar y dar gracias a Dios Todopoderoso». Se desnudaba a los moribundos antes de matarlos, para no ensangrentar sus vestidos, y dejábanse desnudos sus cadáveres a lo largo de las playas. En Sligo-Haven se estrellaron tres navíos. Un inglés, testigo presencial, dice: «Hube de contar en la arena en una extensión de unas cinco millas, hasta mil y cien cadáveres, y la gente del país me aseguró que los había también en otros parajes, aunque en menor número.» En Lough-Foyle naufragó un galeón

-[332]-

BARAJA INGLESA DE LA ARMADA
 
Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

Los españoles reposan al ancla junto a Calais, y el Almirante inglés surge disparándoles un cañonazo, compuesta entonces la flota inglesa de 140 navíos.
 

Ocho brulotes enviados por el Almirante inglés hacia la escuadra española en medio de la noche, bajo el mando de Young y Prowse.
 

Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

Los españoles, a la vista de los brulotes, levan anclas, cortan cables y apelan a la fuga en medio de un ruido espantoso y en gran confusión.

A toda prisa entonces, la flota española se pone en movimiento y se divide.

-[333]-

con 1.100 hombres; en Blasket-Sound, otro, sin salvarse más que una persona; y en las cercanías de Lough-Swilly, nueve bajeles más. La lista completa se ignora, «por no haber publicado los ingleses (dice Fernández Duro) noticia de los siniestros, ya que con ella habían de hacer patente la inhumanidad con que se condujeron» (1). No olvidemos, sin embargo, la dureza de los tiempos y que a aquellos náufragos considerábaseles como invasores. Por otra parte, Irlanda era entonces un país medio salvaje, o salvaje sin atenuación. Los mismos ingleses, sin exceptuar al «dulce» Shakespeare, hablaban de él con desprecio. Las rebeliones sucedíanse a menudo. Nunca irlandeses hicieron buenas migas con ingleses. Y éstos temían a la sazón que los elementos católico y noble, los brazos sanos de aquella nación, se independizaran en ayuda del rey de España, a quien favorecían. Pero su comportamiento con los «invasores» que iban a emanciparlos, no respondió a la adhesión y simpatía que, con la mejor buena fe, aseguraban los nacionales a bordo de la Invencible. «Su opinión (escribe un oficial inglés) era muy dudosa antes de la victoria; pero luego que vieron la desnudez y aniquilamiento de nuestros enemigos, degollaron a cuantos pudieron» (2). Los escoceses, en cambio, portáronse más hidalgamente.

Don Alonso de Leyva, «cuyo valor (según el doctor Luis de Babia) merecía tener más dichoso fin» (3), sufrió terrible infortunio. Aquel joven «de condición asaz ferviente», favorito de la camarilla del Rey, que pretendía hombrearse con el marqués de Santa Cruz, se arriesgó, con su grupo de naves, por donde nunca consintiera la pericia de don Álvaro de Bazán, siendo arrastrado por el temporal «hacia el seno en que empieza el canal del Norte, formado por las costas de Irlanda y Escocia» (4). Allí embarrancó su maltrecha Rata, seguida de la urca Santa Ana y de la galeaza Girona, que se estrelló poco después. Saltada la gente a tierra, don Alonso hízose fuerte en una torre antigua, con unos dos mil mosqueteros, pero sin víveres ni pólvora. Sorprendidos cierta noche por una patrulla inglesa, dice un manuscrito que, como carecían de fuerzas para manejar un palo, muchos fueron muertos, otros heridos y todos despojados de sus vestidos y joyas y abandonados luego. Debe de abundar aquí la fantasía. Por malparados que estuvieran, nadie creerá que dos mil mosqueteros españoles iban a ser arrollados por una patrulla de ingleses. Probablemente dieron buena cuenta de ella. Después arreglaron la galeaza Girona, y, auxiliados por el jefe irlandés O'Neil (con toda seguridad católico), quien les

-[334]-

BARAJA INGLESA DE LA ARMADA
 
Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

Los españoles deliberan, y resuelven en definitiva volverse a España por el Océano Norte, habiendo quedado desaparejados muchos de sus navíos.
 

Barcos españoles perdidos en la costa de Escocia, y 700 soldados y marineros arrojados a una playa.
 

Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

Jefes españoles hechos prisioneros y llevados a Inglaterra.

El Ejército de 1000 caballos y 22000 infantes que mandaba el conde de Leicester cuando plantó sus tiendas en Tilbury.

-[335]-

suministró víveres, volvieron a embarcarse a últimos de Noviembre. Una nueva tempestad les echó a pique, y a excepción de nueve marineros, que llegaron a finales de año a La Coruña, todos tuvieron por sepulcro el fondo del mar.

Algunos navíos refugiaronse en puertos neutrales, como la galeaza Zúñiga, bien tratada por los franceses, en el Havre. Otros, en Flandes, donde llegaron más de 1.300 náufragos. Otros se rescataron de Inglaterra y Holanda. Tales los de la urca San Pedro el Mayor, vendidos por los ingleses al duque de Mercoeur en Bretaña. 

El gobierno de Isabel calculó exageradamente en cuatro mil el número de ahogados en el canal de San Jorge, y supuso que otros tantos perecieron en las playas. Y para alabar a su Reina y su religión decía: «Dios ha combatido a favor de Su Majestad contra los enemigos idólatras».

Las pérdidas fueron, efectivamente, considerables, por el gran número de naufragados, y por los que murieron no en la lucha, sino al acogerse a las playas inglesas; pero en cuanto a los navíos, la potencia de España era tal, que con el oro y la plata de una sola flota de Indias se habrían construído en poco tiempo dos Armadas más. 

