="http://www.w3.org/2000/svg" viewBox="0 0 512 512">

Preludio

La Idea de España que se presenta en este libro, y que necesariamente ha de utilizar, además de las categorías políticas consabidas («Pueblo», «Nación», «Reino», «Imperio», «República», «Estado»…), Ideas ontológicas, estrechamente intrincadas con las primeras (tales como «Unidad» -«unidad de los pueblos de España»-,Identidad -«identidad de Asturias», «identidad de Cataluña»-, Parte y Todo -«el presupuesto global total ha de distribuirse o re-partirse de forma consensuada»-), se basa principalmente en una reconstrucción de un «material empírico» en el que está implicada la Idea de España mediante la utilización formal de ciertas Ideas generales, previamente analizadas, tales como las Ideas de Nación, Imperio, Estado, Todo, Parte, Unidad e Identidad.

Reconstrucción necesariamente filosófica, porque filosóficas son las Ideas de Nación, Imperio, así como también las de Unidad, Identidad, Todo y Parte. Cualquier historiador, o cualquier politólogo, que utilice estas Ideas u otras de su constelación semántica al hablar de España, estará filosofando, aun cuando pretenda estar haciendo únicamente ciencia política, o historia positiva, porque la materia en la que se ocupa le obligará a desbordar los estrictos límites de su disciplina científica histórica o política. Un ejemplo reciente podemos tomarlo de la obra de Henry Kamen en su libro Felipe de España, cuyo rigor positivo no discutimos. Pero Kamen dice: «Como muchos otros países de Europa, ‘España ‘ no era [en la época del príncipe Felipe] un Estado unificado, sino más bien una asociación de provincias que compartían un rey común». Parece que Kamen acepta la posibilidad de un «Estado no unificado» y esto es acaso como aceptar la posibilidad de una elipse no cerrada. El Estado, desde un punto de vista filosófico, dice siempre (suponemos) unidad de totalidad, sólo que la unidad «Se dice de muchas maneras» (la elipse puede tener dos centros a muy diversa distancia, que oscilan desde cero, y entonces la elipse se convierte en circunferencia, hasta infinito, y entonces la elipse se convierte en una recta). Es como si Kamen sobrentendiera que sólo es Estado estricto o auténtico el Estado centralista-unitario-totalitario, que sólo la circunferencia es la auténtica elipse, con la unidad compacta de sus dos centros refundidos en uno. Pero este Estado compacto sólo existe en los libros de teoría política; sin embargo, las ideas confusas de Estado y de Provincia que Kamen utiliza le autorizan, al parecer, a escribir España entre comillas. Para más inri, poco después dice, refiriéndose a Carlos V: «el Imperio de Carlos no fue creado por los españoles, pero éstos empezaban a desempeñar un papel importante en él». Kamen se está refiriendo, sin duda, al Sacro Imperio Romano Germánico y está considerando emic «el papel imperial que España nunca jamás había experimentado» en relación con los Países Bajos; pero cuando habla del Imperio español parece adoptar el punto de vista etic, puesto que mantiene otras referencias (África, América, Asia); pero entonces, ¿cómo puede decir que España nunca hubiera experimentado ese papel?

No se trata, por nuestra parte, al abordar el análisis de la realidad histórica de España, de elegir entre «hacer ciencia» y «hacer filosofía»; se trata de elegir, auxiliados desde luego por las ciencias históricas y politológicas, entre hacer filosofía «vulgar» (mundana), casi siempre ingenua y mala (como suele serlo la llamada «filosofía espontánea de los científicos»), o hacer filosofía «académica», no por ello necesariamente excelente (y entendemos aquí por filosofía académica no ya tanto a la filosofía universitaria, cuanto a la filosofía dialéctica, cuyos métodos frieron ejercitados y representados por primera vez en la Academia de Platón).

