{"id":79,"date":"2018-03-20T12:16:02","date_gmt":"2018-03-20T12:16:02","guid":{"rendered":"http:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/chapter\/__unknown__-30\/"},"modified":"2018-03-20T18:21:13","modified_gmt":"2018-03-20T18:21:13","slug":"el-buen-retiro","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/chapter\/el-buen-retiro\/","title":{"rendered":"XXIII. El Buen Retiro"},"content":{"raw":"M\u00e1s all\u00e1 del limito oriental de Madrid, hasta bien entrado el siglo\u00a0<small>XVII<\/small>, que era, como queda expresado en su cap\u00edtulo, el rom\u00e1ntico <i>Prado de San Jer\u00f3nimo<\/i>, no exist\u00eda poblaci\u00f3n alguna, ni otro edificio que aquel antiguo monasterio y el de Atocha; la entrada de Madrid por aquel lado, como por todos, era abierta y franca, sin cerca que la limitase ni puerta que la sirviera de ingreso; pues hasta la misma mezquina de Alcal\u00e1, que estuvo primero m\u00e1s cercana al arranque de aquella calle, no fue construida hasta el a\u00f1o de 1599, en ocasi\u00f3n de la entrada solemne de la reina D.\u00aa Margarita, esposa del rey Felipe III. Hasta entonces el camino de <i>Valnegral<\/i> (<i>Abro\u00f1igal<\/i>) ven\u00eda por donde ahora est\u00e1 el Retiro, hasta frente de la Carrera de San Jer\u00f3nimo, que era la verdadera entrada de Madrid. As\u00ed lo vemos expresado en los libros de la \u00e9poca<a href=\"http:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/back-matter\/notas\/#nt197\" id=\"rf197\"><sup>[197]<\/sup><\/a>, y detalladamente en un rar\u00edsimo <i>plano de Madrid<\/i> (anterior al grande de Ambares, tantas veces citado) y que tenemos a la vista.\r\n\r\nM\u00edrase en \u00e9l, en su sitio, el monasterio de San Jer\u00f3nimo y su extendida huerta, y unido a \u00e9l el <i>cuarto o habitaci\u00f3n Real<\/i>, adonde Felipe\u00a0II, su hijo y nieto sol\u00edan retirarse a pasar el tiempo santo o con ocasi\u00f3n de las muertes o tribulaciones en su casa. Tambi\u00e9n acostumbraban recibir en \u00e9l, para preparar su entrada solemne en la corte, a las reinas, sus esposas, o los pr\u00edncipes que sol\u00edan venir a visitarlos, y a los legados y embajadores de las naciones extranjeras; con que empezaba a preludiar aquel aposentamiento la futura importancia del Sitio Real que hab\u00eda de sucederle.\r\n\r\nEn 31 de Marzo de 1621 muri\u00f3 Felipe III, y su hijo y sucesor Felipe\u00a0IV, joven a la saz\u00f3n de diez y siete a\u00f1os, subi\u00f3 al trono de Castilla en una \u00e9poca en que no se hab\u00eda desmembrado todav\u00eda parte alguna del colosal imperio de Carlos V y Felipe II. Madrid era, pues, entonces la capital m\u00e1s importante del mundo; el cetro espa\u00f1ol, que en su mano hab\u00eda de quedar tan menguado, pasaba a\u00fan entero a las del joven nieto del fundador del Escorial. C\u00f3mo en su dilatado reinado de cerca de medio siglo vino a operarse la decadencia pol\u00edtica de la Espa\u00f1a y el desmoronamiento de su extenso poder\u00edo, es lo que largamente ha consignado la Historia, imputando con imparcialidad a los antecesores de Felipe la parte que les cabe en aquella necesaria ruina de imperio tan colosal y temerario, y al mismo Felipe (<i>el Grande, el Cuarto Planeta<\/i>, como le llamaban sus lisonjeros cortesanos), la grave responsabilidad que pesa fatalmente sobre la triste memoria del rey poeta.\r\n\r\nFelipe IV, gal\u00e1n y bizarro en las justas y torneos, discreto en las academias y tiestas palacianas, liviano en sus placeres, ciego adorador de las artes y la hermosura, de coraz\u00f3n bueno, de intenci\u00f3n magn\u00e1nima, de inteligencia despejada, pero d\u00e9bil, vacilante y descuidado en los altos deberes, en la inmensa exigencia de su elevado puesto, era un gran se\u00f1or, discreto, amable, magn\u00edfico y liberal, que hubiera formado en un rango inferior al trono las delicias de la corte y de la sociedad; un ni\u00f1o, en cuyas manos indiscretas la preciosa y complicada m\u00e1quina del (Gobierno se convert\u00eda en un pasatiempo, en un dije precioso, cuyos misteriosos resortes no acertaba a comprender ni manejar. Este ni\u00f1o coronado, esta alma disipada pollos placeres sensuales, pr\u00f3diga y activa para los goces del ingenio, indolente para la gobernaci\u00f3n y los negocios graves, necesitaba absolutamente descargar el peso del Gobierno en otra superior inteligencia, en otros hombros m\u00e1s fuertes, en otras manos m\u00e1s diestras y robustas. El cielo, que quiso ofrecer a los Reyes Cat\u00f3licos y a Carlos\u00a0V hombres dignos de ellos, un Cardenal Cisneros y un Gonzalo de C\u00f3rdoba; que hab\u00eda dado a Felipe II generales y hombres de estado como su hermano D. Juan de Austria y el Duque de Alba; que hab\u00eda regalado a su padre Felipe III un Duque de Lerma y un D. Rodrigo Calder\u00f3n, ambiciosos y petulantes, coloc\u00f3 al lado del joven Monarca a otro personaje aun m\u00e1s funesto ((pie le absorbi\u00f3 en la escena pol\u00edtica), al <i>conde-duque de Olivares, D. Gaspar de Guzm\u00e1n<\/i>, al paso que adornaba el pedestal de la estatua del rey poeta con los admirables frutos del ingenio de los Lopes y Calderones, Moretos y Tirsos, Quevedos, Rojas y Alarcones, e inmortalizaba las acciones del rey caballero, del rey artista y gal\u00e1n, con los admirables pinceles de Murillo y de Vel\u00e1zquez.\r\n\r\nBajo este \u00faltimo punto de vista, la esplendorosa corte de Felipe\u00a0IV, haciendo abstracci\u00f3n de la profunda gangrena que la minaba sordamente, era deslumbrante y fascinadora, y tiene muchos puntos de contacto con el aspecto que a\u00f1os despu\u00e9s present\u00f3 la del monarca franc\u00e9s que dio nombre al siguiente siglo; pero Luis XIV, adem\u00e1s de un gentil hombre, valiente, caballeresco e ilustrado, aunque demasiado dado a los placeres y galanteos, era un gran monarca pol\u00edtico y guerrero; y Felipe IV, que brillaba con aquellas cualidades del caballero y del ingenio, carec\u00eda del todo de las que como rey engrandec\u00edan al monarca franc\u00e9s; por eso \u00e9ste, con su gran tacto pol\u00edtico, hall\u00f3 para compartir los trabajos de la gobernaci\u00f3n y de la guerra ministros como <i>Richellieu<\/i> y generales como <i>Turena<\/i> y <i>Cond\u00e9<\/i>, al paso que Felipe \u00abhall\u00f3 su medida en la menguada inteligencia y en la intriga cortesana de <i>don Gaspar de Guzm\u00e1n<\/i>. Aquel monarca dej\u00f3 reflejada tambi\u00e9n su grandeza y su gusto literario en las inmortales obras de Racine, de Moliere, y de Corneille, y sus magn\u00edficos extrav\u00edos en la p\u00e1gina de su historia que se llama <i>\u00abVers\u00e1lles\u00bb<\/i>; Felipe IV dej\u00f3 eterna la memoria de su corte disipada, caballeresca y po\u00e9tica, en las heroicas farsas de Calder\u00f3n, de Mendoza y de Sol\u00eds; la de la funesta privanza de su favorito, en la que plugo a \u00e9ste escribir con el t\u00edtulo de <i>\u00abEl Buen Retiro\u00bb<\/i>.\r\n\r\nObra exclusiva este Real Sitio de aquel refinado cortesano, quiso desplegar en \u00e9l, para fascinar al joven Monarca, todos los recursos que la adulaci\u00f3n y la lisonja le inspiraban; todo el poder\u00edo que pon\u00eda en sus manos su inmenso valimiento y los tesoros del Estado, de que sin limitaci\u00f3n pod\u00eda disponer, llegando a improvisar en pocos a\u00f1os una nueva residencia Real, una mansi\u00f3n fant\u00e1stica de placer y de holganza, que oscurec\u00eda y hac\u00eda olvidar las de los bosques, jardines y palacios antiguos del Pardo y Casa de Campo, que hab\u00edan formado las delicias de los Felipes\u00a0II y III.