{"id":35,"date":"2018-11-09T13:12:24","date_gmt":"2018-11-09T13:12:24","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/calderon\/?post_type=chapter&#038;p=35"},"modified":"2018-11-09T13:12:54","modified_gmt":"2018-11-09T13:12:54","slug":"3-heterogeneo-heterodoxo-calderon-los-generos","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/calderon\/chapter\/3-heterogeneo-heterodoxo-calderon-los-generos\/","title":{"rendered":"3. Heterog\u00e9neo, heterodoxo. Calder\u00f3n, los g\u00e9neros"},"content":{"raw":"EVANGELINA RODR\u00edGUEZ CUADROS (2000)\r\n\r\n<img src=\"https:\/\/www.elcultural.com\/imgBd\/20000102\/ESPECIAL\/img\/17861_1.jpg\" onload=\"Ajustar(this);\" class=\"aligncenter\" \/>\r\n<p style=\"text-align: center;\"><em>Ilustraci\u00f3n de Grau Santos<\/em><\/p>\r\nEl centenario calderoniano de 1981 (el de su muerte, tres siglos antes) nos lo puso f\u00e1cil a los estudiosos. Desde la furia integrista y el perfil gran\u00edtico, cat\u00f3lico y sentimental del dramaturgo, la relativizaci\u00f3n del pensamiento y de las ideolog\u00edas de la posmodernidad nos condujeron, sin apenas debate, hasta un Calder\u00f3n v\u00edctima de su propia ortodoxia. Traducido a t\u00e9rminos pol\u00edticamente correctos, conocimos a un Calder\u00f3n no s\u00f3lo trascendente sino burlesco, vocero de una multinacional llamada monarqu\u00eda hisp\u00e1nica contrarreformista pero ensartador de frivolidades ordenadas con la matem\u00e1tica perfecta de la comedia de capa y espada o, incluso, de la parodia y el vodevil. Da la sensaci\u00f3n, sin embargo, que se trataba de una restauraci\u00f3n artificial, repentista. En el centenario que abre o cierra un siglo (tanto da) podemos permanecer en ese sosiego legitimador de una gloria nacional (aunque sea antip\u00e1tica): menos vitalista que Lope, menos ir\u00f3nico que Cervantes, menos mordaz en su nihilismo que Quevedo, pero con una obra tan extensa que aqu\u00ed y all\u00e1 ofrece recodos donde camuflar el desconcierto que todav\u00eda inspira el dramaturgo a una modernidad que, quiz\u00e1, ha acabado por admirarlo pero no por sentirlo uno de los suyos. Se olvida, sin embargo, que lo que ha sucedido en los casi veinte a\u00f1os entre un centenario y otro no ha sido tanto una revisi\u00f3n sistem\u00e1tica de su producci\u00f3n desde el punto de vista acad\u00e9mico (que tambi\u00e9n) sino que Calder\u00f3n ha sido representado de manera m\u00e1s continua; es decir, contemplado en el medio que le es propio: las tablas de un escenario. Y esa es la diferencia y, a mi modo de ver, la reflexi\u00f3n que se espera de en esta nueva efem\u00e9rides, tan ritual y prescindible como cualquier otra, pero que sabemos inevitable: aprovech\u00e9mosla, pues, de manera sensata.\r\n\r\nEse contacto directo con las tablas y con el espectador es el medio original en el que Calder\u00f3n fue moderno en su \u00e9poca: as\u00ed lo vieron \u00ady lo aplaudieron\u00ad la mosqueter\u00eda de los corrales y la aristocracia de palacio, el pueblo en fiestas y la inteligencia institucional e intransigente de los que presid\u00edan, en solemne y siniestra confusi\u00f3n, autos de fe y autos sacramentales. No pudo ni puede haber un solo Calder\u00f3n: era un Calder\u00f3n de m\u00faltiples g\u00e9neros, heterog\u00e9neo y, por ello, a veces tambi\u00e9n heterodoxo. Men\u00e9ndez Pelayo, brind\u00f3 en 1881por el poeta de la Espa\u00f1a eterna de los Austrias al que intentaban meter de rond\u00f3n en una el prestigio c\u00edvico los liberales que celebraron aquel pomposo segundo centenario. Pero Calder\u00f3n no es una m\u00e1quina de valores universales: es un dramaturgo de textos vulnerables. Es el autor que convierte a una mujer en tramoyera y directora de escena de su propio deseo en La dama duende, que prefigura el enredo de comedia hollywoodense en Casa con dos puertas, que se mofa de la empalagosa ret\u00f3rica petrarquista y plat\u00f3nica en No hay burlas con el amor donde las relaciones entre hombre y mujer se resuelven en un atrevido pragmatismo (pues \"temor o atrevimiento \/ no consiste en otra cosa \/ que haber o no haber dinero\"); el Calder\u00f3n que en No hay cosa como callar desenmascara al don Juan que divide su quehacer entre el servir al Rey con una cruz de Santiago en el pecho y el violar mujeres en la oscuridad (\"que a mi lo mismo me inclina\/ angosta una vizca\u00edna\/ que ancha una castellana\"): la Espa\u00f1a oficial y la Espa\u00f1a de uso se pliegan al final en un matrimonio de conveniencia despu\u00e9s de haber puesto a prueba el orden social. Y es el mismo autor que sofoca su angustia de existencia en los sobrecogedores (brutalmente racionalistas han dicho algunos) versos silog\u00edsticos de Segismundo en La vida es sue\u00f1o pero que hace estallar al hombre, en una limpia reflexi\u00f3n \u00e9tica carente de toda simplificaci\u00f3n casticista (\"un volc\u00e1n, un Etna hecho \/quisiera arrancar del pecho\/ pedazos del coraz\u00f3n\"). El Calder\u00f3n que somete el honor de Menc\u00eda a la misa negra de un sacrificio sangriento ingerido, bebido por Gutierre en El m\u00e9dico de su honra; el Calder\u00f3n que construye la tragedia del poder en La hija del aire y que la hace convivir con la raz\u00f3n de estado y la debilidad de la pasi\u00f3n humana en el desastroso fin de la casa de David en Los cabellos de Absal\u00f3n. Y, junto a ello, el Calder\u00f3n que abandona la l\u00ednea de la realidad y crea el apasionante mundo de la \u00f3pera mitol\u00f3gica, llena de abstracciones sutiles y de fastuosos efectos especiales para que veamos volar en las m\u00e1quinas escenogr\u00e1ficas de los italianos a dioses y hombres intercambiando juegos de miedos y ambiciones, osad\u00edas y rid\u00edculos como los pr\u00edncipes y gigantes, casi t\u00edteres de Cachiporra en, por ejemplo C\u00e9falo y Pocris. El Calder\u00f3n que catequiza, sin resquicios aparentes, en los sermones puestos en aparato esc\u00e9nico de los autos sacramentales, que nos angustia con la cuna y la sepultura de El gran teatro del mundo, que levanta en el propio tablado del Corpus la hoguera de la Inquisici\u00f3n (El cordero de Isa\u00edas) pero que a causa de Las \u00f3rdenes Militares o Las pruebas del Segundo Ad\u00e1n se vio \u00e9l mismo envuelto en un proceso inquisitorial al usar el escenario como amargo experimento de la feroz realidad circundante: nada menos que poner en escena al mismo Cristo pasando las pruebas de limpieza de sangre y defendi\u00e9ndose de los pecados originales de sus ascendientes. Un espacio teatral que permite la convivencia de profetas, personajes mitol\u00f3gicos divinizados, reyes, validos: habr\u00eda que calibrar cu\u00e1nto pesar\u00eda la tinta servil en la pluma de un dramaturgo que llega a convertir al Conde Duque de Olivares en el Hombre que construye en El nuevo palacio del Retiro la fortaleza de la Iglesia habitada y defendida por un Felipe IV confundido de manera nada ambigua con el personaje de Cristo.