La tesis central que, como resultado de estos análisis filosóficos, proponemos al lector es la siguiente: la unidad (de complejidad, no de simplicidad) de España, como sistema de interacciones entre sus pueblos, culturas, etc., es un proceso que ha debido comenzar, desde luego, en gran medida determinado por motivos geoecológicos, antes de la Historia, cuando las bandas, tribus o pueblos prehistóricos, que vivieron durante milenios en el recinto peninsular, fueron tomando contacto recíproco, violento o pacífico (intercambios comerciales, matrimoniales, lingüísticos, etc.). Pero la totalización (atributiva) de esa unidad habría sido determinada desde el exterior, concretamente a partir de las invasiones cartaginesas y, sobre todo, de las romanas. Podría haber terminado esa totalización sin más alcance que el de producir un conglomerado similar a una mera unidad geográfica o antropológica diferenciada (algo así de lo que podía significar «África» -«Libia»- para los viajeros cartagineses del «periplo de Hannon», en el siglo v, o para los viajeros portugueses del siglo XV); pero la totalización sólo pudo comenzar a ser interna cuando el material totalizado comenzó a asumir la identidad que es propia de una parte diferenciada de la totalidad envolvente: no existen «totalidades internas exentas», sustanciales, no determinadas por un entorno envolvente (el que, en los sistemas termodinámicos, se denomina «medio»). Cabría afirmar, en resumen, que la unidad de España, como totalidad diferenciada, encontró su primera forma de identidad política interna a través de su condición de parte, provincia o diócesis de Roma. De allí recibió la denominación oficial Hispania (cualquiera que sea la génesis de esta denominación).

Ahora bien, las unidades complejas pueden permanecer como invariantes, al menos abstractamente, sin perjuicio de determinados cambios de identidad, a la manera como, en la experiencia artesana, la unidad compleja constituida por una trabazón de dos largueros de madera o metal ligados por múltiples travesaños paralelos y equidistantes, solidarios a los largueros, puede permanecer como unidad invariante abstracta, «en sí misma considerada» (sin significado práctico, podría decirse; o «sin identifican», cuando, por ejemplo, es presentada como una simple «estructura», en un museo); pero pueden recibir identidades diferentes: por ejemplo, identificaremos a esa unidad de trabazón, a esa estructura, como tilla «escalera de mano» cuando los largueros se dispongan en dirección vertical al suelo y la «estructura» se apoye sobre una pared; identificaremos a esa unidad de trabazón con una «verja», cuando sus largueros se dispongan horizontalmente y se fijen a las columnas de un portón. (Es evidente que la identidad de una unidad compleja dada puede reforzar la cohesión entre sus partes, pero también puede debilitarla o incluso deshacerla; en todo caso, la invariancia de la unidad compleja es sólo abstracta, porque sólo por abstracción una unidad compleja puede mantener algún sentido exento o disociado de todo tipo de identidad.)

La identidad de Hispania como provincia o diócesis de Roma se transformó en el momento en el que el Imperio romano resultó fragmentado. La unidad peninsular recibió una nueva identidad que terminaría equilibrándose a través del Reino de los visigodos. Pero esta identidad sólo aparentemente se circunscribió a los límites de la Península e islas adyacentes. Y no sólo porque el Reino de los visigodos siguió considerándose oficialmente una parte del Imperio romano (con sede en Constantinopla), sino, sobre todo, porque se consideró siempre como parte de la Cristiandad y, principalmente a partir de Recaredo, su identidad implicaba la condición de ser parte de la Iglesia romana. La unidad, invariante en abstracto, de la España recibida por los visigodos asume una nueva identidad, como parte, a la vez, de la Cristiandad y del Imperio romano. Esta variación dé su identidad implicó también una variación importante en su estructura interna y en las relaciones de esa unidad con las partes del Imperio de Augusto o de Constantino: la nueva identidad reforzó la unidad de Hispania y la diferenció de un modo nuevo de las unidades creadas por nuevos Reinos bárbaros sucesores del Imperio de Occidente, como los francos o los ostrogodos.