\r\n\r\nAlleg\u00f3 para ello todos los terrenos y posesiones inmediatas al monasterio y convento Real de San Jer\u00f3nimo, hasta una extensi\u00f3n asombrosa; emprendi\u00f3 obras colosales para su desmonte, plant\u00edo y proveimiento de aguas; alz\u00f3 un vistoso palacio; rode\u00f3le de extensos jardines, bosques, estanques, ermitas y caser\u00edo, y dispuso para asombrosas fiestas aquel espl\u00e9ndido teatro de su elevaci\u00f3n y su fortuna.\r\n\r\nLa fundaci\u00f3n de este Real Sitio empez\u00f3 en 1631 por una casa de aves extra\u00f1as, a que llamaban el <i>Gallinero<\/i>, arrimada a la huerta de San Jer\u00f3nimo; varios jardines y el estanque grande, y ya en la noche de San Juan de aquel mismo a\u00f1o pudo estrenarse aquella risue\u00f1a mansi\u00f3n con un fest\u00edn. Al a\u00f1o siguiente ya se hallaba concluida la plaza y cuerpo principal del palacio, y el 1.\u00ba de Octubre de 1632, al presentarse Felipe\u00a0IV para visitarle y ver los preparativos de la fiesta que en \u00e9l hab\u00eda de hacerse para celebrar el nacimiento del pr\u00edncipe D. Fernando, hijo de la emperatriz do\u00f1a Mar\u00eda, su hermana, el Conde-Duque de Olivares, como <i>alcaide honorario<\/i> que era de esta nueva residencia Real, sali\u00f3 a la puerta de ella, y en una fuente de plata present\u00f3 al Rey las llaves, que recibi\u00f3 con agrado, volvi\u00e9ndoselas a entregar; hubo pues con tal ocasi\u00f3n un suntuoso sarao, y para las damas, <i>bolsillos de \u00e1mbar llenos de escudos, y ricos cortes de vestidos<\/i>. Las fiestas se celebraron el d\u00eda 5 de aquel mes y siguientes, empezando con un gran juego de ca\u00f1as, en que corri\u00f3 el Rey el primero, acompa\u00f1ado de su indispensable favorito, y luego la villa de Madrid, el Condestable de Castilla, el Almirante y dem\u00e1s grandes se\u00f1ores, llev\u00e1ndose la gala, como siempre, S. M., \u00abno como rey, sino como caballero m\u00e1s gal\u00e1n y m\u00e1s diestro\u00bb; cuya fiesta celebr\u00f3 la delicada lira de Lope, en la <i>Vega del Parnaso<\/i>, en aquellos versos que llevan la dedicatoria: <i>A la primera fiesta del palacio nuevo<\/i>; otro d\u00eda se corrieron toros, y otros se tuvieron lanzas y sortijas con grandes premios, consistentes en fuentes de plata dorada, que, por supuesto, gan\u00f3 el Rey, envi\u00e1ndolas en obsequio a la Reina y al Pr\u00edncipe.\r\n\r\nPero por muy amena que pudo ser esta primera fiesta y otras celebradas en los a\u00f1os inmediatos, no tienen comparaci\u00f3n con la larga serie de ellas celebradas en 1637, en aquel mismo Real Sitio, con motivo de la elevaci\u00f3n al imperio de romanos del Rey de Hungr\u00eda, cu\u00f1ado de Felipe; y por ser tan se\u00f1aladas, par\u00e9cenos del caso ofrecer a nuestros lectores una relaci\u00f3n de ellas, no la que inserta Le\u00f3n Pinelo en sus <i>Anales<\/i>, sino otra de un manuscrito distinto que poseemos, y que nos parece curiosa por extremo. Esta relaci\u00f3n se hallar\u00e1 en el <i>Ap\u00e9ndice<\/i>.\r\n\r\nUn tomo extenso no nos bastar\u00eda si pretendi\u00e9ramos emprender la narraci\u00f3n de tantas fiestas casi diarias en aquella mansi\u00f3n de los placeres, ni las intrigas cortesanas y amorosas que forman la rom\u00e1ntica historia del palacio del R\u00faen Retiro, y pueden verse apuntadas en los <i>Anales de Pellicer<\/i> y en otras relaciones de la \u00e9poca, impresas y manuscritas. Algunas de aquellas fiestas no pasaron, sin embargo, tranquilas y bonancibles, ni faltaron en ellas contratiempos que dejaran se\u00f1alada su memoria. Por ejemplo, en la de la noche de San Juan de 1639, cuando se encaminaban los reyes a sentarse en el balc\u00f3n o estrado preparado para que pudiesen presenciar las danzas y m\u00fasicas, se rompi\u00f3 un estanque que estaba detr\u00e1s y en el altura, y arroj\u00f3 tanta agua sobre el dicho balc\u00f3n, que lo inund\u00f3 y destroz\u00f3; lo que hubiera ocasionado una cat\u00e1strofe a ocurrir algunos momentos despu\u00e9s. En igual noche del a\u00f1o siguiente, 1640, hab\u00edase dispuesto un teatro en la isleta que campeaba en medio del estanque grande, y multitud de barcas para contener la orquesta y los espectadores (que eran toda la corte), y se representaba una suntuosa fiesta dram\u00e1tico-mitol\u00f3gica, cuando en medio de la fiesta se levant\u00f3 tan recio torbellino de viento, que apag\u00f3 las luces, arrastr\u00f3 los toldos del tablado y las m\u00e1quinas teatrales, dispersando las barcas, cuya aristocr\u00e1tica tripulaci\u00f3n estuvo a pique de perecer en aquel improvisado golfo. No fue esta sola calamidad la acontecida al Real Sitio por aquellos d\u00edas, sino que poco despu\u00e9s, en las carnestolendas del a\u00f1o 1641, se prendi\u00f3 fuego al palacio, quem\u00e1ndose las dos torres principales y todo un lienzo del lado que miraba a Madrid, con gran p\u00e9rdida de cuadros, muebles y alhajas. De suerte que estas tres calamidades, ocurridas en el espacio de pocos meses al nuevo Real Sitio, dieron p\u00e1bulo a los comentarios del vulgo malicioso, el cual, aludiendo a ellas y a la privanza de su fundador, el odiado Conde-Duque, se dej\u00f3 decir que en la primera ocasi\u00f3n hab\u00eda dado en <i>agua<\/i>, en la segunda en <i>aire<\/i>, en la tercera en <i>fuego<\/i> y que a la cuarta dar\u00eda en <i>tierra<\/i>\u00bb, como as\u00ed sucedi\u00f3 efectivamente de all\u00ed a poco, en Enero de 1643, en que cay\u00f3 de su alto valimiento con Felipe, y sali\u00f3 desterrado a Loeches, y despu\u00e9s a la ciudad de Toro, donde falleci\u00f3 en 21 de Julio de 1645.\r\n\r\nEl coliseo que se extend\u00eda en una de las alas del palacio era principalmente el sitio de las fiestas animadas en que luc\u00edan las altas dotes de su ingenio Calder\u00f3n y Mendoza, Sol\u00eds y Candamo. En el mes de Mayo de 1652, y con ocasi\u00f3n del cumplea\u00f1os de la Reina, se present\u00f3 con un aparato y decoraciones nunca vistas la comedia mitol\u00f3gica de D.\u00a0Pedro Calder\u00f3n de la Barca, <i>Las Fierezas de Anaxcarte y el Amor correspondido<\/i>, que duraba siete horas, y en algunas Je sus mudanzas desaparec\u00edan los telones, dejando ver originales los jardines y bosques del Real Sitio profusamente iluminados. Esta regia y espl\u00e9ndida funci\u00f3n se dio el primer d\u00eda a la corte, el segundo a los Consejos, el tercero a la villa de Madrid, y despu\u00e9s se ejecut\u00f3 <i>treinta y siete noches consecutivas<\/i> para el pueblo en general.\r\n\r\nEn 1654, restablecida la Reina de su enfermedad, se dispuso otra funci\u00f3n en el mismo coliseo, y escribi\u00f3 para ella el mismo Calder\u00f3n la de <i>La F\u00e1bula de Perseo<\/i>, con no menos aparato y lucimiento; y en 1658, con motivo del parto de la Reina, se puso en escena la de <i>Psiquis y Cupido<\/i>, de D.