La jornada vino a costar unos mil cuatrocientos millones de reales. En carta escrita por Medina Sidonia a don Juan de Idiáquez, a los cuatro días de llegar a Santander, fecha 27 de Septiembre, le acompaña una relación, diciendo que faltan 40 galeones y naos y tres galeazas, y en las que han entrado en los puertos del Cantábrico hay 7.184 hombres de guerra y 2.948 de mar, o sean en total 10.132. Pero luego arribaron más, completándose así el número: 55 galeones, naves y urcas gruesas, una galeaza y nueve pataches; en todo, 65 bajeles. Se perdieron: 41 naves, 20 pataches, 3 galeazas y una galera; en todo, también 65 bajeles. De manera que se perdió exactamente, en cuanto al número, la mitad de la flota, si bien en cuanto al valor, la parte salvada superaba en mucho a la perdida. Las bajas humanas, contando los enfermos que sucumbieron después, ascendió a unos 8.500 hombres. Miguel de Oquendo y Martínez de Recalde fallecieron a poco de regresar a España, el primero en Pasajes, el 2 de Octubre, y el segundo en La Coruña, a fines de aquel mes: ambos víctimas de los padecimientos, más del espíritu que del cuerpo, por el fracaso de la expedición y negligencia de Medina Sidonia. 

Además de estos gloriosos jefes, perdimos muchas personas de calidad. Por dicha, se salvó Lope de Vega. Pereció su contrincante en amores con Elena Ossorio, don Tomás de Granvela, sobrino del cardenal Perrenot, que iba en La Rata con Leyva. También se salvó aquel belitre de don Pedro Portocarrero, alias «La Muerte», el del pleito en 1571 con doña Andrea, la hermana de Cervantes, sobre cierto dinero y joyas. Iba embarcado en

-[336]-

BARAJA INGLESA DE LA ARMADA
 
Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

La reina Isabel, con nobles y gentes distinguidas y gran multitud del pueblo, da humildes gracias a Dios en la catedral de San Pablo, puestas en lo alto las banderas tomadas a los españoles.
 

La reina Isabel pasea en triunfo por Londres en una carroza tirada por dos caballos, y todos los gremios la acompañan con sus estandartes.
 

Baraja inglesa de la armada. Baraja inglesa de la armada.

El Príncipe de Parma, llegado a Dunkerke con su ejército, pero demasiado tarde, es recibido por los españoles con vituperios.

Varios jesuitas ahorcados por traición contra la Reina y por haber sido cómplices en la invasión.

-[337]-

el galeón San Luis, como aventurero con seis criados; y a pesar de haberle condenado el Rey, un tiempo, a galeras por sus fechorías, ahora titulábase, nada menos, caballero de Santiago, comendador de La Hinojosa y gentilhombre de la boca de Su Majestad. Siempre los pícaros tuvieron suerte.

Las pérdidas de los ingleses no se declararon nunca. Es más, prohibiose hablar de ellas. Pero adquirieron un volumen extraordinario. Aunque pudieron capear mejor las tempestades al abrigo de sus puertos, la mortandad en sus bajeles, a causa de la epidemia que se declaró, nivelóse con las bajas españolas. El capitán Alonso Vázquez escribe a este respecto: «A los 26 de Agosto se tomó un felibote de la Reina de Inglaterra, que iba en busca de su armada, con despachos y avisos de su General. Llevólos a Brujas don Jorge Manrique y se los dió a Alejandro Farnesio. Lo que contenían era el sentimiento de la Reina por no saber de su armada, porque no habían llegado a Londres sino veintiocho bajeles, y aquellos muy maltratados, y a Pechelingas treinta y dos y peor en orden y con poca gente, y que era muerta otra mucha muy particular y su piloto mayor; y que la Reina había hecho publicar un bando que nadie fuera osado en todo su reino a decir el suceso de la armada, ni dejasen salir navíos de sus puertos para ninguna parte. Por haberse sabido esto por los despachos que Alejandro abrió, lo escribo» (1)

Las noticias de las vicisitudes de la Armada fueron llegando a España muy confusamente y por diversos conductos. Como los informes de Medina Sidonia al Rey se cortaron el 30 de Julio, en que le escribió, según vimos, a vista del cabo de Lizard, Felipe II estuvo inquieto varias semanas por los episodios que le transmitían de París, de Brujas, de Venecia y otras partes. Primeramente le llegó un aviso de Ruán, por vía de nuestro embajador en París don Bernardino de Mendoza (2), comunicándole que -[338]- la Armada había peleado con las fuerzas enemigas y obtenido victoria. Quince naves de Drake, entre ellas su almiranta, yacían en los profundos del Océano, y las restantes suyas, tras perder el viento, habían ido retirándose la vuelta de Dover. La nueva se daba por cierta en Francia, con testigos de vista en Havra de Gracia y Diepa. El Rey se apresura a felicitar al Duque desde San Lorenzo, el 18 de Agosto. «Confío en Dios (le dice) que será así y que vos habréis sabido seguir la victoria y usar de ella dándoos prisa a ir cargando al enemigo sin dejarle rehacer, pues podíades, prosiguiendo vuestro viaje hasta llegar a datos la mano con el duque mi sobrino, que en siendo esto, y con el miedo que habrá cobrado el enemigo y el brío de los nuestros, se puede esperar en Dios que se habrán seguido otras victorias. De su favor me prometo lo que es justo en causa tan suya, y de vuestro valor y diligencia, que habréis hecho cuanto puedo desear, de que estoy aguardando aviso» (1). Al mismo tiempo, transmite al de Parma tan halagüeños informes, quien se reiría al conocerlos. Por espacio de varios días le va remitiendo Mendoza noticias de otros triunfos; pero Su Majestad ha debido de tener alguna en contrario, algún rumor menos favorable, y, receloso, con su agudo instinto, pone al margen de uno de aquellos informes: «Miedo he que será esto como lo de la nueva primera que envió». Sigue Mendoza transmitiéndole sus optimismos: los ingleses se retiran y la Armada acaba de desembarcar en Escocia. La carta es del 30 -[339]- de Agosto, y don Felipe, ya desengañado, escribe al margen: «No sé cómo, habiendo visto esto don Bernardino y lo que se sigue después, dió tanto crédito a los avisos de ayer».