¿Cómo analizar, desde estas coordenadas, el significado de la invasión musulmana? Ante todo, la invasión determinó la descomposición de la unidad política interna lograda en los últimos siglos de la monarquía goda. A partir de algunos fragmentos refundidos de la antigua unidad, se constituyeron nuevas unidades parciales (Asturias, Navarra, Barcelona…) que se mantuvieron, más o menos acorraladas (al menos en sus principios), bajo la norma de la resistencia al invasor. Una de estas unidades, la constituida por los grupos de indígenas y godos reunidos en Covadonga en torno a Don Pelayo, desarrolló muy pronto, en su reacción contra el Islam, una estrategia sostenida cuyo objetivo parece haber sido no otro, sino el de «recubrir» paso a paso, pero en sentido contrario, los cursos de las invasiones musulmanas. A medida que esta estrategia sostenida y renovada (ya en los tiempos de Alfonso I y Alfonso II) fue consolidándose, al ir ocupando territorios cada vez más extensos (prácticamente, toda la franja cantábrica del Norte Peninsular, desde Galicia hasta Bardulia) y asentándose firmemente en ellos, el «minúsculo núcleo» de resistencia inicial asumió el «ortograma» que puede considerarse propio de un imperialismo genuino (un imperialismo del tipo que en su momento conceptualizaremos como «imperialismo diapolítico», incluso depredador, si se tiene en cuenta, por ejemplo, la destrucción de los bosques y sembrados de León y Tierra de Campos con objeto de crear un desierto protector) que intentó ser justificado ideológicamente a través de la Idea, no sólo política, sino también religiosa, de la «Reconquista», y de la reivindicación, más o menos explícita, del título de Emperador por parte de los Alfonsos asturianos y después de los reyes leoneses y castellanos que los sucedieron. Este «Ortograma imperialista» ya no será abandonado jamás en el curso de los siglos, sin perjuicio de sus eclipses, oscilaciones o interrupciones consabidas; y, por supuesto, de las transformaciones de esa ideología imperialista primigenia en una ideología imperialista de mayores vuelos, que desarrollaban componentes cristianos, canalizados a través del objetivo de la Reconquista. En cualquier caso, en torno a este impulso imperialista -y no en torno a cualquier otro motivo- se habría ido formando trabajosamente, y aun a regañadientes, el principio de una necesaria unidad políticamente no bien definida entre los diferentes Reinos, Condados o pueblos peninsulares; una unidad que, por precaria que fuese, encontró como único símbolo característico de su identidad precisamente el ejercicio, más o menos oscuramente representado, de un Imperio hispánico. Una Idea llamada a simbolizar esa nueva totalidad (participada de diverso modo por Asturias, por León, por Castilla por Aragón…) que conferiría una nueva identidad, por precaria que fuese, a los diversos Reinos, Condados o Principados de la España medieval.

El imperialismo originario, que fue transformándose en el curso de los siglos hasta llegar a asumir la forma de un «imperialismo generador», no podría tener, desde luego, unos límites definidos o, dicho de otro modo, sus límites eran indefinidos (in-finitos), puesto que su objetivo era «recubrir» al Islam, como Imperio también infinito y contrafigura de su propia identidad. Pero, en cualquier caso, debía comenzar por «recuperar» el espacio de la antigua unidad visigoda, tenía que re-conquistarla. La «Reconquista» fue el ortograma permanente, y a largo plazo, que guio, sin perjuicio de sus interrupciones, la política del embrionario Imperio hispánico. Ahora bien, una vez. «reconstruida» la unidad perdida, correspondía a la identidad hispánica, según su ortograma, el desbordar los limites peninsulares: tenía que pasar hacia el Sur, hacia África, donde el Islam seguía viviendo; y tenía también que ir hacia el Poniente, a fin de poder «envolver a los turcos por la espalda».