\u00a0Antonio Sol\u00eds, que dej\u00f3 memoria duradera por su gala po\u00e9tica, aparato magn\u00edfico y grandeza de accesorios, siendo durante largos d\u00edas el embeleso de la corte y de la villa. De D. Antonio Mendoza, conocido por el dictado del <i>discreto de Palacio<\/i>, tambi\u00e9n se representaron varios dramas, y as\u00ed estos y otros ingenios cortesanos continuaron enriqueciendo aquel coliseo, que por su importancia y novedad absorb\u00eda, puede decirse, la existencia del palacio del Buen Retiro. En algunas ocasiones las <i>meninas<\/i> y damas de la Reina, los grandes y cortesanos, y hasta las mismas personas Reales se convert\u00edan en actores de aquellos magn\u00edficos dramas; llamaban otras, para representarlos, a los m\u00e1s acreditados comediantes de las compa\u00f1\u00edas de dentro y fuera de la corte; los arquitectos, pintores y escultores nacionales y extranjeros compet\u00edan en adornarlos con toda la magia del arte, y las m\u00fasicas y danzas m\u00e1s animadas los embellec\u00edan a porf\u00eda<a href=\"http:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/back-matter\/notas\/#nt198\" id=\"rf198\"><sup>[198]<\/sup><\/a>. En otras, reducida su representaci\u00f3n a las mismas c\u00e1maras Reales, serv\u00edan \u00e9stas de escena a animadas y discretas improvisaciones, en que el mismo Felipe IV alternaba airosamente con los ingenios m\u00e1s esclarecidos de la \u00e9poca, con Lope y Calder\u00f3n, con Montalb\u00e1n, Moreto y V\u00e9lez de Guevara, Coello y Villaizan, ya en discretas y cultas escenas de los dramas conocidos, va en donosas y livianas improvisaciones, parodias de aqu\u00e9llos, llenas de ingenio y agudeza. A \u00e9stas sol\u00edan asistir las damas de la corte detr\u00e1s de una cortina, para no privar a los poetas de la desmedida libertad que les daba Felipe en producirse, a las veces con sobrada desenvoltura.\r\n\r\nLa <i>corte del Buen Retiro<\/i> present\u00f3, pues, durante el reinado de Felipe\u00a0IV, el aspecto m\u00e1s halag\u00fce\u00f1o. Suntuosos y dilatados bosques, bellos y primorosos jardines, regios palacios, magn\u00edficos salones, teatros, templos, cuarteles y caser\u00edo para los magnates de la corte y su numerosa servidumbre, nada faltaba para dar al Retiro la importancia de una ciudad. La general disposici\u00f3n del mismo por aquel tiempo (seg\u00fan vemos minuciosamente detallado en el plano de Amberes) era variada y pintoresca, y comprend\u00eda ya poco m\u00e1s o menos la misma dimensi\u00f3n que en el d\u00eda, que pasa de <i>diez y siete millones de pies superficiales<\/i>, aunque entonces no estaba todo cercado. A su entrada principal, frente a la Carrera de San Jer\u00f3nimo, exist\u00eda, desde 1637, la plaza cuadrada, que qued\u00f3 en nuestros d\u00edas por \u00fanica de las construcciones antiguas, y era llamada entonces de la Pelota, por hallarse el juego en el edificio en que despu\u00e9s estuvo la iglesia o parroquia provisional. A su costado derecho se levantaba y existe el suntuoso sal\u00f3n llamado de los <i>Reinos<\/i>, donde se juntaron las Cortes, hasta las de 1789 inclusive, que declararon la abolici\u00f3n de la ley s\u00e1lica. Este magn\u00edfico sal\u00f3n, cuja extensi\u00f3n, anchura, excelentes luces y riqueza de decoraci\u00f3n eran correspondientes a tan alto objeto, excita todav\u00eda gran inter\u00e9s hist\u00f3rico y art\u00edstico por su rico artes\u00f3n, recamado de oro, en que aun brillan las armas y blasones de los muchos y extendidos reinos que en aquel siglo compon\u00edan la corona de Espa\u00f1a, colocados por este orden: <i>Castilla, Le\u00f3n, Arag\u00f3n, Toledo, C\u00f3rdoba, Granada, Vizcaya, Catalu\u00f1a, N\u00e1poles, Mil\u00e1n, Austria, Per\u00fa, Brabante, Cerde\u00f1a, M\u00e9jico, Borgo\u00f1a, Flandes, Sevilla, Sicilia, Valencia, Ja\u00e9n, Murcia, Galicia, Portugal y Navarra<\/i>. Hab\u00eda adem\u00e1s, colocados en los lienzos de este espl\u00e9ndido sal\u00f3n, muchos de los grandes cuadros hist\u00f3ricos que hoy brillan en el Real Museo, el de la <i>rendici\u00f3n de Breda<\/i>, el del <i>desembarco de los ingleses cerca de C\u00e1diz<\/i>, y otros; hoy aparecen desnudas sus paredes, si bien el sal\u00f3n est\u00e1 dignamente ocupado por el precioso <i>Museo de Artiller\u00eda<\/i>, uno de los establecimientos que m\u00e1s honran a la \u00e9poca actual. A su puerta se ven las dos estatuas de Felipe IV, fundador del Real Sitio, y de Luis I, que naci\u00f3 en \u00e9l.\r\n\r\nAl final de este lienzo es donde se form\u00f3 la sala principal del teatro, aunque creemos que fue reconstituida muy posteriormente en el reinado de Fernando\u00a0VI; en tiempo de Felipe IV parece eran varias las destinadas a este espect\u00e1culo.\r\n\r\nA la derecha de esta plaza estaba el palacio Real, que ron el teatro y las casas de oficios formaban un gran cuadro, con sendas torrecillas en sus cuatro \u00e1ngulos, y dejando en el centro una hermosa plaza-jard\u00edn; un\u00edase al palacio, por un paso, el elegante edificio que aun existe, llamado el <i>Cas\u00f3n<\/i>, y fue destinado a <i>sala de bailes<\/i>, y decorado con preciosas pinturas de manos de Lucas Jord\u00e1n, que representaban la <i>instituci\u00f3n de la Orden del Tois\u00f3n<\/i> de Oro y los <i>trabajos de H\u00e9rcules<\/i>, b\u00e1rbaramente borradas en 1834 cuando se destin\u00f3 este sal\u00f3n para la reuni\u00f3n del <i>estamento de Pr\u00f3ceres<\/i>. En medio de la grao plaza cerrada, formada por el palacio, teatro y casas de oficio, se alzaba la <i>estatua ecuestre de Felipe\u00a0IV<\/i>, obra del celebre escultor florentino Pedro Tacca, que hoy campea en el \u00abentro de los jardines de la plaza de Oriente; y m\u00e1s adelante, la bella fuente de <i>Narciso<\/i>, que hoy creemos est\u00e1 en los jardines de Aranjuez; continuaba despu\u00e9s el caser\u00edo, con otra plaza y edificios llamados de la <i>Grandeza<\/i>, de la <i>Dispensa<\/i>, etc., hasta tocar con el monasterio de <i>San Jer\u00f3nimo<\/i>, que comunicaba y ven\u00eda a formar como una parte del <i>sitio Real<\/i>.\r\n\r\nA \u00e9ste se entraba tambi\u00e9n por una puerta muy curiosa, llamada del <i>\u00c1nqel<\/i>, que no carece de elegancia, y que muy oportunamente se ha conservado y colocado en la nueva entrada que se ha dado al sitio por aquel lado.\r\n\r\nPor detr\u00e1s, y a los lados de palacio y dem\u00e1s caser\u00edo, se extend\u00edan los inmensos bosques, interpolados con lindos jardines: por ejemplo; en donde ahora est\u00e1 el precioso <i>parterre<\/i>, hab\u00eda uno, en cuya plaza central, llamada el <i>Ochavado<\/i>, ven\u00edan a confluir otras tantas calles cubiertas de enramadas; m\u00e1s arriba estaba la ermita de <i>San Bruno<\/i>, que sirvi\u00f3 despu\u00e9s de parroquia del Real sitio, cerca de donde ahora el estanque llamado de las <i>Campanillas<\/i>. El otro <i>estanque grande<\/i> y principal que hoy vemos, brillaba desde el principio por su asombrosa extensi\u00f3n de 1.006 pies de largo por 443 de ancho, o sea una superficie de 445.658, que equivale a tres veces y tercia la de la Plaza Mayor. A sus m\u00e1rgenes se alzaban hasta cuatro embarcaderos y varias norias, y ten\u00eda en su centro una <i>isleta<\/i> oval con \u00e1rboles, en la cual, en varias ocasiones, sol\u00eda, como queda dicho, alzarse un teatro, por disposici\u00f3n del Conde-Duque de Olivares, para obsequiar con representaciones esc\u00e9nicas al Monarca y su corte; y aun transformada a veces con suntuoso aparato en la mitol\u00f3gica mansi\u00f3n de la hechicera Circe, servia de escena a cumplidas y brillant\u00edsimas farsas navales y terrestres.