Sabía ya lo acontecido en Calais por conducto de Farnesio, aunque no había llegado aún a El Escorial don Baltasar de Zúñiga con la relación de Medina Sidonia del 21 de Agosto sobre el mal suceso de la jornada (1), ni menos podía prever el desbarate y dispersión que después advino a la flota. Y así, creyéndola todavía de provecho, escribía al Duque en 3 de Septiembre: «Me ha parecido ordenaros que si el duque de Parma, mi sobrino, os avisase que para lo que él había de emprender, no habiendo habido lugar lo principal a que fuistes, será menester por allá el calor de esa Armada, y ella se hallase con fuerzas y en parte que se pueda sin peligro entretener, procuréis hacer lo que él os escribiere que conviene».

En tanto que estos infortunios sólo se sabían en España por Su Majestad y las personas a él afectas, para tranquilizar a las familias de los expedicionarios y calmar la impaciencia nacional, comenzaron a imprimirse relaciones cantando las victorias de la Armada.

Una de las primeras, sin duda conocida de Cervantes, porque se publicó y vendió profusamente en Sevilla el mismo día 5 de Septiembre en que Antonio de Guevera le daba la comisión para sacar dos mil arrobas de aceite en Marchena, hablaba de haberse echado a fondo tres galeazas de la Reina y cuatro galeones fuertes. Mezclando mentiras con verdades, refería el incendio de la almiranta de Oquendo, la pérdida de la capitana de Valdés, la llegada del Duque a Calais, el suceso de los brulotes y la muerte de D. Hugo de Moncada; que el San Martín había aferrado y rendido el bajel de Drake y apresado su persona y la de otros nobles ingleses, sin contar la captura de quince navíos más, que el Duque navegaba la vuelta de Escocia, por haber sobrevenido temporales, y que Su Majestad estaba muy contento con estas nuevas y las había enviado a la Emperatriz (2).

Puede calcularse el júbilo en Sevilla, y la satisfacción con que Cervantes emprendería el viaje a Marchena.

Pero fueron pasando los días, sin venir la confirmación de tales triunfos. Llegó el Duque con los restos de la Armada a Santander, y, no

-[340]-
Canción primera de MIGUEL DE CERVANTES sobre la Armada.
Canción primera de MIGUEL DE CERVANTES sobre la Armada.
(Biblioteca Nacional de Madrid, ms. núm. 2856, fol. 20.)

-[341]-

obstante desconocerse aún el trágico fin de tantos navíos y hombres en las costas de Escocia e Irlanda, «el confuso rumor de malas nuevas» se extendió con angustia por todos los hogares españoles. 

Cervantes no podía permanecer en silencio. Ya barruntaría, ante la ausencia del marqués de Santa Cruz y el descuido con que se llevase el aprovisionamiento de la Armada, que aquellos no eran los tiempos de Lepanto. España se había dormido en sus laureles. El Turco vegetaba en la decadencia; pero en Inglaterra surgía un pueblo nuevo, vibrante, emprendedor y sin escrúpulos, contra el cual no podían enviarse favoritos de la camarilla del Rey, cañones anticuados, pólvora mermada por proveedores ladrones, y vituallas podridas. Se ilusionaba, sin embargo. Y encendido de ardor su pecho, en que siempre brilló la llama del soldado heroico y patriota, a mediados de Octubre, por los días fatigosos en que se ocupaba de la molienda del trigo en Écija, cogió la pluma, ociosa a causa de su mala suerte, y anhelando un parto dichoso para las armas españolas, escribió la siguiente

Canción nacida de las varias nuevas que han venido de la católica Armada
que fue sobre Inglaterra

Bate, Fama veloz, las prestas alas;
rompe del Norte las cerradas nieblas;
aligera los pies, llega y destruye
el confuso rumor de nuevas malas,
y, con tu luz, desparce las tinieblas
del crédito español, que de ti huye.
Esta preñez concluye
en un parto dichoso, que nos muestre
un fin alegre de la ilustre empresa,
cuyo fin nos suspende, alivia y pesa,
ya en contienda naval, ya en la terrestre,
hasta que, con tus ojos y tus lenguas
diciendo ajenas menguas,
de los hijos de España el valor cantes,
con que admires al cielo, al suelo espantes (1). -[342]- 

Di con clara (1) verdad, firme y sigura:
¿Hizo el que pudo la victoria vuestra?
¿Sentenciado ha su causa el Padre Eterno?
¿Bañada queda en roja sangre y pura
la católica espada y fuerte diestra?
En fin, de aquel que asiste a su gobierno,
¿poblado ha el hondo infierno
de nuevas almas (2), y de cuerpos lleno
el mar, que a los despojos y banderas
de las naciones pertinaces, fieras,
apenas dió lugar su inmenso seno,
del pirata mayor del Occidente,
ya inclinada la frente
y puesto al cuello altivo y indomable
del vencimiento el yugo miserable? 

Di, que al fin lo dirás: allí volaron
por el aire los cuerpos, impelidos
de las fogosas máquinas de guerra;
aquí las aguas su color cambiaron,
y la sangre de pechos atrevidos
humedecieron la contraria tierra;
cómo huye, o si afierra
este y aquel navío; en cuántos modos
se aparecen las sombras de la muerte;
cómo juega fortuna con la suerte,
no mostrándose igual ni firme a todos,
hasta que, por mil varios embarazos,
los españoles brazos
rompiendo por el aire, tierra y fuego,
declararon por suyo el mortal juego. 

