{"id":23,"date":"2019-12-09T15:25:39","date_gmt":"2019-12-09T15:25:39","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/prologos\/"},"modified":"2019-12-09T15:25:39","modified_gmt":"2019-12-09T15:25:39","slug":"prologos","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/prologos\/","title":{"rendered":"Pr\u00f3logos"},"content":{"raw":"\n<div id=\"col1\">\n<h2>Pr\u00f3logo de la segunda edici\u00f3n (1899), costeada por la generosidad del doctor Lluria<\/h2>\nEl libro actual es una reproducci\u00f3n, con numerosos retoques y desarrollos, de mi discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Exactas, F\u00edsicas y Naturales (sesi\u00f3n del 5 de diciembre de 1897).\n\nComo otras muchas oraciones acad\u00e9micas harto m\u00e1s merecedoras de publicidad, este discurso hubiera quedado olvidado en los anaqueles de las bibliotecas oficiales si un querido amigo nuestro, el doctor Lluria, no hubiera tenido la generosidad de reimprimirlo a su costa, a fin de regalarlo a los estudiantes y a los aficionados a las tareas de laboratorio.\n\nCree el doctor Lluria (y Dios le pague tan hermosas ilusiones) que los consejos y advertencias contenidos en dicho trabajo, pueden ser, como emanados de un apasionamiento de la investigaci\u00f3n, de alg\u00fan provecho para promover el amor y entusiasmo de la juventud estudiosa hacia las empresas del laboratorio.\n\nIgnoro si, en efecto, los referidos consejos, expuestos con fervor y entusiasmo quiz\u00e1 un tanto exagerado e ingenuos, tendr\u00e1n positiva utilidad para el efecto de formar investigadores. Por mi parte, dir\u00e9 solamente que, acaso por no haberlos recibido de ninguno de mis deudos o profesores cuando conceb\u00ed el temerario empe\u00f1o de consagrarme a la religi\u00f3n del laboratorio, perd\u00ed, en tentativas in\u00fatiles, lo mejor de mi investigaci\u00f3n cient\u00edfica. \u00a1En cu\u00e1ntas ocasiones me sucedi\u00f3, por ignorar las fuentes bibliogr\u00e1ficas (y desgraciadamente no siempre por falta de diligencia, sino de recursos pecuniarios) y no encontrar un gu\u00eda orientador, descubrir hechos anat\u00f3micos ya por entonces divulgados en lenguas que ignoraba y que ignoran tambi\u00e9n aquellos que debieron saberlas!\n\n\u00a1Y cu\u00e1ntas veces me ocurri\u00f3 tambi\u00e9n, por carecer de disciplina, y sobre todo por vivir alejado de ese ambiente intelectual del cual recibe el investigador novel est\u00edmulos y energ\u00edas, abandonar la labor en el momento en que, fatigado y hastiado, no tanto del trabajo cuanto de mi triste y enervadora soledad, comenzaba a columbrar los primeros tenues albores de la idea nueva!\n\nLa rutina cient\u00edfica y la servidumbre mental al extranjero reinaban tan desp\u00f3ticamente entonces en nuestras escuelas que, al solo anuncio de que yo, humilde m\u00e9dico reci\u00e9n salido de las aulas, sin etiqueta oficial prestigiosa, me propon\u00eda publicar cierto trabajo experimental sobre la inflamaci\u00f3n (trabajo que, como obra de novicio, fue malo e incompleto), alguno de los profesores de mi querida Universidad de Zaragoza, y no ciertamente de los peores, exclam\u00f3 estupefacto: \u00abPero \u00a1qui\u00e9n es Cajal para atreverse a juzgar los trabajos de los sabios!\u00bb Y cuenta que este profesor era por aquellos tiempos (1880) el publicista de nuestra Facultad y una de las cabezas m\u00e1s modernas y mejor orientadas por la misma; pero abrigaba la creencia (desgraciadamente profesada todav\u00eda por muchos de nuestros catedr\u00e1ticos, ignoro si con sinceridad o a t\u00edtulo de expediente c\u00f3modo para cohonestar la propia pereza) de que las conquistas cient\u00edficas no son fruto del trabajo met\u00f3dico, sino dones del cielo, gracias generosamente otorgadas por la Providencia a unos cuantos privilegiados, inevitablemente pertenecientes a las naciones m\u00e1s laboriosas, es decir, a Francia, Inglaterra, Alemania e Italia. Con cuya peregrina teor\u00eda, si sale malparada Espa\u00f1a, se injuria gravemente a la Providencia, a quien se pinta como resuelta a escoger sus confidentes, ennobleci\u00e9ndolos con la llama del genio, entre los herejes, librepensadores o cat\u00f3licos m\u00e1s o menos tibios de otras naciones.