\r\n\r\nDesde el mismo estanque arrancaba un canal, llamado el <i>Mallo<\/i>, que siguiendo en direcci\u00f3n de donde hoy est\u00e1 la <i>Casa de los Fieras<\/i>, daba luego vuelta a los confines del Retiro, e iba a desembocar en otro grande estanque situado donde despu\u00e9s se alz\u00f3 la <i>f\u00e1brica de porcelana de China<\/i> (volada por los ingleses en 1812), en cuyo centro se elevaba entonces una elegante iglesia o ermita, llamada de <i>San Antonio de los Portugueses<\/i>. Los nuevos jardines, a espaldas del estanque y a su costado izquierdo, eran entonces frondosas alamedas y bosques, que se llamaban el <i>Cazadero de las liebres<\/i> y las <i>Atarazanas<\/i>, hacia donde hoy la Casa de las Fieras. Hacia la puerta de Aleaba estaba la <i>huerta del Rey<\/i>, con una ermita de la <i>Magdalena<\/i>, el <i>cebadero de aves<\/i>, y otro canal, llamado <i>r\u00edo chico<\/i>. No exist\u00eda la entrada de la <i>Glorieta<\/i>, ni el enverjado de hierro (obra de Carlos\u00a0III), pero s\u00ed los frondosos bosques entre \u00e9sta y la de San Jer\u00f3nimo, y donde luego estuvo la <i>casa-palacio de San Juan<\/i> estaba el jard\u00edn de <i>primavera<\/i> y otra ermita, dedicada al mismo santo.\r\n\r\nLo dem\u00e1s del extendido recinto de este Real sitio, y que ya en el siglo\u00a0<small>XVII<\/small> ven\u00eda a tener los mismos l\u00edmites que en el d\u00eda, aunque sin la fuerte cerca que hizo construir Carlos III, y que comprende m\u00e1s de la cuarta parte de la general de Madrid o casi tres cuartos de legua, fue con el tiempo cubri\u00e9ndose de bosques y plant\u00edos con algunas otras ermitas y huertas, de <i>San Pablo<\/i>, de <i>San Isidro<\/i>, y otras, e, interpoladas con ellas, varias quintas, templetes y descansos para la direcci\u00f3n de las Reales cacer\u00edas.\r\n\r\nMuerto Felipe IV en 1665, y quedando la gobernaci\u00f3n del reino, durante la menor edad de Carlos\u00a0II, en manos de su madre D.\u00aa Mariana de Austria, el palacio del Retiro comparti\u00f3 en aquella \u00e9poca turbulenta con el Real Alc\u00e1zar la ingrata misi\u00f3n de servir de escena a las intrigas y desvanecimientos de la privanza de <i>D. Fernando Valenzuela<\/i>, que dotado de ingenio po\u00e9tico y de car\u00e1cter caballeresco, intent\u00f3 reproducir cerca de Mariana las espl\u00e9ndidas excentricidades del Conde-Duque. Sin embargo, la Reina viuda daba la preferencia al Alc\u00e1zar, y el teatro del Retiro no resonaba sino de tarde en tarde con los fant\u00e1sticos dramas de D. Francisco de Bances Candamo o con los hoy desconocidos del mismo favorito Valenzuela.\r\n\r\nEmancipado Carlos II de la tutela maternal al cumplir la edad de quince a\u00f1os, el d\u00eda 14 de Enero de 1677, en que sali\u00f3 del Alc\u00e1zar y se fue al Retiro, dejando a su madre retra\u00edda en aqu\u00e9l, volvi\u00f3 \u00e9ste a tomar cierta importancia pol\u00edtica, especialmente durante el primer matrimonio del Rey con Mar\u00eda Luisa de Orleans; pero despu\u00e9s, sus enfermedades, sus temores, sus hechizos, le hicieron encerrarse con frecuencia en las sombr\u00edas salas del Alc\u00e1zar, donde, entre parasismos y conjuros, termin\u00f3 su m\u00edsera existencia en 1.\u00ba de Noviembre de 1700.\r\n\r\nLa nueva dinast\u00eda de Borb\u00f3n no fue, en un principio, tan favorable al Retiro como su antecesora; pero habiendo desaparecido el Real Alc\u00e1zar en el incendio de 1734, Felipe\u00a0V se vio en la necesidad de ocupar el del Retiro todo el resto de su reinado, y lo mismo su hijo y sucesor Fernando el VI, que hizo de \u00e9l su corte permanente, le ampli\u00f3 y decor\u00f3 con profusi\u00f3n, y construy\u00f3, a lo que creemos, el bello teatro, en que introdujeron las \u00f3peras italianas el celeb\u00e9rrimo <i>Carlos Broschi<\/i> (<i>Farinelli<\/i>) y los primeros compositores y cantantes de Europa.\r\n\r\nEn esta \u00e9poca volvi\u00f3 a adquirir el Retiro su primera importancia y animaci\u00f3n; y aunque no tanta, en el reinado de Carlos\u00a0III, que pas\u00f3 ya a ocupar el nuevo palacio Real, todav\u00eda liemos alcanzado a escuchar de boca de algunos ancianos la narraci\u00f3n de las pomposas fiestas en aquellos regios salones, cuando campeaban en ellos las casacas bordadas y los empolvados pelucones que sustituyeron a las capas y ferreruelos. Todav\u00eda hemos o\u00eddo contar a nuestros padres la asistencia que de grado o por fuerza hubieron de hacer a las comedias que a principios del siglo hac\u00eda representar Mar\u00eda Luisa en aquel coliseo, y para las cuales, necesitando mayor concurrencia que la ordinaria de la corte, hac\u00eda destacar a los guardias de Corps para que fuesen a reclutarla a los paseos inmediatos del Prado.\r\n\r\nPero este Real sitio dej\u00f3 de existir como tal cuando, ocupado Madrid, en 1808, por las tropas francesas, fue convertido por ellas en una imponente ciudadela con que tener en respeto a la arrogante poblaci\u00f3n. Sus regias habitaciones, demolidas o trocadas en bater\u00edas, cuarteles y establos; sus jardines en terraplenes y campos de maniobras, y los escasos \u00e1rboles, que aun daban testimonio de sus antiguos bosques, vi\u00e9ronse regados con la sangre de las v\u00edctimas madrile\u00f1as. Honor era y deber del Monarca espa\u00f1ol, restituido al trono de sus mayores, borrar aquel testimonio de desdichas, y tornar a la capital del reino su primer adorno y solaz.\r\n\r\nNo quedaron, pues, defraudadas las esperanzas de los habitantes de Madrid; pues Fernando\u00a0VII, consagrando grandes sumas a la reparaci\u00f3n de este Real sitio, alcanz\u00f3 en pocos a\u00f1os a ponerle en un estado de brillantez y lozan\u00eda que iguala, si no excede, al que pudo tener en los reinados anteriores. Hizo m\u00e1s, y fue que, reserv\u00e1ndose s\u00f3lo una parte de sus jardines, entreg\u00f3 el resto al p\u00fablico, la m\u00e1s extensa y principal; y de sitio Real, privilegiado y exclusivo, le convirti\u00f3 en el primer paseo de Madrid. Pero el palacio, teatro y edificios contiguos, destruidos por los franceses (que, si hemos de creer a los que aun los han conocido, val\u00edan poco bajo el aspecto art\u00edstico), no han vuelto a levantarse; concluy\u00e9ronse, s\u00ed, otros edificios en diversos puntos del Real sitio, como la <i>Casa palacio de San Juan<\/i>, la nueva <i>Casa de Fieras<\/i>, la <i>Pajarera<\/i>, la <i>Faisanera<\/i>, el <i>Sal\u00f3n oriental<\/i>, el <i>Mirador<\/i>, los <i>Embarcaderos<\/i>, la <i>Casa del Pescador<\/i>, y otras; plant\u00e1ronse nuevos bosques, paseos, jardines y laberintos, y especialmente en la parte reservada a S. M., que comprende desde la Casa de Fieras hasta la monta\u00f1a artificial, se pusieron en planta varios primores, que si no indican el mayor gusto ni grandeza de ideas en los encargados de ejecutarlos, prueban, por lo menos, la solicitud del Monarca hacia su sitio favorito. Hoy, su augusta hija <i>do\u00f1a Isabel II<\/i>, dando mayor importancia todav\u00eda a la parte p\u00fablica de estos espl\u00e9ndidos jardines, los ha enriquecido y decorado de un modo digno de la capital del reino, proporcionando a sus habitantes un gran desahogo y comodidad<a href=\"http:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/back-matter\/notas\/#nt199\" id=\"rf199\"><sup>[199]<\/sup><\/a>.","rendered":"<p>M\u00e1s all\u00e1 del limito oriental de Madrid, hasta bien entrado el siglo\u00a0<small>XVII<\/small>, que era, como queda expresado en su cap\u00edtulo, el rom\u00e1ntico <i>Prado de San Jer\u00f3nimo<\/i>, no exist\u00eda poblaci\u00f3n alguna, ni otro edificio que aquel antiguo monasterio y el de Atocha; la entrada de Madrid por aquel lado, como por todos, era abierta y franca, sin cerca que la limitase ni puerta que la sirviera de ingreso; pues hasta la misma mezquina de Alcal\u00e1, que estuvo primero m\u00e1s cercana al arranque de aquella calle, no fue construida hasta el a\u00f1o de 1599, en ocasi\u00f3n de la entrada solemne de la reina D.