{"id":42,"date":"2018-11-09T13:30:07","date_gmt":"2018-11-09T13:30:07","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/calderon\/?post_type=chapter&#038;p=42"},"modified":"2018-11-09T13:30:20","modified_gmt":"2018-11-09T13:30:20","slug":"6-monstruo-del-teatro-dirigir-a-calderon","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/calderon\/chapter\/6-monstruo-del-teatro-dirigir-a-calderon\/","title":{"rendered":"6. Monstruo del teatro. Dirigir a Calder\u00f3n"},"content":{"raw":"ERNESTO CABALLERO (2000)\r\n\r\n<img src=\"https:\/\/www.elcultural.com\/imgBd\/20000102\/ESPECIAL\/img\/17867_1.jpg\" onload=\"Ajustar(this);\" class=\"aligncenter\" \/>\r\n<p style=\"text-align: center;\"><em>Ilustraci\u00f3n de Grau Santos<\/em><\/p>\r\nC\u00f3mo lograr, en pleno marasmo conmemorativo, m\u00e1s all\u00e1 de los obligados recordatorios, referir la inagotable fuente de teatralidad que las obras de Calder\u00f3n ofrecen al director de escena contempor\u00e1neo, y por tanto al p\u00fablico de hoy?\r\n\r\nDif\u00edcil empe\u00f1o cuando nuestro autor parece no haberse liberado de una permanente controversia renovada desde el XVIII. As\u00ed, mientras la gazmo\u00f1er\u00eda de algunos de nuestros ilustrados condenaba su teatro por sus excesos formales y sus planteamientos indecorosos para con los presupuestos de la escena neocl\u00e1sica, los sectores m\u00e1s recalcitrantes de la Iglesia tambi\u00e9n emprend\u00edan una virulenta campa\u00f1a anticalderoniana, pues hallaban en sus obras una peligrosa e incontrolable explosi\u00f3n de fiesta teatral. Desde entonces, Calder\u00f3n, siempre ha visto, por una raz\u00f3n u otra, matizada, cuando no decididamente negada, su inmensa potencialidad teatral. Y as\u00ed, hoy en d\u00eda todav\u00eda es frecuente escuchar entre algunas gentes de teatro aquello de que Don Pedro era una autor de derechas, un implacable cl\u00e9rigo, palad\u00edn de la causa Contrarreformista y del Orden social establecido, un eficiente artesano teatral que prest\u00f3 servicio de avieso propagandista de los Austrias.\r\n\r\nEsta postura incurre en el error de aplicar unas categor\u00edas a unas realidades muy alejadas de nuestro tiempo. Esta visi\u00f3n reductora es un s\u00edntoma propio de nuestro tiempo, un tiempo egoc\u00e9ntrico y presuntuoso al que repugna la actitud de ponerse en el lugar de otros esquemas de comportamiento social. De ah\u00ed procede el sambenito que actualmente sobrevuela sobre la mayor\u00eda de los directores de escena cuando se les presenta la ocasi\u00f3n de montar cualquier texto cl\u00e1sico: hay que adaptar, traducir las situaciones de la obra, para la gente de hoy. Este enunciado da por supuesto que hoy nos resultan indiferentes los c\u00f3digos sociales, los mitos, los anhelos, el imaginario (como se dice ahora) de nuestros antepasados. Ni siquiera interesan por su supuesta ingenuidad, por una mera curiosidad antropol\u00f3gica. Nada, si no se modernizan, sino se descontextualizan, no sirven.\r\n\r\nTodo esto viene a cuento para explicar una de las l\u00edneas principales con la que se han afrontado las puestas en escena de Calder\u00f3n durante este \u00faltimo cuarto de siglo: la actualizaci\u00f3n por encima de todo. Los resultados han sido muy desiguales; quiero aqu\u00ed rese\u00f1ar algunos de los m\u00e1s afortunados, y de los que mi limitada memoria y mi biograf\u00eda tampoco demasiado extensa me permite evocar. As\u00ed el memorable Alcalde de Zalamea, de Jose Luis Alonso; el exquisito Gal\u00e1n Fantasma, de Miguel Narros; la intensa Hija del Aire, de Llu\u00eds Pasqual; el escalofriante M\u00e9dico de su Honra, de Adolfo Marsillach; la perturbadora Vida es Sue\u00f1o de Jose Luis G\u00f3mez; o la m\u00e1s reciente y no menos emocionante Vida, de Ariel Garc\u00eda Vald\u00e9s; adem\u00e1s de alg\u00fan que otro olvido imperdonable.