\r\n\r\nDesde que toma el testigo de Lope, quien sin duda inaugur\u00f3 el teatro moderno en Espa\u00f1a, Calder\u00f3n lo perfecciona como fascinante mecanismo de precisi\u00f3n institucional, es cierto, pero tambi\u00e9n como el gigantesco espejo de una Espa\u00f1a gesticulante que elabora, a falta de un discurso racional e ilustrado, una pantalla de constantes experimentaciones, de vacilaciones y dudas, de mitos y contramitos. S\u00f3lo as\u00ed es posible entender que el cabizbajo sacerdote que nos alerta de las imposiciones del honor y que desde los carros del Corpus llamaba a perseguir A Dios por raz\u00f3n de estado, se permita, dentro del par\u00e9ntesis carnavalesco que es tambi\u00e9n el teatro, escribir piezas breves, grotescas e irreverentes: entremeses y mojigangas en los que la honra se pone patas arriba, en donde en medio de un desfile extravagante de platos de la cocina espa\u00f1ola presidido por Baco, do\u00f1a Olla Podrida defiende su raigambre tradicional frente a las sofisticadas innovaciones francesas de don Carnero Verde, en donde una mondonguera presume de ser de verdad del linaje de m\u00e1s sangre y en donde un caminante al despertar de la siesta y ver a un grupo de actores vestidos de Alma, Cuerpo, Muerte o \u00e1ngel teologiza su borrachera reconociendo que, en efecto, \"la vida es sue\u00f1o\". Licencias de un discreto, de un asombroso erudito escol\u00e1stico y de un maestro de ret\u00f3rica que acaso conoci\u00f3 tambi\u00e9n las propiedades terap\u00e9uticas de la risa. Cambio de g\u00e9nero, cambio de registro: el mundo como voluntad de m\u00faltiples representaciones. En representaci\u00f3n, m\u00e1s que en letra, Calder\u00f3n fascin\u00f3 a Goethe. Cuando \u00e9ste vio en Weimar El m\u00e1gico prodigioso (una de las inspiraciones de su Fausto) comprendi\u00f3 algo que tuvieron que aprender en adelante los rom\u00e1nticos alemanes: que Dios no s\u00f3lo estaba en el conservadurismo patri\u00f3tico o en el absolutismo legitimista con que los integristas leyeron abusivamente a Calder\u00f3n sino que Dios estaba en la tramoya. Sin necesidad de trivializar a un dramaturgo que representa, en su compleja contradicci\u00f3n, la herencia de la intolerancia como forma de explicar la realidad, es hora de que, conociendo su constante cambio de ojos para leer el mundo, no s\u00f3lo le dejemos un dudoso sitio en la modernidad sino que le hagamos, simplemente, nuestro contempor\u00e1neo.","rendered":"<p>EVANGELINA RODR\u00edGUEZ CUADROS (2000)<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.elcultural.com\/imgBd\/20000102\/ESPECIAL\/img\/17861_1.jpg\" onload=\"Ajustar(this);\" class=\"aligncenter\" alt=\"image\" \/><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><em>Ilustraci\u00f3n de Grau Santos<\/em><\/p>\n<p>El centenario calderoniano de 1981 (el de su muerte, tres siglos antes) nos lo puso f\u00e1cil a los estudiosos. Desde la furia integrista y el perfil gran\u00edtico, cat\u00f3lico y sentimental del dramaturgo, la relativizaci\u00f3n del pensamiento y de las ideolog\u00edas de la posmodernidad nos condujeron, sin apenas debate, hasta un Calder\u00f3n v\u00edctima de su propia ortodoxia. Traducido a t\u00e9rminos pol\u00edticamente correctos, conocimos a un Calder\u00f3n no s\u00f3lo trascendente sino burlesco, vocero de una multinacional llamada monarqu\u00eda hisp\u00e1nica contrarreformista pero ensartador de frivolidades ordenadas con la matem\u00e1tica perfecta de la comedia de capa y espada o, incluso, de la parodia y el vodevil. Da la sensaci\u00f3n, sin embargo, que se trataba de una restauraci\u00f3n artificial, repentista. En el centenario que abre o cierra un siglo (tanto da) podemos permanecer en ese sosiego legitimador de una gloria nacional (aunque sea antip\u00e1tica): menos vitalista que Lope, menos ir\u00f3nico que Cervantes, menos mordaz en su nihilismo que Quevedo, pero con una