\u00aa Margarita, esposa del rey Felipe III. Hasta entonces el camino de <i>Valnegral<\/i> (<i>Abro\u00f1igal<\/i>) ven\u00eda por donde ahora est\u00e1 el Retiro, hasta frente de la Carrera de San Jer\u00f3nimo, que era la verdadera entrada de Madrid. As\u00ed lo vemos expresado en los libros de la \u00e9poca<a href=\"http:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/back-matter\/notas\/#nt197\" id=\"rf197\"><sup>[197]<\/sup><\/a>, y detalladamente en un rar\u00edsimo <i>plano de Madrid<\/i> (anterior al grande de Ambares, tantas veces citado) y que tenemos a la vista.<\/p>\n<p>M\u00edrase en \u00e9l, en su sitio, el monasterio de San Jer\u00f3nimo y su extendida huerta, y unido a \u00e9l el <i>cuarto o habitaci\u00f3n Real<\/i>, adonde Felipe\u00a0II, su hijo y nieto sol\u00edan retirarse a pasar el tiempo santo o con ocasi\u00f3n de las muertes o tribulaciones en su casa. Tambi\u00e9n acostumbraban recibir en \u00e9l, para preparar su entrada solemne en la corte, a las reinas, sus esposas, o los pr\u00edncipes que sol\u00edan venir a visitarlos, y a los legados y embajadores de las naciones extranjeras; con que empezaba a preludiar aquel aposentamiento la futura importancia del Sitio Real que hab\u00eda de sucederle.<\/p>\n<p>En 31 de Marzo de 1621 muri\u00f3 Felipe III, y su hijo y sucesor Felipe\u00a0IV, joven a la saz\u00f3n de diez y siete a\u00f1os, subi\u00f3 al trono de Castilla en una \u00e9poca en que no se hab\u00eda desmembrado todav\u00eda parte alguna del colosal imperio de Carlos V y Felipe II. Madrid era, pues, entonces la capital m\u00e1s importante del mundo; el cetro espa\u00f1ol, que en su mano hab\u00eda de quedar tan menguado, pasaba a\u00fan entero a las del joven nieto del fundador del Escorial. C\u00f3mo en su dilatado reinado de cerca de medio siglo vino a operarse la decadencia pol\u00edtica de la Espa\u00f1a y el desmoronamiento de su extenso poder\u00edo, es lo que largamente ha consignado la Historia, imputando con imparcialidad a los antecesores de Felipe la parte que les cabe en aquella necesaria ruina de imperio tan colosal y temerario, y al mismo Felipe (<i>el Grande, el Cuarto Planeta<\/i>, como le llamaban sus lisonjeros cortesanos), la grave responsabilidad que pesa fatalmente sobre la triste memoria del rey poeta.<\/p>\n<p>Felipe IV, gal\u00e1n y bizarro en las justas y torneos, discreto en las academias y tiestas palacianas, liviano en sus placeres, ciego adorador de las artes y la hermosura, de coraz\u00f3n bueno, de intenci\u00f3n magn\u00e1nima, de inteligencia despejada, pero d\u00e9bil, vacilante y descuidado en los altos deberes, en la inmensa exigencia de su elevado puesto, era un gran se\u00f1or, discreto, amable, magn\u00edfico y liberal, que hubiera formado en un rango inferior al trono las delicias de la corte y de la sociedad; un ni\u00f1o, en cuyas manos indiscretas la preciosa y complicada m\u00e1quina del (Gobierno se convert\u00eda en un pasatiempo, en un dije precioso, cuyos misteriosos resortes no acertaba a comprender ni manejar. Este ni\u00f1o coronado, esta alma disipada pollos placeres sensuales, pr\u00f3diga y activa para los goces del ingenio, indolente para la gobernaci\u00f3n y los negocios graves, necesitaba absolutamente descargar el peso del Gobierno en otra superior inteligencia, en otros hombros m\u00e1s fuertes, en otras manos m\u00e1s diestras y robustas. El cielo, que quiso ofrecer a los Reyes Cat\u00f3licos y a Carlos\u00a0V hombres dignos de ellos, un Cardenal Cisneros y un Gonzalo de C\u00f3rdoba; que hab\u00eda dado a Felipe II generales y hombres de estado como su hermano D. Juan de Austria y el Duque de Alba; que hab\u00eda regalado a su padre Felipe III un Duque de Lerma y un D. Rodrigo Calder\u00f3n, ambiciosos y petulantes, coloc\u00f3 al lado del joven Monarca a otro personaje aun m\u00e1s funesto ((pie le absorbi\u00f3 en la escena pol\u00edtica), al <i>conde-duque de Olivares, D. Gaspar de Guzm\u00e1n<\/i>, al paso que adornaba el pedestal de la estatua del rey poeta con los admirables frutos del ingenio de los Lopes y Calderones, Moretos y Tirsos, Quevedos, Rojas y Alarcones, e inmortalizaba las acciones del rey caballero, del rey artista y gal\u00e1n, con los admirables pinceles de Murillo y de Vel\u00e1zquez.<\/p>\n<p>Bajo este \u00faltimo punto de vista, la esplendorosa corte de Felipe\u00a0IV, haciendo abstracci\u00f3n de la profunda gangrena que la minaba sordamente, era deslumbrante y fascinadora, y tiene muchos puntos de contacto con el aspecto que a\u00f1os despu\u00e9s present\u00f3 la del monarca franc\u00e9s que dio nombre al siguiente siglo; pero Luis XIV, adem\u00e1s de un gentil hombre, valiente, caballeresco e ilustrado, aunque demasiado dado a los placeres y galanteos, era un gran monarca pol\u00edtico y guerrero; y Felipe IV, que brillaba con aquellas cualidades del caballero y del ingenio, carec\u00eda del todo de las que como rey engrandec\u00edan al monarca franc\u00e9s; por eso \u00e9ste, con su gran tacto pol\u00edtico, hall\u00f3 para compartir los trabajos de la gobernaci\u00f3n y de la guerra ministros como <i>Richellieu<\/i> y generales como <i>Turena<\/i> y <i>Cond\u00e9<\/i>, al paso que Felipe \u00abhall\u00f3 su medida en la menguada inteligencia y en la intriga cortesana de <i>don Gaspar de Guzm\u00e1n<\/i>. Aquel monarca dej\u00f3 reflejada tambi\u00e9n su grandeza y su gusto literario en las inmortales obras de Racine, de Moliere, y de Corneille, y sus magn\u00edficos extrav\u00edos en la p\u00e1gina de su historia que se llama <i>\u00abVers\u00e1lles\u00bb<\/i>; Felipe IV dej\u00f3 eterna la memoria de su corte disipada, caballeresca y po\u00e9tica, en las heroicas farsas de Calder\u00f3n, de Mendoza y de Sol\u00eds; la de la funesta privanza de su favorito, en la que plugo a \u00e9ste escribir con el t\u00edtulo de <i>\u00abEl Buen Retiro\u00bb<\/i>.<\/p>\n<p>Obra exclusiva este Real Sitio de aquel refinado cortesano, quiso desplegar en \u00e9l, para fascinar al joven Monarca, todos los recursos que la adulaci\u00f3n y la lisonja le inspiraban; todo el poder\u00edo que pon\u00eda en sus manos su inmenso valimiento y los tesoros del Estado, de que sin limitaci\u00f3n pod\u00eda disponer, llegando a improvisar en pocos a\u00f1os una nueva residencia Real, una mansi\u00f3n fant\u00e1stica de placer y de holganza, que oscurec\u00eda y hac\u00eda olvidar las de los bosques, jardines y palacios antiguos del Pardo y Casa de Campo, que hab\u00edan formado las delicias de los Felipes\u00a0II y III.<\/p>\n<p>Alleg\u00f3 para ello todos los terrenos y posesiones inmediatas al monasterio y convento Real de San Jer\u00f3nimo, hasta una extensi\u00f3n asombrosa; emprendi\u00f3 obras colosales para su desmonte, plant\u00edo y proveimiento de aguas; alz\u00f3 un vistoso palacio; rode\u00f3le de extensos jardines, bosques, estanques, ermitas y caser\u00edo, y dispuso para asombrosas fiestas aquel espl\u00e9ndido teatro de su elevaci\u00f3n y su fortuna.<\/p>\n<p>La fundaci\u00f3n de este Real Sitio empez\u00f3 en 1631 por una casa de aves extra\u00f1as, a que llamaban el <i>Gallinero<\/i>, arrimada a la huerta de San Jer\u00f3nimo; varios jardines y el estanque grande, y ya en la noche de San Juan de aquel mismo a\u00f1o pudo estrenarse aquella risue\u00f1a mansi\u00f3n con un fest\u00edn. Al a\u00f1o siguiente ya se hallaba concluida la plaza y cuerpo principal del palacio, y el 1.