Píntanos ya un diluvio, con razones
causado de un conflicto temeroso,
y que le pinta la contraria parte;
mil cuerpos sobreaguados y en montones
confusos otros naden, cobdiciosos
de entretener la vida en cualquier parte.
Al descuido, y con arte,
pinta rojas entenas, jarcias rotas,
quillas sentidas, tablas desclavadas;
y de impaciencia y de rigor armadas
las dos, y no en valor, iguales flotas. -[343]-
Exprime los gemidos excesivos
de aquellos semivivos
que ardiendo, al agua fría se arrojaban,
y, en la muerte, del fuego muerte hallaban (1).

Después de esto, dirás: en espaciosas,
concertadas hileras, va marchando
nuestro cristiano ejército invencible,
las cruzadas banderas victoriosas
al aire con donaire tremolando,
haciendo vista fiera y apacible.
Forma aquel son (2) horrible
que el cóncavo metal despide y forma,
y aquel del atambor que engendra y cría
en el cobarde pecho valentía,
y el temor natural trueca y reforma.
Haz los reflejos y vislumbres bellas
que, cual claras estrellas,
en las lucidas armas el sol hace,
cuando mirar este escuadrón le place. 

Esto dicho, revuelve presurosa,
y en los oídos de los dos prudentes
famosos generales (3), luego envía
una voz que les diga la gloriosa
estirpe de sus claros ascendientes,
cifra de más que humana valentía.
Al que las naves guía,
muéstrale sobre un muro un caballero,
más que de hierro, de valor armado,
y, entre la turba mora, un niño atado,
cual entre hambrientos lobos un cordero,
y al segundo Abrahám que de la daga
con que el bárbaro haga
el sacrificio horrendo que, en el suelo
le dió fama, y inmortal gloria en el cielo (4)

Dirás al otro, que en sus venas tiene
la sangre de Austria, que con esto solo
le dirás cien mil hechos señalados
que en cuanto el ancho mar cerca y contiene,
y en lo que mira el uno y otro polo,
fueron por sus mayores acabados. -[344]-
Estos ansí informados,
entra en el escuadrón de nuestra gente,
y allá verás, mirando a todas partes,
mil Cides, mil Roldanes y mil Martes,
valiente aquél, aquéste más valiente.
A éstos solos les dirás que miren,
para que luego aspiren
a concluir la más dudosa hazaña:
¡Hijos, mirad que es vuestra madre España! 

 La cual, desde que al viento y mar os distes,
cual viuda llora vuestra ausencia larga,
contrita, humilde, tierna, mansa y justa,
los ojos bajos, húmidos y tristes,
cubierto el cuerpo de una tosca sarga,
que de sus galas poco o nada gusta,
hasta ver en la injusta
cerviz inglesa puesto el suave yugo,
y sus puertas abrir, de error cargadas,
con las romanas llaves dedicadas
abrir el cielo como al cielo plugo.
Justa es la empresa; y vuestro brazo fuerte,
aun de la misma muerte
quitara la victoria de la mano,
cuanto más del vicioso luterano. 

Muéstrales, si es posible, un verdadero
retrato del católico monarca,
y verán de David la voz y el pecho,
las rodillas al suelo (1), y un cordero
mirando, a quien encierra y guarda un arca
mejor que aquella quisier... (2)
puestos de trecho en trecho
doce descalzos ángeles mortales,
en quien tanta virtud el cielo encierra,
que, con humilde voz, desde la tierra
pasan del mismo cielo los umbrales (3). -[345]-
Con tal cordero, tal monarca, y luego
de tales doce el ruego,
diles que está siguro el triunfo y gloria,
y que ya España canta la victoria. 

Canción: si vas despacio do te envío,
en todo el cielo fío
que has de cambiar por nuevas de alegría
el nombre de canción en (1) profecía (2).

 

 La Historia póstuma y la fantasía popular han forjado una leyenda en torno de la Armada, hablando de una derrota que no existió, como acabamos de ver, y de que con ella dió fin el poder naval de España y quedó transferida a Inglaterra la supremacía marítima de Europa. Ni nadie lo creyó así entonces, ni la decadencia española por tierra y por mar comenzó hasta treinta o cuarenta años más tarde. Todavía en el reinado de Felipe III, en que el estado de cosas dejaba mucho que desear por el mal gobierno, Simón Contarini, embajador de la República de Venecia, decía al Dux a fines de 1605: «En la mar no hay duda que este Rey es poderoso, y tanto, que, con buen gobierno, fuera señor del mundo». Confiaba en que, con el tiempo, Dios remediaría al mismo mundo, «no permitiendo que sea todo de españoles». Y terminaba: «Así, la mayor guerra que se les puede hacer, es dejarlos consumir y acabar con su mal gobierno» (3).

Flaminio Strada (4) y especialmente Baltasar Porreño (5), que escriben más de treinta años después de los sucesos de la Invencible, tejen sendas patrañas sobre la impresión que hizo en Felipe II la noticia de su desbarate, impresión que no recogen en tal sentido ni los cronistas Cabrera de -[346]- Córdoba y Antonio de Herrera, ni el inglés Camden, a la sazón vivientes. Según Porreño (y la frase se ha hecho célebre y calificado como la más feliz puesta en todos los tiempos en boca de un vencido), al saber el Rey la noticia del fracaso de la Armada, exclamó: «Contra los hombres la envié, no contra los vientos y la mar», o bien, más pulida por cierto historiador: «Yo envié mis naves a luchar con los hombres, no contra los elementos» (1). Strada inventa la novela siguiente: un correo, adelantándose a la Armada que volvía, llega a Palacio; le cercan don Cristóbal de Mora y don Juan de Idiáquez, que se paseaban en la antesala; le preguntan qué trae, responde que la pérdida de gentes y naves; quedan heridos de espanto y dolor, y dudando quién de los dos entraría a dar al Rey la atroz nueva, lo hace don Cristóbal de Mora. Halla a Su Majestad escribiendo. Entra el correo, se entera don Felipe de la rota y dice sin mudar semblante: «Yo doy de corazón gracias a la Divina Majestad por cuya mano liberal me veo tan asistido de potencia y fuerzas, que sin duda puedo volver a sacar al mar otra Armada. Ni juzgo que importa mucho el que nos quiten tal vez la corriente del agua, con tal que quede salva la fuente de que corría».