obra tan extensa que aqu\u00ed y all\u00e1 ofrece recodos donde camuflar el desconcierto que todav\u00eda inspira el dramaturgo a una modernidad que, quiz\u00e1, ha acabado por admirarlo pero no por sentirlo uno de los suyos. Se olvida, sin embargo, que lo que ha sucedido en los casi veinte a\u00f1os entre un centenario y otro no ha sido tanto una revisi\u00f3n sistem\u00e1tica de su producci\u00f3n desde el punto de vista acad\u00e9mico (que tambi\u00e9n) sino que Calder\u00f3n ha sido representado de manera m\u00e1s continua; es decir, contemplado en el medio que le es propio: las tablas de un escenario. Y esa es la diferencia y, a mi modo de ver, la reflexi\u00f3n que se espera de en esta nueva efem\u00e9rides, tan ritual y prescindible como cualquier otra, pero que sabemos inevitable: aprovech\u00e9mosla, pues, de manera sensata.<\/p>\n<p>Ese contacto directo con las tablas y con el espectador es el medio original en el que Calder\u00f3n fue moderno en su \u00e9poca: as\u00ed lo vieron \u00ady lo aplaudieron\u00ad la mosqueter\u00eda de los corrales y la aristocracia de palacio, el pueblo en fiestas y la inteligencia institucional e intransigente de los que presid\u00edan, en solemne y siniestra confusi\u00f3n, autos de fe y autos sacramentales. No pudo ni puede haber un solo Calder\u00f3n: era un Calder\u00f3n de m\u00faltiples g\u00e9neros, heterog\u00e9neo y, por ello, a veces tambi\u00e9n heterodoxo. Men\u00e9ndez Pelayo, brind\u00f3 en 1881por el poeta de la Espa\u00f1a eterna de los Austrias al que intentaban meter de rond\u00f3n en una el prestigio c\u00edvico los liberales que celebraron aquel pomposo segundo centenario. Pero Calder\u00f3n no es una m\u00e1quina de valores universales: es un dramaturgo de textos vulnerables. Es el autor que convierte a una mujer en tramoyera y directora de escena de su propio deseo en La dama duende, que prefigura el enredo de comedia hollywoodense en Casa con dos puertas, que se mofa de la empalagosa ret\u00f3rica petrarquista y plat\u00f3nica en No hay burlas con el amor donde las relaciones entre hombre y mujer se resuelven en un atrevido pragmatismo (pues \u00abtemor o atrevimiento \/ no consiste en otra cosa \/ que haber o no haber dinero\u00bb); el Calder\u00f3n que en No hay cosa como callar desenmascara al don Juan que divide su quehacer entre el servir al Rey con una cruz de Santiago en el pecho y el violar mujeres en la oscuridad (\u00abque a mi lo mismo me inclina\/ angosta una vizca\u00edna\/ que ancha una castellana\u00bb): la Espa\u00f1a oficial y la Espa\u00f1a de uso se pliegan al final en un matrimonio de conveniencia despu\u00e9s de haber puesto a prueba el orden social. Y es el mismo autor que sofoca su angustia de existencia en los sobrecogedores (brutalmente racionalistas han dicho algunos) versos silog\u00edsticos de Segismundo en La vida es sue\u00f1o pero que hace estallar al hombre, en una limpia reflexi\u00f3n \u00e9tica carente de toda simplificaci\u00f3n casticista (\u00abun volc\u00e1n, un Etna hecho \/quisiera arrancar del pecho\/ pedazos del coraz\u00f3n\u00bb). El Calder\u00f3n que somete el honor de Menc\u00eda a la misa negra de un sacrificio sangriento ingerido, bebido por Gutierre en El m\u00e9dico de su honra; el Calder\u00f3n que construye la tragedia del poder en La hija del aire y que la hace convivir con la raz\u00f3n de estado y la debilidad de la pasi\u00f3n humana en el desastroso fin de la casa de David en Los cabellos de Absal\u00f3n. Y, junto a ello, el Calder\u00f3n que abandona la l\u00ednea de la realidad y crea el apasionante mundo de la \u00f3pera mitol\u00f3gica, llena