\u00ba de Octubre de 1632, al presentarse Felipe\u00a0IV para visitarle y ver los preparativos de la fiesta que en \u00e9l hab\u00eda de hacerse para celebrar el nacimiento del pr\u00edncipe D. Fernando, hijo de la emperatriz do\u00f1a Mar\u00eda, su hermana, el Conde-Duque de Olivares, como <i>alcaide honorario<\/i> que era de esta nueva residencia Real, sali\u00f3 a la puerta de ella, y en una fuente de plata present\u00f3 al Rey las llaves, que recibi\u00f3 con agrado, volvi\u00e9ndoselas a entregar; hubo pues con tal ocasi\u00f3n un suntuoso sarao, y para las damas, <i>bolsillos de \u00e1mbar llenos de escudos, y ricos cortes de vestidos<\/i>. Las fiestas se celebraron el d\u00eda 5 de aquel mes y siguientes, empezando con un gran juego de ca\u00f1as, en que corri\u00f3 el Rey el primero, acompa\u00f1ado de su indispensable favorito, y luego la villa de Madrid, el Condestable de Castilla, el Almirante y dem\u00e1s grandes se\u00f1ores, llev\u00e1ndose la gala, como siempre, S. M., \u00abno como rey, sino como caballero m\u00e1s gal\u00e1n y m\u00e1s diestro\u00bb; cuya fiesta celebr\u00f3 la delicada lira de Lope, en la <i>Vega del Parnaso<\/i>, en aquellos versos que llevan la dedicatoria: <i>A la primera fiesta del palacio nuevo<\/i>; otro d\u00eda se corrieron toros, y otros se tuvieron lanzas y sortijas con grandes premios, consistentes en fuentes de plata dorada, que, por supuesto, gan\u00f3 el Rey, envi\u00e1ndolas en obsequio a la Reina y al Pr\u00edncipe.<\/p>\n<p>Pero por muy amena que pudo ser esta primera fiesta y otras celebradas en los a\u00f1os inmediatos, no tienen comparaci\u00f3n con la larga serie de ellas celebradas en 1637, en aquel mismo Real Sitio, con motivo de la elevaci\u00f3n al imperio de romanos del Rey de Hungr\u00eda, cu\u00f1ado de Felipe; y por ser tan se\u00f1aladas, par\u00e9cenos del caso ofrecer a nuestros lectores una relaci\u00f3n de ellas, no la que inserta Le\u00f3n Pinelo en sus <i>Anales<\/i>, sino otra de un manuscrito distinto que poseemos, y que nos parece curiosa por extremo. Esta relaci\u00f3n se hallar\u00e1 en el <i>Ap\u00e9ndice<\/i>.<\/p>\n<p>Un tomo extenso no nos bastar\u00eda si pretendi\u00e9ramos emprender la narraci\u00f3n de tantas fiestas casi diarias en aquella mansi\u00f3n de los placeres, ni las intrigas cortesanas y amorosas que forman la rom\u00e1ntica historia del palacio del R\u00faen Retiro, y pueden verse apuntadas en los <i>Anales de Pellicer<\/i> y en otras relaciones de la \u00e9poca, impresas y manuscritas. Algunas de aquellas fiestas no pasaron, sin embargo, tranquilas y bonancibles, ni faltaron en ellas contratiempos que dejaran se\u00f1alada su memoria. Por ejemplo, en la de la noche de San Juan de 1639, cuando se encaminaban los reyes a sentarse en el balc\u00f3n o estrado preparado para que pudiesen presenciar las danzas y m\u00fasicas, se rompi\u00f3 un estanque que estaba detr\u00e1s y en el altura, y arroj\u00f3 tanta agua sobre el dicho balc\u00f3n, que lo inund\u00f3 y destroz\u00f3; lo que hubiera ocasionado una cat\u00e1strofe a ocurrir algunos momentos despu\u00e9s. En igual noche del a\u00f1o siguiente, 1640, hab\u00edase dispuesto un teatro en la isleta que campeaba en medio del estanque grande, y multitud de barcas para contener la orquesta y los espectadores (que eran toda la corte), y se representaba una suntuosa fiesta dram\u00e1tico-mitol\u00f3gica, cuando en medio de la fiesta se levant\u00f3 tan recio torbellino de viento, que apag\u00f3 las luces, arrastr\u00f3 los toldos del tablado y las m\u00e1quinas teatrales, dispersando las barcas, cuya aristocr\u00e1tica tripulaci\u00f3n estuvo a pique de perecer en aquel improvisado golfo. No fue esta sola calamidad la acontecida al Real Sitio por aquellos d\u00edas, sino que poco despu\u00e9s, en las carnestolendas del a\u00f1o 1641, se prendi\u00f3 fuego al palacio, quem\u00e1ndose las dos torres principales y todo un lienzo del lado que miraba a Madrid, con gran p\u00e9rdida de cuadros, muebles y alhajas. De suerte que estas tres calamidades, ocurridas en el espacio de pocos meses al nuevo Real Sitio, dieron p\u00e1bulo a los comentarios del vulgo malicioso, el cual, aludiendo a ellas y a la privanza de su fundador, el odiado Conde-Duque, se dej\u00f3 decir que en la primera ocasi\u00f3n hab\u00eda dado en <i>agua<\/i>, en la segunda en <i>aire<\/i>, en la tercera en <i>fuego<\/i> y que a la cuarta dar\u00eda en <i>tierra<\/i>\u00bb, como as\u00ed sucedi\u00f3 efectivamente de all\u00ed a poco, en Enero de 1643, en que cay\u00f3 de su alto valimiento con Felipe, y sali\u00f3 desterrado a Loeches, y despu\u00e9s a la ciudad de Toro, donde falleci\u00f3 en 21 de Julio de 1645.<\/p>\n<p>El coliseo que se extend\u00eda en una de las alas del palacio era principalmente el sitio de las fiestas animadas en que luc\u00edan las altas dotes de su ingenio Calder\u00f3n y Mendoza, Sol\u00eds y Candamo. En el mes de Mayo de 1652, y con ocasi\u00f3n del cumplea\u00f1os de la Reina, se present\u00f3 con un aparato y decoraciones nunca vistas la comedia mitol\u00f3gica de D.\u00a0Pedro Calder\u00f3n de la Barca, <i>Las Fierezas de Anaxcarte y el Amor correspondido<\/i>, que duraba siete horas, y en algunas Je sus mudanzas desaparec\u00edan los telones, dejando ver originales los jardines y bosques del Real Sitio profusamente iluminados. Esta regia y espl\u00e9ndida funci\u00f3n se dio el primer d\u00eda a la corte, el segundo a los Consejos, el tercero a la villa de Madrid, y despu\u00e9s se ejecut\u00f3 <i>treinta y siete noches consecutivas<\/i> para el pueblo en general.<\/p>\n<p>En 1654, restablecida la Reina de su enfermedad, se dispuso otra funci\u00f3n en el mismo coliseo, y escribi\u00f3 para ella el mismo Calder\u00f3n la de <i>La F\u00e1bula de Perseo<\/i>, con no menos aparato y lucimiento; y en 1658, con motivo del parto de la Reina, se puso en escena la de <i>Psiquis y Cupido<\/i>, de D.\u00a0Antonio Sol\u00eds, que dej\u00f3 memoria duradera por su gala po\u00e9tica, aparato magn\u00edfico y grandeza de accesorios, siendo durante largos d\u00edas el embeleso de la corte y de la villa. De D. Antonio Mendoza, conocido por el dictado del <i>discreto de Palacio<\/i>, tambi\u00e9n se representaron varios dramas, y as\u00ed estos y otros ingenios cortesanos continuaron enriqueciendo aquel coliseo, que por su importancia y novedad absorb\u00eda, puede decirse, la existencia del palacio del Buen Retiro. En algunas ocasiones las <i>meninas<\/i> y damas de la Reina, los grandes y cortesanos, y hasta las mismas personas Reales se convert\u00edan en actores de aquellos magn\u00edficos dramas; llamaban otras, para representarlos, a los m\u00e1s acreditados comediantes de las compa\u00f1\u00edas de dentro y fuera de la corte; los arquitectos, pintores y escultores nacionales y extranjeros compet\u00edan en adornarlos con toda la magia del arte, y las m\u00fasicas y danzas m\u00e1s animadas los embellec\u00edan a porf\u00eda<a href=\"http:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/back-matter\/notas\/#nt198\" id=\"rf198\"><sup>[198]<\/sup><\/a>. En otras, reducida su representaci\u00f3n a las mismas c\u00e1maras Reales, serv\u00edan \u00e9stas de escena a animadas y discretas improvisaciones, en que el mismo Felipe IV alternaba airosamente con los ingenios m\u00e1s esclarecidos de la \u00e9poca, con Lope y Calder\u00f3n, con Montalb\u00e1n, Moreto y V\u00e9lez de Guevara, Coello y Villaizan, ya en discretas y cultas escenas de los dramas conocidos, va en donosas y livianas improvisaciones, parodias de aqu\u00e9llos, llenas de ingenio y agudeza. A \u00e9stas sol\u00edan asistir las damas de la corte detr\u00e1s de una cortina, para no privar a los poetas de la desmedida libertad que les daba Felipe en producirse, a las veces con sobrada desenvoltura.