Strada y Porreño ignoraban que el portador de los despachos de Medina Sidonia al Rey y encargado de hacer la relación de lo sucedido fué don Baltasar de Zúñiga, separado del Duque a la altura de las Orcadas el 21 de Agosto. Así, pues, sólo podía informar de lo ocurrido hasta entonces, no de los temporales y naufragios, sobrevenidos posteriormente y que el propio Medina Sidonia desconocía cuando llegó a Santander, y nadie supo sino pasado mucho tiempo, ni jamás de una manera completa.

Aun fracasada la expedición, las nuevas hasta entonces no eran para vestirse de luto. Su Majestad recibió a don Baltasar de Zúñiga en San Lorenzo, leyó el despacho del Duque y se informó de lo acontecido y de la próxima llegada de la flota, necesitada de reparación y víveres, con la misma imperturbabilidad y serenidad con que acogió la noticia de la gloriosa batalla de Lepanto. Y como pocos días antes tuviera carta del archiduque Alberto, diciéndole que parecía encanto no saberse de la Armada, el Rey le contestó, remitiéndole copia de aquel despacho, con estas solas palabras, matizadas de su poquito de retintín: «Por la relación que va con ésta, que me envió el Duque de Medina, veréis en qué paró el encanto. Dios os guarde» (2).

Llegado a Santander el Duque, con la misma serenidad le escribe el -[347]- 28 de Septiembre. Ni le hace el menor cargo, ni le juzga responsable de lo sucedido. Antes le mima, y lo primero que le dice es: «Hame dado mucha pena entender la falta de salud con que venís, por lo que deseo que la tengáis muy cumplida. Yo os encargo que atendáis a recobrarla». ¡Era su yerno! Y no solamente no le hace el menor reproche, sino que añade estas palabras inconcebibles: «Que yo espero en Dios que os la ha de dar tan presto, que podáis acudir a las cosas del Armada con el cuidado que siempre tenéis de las que tanto importan a mi servicio». Le previene lo que ha de hacerse con la gente y naos regresadas; y como el Duque insiste en que le releve por hallarse enfermo, al día siguiente y luego de sentir de nuevo su falta de salud, le da licencia en estos términos para ir a su casa «Os podréis partir enhorabuena a mirar por vuestra salud, que espero en Dios que os la dará». 

En los aludidos y fantásticos Apuntes del P. Juan de Victoria se lee, al capítulo 16: «Su Majestad jamás ha querido hacer caso dél, ni oirlo ni verlo, que podía Inglaterra ser ganada con socorro de sus católicos» (1). Así se escribe la historia. 

El Rey, con la repetida impasibilidad de siempre, se cree obligado a dirigirse al país, y el 13 de Octubre manda una carta a los obispos, ordenando cesen las rogativas que se hacían en favor de la Armada y se den gracias a Dios porque no fué peor lo ocurrido: «Los sucesos de la mar (decía) son tan varios como se sabe, y lo ha mostrado el que ha tenido la Armada; y como debéis haber entendido, ha llegado el duque de Medina Sidonia con parte della al puerto de Santander, y otros han aportado a otras partes, y algunos maltratados de larga y trabajosa navegación que han tenido; y como de todo lo que Dios es servido hacer se le deben gracias, yo se las he dado desto, y de la misericordia que ha usado con todos, pues según los tiempos contrarios y peligro en que se vió toda el Armada de un -[348]- temporal recio y deshecho que la dió, se pudiera con razón temer peor suceso, y el que ha tenido atribuyo a las oraciones y plegarias que con tanta devoción y continuación se han hecho», etc. (1).

Pero fueron llegando las peores nuevas. Las nuevas de que ya no llegaba nadie, sino pobres náufragos aisladamente; la certidumbre de la pérdida de tantas naos en Zelanda, y de las borrascas impeliendo a los galeones hacia Noruega; los espantosos relatos de los degüellos en las costas de Irlanda. El Rey, por fin, se afecta extraordinariamente y siente «no haber acabado de hacer tan gran servicio a Dios». No llegan más naves. No llegan más hombres. En vano se les espera semanas y semanas. No volverán más. La flor de la mocedad y de la nobleza que acompañaba a don Alonso de Leyva, ha perecido en el desastre. Miles de familias de toda clase y condición están de duelo. Porque no aparecieron ya sino algunos cautivos rescatados, narrando la tragedia de sus desventuras y peregrinaciones, cárceles y castigos. 

En este luto general de España, tampoco podía faltar la voz de Cervantes, y cogiendo otra vez la pluma, escribió para infundir alientos, la siguiente 

Canción segunda, de la pérdida de la Armada que fue a Inglaterra

Madre de los valientes de la guerra,
archivo de católicos soldados,
crisol donde el amor de Dios se apura,
tierra donde se ve que el cielo entierra
los que han de ser al cielo trasladados
por defensores de la fe más pura
no te parezca acaso desventura,
¡oh España, madre nuestra!,
ver que tus hijos vuelven a tu seno
dejando el mar de sus desgracias lleno,
pues no los (2) vuelve la contraria diestra;
vuélvelos la borrasca incontrastable
del viento, mar y el cielo, que consiente
que se alce un poco la enemiga frente,
odiosa al cielo, al suelo detestable,
porque entonces es cierta la caída,
cuando es soberbia y vana la subida. -[349]- 

Abre tus brazos, y recoge en ellos
los que vuelven confusos, no rendidos,
pues no se excusa lo que el cielo ordena,
ni puede en ningún tiempo los cabellos
tener alguno con la mano asidos
de la calva ocasión en suerte buena,
ni es de acero o diamante la cadena
con que se enlaza y tiene,
el buen suceso en los marciales casos,
y los más fuertes bríos quedan laxos
del que a los brazos con los vientos viene.
Y esta vuelta que ves desordenada,
sin duda entiendo que ha de ser la vuelta
del toro, para dar mortal revuelta
a la gente con cuerpos desalmada;
que el cielo, aunque se tarda, no es amigo
de dejar las maldades sin castigo. 