\r\n\r\nEn fin, al margen de ese otro t\u00f3pico, que empieza a resultar ya bastante cargante acerca de las maneras de decir el verso, mi opini\u00f3n es que en l\u00edneas generales a Calder\u00f3n no se le ha representado tan mal como algunas voces agoreras se empe\u00f1an en proclamar. Tal vez lo que uno echa en falta es una cantidad mayor de producciones, y por tanto de enfoques diferentes como por ejemplo, los de esas cuidadas y deliciosas aproximaciones de \u00e9poca que tambi\u00e9n se han sabido realizar con Shakespeare en el \u00e1mbito brit\u00e1nico. Confieso que estoy deseando asistir en Espa\u00f1a a uno de esos montajes que despectivamente entre la profesi\u00f3n son tildados de arqueol\u00f3gicos.\r\n\r\nPor tanto, queda mucho por hacer. Tal vez cuando tengamos una perspectiva m\u00e1s amplia de la obra de quien es uno de los m\u00e1s s\u00f3lidos pilares del Teatro Europeo, cuando nos hayamos sacudido viejos t\u00f3picos y prejuicios como los que generaron los estrechos criterios de un Men\u00e9ndez Pelayo demasiado apegado a las corrientes naturalistas de finales de siglo, tal vez nos llevemos alguna agradable e inesperada sorpresa que nos haga replantearnos muchas ideas preconcebidas acerca de Calder\u00f3n.\r\n\r\nEn este sentido, por ejemplo, no hay m\u00e1s que asomarse a ese g\u00e9nero desconocido de su obra como son sus comedias o dramas mitol\u00f3gicos. En estas piezas se percibe, no s\u00f3lo un atrevimiento formal y unas posibilidades teatrales que en la actualidad se nos antojan como de una sorprendente y feroz modernidad , sino que se deja entrever tras aquella celestial arquitectura, una personalidad amable, indulgente, alegre, vital\u2026\r\n\r\nY esto lo afirmo desde la certidumbre que me ha deparado el haber tenido ocasi\u00f3n de llevar al escenario algunas de estas obras. Recientemente, el azar o el destino (dilema t\u00edpicamente calderoniano) ha querido encomendarme la puesta en escena de una de ellas: El Monstruo de los Jardines. En esta deliciosa pieza el autor nos presenta a un Aquiles que, para evitar el hado (personificado en la figura de Ulises) que le obligar\u00eda a combatir y perecer en la guerra de Troya, se ve obligado a vestirse de mujer. Pues bien, Calder\u00f3n se muestra aqu\u00ed implacable, s\u00ed, implacable a la hora de defender la capacidad de romper unos condicionantes que no tienen nada de sobrenaturales, implacable a la hora de defender la preeminencia del Amor, encarnado en esta ocasi\u00f3n en la figura de la ninfa Deidamia; implacable, en fin, a la hora de confiar esperanzadoramente en la existencia, m\u00e1s all\u00e1 de los laberintos, de eso que hemos dado en llamar libertad individual.\r\n\r\nConf\u00edo en que alg\u00fan d\u00eda el Teatro le redima del estigma de siniestro autor de la Espa\u00f1a Eterna, y por sus obras lleguemos a conocerlo.","rendered":"<p>ERNESTO CABALLERO (2000)<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/www.elcultural.com\/imgBd\/20000102\/ESPECIAL\/img\/17867_1.jpg\" onload=\"Ajustar(this);\" class=\"aligncenter\" alt=\"image\" \/><\/p>\n<p style=\"text-align: center;\"><em>Ilustraci\u00f3n de Grau Santos<\/em><\/p>\n<p>C\u00f3mo lograr, en pleno marasmo conmemorativo, m\u00e1s all\u00e1 de los obligados recordatorios, referir la inagotable fuente de teatralidad que las obras de Calder\u00f3n ofrecen al director de escena contempor\u00e1neo, y por tanto al p\u00fablico de hoy?<\/p>\n<p>Dif\u00edcil empe\u00f1o cuando nuestro autor parece no haberse liberado de una permanente controversia renovada desde el XVIII. As\u00ed, mientras la gazmo\u00f1er\u00eda de algunos de nuestros ilustrados condenaba su teatro por sus excesos formales y sus planteamientos indecorosos para con los presupuestos de la escena neocl\u00e1sica, los sectores m\u00e1s recalcitrantes de la Iglesia tambi\u00e9n emprend\u00edan una virulenta campa\u00f1a anticalderoniana, pues hallaban en sus obras una peligrosa e incontrolable explosi\u00f3n de fiesta teatral. Desde entonces, Calder\u00f3n, siempre ha visto, por una raz\u00f3n u otra, matizada, cuando no decididamente negada, su inmensa potencialidad teatral. Y as\u00ed, hoy en d\u00eda todav\u00eda es frecuente escuchar entre algunas gentes de teatro aquello de que Don Pedro era una autor de derechas, un implacable cl\u00e9rigo, palad\u00edn de la causa Contrarreformista y del Orden social establecido, un eficiente artesano teatral que prest\u00f3 servicio de avieso propagandista de los Austrias.