<\/p>\n<p>La <i>corte del Buen Retiro<\/i> present\u00f3, pues, durante el reinado de Felipe\u00a0IV, el aspecto m\u00e1s halag\u00fce\u00f1o. Suntuosos y dilatados bosques, bellos y primorosos jardines, regios palacios, magn\u00edficos salones, teatros, templos, cuarteles y caser\u00edo para los magnates de la corte y su numerosa servidumbre, nada faltaba para dar al Retiro la importancia de una ciudad. La general disposici\u00f3n del mismo por aquel tiempo (seg\u00fan vemos minuciosamente detallado en el plano de Amberes) era variada y pintoresca, y comprend\u00eda ya poco m\u00e1s o menos la misma dimensi\u00f3n que en el d\u00eda, que pasa de <i>diez y siete millones de pies superficiales<\/i>, aunque entonces no estaba todo cercado. A su entrada principal, frente a la Carrera de San Jer\u00f3nimo, exist\u00eda, desde 1637, la plaza cuadrada, que qued\u00f3 en nuestros d\u00edas por \u00fanica de las construcciones antiguas, y era llamada entonces de la Pelota, por hallarse el juego en el edificio en que despu\u00e9s estuvo la iglesia o parroquia provisional. A su costado derecho se levantaba y existe el suntuoso sal\u00f3n llamado de los <i>Reinos<\/i>, donde se juntaron las Cortes, hasta las de 1789 inclusive, que declararon la abolici\u00f3n de la ley s\u00e1lica. Este magn\u00edfico sal\u00f3n, cuja extensi\u00f3n, anchura, excelentes luces y riqueza de decoraci\u00f3n eran correspondientes a tan alto objeto, excita todav\u00eda gran inter\u00e9s hist\u00f3rico y art\u00edstico por su rico artes\u00f3n, recamado de oro, en que aun brillan las armas y blasones de los muchos y extendidos reinos que en aquel siglo compon\u00edan la corona de Espa\u00f1a, colocados por este orden: <i>Castilla, Le\u00f3n, Arag\u00f3n, Toledo, C\u00f3rdoba, Granada, Vizcaya, Catalu\u00f1a, N\u00e1poles, Mil\u00e1n, Austria, Per\u00fa, Brabante, Cerde\u00f1a, M\u00e9jico, Borgo\u00f1a, Flandes, Sevilla, Sicilia, Valencia, Ja\u00e9n, Murcia, Galicia, Portugal y Navarra<\/i>. Hab\u00eda adem\u00e1s, colocados en los lienzos de este espl\u00e9ndido sal\u00f3n, muchos de los grandes cuadros hist\u00f3ricos que hoy brillan en el Real Museo, el de la <i>rendici\u00f3n de Breda<\/i>, el del <i>desembarco de los ingleses cerca de C\u00e1diz<\/i>, y otros; hoy aparecen desnudas sus paredes, si bien el sal\u00f3n est\u00e1 dignamente ocupado por el precioso <i>Museo de Artiller\u00eda<\/i>, uno de los establecimientos que m\u00e1s honran a la \u00e9poca actual. A su puerta se ven las dos estatuas de Felipe IV, fundador del Real Sitio, y de Luis I, que naci\u00f3 en \u00e9l.<\/p>\n<p>Al final de este lienzo es donde se form\u00f3 la sala principal del teatro, aunque creemos que fue reconstituida muy posteriormente en el reinado de Fernando\u00a0VI; en tiempo de Felipe IV parece eran varias las destinadas a este espect\u00e1culo.<\/p>\n<p>A la derecha de esta plaza estaba el palacio Real, que ron el teatro y las casas de oficios formaban un gran cuadro, con sendas torrecillas en sus cuatro \u00e1ngulos, y dejando en el centro una hermosa plaza-jard\u00edn; un\u00edase al palacio, por un paso, el elegante edificio que aun existe, llamado el <i>Cas\u00f3n<\/i>, y fue destinado a <i>sala de bailes<\/i>, y decorado con preciosas pinturas de manos de Lucas Jord\u00e1n, que representaban la <i>instituci\u00f3n de la Orden del Tois\u00f3n<\/i> de Oro y los <i>trabajos de H\u00e9rcules<\/i>, b\u00e1rbaramente borradas en 1834 cuando se destin\u00f3 este sal\u00f3n para la reuni\u00f3n del <i>estamento de Pr\u00f3ceres<\/i>. En medio de la grao plaza cerrada, formada por el palacio, teatro y casas de oficio, se alzaba la <i>estatua ecuestre de Felipe\u00a0IV<\/i>, obra del celebre escultor florentino Pedro Tacca, que hoy campea en el \u00abentro de los jardines de la plaza de Oriente; y m\u00e1s adelante, la bella fuente de <i>Narciso<\/i>, que hoy creemos est\u00e1 en los jardines de Aranjuez; continuaba despu\u00e9s el caser\u00edo, con otra plaza y edificios llamados de la <i>Grandeza<\/i>, de la <i>Dispensa<\/i>, etc., hasta tocar con el monasterio de <i>San Jer\u00f3nimo<\/i>, que comunicaba y ven\u00eda a formar como una parte del <i>sitio Real<\/i>.<\/p>\n<p>A \u00e9ste se entraba tambi\u00e9n por una puerta muy curiosa, llamada del <i>\u00c1nqel<\/i>, que no carece de elegancia, y que muy oportunamente se ha conservado y colocado en la nueva entrada que se ha dado al sitio por aquel lado.<\/p>\n<p>Por detr\u00e1s, y a los lados de palacio y dem\u00e1s caser\u00edo, se extend\u00edan los inmensos bosques, interpolados con lindos jardines: por ejemplo; en donde ahora est\u00e1 el precioso <i>parterre<\/i>, hab\u00eda uno, en cuya plaza central, llamada el <i>Ochavado<\/i>, ven\u00edan a confluir otras tantas calles cubiertas de enramadas; m\u00e1s arriba estaba la ermita de <i>San Bruno<\/i>, que sirvi\u00f3 despu\u00e9s de parroquia del Real sitio, cerca de donde ahora el estanque llamado de las <i>Campanillas<\/i>. El otro <i>estanque grande<\/i> y principal que hoy vemos, brillaba desde el principio por su asombrosa extensi\u00f3n de 1.006 pies de largo por 443 de ancho, o sea una superficie de 445.658, que equivale a tres veces y tercia la de la Plaza Mayor. A sus m\u00e1rgenes se alzaban hasta cuatro embarcaderos y varias norias, y ten\u00eda en su centro una <i>isleta<\/i> oval con \u00e1rboles, en la cual, en varias ocasiones, sol\u00eda, como queda dicho, alzarse un teatro, por disposici\u00f3n del Conde-Duque de Olivares, para obsequiar con representaciones esc\u00e9nicas al Monarca y su corte; y aun transformada a veces con suntuoso aparato en la mitol\u00f3gica mansi\u00f3n de la hechicera Circe, servia de escena a cumplidas y brillant\u00edsimas farsas navales y terrestres.<\/p>\n<p>Desde el mismo estanque arrancaba un canal, llamado el <i>Mallo<\/i>, que siguiendo en direcci\u00f3n de donde hoy est\u00e1 la <i>Casa de los Fieras<\/i>, daba luego vuelta a los confines del Retiro, e iba a desembocar en otro grande estanque situado donde despu\u00e9s se alz\u00f3 la <i>f\u00e1brica de porcelana de China<\/i> (volada por los ingleses en 1812), en cuyo centro se elevaba entonces una elegante iglesia o ermita, llamada de <i>San Antonio de los Portugueses<\/i>. Los nuevos jardines, a espaldas del estanque y a su costado izquierdo, eran entonces frondosas alamedas y bosques, que se llamaban el <i>Cazadero de las liebres<\/i> y las <i>Atarazanas<\/i>, hacia donde hoy la Casa de las Fieras. Hacia la puerta de Aleaba estaba la <i>huerta del Rey<\/i>, con una ermita de la <i>Magdalena<\/i>, el <i>cebadero de aves<\/i>, y otro canal, llamado <i>r\u00edo chico<\/i>. No exist\u00eda la entrada de la <i>Glorieta<\/i>, ni el enverjado de hierro (obra de Carlos\u00a0III), pero s\u00ed los frondosos bosques entre \u00e9sta y la de San Jer\u00f3nimo, y donde luego estuvo la <i>casa-palacio de San Juan<\/i> estaba el jard\u00edn de <i>primavera<\/i> y otra ermita, dedicada al mismo santo.