A tu león pisádole han la cola;
las vedijas sacude; ya revuelve
a la justa venganza de su ofensa,
no sólo suya, que, si fuera sola,
quizá la perdonara; sólo vuelve
por la de Dios, y en restaurarla piensa;
único es su valor; su fuerza, inmensa;
claro su entendimiento,
indignado (1) con causa, y tal, que a un pecho
cristiano, aunque de mármol fuese hecho,
moviera a justo y vengativo intento,
y más que el galo, el tusco, el moro, mira,
con vista aguda y ánimos perplejos,
cuáles son los comienzos y los dejos,
y dónde pone este león la mira,
porque entonces su suerte está lozana,
en cuanto tiene este león cuartana. 

Ea, pues, ¡oh Felipe, señor nuestro,
segundo en nombre y hombre sin segundo,
columna de la fe segura y fuerte!,
vuelve en suceso más felice y diestro
este designio que fabrica el mundo,
que piensa manso y sin coraje verte,
como si no bastasen a moverte
tus puertos salteados
en las remotas Indias apartadas,
y en tus casas tus naves abrasadas,
y en la ajena los templos profanados; -[350]-
tus mares llenos de piratas fieros;
por ellos tus armadas encogidas,
y en ellos mil haciendas y mil vidas
sujetos a mil bárbaros aceros,
cosas que, cada cual por sí, es posible
a hacer que se intente aun lo imposible. 

Pide, toma, señor, que todo aquello
que tus vasallos tienen se te ofrece
con liberal y valerosa mano,
a trueco (1) que al inglés pérfido cuello
pongas el justo yugo que merece
su injusto pecho y proceder insano.
No sólo el oro que se adora en vano,
sino sus hijos caros
te darán, cual el suyo dió don Diego,
que en propria sangre y en ajeno fuego
acrisoló los hechos siempre raros
de la casa de Córdoba, que ha dado
catorce mayorazgos a las lanzas
moriscas, y, con firmes confianzas,
sus obras y su nombre han dilatado
por la espaciosa redondez del suelo,
que, al que así muere, vive y gana el cielo. 

En tanto que los brazos levantares,
gran capitán de Dios, espera (2)
ver vencedor tu pueblo, y no vencido;
pero si, de cansado, los bajares,
los suyos alzará la gente fiera,
que, para el mal, el malo es atrevido,
y en tu perseverancia está incluído
un felice suceso
de la empresa justísima que tomas,
y no con ella un solo reino domas,
que a muchos pones de temor el peso;
aseguras los tuyos, fortaleces
lo que la buena fama de ti canta,
que eres un justo horror que al malo espanta,
y mano que a los justos favoreces;
alza los brazos, pues, Moisés cristiano,
y pondrálos por tierra el luterano. 

Vosotros, que llevados de un deseo
justo y honroso, al mar os entregastes,
y el ocio blando y el regalo huistes, -[351]-
puesto que os imagino ahora y veo
entre el viento y el mar que contrastastes
y los mortales daños que sufristes
de entre Scila y Caribdis, no tan tristes
salís, que no se vea
en vuestro bravo, varonil semblante,
hasta igualar la desigual pelea;
que los bríos y brazos españoles
quilatan su valor, su fuerza y brío
con la hambre, la sed, calor y frío,
cual se quilata el oro en los crisoles,
y, apurados así, son cual la planta,
que al cielo con la carga se levanta. 

El diestro esgrimidor, cuando le toca
quien sabe menos que él, se enciende en ira
y con facilidad se desagravia;
y, en la orilla del mar, la fuerte roca,
mientras su furia a deshacerla aspira,
muy poco o nada su vigor le agravia.
Y es común opinión de gente sabia
que, cuanto más ofende
el malo al bueno, tanto más aumenta
él temor del alcance de la cuenta,
que siempre es malo del que mal expende.
Triunfe el pirata, pues, agora, y haga
júbilo y fiestas, porque el mal y el viento
han respondido al justo de su intento,
sin acordarse si el que debe, paga,
que, al sumar de la cuenta, en el remate,
se hará un alcance que le alcance y mate. 

¡Oh España! ¡Oh Rey! ¡Oh mílites famosos!
Ofrece, manda, obedeced, que el cielo,
en fin, ha de ayudar al justo celo,
puesto que los principios sean dudosos,
y en la justa ocasión y en la porfía
encierra la victoria su alegría (1).

 

 También Cervantes atribuye el fracaso de la Invencible a la furia de los vientos y el mar; y lo más curioso es que los ingleses así lo creyeron, como ignoraron el estado de la Armada después del combate de -[352]- Gravelinas. Ya hemos visto que ambas escuadras quedáronse sin municiones, sin apenas víveres y sumamente maltrechas. Los mejores bajeles de la nuestra, desaparejados y con necesidad de reparación. Los de la Reina, asimismo maltratados, y lo que es peor todavía, convertidos en hospitales flotantes por la epidemia declarada a bordo. A las dos flotas no las quedó otro recurso sino el que llevaron a cabo: volverse cada una a su país. Después del 8 de Agosto, nada había que hacer. Con tiempo más apacible, el resultado hubiera sido el mismo. Y los ingleses permanecieron tres meses llenos de inquietud, temiendo ver de nuevo frente a sus costas a la Invencible, como no supieron la decisión de Medina Sidonia de tomar de vuelta de Noruega para regresar a España. Si se apeló a los elementos para explicar un fracaso que sólo tuvo por causa (pues la Armada no fué nunca vencida) la mala dirección, no se dijo desde las altas esferas toda la verdad al país. Los principales culpables fueron el Rey, Alejandro Farnesio y don Alonso Pérez de Guzmán el Malo. Por eso don Felipe ni recriminó a su sobrino, ni tuvo el menor asomo de cargo ni reconvención para su «yerno». Y como la culpa radicaba en la familia, cuando Su Majestad, en una información secreta, vió que se decía: «Si la Armada hubiera sido bien dirigida, hoy sería el Rey señor de Inglaterra», escribió al margen: «Esto primero es errado». 