Y, en el acto mismo del desarrollo de este proyecto «imperialista», apareció inesperadamente el continente americano, la «nueva Andalucía» (como diría Las Casas) y el Pacífico. Los valores de la «función Imperio» podían alcanzar, ahora, sus magnitudes más altas. Y, con ellas, la unidad que corresponde a la España del Viejo Mundo adquiriría una nueva identidad, a saber, la condición de parte central de una Comunidad Hispánica mucho más profunda que la episódica «identidad europea» a la que le habían conducido los «fechos del Imperio» (del Sacro Imperio) de Alfonso X y de Carios I. Con Felipe II, desligado ya del Sacro Imperio Romano Germánico, el Imperio Católico Español realmente existente tomará el nombre de «Monarquía hispánica» (sin duda, para evitar las dificultades derivadas de su coexistencia con el Sacro Imperio). La Monarquía hispánica, es decir, el Imperio español «realmente existente», reforzará la unidad de España, dentro de su nueva identidad. Todas sus partes terminarán integrándose y cohesionándose en función, precisamente, de las nuevas empresas imperiales (por tanto, también imperialistas, colonialistas) que terminaron por ser comunes. A medida que la identidad imperial (imperialista) vuelva a quebrarse a lo largo del siglo XIX, la unidad de España comenzará también a presentar alarmantes síntomas de fractura.

Según esto, la unidad entre los pueblos de España, en su sentido histórico estricto, estará determinada por su pasado, incluyendo en este concepto el pasado visigótico, el pasado romano y aún el pasado prerromano. Es una unidad marcada por su origen, una unidad sinológica, que no implica sin embargo la uniformidad isológica omnímoda entre sus partes. Como los heraclidas, tal como los entendió Plotino, los diversos pueblos de España forman una misma familia, no tanto porque se parezcan entre sí, cuanto porque proceden de un mismo tronco. Y, en nuestro caso, por algo más: porque los miembros resultantes de ese tronco han estado obligados a con-vivir el conflicto es una de las formas más genuinas de la con-vivencia) para defenderse de terceros competidores o enemigos, que amenazaban su supervivencia como pueblos y que ponían de manifiesto que, entre ellos, y en medio de sus diferencias, resultaba haber más afinidades e intereses comunes que las afinidades e intereses que eventualmente cada pueblo pudiera tener con otros pueblos de su entorno. En la confluencia de estas afinidades o intereses hubo de operar el ortograma -el ortograma imperialista- que, de algún modo, debió afectar, aunque de distinta manera, a los diferentes pueblos o a los diferentes reinos peninsulares: a Alfonso II y a Alfonso III, a Alfonso VI y a Alfonso VII, a Jaime I y a Pedro III. En el ejercicio de este ortograma habría ido conformándose la unidad característica de la sociedad española histórica. Una unidad que no era, desde luego (hasta el siglo XIX) la unidad característica propia de una nación política, en el sentido estricto de la nación-estado, pero tampoco la unidad de un mero conglomerado de «naciones étnicas» yuxtapuestas.

En una primera fase (que comprende el largo intervalo que se extiende entre los siglos VIII y xv) la unidad política de esta sociedad española habría sido la propia de una koinonia de pueblos, naciones étnicas o reinos que se encontraban participando, incluso «por encima de su voluntad» y obligados por las circunstancias de su entorno, de un proceso sostenido de expansión global de signo inequívocamente «imperialista».

En una segunda fase (que comprenderá el final del siglo XV y los siglos XVI, XVII y XVIII) y como consecuencia del desbordamiento peninsular que su mismo imperialismo constitutivo habría determinado, la unidad de la sociedad española comienza a tomar la forma de una nación. Pero no propiamente la forma de una nación en el sentido político estricto de este término (incurren en grave anacronismo quienes así lo afirman) sino la de una nación en sentido étnico ampliado o reflejo, un sentido percibido, ante todo, por los reinos o provincias extrapeninsulares de Europa, de Asia o de Ultramar. La «nación española» comenzó a perfilarse en el mundo moderno como una refundición, más o menos profunda, de las diversas naciones étnicas peninsulares, una refundición vaciada en el molde del entorno peninsular (Francia, Inglaterra, etc.), y que mantendría su significado «geográfico» (geográfico-humano) antes que un significado político.

En una tercera fase (que comprende los siglos XIX y XX) la nación española, en su sentido geográfico-humano, experimentará su metamorfosis en nación política estricta, metamorfosis que le conferirá una nueva unidad, que habrá de irse conformando en el seno de la dialéctica con la misma identidad que España había alcanzado como imperio universal.