<\/p>\n<p>Esta postura incurre en el error de aplicar unas categor\u00edas a unas realidades muy alejadas de nuestro tiempo. Esta visi\u00f3n reductora es un s\u00edntoma propio de nuestro tiempo, un tiempo egoc\u00e9ntrico y presuntuoso al que repugna la actitud de ponerse en el lugar de otros esquemas de comportamiento social. De ah\u00ed procede el sambenito que actualmente sobrevuela sobre la mayor\u00eda de los directores de escena cuando se les presenta la ocasi\u00f3n de montar cualquier texto cl\u00e1sico: hay que adaptar, traducir las situaciones de la obra, para la gente de hoy. Este enunciado da por supuesto que hoy nos resultan indiferentes los c\u00f3digos sociales, los mitos, los anhelos, el imaginario (como se dice ahora) de nuestros antepasados. Ni siquiera interesan por su supuesta ingenuidad, por una mera curiosidad antropol\u00f3gica. Nada, si no se modernizan, sino se descontextualizan, no sirven.<\/p>\n<p>Todo esto viene a cuento para explicar una de las l\u00edneas principales con la que se han afrontado las puestas en escena de Calder\u00f3n durante este \u00faltimo cuarto de siglo: la actualizaci\u00f3n por encima de todo. Los resultados han sido muy desiguales; quiero aqu\u00ed rese\u00f1ar algunos de los m\u00e1s afortunados, y de los que mi limitada memoria y mi biograf\u00eda tampoco demasiado extensa me permite evocar. As\u00ed el memorable Alcalde de Zalamea, de Jose Luis Alonso; el exquisito Gal\u00e1n Fantasma, de Miguel Narros; la intensa Hija del Aire, de Llu\u00eds Pasqual; el escalofriante M\u00e9dico de su Honra, de Adolfo Marsillach; la perturbadora Vida es Sue\u00f1o de Jose Luis G\u00f3mez; o la m\u00e1s reciente y no menos emocionante Vida, de Ariel Garc\u00eda Vald\u00e9s; adem\u00e1s de alg\u00fan que otro olvido imperdonable.<\/p>\n<p>En fin, al margen de ese otro t\u00f3pico, que empieza a resultar ya bastante cargante acerca de las maneras de decir el verso, mi opini\u00f3n es que en l\u00edneas generales a Calder\u00f3n no se le ha representado tan mal como algunas voces agoreras se empe\u00f1an en proclamar. Tal vez lo que uno echa en falta es una cantidad mayor de producciones, y por tanto de enfoques diferentes como por ejemplo, los de esas cuidadas y deliciosas aproximaciones de \u00e9poca que tambi\u00e9n se han sabido realizar con Shakespeare en el \u00e1mbito brit\u00e1nico. Confieso que estoy deseando asistir en Espa\u00f1a a uno de esos montajes que despectivamente entre la profesi\u00f3n son tildados de arqueol\u00f3gicos.<\/p>\n<p>Por tanto, queda mucho por hacer. Tal vez cuando tengamos una perspectiva m\u00e1s amplia de la obra de quien es uno de los m\u00e1s s\u00f3lidos pilares del Teatro Europeo, cuando nos hayamos sacudido viejos t\u00f3picos y prejuicios como los que generaron los estrechos criterios de un Men\u00e9ndez Pelayo demasiado apegado a las corrientes naturalistas de finales de siglo, tal vez nos llevemos alguna agradable e inesperada sorpresa que nos haga replantearnos muchas ideas preconcebidas acerca de Calder\u00f3n.<\/p>\n<p>En este sentido, por ejemplo, no hay m\u00e1s que asomarse a ese g\u00e9nero desconocido de su obra como son sus comedias o dramas mitol\u00f3gicos. En estas piezas se percibe, no s\u00f3lo un atrevimiento formal y unas posibilidades teatrales que en la actualidad se nos antojan como de una sorprendente y feroz modernidad , sino que se deja entrever tras aquella celestial arquitectura, una personalidad amable, indulgente, alegre, vital\u2026<\/p>\n<p>Y esto lo afirmo desde la certidumbre que me ha deparado el haber tenido ocasi\u00f3n de llevar al escenario algunas de estas obras. Recientemente, el azar o el destino (dilema t\u00edpicamente calderoniano) ha querido encomendarme la puesta en escena de una de ellas: El Monstruo de los Jardines. En esta deliciosa pieza el autor nos presenta a un Aquiles que, para evitar el hado (personificado en la figura de Ulises) que le obligar\u00eda a combatir y perecer en la guerra de Troya, se ve obligado a vestirse de mujer. 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