de abstracciones sutiles y de fastuosos efectos especiales para que veamos volar en las m\u00e1quinas escenogr\u00e1ficas de los italianos a dioses y hombres intercambiando juegos de miedos y ambiciones, osad\u00edas y rid\u00edculos como los pr\u00edncipes y gigantes, casi t\u00edteres de Cachiporra en, por ejemplo C\u00e9falo y Pocris. El Calder\u00f3n que catequiza, sin resquicios aparentes, en los sermones puestos en aparato esc\u00e9nico de los autos sacramentales, que nos angustia con la cuna y la sepultura de El gran teatro del mundo, que levanta en el propio tablado del Corpus la hoguera de la Inquisici\u00f3n (El cordero de Isa\u00edas) pero que a causa de Las \u00f3rdenes Militares o Las pruebas del Segundo Ad\u00e1n se vio \u00e9l mismo envuelto en un proceso inquisitorial al usar el escenario como amargo experimento de la feroz realidad circundante: nada menos que poner en escena al mismo Cristo pasando las pruebas de limpieza de sangre y defendi\u00e9ndose de los pecados originales de sus ascendientes. Un espacio teatral que permite la convivencia de profetas, personajes mitol\u00f3gicos divinizados, reyes, validos: habr\u00eda que calibrar cu\u00e1nto pesar\u00eda la tinta servil en la pluma de un dramaturgo que llega a convertir al Conde Duque de Olivares en el Hombre que construye en El nuevo palacio del Retiro la fortaleza de la Iglesia habitada y defendida por un Felipe IV confundido de manera nada ambigua con el personaje de Cristo.<\/p>\n<p>Desde que toma el testigo de Lope, quien sin duda inaugur\u00f3 el teatro moderno en Espa\u00f1a, Calder\u00f3n lo perfecciona como fascinante mecanismo de precisi\u00f3n institucional, es cierto, pero tambi\u00e9n como el gigantesco espejo de una Espa\u00f1a gesticulante que elabora, a falta de un discurso racional e ilustrado, una pantalla de constantes experimentaciones, de vacilaciones y dudas, de mitos y contramitos. S\u00f3lo as\u00ed es posible entender que el cabizbajo sacerdote que nos alerta de las imposiciones del honor y que desde los carros del Corpus llamaba a perseguir A Dios por raz\u00f3n de estado, se permita, dentro del par\u00e9ntesis carnavalesco que es tambi\u00e9n el teatro, escribir piezas breves, grotescas e irreverentes: entremeses y mojigangas en los que la honra se pone patas arriba, en donde en medio de un desfile extravagante de platos de la cocina espa\u00f1ola presidido por Baco, do\u00f1a Olla Podrida defiende su raigambre tradicional frente a las sofisticadas innovaciones francesas de don Carnero Verde, en donde una mondonguera presume de ser de verdad del linaje de m\u00e1s sangre y en donde un caminante al despertar de la siesta y ver a un grupo de actores vestidos de Alma, Cuerpo, Muerte o \u00e1ngel teologiza su borrachera reconociendo que, en efecto, \u00abla vida es sue\u00f1o\u00bb. Licencias de un discreto, de un asombroso erudito escol\u00e1stico y de un maestro de ret\u00f3rica que acaso conoci\u00f3 tambi\u00e9n las propiedades terap\u00e9uticas de la risa. Cambio de g\u00e9nero, cambio de registro: el mundo como voluntad de m\u00faltiples representaciones. En representaci\u00f3n, m\u00e1s que en letra, Calder\u00f3n fascin\u00f3 a Goethe. Cuando \u00e9ste vio en Weimar El m\u00e1gico prodigioso (una de las inspiraciones de su Fausto) comprendi\u00f3 algo que tuvieron que aprender en adelante los rom\u00e1nticos alemanes: que Dios no s\u00f3lo estaba en el conservadurismo patri\u00f3tico o en el absolutismo legitimista con que los integristas leyeron abusivamente a Calder\u00f3n sino que Dios estaba en la tramoya. 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