El proyecto de conferir a España una nueva identidad europea no garantiza, sin embargo, la permanencia de su unidad. Si, por ejemplo, Europa llegara a organizarse como una «Europa de pueblos» soberanos (irlandeses, bretones, catalanes, lombardos, vascos…), la unidad de España podría disolverse en esa nueva identidad europea, a la manera como el término medio del silogismo que permitió la unión del término menor y del mayor tampoco podría entrar en la conclusión. Algunos «soberanistas» de nuestros días esperan que al integrarse su Comunidad Autónoma directamente en la Unión Europea podrán liberar a su pueblo de su condición de «parte de España», -sin perjuicio de poder restablecer sus relaciones de convivencia secular con las otras partes: «en Europa nos encontraremos», suele decir un «político» autonómico «soberanista» cuando habla (en inglés o en francés) con otros políticos soberanistas españoles. Por consiguiente, el proceso que ahora está abierto en España cara a la transformación del Estado de las Autonomías en un Estado «Federal» o «Integral» o «Confederal» (transitoriamente repartido acaso en cuatro o cinco nacionalidades «soberanas» bajo el rótulo nominal de una «Monarquía» simbólica) significaría el fin de la unidad que España ha mantenido durante varios siglos. ¿Podría, a pesar de ello, mantenerse su identidad? ¿Podría mantenerse esta identidad al margen de la América Hispana?

El propósito de este libro (que no es un libro de Historia de España, sino un libro de Filosofía de la Historia española) es defender la tesis de que si España alcanza un significado característico en la Historia Universal es en virtud de su condición de «Imperio civil», no depredador. Y esto, al margen de que quien defienda esta tesis se sienta «comprometido» y «orgulloso», o por el contrario «avergonzado», o bien simplemente «distanciado», con ese Imperio. Supuesto que la Historia Universal tiene que ver esencialmente con la Idea de Imperio (en el sentido filosófico que ofreceremos en el capítulo III), si España tiene una significación histórico-universal ésta habrá de estar dada en función de la Idea del Imperio español. El propósito «técnico» principal de este libro no es otro sino el de exponer el decurso de la realidad de España, a lo largo de su historia, desde la Idea filosófica del Imperio español. Muchos son, sin embargo, quienes niegan que España haya tenido que ver con el Imperio, salvo acaso en un intervalo relativamente breve del tiempo histórico; a lo sumo, durante los siglos XVI y XVII. Confío en que quienes mantengan este punto de vista podrán, sin embargo, reconocer al menos la posibilidad de reexponer, aunque sea a título de «experimento», la Historia de España desde la Idea filosófica de Imperio.

En cualquier caso, este «experimento» no tiene nada que ver con un metafísico supuesto sobre «teleologismo histórico», menos aún con supuestos teleologismos providencialistas. La perspectiva materialista de este libro está a cien leguas de cualquier forma de teleología trascendente, metafísica o providencialista. Sin embargo, su perspectiva no excluye la posibilidad del «experimento de reconstrucción» del que hablamos. Partiendo, como cuestión de hecho, de la tesis mínima sobre la condición imperial de España durante los siglos XVI y XVII (y habrá que debatir sobre la naturaleza de esa condición, sobre si ella rebasó o no los límites de una simple «superestructura»), se tratará de regresar hacia la génesis de una tal condición. Ahora bien, el regressus hacia el pretérito no puede continuar indefinidamente: hay un momento en el que cualquier precedente formal se desvanece. Mantendremos la tesis según la cual el punto crítico del regressus está constituido por la invasión musulmana. España fue también parte del Imperio romano, pero esta condición no podría ser aducida como precedente formal del Imperio hispánico (sin perjuicio de que pueda ser materialmente considerada), porque durante el Imperio romano España no fue un Imperio, sino una parte, provincia o diócesis suya.