<\/p>\n<p>Lo dem\u00e1s del extendido recinto de este Real sitio, y que ya en el siglo\u00a0<small>XVII<\/small> ven\u00eda a tener los mismos l\u00edmites que en el d\u00eda, aunque sin la fuerte cerca que hizo construir Carlos III, y que comprende m\u00e1s de la cuarta parte de la general de Madrid o casi tres cuartos de legua, fue con el tiempo cubri\u00e9ndose de bosques y plant\u00edos con algunas otras ermitas y huertas, de <i>San Pablo<\/i>, de <i>San Isidro<\/i>, y otras, e, interpoladas con ellas, varias quintas, templetes y descansos para la direcci\u00f3n de las Reales cacer\u00edas.<\/p>\n<p>Muerto Felipe IV en 1665, y quedando la gobernaci\u00f3n del reino, durante la menor edad de Carlos\u00a0II, en manos de su madre D.\u00aa Mariana de Austria, el palacio del Retiro comparti\u00f3 en aquella \u00e9poca turbulenta con el Real Alc\u00e1zar la ingrata misi\u00f3n de servir de escena a las intrigas y desvanecimientos de la privanza de <i>D. Fernando Valenzuela<\/i>, que dotado de ingenio po\u00e9tico y de car\u00e1cter caballeresco, intent\u00f3 reproducir cerca de Mariana las espl\u00e9ndidas excentricidades del Conde-Duque. Sin embargo, la Reina viuda daba la preferencia al Alc\u00e1zar, y el teatro del Retiro no resonaba sino de tarde en tarde con los fant\u00e1sticos dramas de D. Francisco de Bances Candamo o con los hoy desconocidos del mismo favorito Valenzuela.<\/p>\n<p>Emancipado Carlos II de la tutela maternal al cumplir la edad de quince a\u00f1os, el d\u00eda 14 de Enero de 1677, en que sali\u00f3 del Alc\u00e1zar y se fue al Retiro, dejando a su madre retra\u00edda en aqu\u00e9l, volvi\u00f3 \u00e9ste a tomar cierta importancia pol\u00edtica, especialmente durante el primer matrimonio del Rey con Mar\u00eda Luisa de Orleans; pero despu\u00e9s, sus enfermedades, sus temores, sus hechizos, le hicieron encerrarse con frecuencia en las sombr\u00edas salas del Alc\u00e1zar, donde, entre parasismos y conjuros, termin\u00f3 su m\u00edsera existencia en 1.\u00ba de Noviembre de 1700.<\/p>\n<p>La nueva dinast\u00eda de Borb\u00f3n no fue, en un principio, tan favorable al Retiro como su antecesora; pero habiendo desaparecido el Real Alc\u00e1zar en el incendio de 1734, Felipe\u00a0V se vio en la necesidad de ocupar el del Retiro todo el resto de su reinado, y lo mismo su hijo y sucesor Fernando el VI, que hizo de \u00e9l su corte permanente, le ampli\u00f3 y decor\u00f3 con profusi\u00f3n, y construy\u00f3, a lo que creemos, el bello teatro, en que introdujeron las \u00f3peras italianas el celeb\u00e9rrimo <i>Carlos Broschi<\/i> (<i>Farinelli<\/i>) y los primeros compositores y cantantes de Europa.<\/p>\n<p>En esta \u00e9poca volvi\u00f3 a adquirir el Retiro su primera importancia y animaci\u00f3n; y aunque no tanta, en el reinado de Carlos\u00a0III, que pas\u00f3 ya a ocupar el nuevo palacio Real, todav\u00eda liemos alcanzado a escuchar de boca de algunos ancianos la narraci\u00f3n de las pomposas fiestas en aquellos regios salones, cuando campeaban en ellos las casacas bordadas y los empolvados pelucones que sustituyeron a las capas y ferreruelos. Todav\u00eda hemos o\u00eddo contar a nuestros padres la asistencia que de grado o por fuerza hubieron de hacer a las comedias que a principios del siglo hac\u00eda representar Mar\u00eda Luisa en aquel coliseo, y para las cuales, necesitando mayor concurrencia que la ordinaria de la corte, hac\u00eda destacar a los guardias de Corps para que fuesen a reclutarla a los paseos inmediatos del Prado.<\/p>\n<p>Pero este Real sitio dej\u00f3 de existir como tal cuando, ocupado Madrid, en 1808, por las tropas francesas, fue convertido por ellas en una imponente ciudadela con que tener en respeto a la arrogante poblaci\u00f3n. Sus regias habitaciones, demolidas o trocadas en bater\u00edas, cuarteles y establos; sus jardines en terraplenes y campos de maniobras, y los escasos \u00e1rboles, que aun daban testimonio de sus antiguos bosques, vi\u00e9ronse regados con la sangre de las v\u00edctimas madrile\u00f1as. Honor era y deber del Monarca espa\u00f1ol, restituido al trono de sus mayores, borrar aquel testimonio de desdichas, y tornar a la capital del reino su primer adorno y solaz.<\/p>\n<p>No quedaron, pues, defraudadas las esperanzas de los habitantes de Madrid; pues Fernando\u00a0VII, consagrando grandes sumas a la reparaci\u00f3n de este Real sitio, alcanz\u00f3 en pocos a\u00f1os a ponerle en un estado de brillantez y lozan\u00eda que iguala, si no excede, al que pudo tener en los reinados anteriores. Hizo m\u00e1s, y fue que, reserv\u00e1ndose s\u00f3lo una parte de sus jardines, entreg\u00f3 el resto al p\u00fablico, la m\u00e1s extensa y principal; y de sitio Real, privilegiado y exclusivo, le convirti\u00f3 en el primer paseo de Madrid. Pero el palacio, teatro y edificios contiguos, destruidos por los franceses (que, si hemos de creer a los que aun los han conocido, val\u00edan poco bajo el aspecto art\u00edstico), no han vuelto a levantarse; concluy\u00e9ronse, s\u00ed, otros edificios en diversos puntos del Real sitio, como la <i>Casa palacio de San Juan<\/i>, la nueva <i>Casa de Fieras<\/i>, la <i>Pajarera<\/i>, la <i>Faisanera<\/i>, el <i>Sal\u00f3n oriental<\/i>, el <i>Mirador<\/i>, los <i>Embarcaderos<\/i>, la <i>Casa del Pescador<\/i>, y otras; plant\u00e1ronse nuevos bosques, paseos, jardines y laberintos, y especialmente en la parte reservada a S. M., que comprende desde la Casa de Fieras hasta la monta\u00f1a artificial, se pusieron en planta varios primores, que si no indican el mayor gusto ni grandeza de ideas en los encargados de ejecutarlos, prueban, por lo menos, la solicitud del Monarca hacia su sitio favorito. Hoy, su augusta hija <i>do\u00f1a Isabel II<\/i>, dando mayor importancia todav\u00eda a la parte p\u00fablica de estos espl\u00e9ndidos jardines, los ha enriquecido y decorado de un modo digno de la capital del reino, proporcionando a sus habitantes un gran desahogo y comodidad<a href=\"http:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/back-matter\/notas\/#nt199\" id=\"rf199\"><sup>[199]<\/sup><\/a>.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"menu_order":28,"template":"","meta":{"pb_show_title":"on","pb_short_title":"","pb_subtitle":"","pb_authors":[],"pb_section_license":""},"chapter-type":[],"contributor":[],"license":[],"class_list":["post-79","chapter","type-chapter","status-publish","hentry"],"part":3,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/79","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/wp\/v2\/types\/chapter"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"version-history":[{"count":3,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/79\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":236,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/79\/revisions\/236"}],"part":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/pressbooks\/v2\/parts\/3"}],"metadata":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/79\/metadata\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=79"}],"wp:term":[{"taxonomy":"chapter-type","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapter-type?post=79"},{"taxonomy":"contributor","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/wp\/v2\/contributor?post=79"},{"taxonomy":"license","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/madridantiguo\/wp-json\/wp\/v2\/license?post=79"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}