Quedó la nación, como dijimos, sumida en duelo. Y a la voz de Cervantes pidiendo al Monarca aprestase otra flota, para impedir que en lo sucesivo (como aconteció) no hubiera ya seguridad para nosotros ni en el Atlántico ni en Mediterráneo, infestados de piratas nuestros puertos y costas y a merced de unos enemigos que trabajaron durante una centuria para consumar nuestra ruina; a su voz viril y patriótica, se unió la dulcísima del P. Pedro de Rivadeneyra, escribiendo el admirable libro Tratado de la Tribulación (1), sedante precioso de las familias que lloraban y consuelo de los abatidos espíritus. -[353]- 

La dispersión de la Armada, llenó a los rebeldes de Flandes de tanta alegría, que acuñaron medallas y compusieron epigramas contra nosotros. Pero se les anticiparon los católicos de los Países Bajos, con dos medallas, una de las cuales representaba un robusto holandés, a quien llevaba por la oreja un español, y decía en el anverso: Treme auris batava (Tiembla, estúpido holandés), y en el reverso, unidas las armas de España y Portugal: Inmensi tremor oceani, 1587. 

Entre los ingleses, claro está, el júbilo fué enorme, pasada la angustia de los primeros meses. En toda Inglaterra hubo salvas e iluminaciones, cánticos y otros regocijos. Hasta Drake cogió la pluma, para echarnos en cara haber abandonado «vergonzosamente» a don Pedro de Valdés, y se jactó, como buen pirata y no menos monstruoso embustero, de que la Armada había sido derrotada, llevando ciento cuarenta navíos, sólamente «por treinta buques de guerra de S. M. y algunos mercantes». Item más, que había sido «arrojada primero desde el cabo Lizard a Portland». La reina Isabel salió en carro triunfal, a la romana, desde Palacio, dirigiéndose a la catedral de San Pablo, acompañada de sus ministros y la nobleza, donde se habían colgado los trofeos del galeón abandonado de Valdés y de alguna que otra nave náufraga. 

Para este espectáculo, ella misma compuso la canción siguiente, que traducimos en verso, por la cual se verá que, con toda prudencia, no atribuyó la salvación de su país a la pretendida derrota de la Armada, sino (creyendo que estuvo siempre en disposición de combatir) a su dispersión mediante la ayuda del Cielo. Va encabezado el manuscrito con este epígrafe: «Canción compuesta por Su Majestad y cantada ante ella y a ella, viniendo desde Whitehall a San Pablo, a través de Fleet Street, el año del Señor 1588». Y al margen: «Cantada en Diciembre después de la dispersión de la Armada Española».

Mira, Señor, e inclina tus oídos,
desde donde tu esfera resplandece;
contempla y ve a tu sierva y sus gemidos
entre tus sacerdotes, que te ofrece,
por incienso, fervor, que al cielo mando,
mi corona y mi ser sacrificando. 

Álzate, mi alma, a su región serena;
canten su gloria las plegarias mías.
Que el poder de los reyes Dios refrena
y Él ha obrado portentos en mis días;
ha hecho a vientos y a ondas levantarse
y a todos mis contrarios dispersarse.

-[354]-

Canción compuesta por la reina Isabel y cantada ante ella en Diciembre de 1568, después de la dispersión de la Armada.
Canción compuesta por la reina Isabel y cantada ante ella en Diciembre de 1568, después de la dispersión de la Armada.
(National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, número 5211.)

-[355]-

Es Señor de José y Dios de Israel,
ígnea columna y nube de esta edad,
que el honor del soberbio empapó en hiel
y a sus santos salvó de la maldad,
y ha conservado en tierno amor y aroma
el espíritu de esta su paloma.

Finis (1).

 

 Pasados muchos años, hacia 1680, los ingleses, que han mantenido más vivo que nosotros el recuerdo de la Armada, como el mayor peligro de todos los tiempos sobre su isla, imprimieron una baraja curiosa, a modo de aleluyas, con las ironías consiguientes, y donde no falta esta o la otra nota de mal gusto, por ejemplo, la estampa de los jesuítas ahorcados, reveladora de las persecuciones sufridas a causa de creérseles en connivencia con el rey don Felipe. Acuñaron también diversas medallas. Durante los siglos XVII y XVIII, en que el poder naval de aquella nación acreció tanto y a nuestra costa, multiplicáronse las imágenes y escenas gráficas de la Invencible en cuadros, tapices y toda clase de reproducciones. Son

-[356]-

Patente de Drake

Patente de Drake nombrando a John Martin capitán del barco Thomas, para servir en la Contra Armada organizada de orden de la reina Isabel por Sir John Norris y Francis Drake contra Portugal y las costas de España. Fechada «el 18 de Abril del año trigésimo primero del reinado de nuestra soberana Lady Elizabeth, por la gracia de Dios reina de Inglaterra, Francia e Irlanda, defensora de la fe, etc. —J. Norreys. —Fra Drake».
(National Maritime Museum, Greenwich, S. E. 10, núm. 5220.)