A partir de esta coyuntura histórica -la invasión musulmana la conformación de una actitud imperial (imperialista) habría tenido lugar lentamente, con intervalos e interrupciones, pero también con manifestaciones brillantes y explícitas, suficientes como para merecer el «experimento» de unirlas, por lo menos, con una «línea punteada». No cabe hablar, por tanto, de un teleologismo trascendente; cabe hablar, sin embargo, de una teleología inmanente resultante de la sucesiva «entrega», de unas generaciones a otras, de un «ortograma» proléptico que los grupos dirigentes (la intelligentsia áulica) fueron transmitiendo a sus sucesores. Ésta es teleología inmanente, vinculada a la causalidad histórica, en lo que la historia tiene de proceso operatorio que, estando sin duda determinado por factores que actúan «por encima de la voluntad de los hombres» -para decirlo con las palabras de Marx-, sin embargo, sólo pueden actuar causalmente a través de los planes y programas de unos grupos humanos, en conflicto siempre con los planes y programas de otros grupos diferentes, aunque mutuamente codeterminados. En cualquier caso, la «reconstrucción de la Historia de España» desde la perspectiva de esta Idea de Imperio no podría ser idéntica a la reconstrucción de la Historia que se lleva a cabo por historiadores o políticos autonomistas (por no decir birmanos, sudafricanos o franceses). El «experimento de reconstrucción de la Historia de España», partiendo del Imperio español de los siglos XVI y XVII, una vez llevado a cabo el regressus hacia el pretérito (hacia los siglos medievales, hacia el siglo VIII), requiere ser continuado en su progressus, más allá de su punto de partida (los siglos XVI y XVII), es decir, hacia su posteridad, que llega hasta nuestros días. Casi todo el inundo concede que hace cien años, en 1898) tuvo lugar el eclipse definitivo del Imperio español; pero de esto no se sigue que la Idea de Imperio, como «Idea-fuerza», por débil que ella hubiera llegado a ser, se hubiera eclipsado también. La Idea de Imperio, una vez liquidado el Imperio real, en 1898, siguió actuando en España -no decimos si para bien o para mal; esto es, para el caso, indiferente- de suerte que al margen de ella no se explicarían muchos acontecimientos de la Historia de España durante los años del franquismo (el nacionalcatolicismo, o el nacionalsindicalismo, que orientó en gran medida la política de España ante el «Eje» -reivindicaciones africanas, por ejemplo en función de la Idea de Imperio). Insistimos en que la aversión que muchos (a veces, desde la «izquierda») puedan mantener ante la visión de España como Imperio, no es razón suficiente para quitar fuerza a la tesis sobre la interna vinculación entre la Historia de España y la Idea de Imperio.

Podrá decirse, sin embargo, que el Imperio español se eclipsó definitivamente. No trata este libro de impugnar esta afirmación; trata de formular una consecuencia suya: si España se constituyó como un Imperio y el Imperio ha desaparecido definitivamente, ¿no hay que aceptar simplemente el final de España como Imperio, «olvidarnos de él» y «aceptar la realidad», incluso renegando de nuestra historia, a fin de reconvertirnos más modestamente en una de las partes integradas en el Club europeo?

Esta conclusión resultaría inaceptable a muchos españoles. Algunos incluso pretenderán volver a reconstruir el Imperio español, como lo pretendieron algunas corrientes del nacionalcatolicismo de la época de Franco. Para otros, la identidad histórica universal de España pasará a ser simplemente asunto propio de los arqueólogos o historiadores profesionales, de los «científicos del pretérito».

Este libro propone sencillamente el análisis de lo que permanece o pueda permanecer en el presente cuando éste se reconsidera a la luz de la Idea que desempeñó, según el supuesto, el papel de ortograma, del mismo modo a como pretendió determinar retrospectivamente los «esbozos» de esta Idea en los siglos VIII, IX y X. Tampoco la reinterpretación de nuestro presente práctico a la luz de esta Idea coincidirá siempre con los proyectos prácticos de largo alcance que se barajan en nuestros días por parte de nacionalistas, europeístas, o de ambos a la vez. También éstos, en todo caso, y en la medida en que tienen que enfrentarse a las cuestiones relativas a la unidad y a la identidad de España, tienen que utilizar algún género de filosofía de la historia, aunque ésta sea muy distinta de aquella a la que se apela en este libro.

License

Preludio Copyright © by 2014 www.fgbueno.es. All Rights Reserved.

Compartir este libro