-[357]-

particularmente importantes los grabados de John Pine, según H. Gravelot, de 1739, y la colección de diez soberbios dibujos de C. J. Visscher, uno de los cuales apareció impreso por De Pry en La généalogie des Illustres Comtes de Nassau (Jean Orlers, 1615). De todo ello damos abundantes fotografías, debidas a la gentileza de los doctos archiveros del Museo Naval de Greenwich, como en otro lugar se expresa (1).

La excitación de Cervantes a Felipe II a que tomara el desquite, reflejó la opinión general de España. Los reinos de Castilla le sirvieron con ocho millones. Burgas, Toledo, Sevilla, Madrid, Ávila, Murcia, Jerez, Córdoba, Zamora, Guadalajara, Soria, Málaga, Logroño, Cuenca, Valladolid, Segovia, las villas de Aranda, Sepúlveda, Huete, Trujillo y otras, más diversos particulares, ofrecieron servir con mucha cantidad de ducados, personas, vidas y haciendas. Sólo el cardenal arzobispo de Sevilla prometió 800 soldados, pagados a su costa, todo el tiempo que durase la guerra de Inglaterra, y el Adelantado de Castilla y su mujer, 1.000 hombres de galera, pagados por seis meses. 

Pero entonces ocurrió lo insólito y que llenó de consternación y desabrimiento a Su Majestad. Éste escribió a su embajador de Roma, el conde de Olivares, que visitara a Sixto V, y le recordase su promesa de 500.000 ducados, los cuales era conveniente entregar en seguida o, a lo -[358]- menos, una parte. Olivares repuso al Rey en 26 de Septiembre: «Contestó, como suele, el Papa, que no comprendía esto. Cuando se cumplieran los términos del acuerdo, entonces daría lo prometido y más. Contesté que no era eso lo que Vuestra Majestad me había ordenado pedir. Dije que Vuestra Majestad no discutía la letra del acuerdo, sino el espíritu, y expuse después todo cuanto Vuestra Majestad me ordenó que dijese. Terminé diciendo que, aunque él no hubiese prometido nada, debería acceder a la petición, como recompensa a Vuestra Majestad y como gran ejemplo para los otros, teniendo en cuenta lo mucho que Vuestra Majestad ha hecho y gastado por la causa de Dios. Me escuchó sin interrumpirme, aunque se le notaba atormentado interiormente por la impaciencia; y cuando concluí, su cólera estalló, y me dijo que repetía ahora lo que antes había dicho: que cumpliría cuanto había prometido, y que no le molestara más sobre este asunto, hasta que llegasen noticias concretas sobre la Armada». Insistió Olivares, y Sixto V le dijo que cambiase de conversación. Pasaron los meses en súplicas inútiles, y el día de Santiago de 1598, el áspero y malhumorado Pontífice (hombre por otro lado de eminentes prendas) escribió al Rey una carta autógrafa de este tenor: «E1 Conde de Olivares, Embajador de Vuestra Majestad, muchas veces en su nombre me ha propuesto tres cosas: la primera, que, queriendo Vuestra Majestad continuar la empresa de Inglaterra, si tengo la misma resolución que tenía en el año mil quinientos ochenta y siete de dar la ayuda que prometí, y respondí que sí; la segunda, si quería anticipar la paga, y le respondí que no, porque Vuestra Majestad consume tanto tiempo en consultar sus empresas, que, cuando llega la hora de ejecutarlas, se ha pasado el tiempo y consumido el dinero...» Y después le enviaba la bendición apostólica (1)

Devoró Felipe II la ofensa en silencio. Parece que Sixto V no estaba del todo disgustado con el fracaso de la Armada, no porque no le agradase, naturalmente, ver restaurada la fe católica en Inglaterra, sino porque con ello se aumentaba el poder político, el prestigio de España y la autoridad de don Felipe, erigido en una especie de Super-Papa, que a veces sofocaba las prerrogativas de la Santa Sede. Así, no faltó quien opinase en Roma ser preferible dejar en libertad a la Iglesia, dar tiempo al tiempo, y encomendar la reducción de aquel país a los católicos ingleses y a las predicaciones y martirios de los religiosos. 

Felipe II meditó un momento que era hijo del gran Emperador. ¿Así se pagaban sus grandes servicios a la Iglesia? ¿Así se respondía al entusiasmo de las ciudades y villas españolas? ¿A las víctimas que yacían en el fondo de los mares? ¿Había enviado la Armada con otro fin sino el de -[359]- la causa de Dios? ¿Así también habían pagado los católicos irlandeses su designio de emanciparlos de la tiranía de Isabel, degollando a cuantos náufragos españoles arribaron a sus puertos? Pues bien: ¡no habría más Armada contra Inglaterra! ¡No habría más Armada en defensa de otros intereses sino de los propios y exclusivos de su corona y España! Contra los piratas se bastaba él solo. 

Y no la hubo. Fué un arranque de decisión que nadie creyera en el Rey. Pero, como tantos suyos, tardío, porque ya Sir John Norreys y Francisco Drake, por orden de la Reina, habían organizado la Contra-Armada, para asolar los puertos de Portugal y costas de España, y quedaba abierta la guerra con Inglaterra, que duraría hasta 1604.

-[360]-

LA CIUDAD DE ÉCIJA A MEDIADOS DEL SIGLO XVII  (I)
La ciudad de Écija a mediados del siglo XVII  (I)
(Acuarela de Pier María Baldi.
Biblioteca Laurenciana de Florencia.)

LA CIUDAD DE ÉCIJA A MEDIADOS DEL SIGLO XVII  (II)
La ciudad de Écija a mediados del siglo XVII  (II)
(Acuarela de Pier María Baldi.
Biblioteca Laurenciana de Florencia.)

 

 

   Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra
     Luis Astrana Marín
       búsqueda avanzadaPágina principal Enviar comentarios Ficha de la obra Inicio de la obra Anterior Arriba Siguiente Índice alfabético de la obra
Marco legal