\n\nAfortunadamente, los tiempos han cambiado. Hoy, el investigador en Espa\u00f1a no es el solitario de anta\u00f1o. Todav\u00eda no son legi\u00f3n, pero contamos ya con pl\u00e9yade de j\u00f3venes entusiastas a quienes el amor a la ciencia y el deseo de colaborar en la obra magna del progreso mantienen en confortadora comuni\u00f3n espiritual. Actualmente, en fin, han perdido su desoladora eficacia estas preguntas que todos los aficionados a la ciencia nos hemos hecho al dar nuestros primeros inciertos pasos: Esto que yo hago, \u00bfa qui\u00e9n importa aqu\u00ed? \u00bfA qui\u00e9n contar\u00e9 el gozo producido por mi peque\u00f1o descubrimiento que no se r\u00eda desde\u00f1osamente o no se mueva a compasi\u00f3n irritante? Si acierto, \u00bfqui\u00e9n aplaudir\u00e1?, y si me equivoco, \u00bfqui\u00e9n me corregir\u00e1 y me alentar\u00e1 para proseguir?\n\nAlgunos lectores del presente discurso me han advertido, en son de cr\u00edtica ben\u00e9vola, que doy demasiada importancia a la disciplina de la voluntad y poca a las aptitudes excepcionales concurrentes en los grandes investigadores. No ser\u00e9 yo, ciertamente, quien niegue que los m\u00e1s ilustres iniciadores cient\u00edficos pertenecen a la aristocracia del esp\u00edritu, y han sido capacidades mentales muy elevadas, a las cuales no llegaremos nunca, por mucho que nos esforcemos, los que figuramos en el mont\u00f3n de los trabajadores modestos. Pero despu\u00e9s de hacer esta concesi\u00f3n, que es de pura justicia, sigo creyendo que a todo hombre de regular entendimiento y ansioso de nombrad\u00eda, le queda todav\u00eda mucho campo donde ejercitar su actividad y de tener la fortuna que, a semejanza de la loter\u00eda, no sonr\u00ede siempre a los ricos, sino que se complace, de vez en cuando, en alegrar el hogar de los humildes, adem\u00e1s, que todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro, y que aun el peor dotado es susceptible, al modo de las tierras pobres, pero bien cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies.\n\nAcaso me equivoque, pero declaro sinceramente que en mis excursiones por el extranjero y en mis conversaciones con sabios ilustres, he sacado la impresi\u00f3n (salvada tal cual excepci\u00f3n) de que la mayor\u00eda de \u00e9stos pertenece a la categor\u00eda de las inteligencias regulares, pero disciplinadas, muy cultivadas y movidas por avidez insaciable de celebridad. Es m\u00e1s: en alguna ocasi\u00f3n he topado con sabios renombrados inferiores, tanto por sus pasiones como por su inteligencia, al descubrimiento que los sac\u00f3 de la oscuridad, y al cual llegaron por los ciegos e inesperados caminos del azar. El caso de Courtois, del cual ha dicho un ingenioso escritor que no se sabe si fue \u00e9l quien descubri\u00f3 el yodo, o si el yodo lo descubri\u00f3 a \u00e9l, es m\u00e1s frecuente de lo que muchos se figuran.\n\nDe cualquier modo, \u00bfqu\u00e9 nos cuesta probar si somos capaces de crear ciencia original? \u00bfC\u00f3mo sabremos, en fin, si entre nosotros existe alguno dotado de superiores aptitudes para la ciencia, si no procuramos crearle, con las excelencias de una disciplina moral y t\u00e9cnica apropiadas, la ocasi\u00f3n de que se revele? Como dice Balmes, \u00absi H\u00e9rcules no hubiera manejado nunca m\u00e1s que un bast\u00f3n, nunca creyera ser capaz de blandir la pesada clava\u00bb.\n\nAcuden a mi mente muchos ejemplos que testifican c\u00f3mo una median\u00eda, asistida por una cultura asidua e inflamada en la noble pasi\u00f3n del patriotismo, puede llegar a hacer verdaderos descubrimientos; pero, como no hay cosa m\u00e1s molesta a los hombres o a las naciones que el dictado de pobreza de esp\u00edritu, ni juicio m\u00e1s antip\u00e1tico a los ojos del hombre de m\u00e9rito que atribuir solamente sus \u00e9xitos a la terca continuidad en el trabajo, s\u00e9ame permitido, a fin de evitarme resquemores y discriminaciones enojosas, ofrecerme yo mismo como caso. Sin pecar de petulante o presuntuoso, creo que puedo considerarme autor de algunos descubrimientos anat\u00f3micos que, por confirmados y sabidos, se citan como adquisiciones definitivas de la ciencia; y no cuento en mi activo con las teor\u00edas e hip\u00f3tesis lanzadas a la pol\u00e9mica por mi imaginaci\u00f3n inquieta e impaciente, pues las teor\u00edas suelen representar s\u00edntesis prematuras de fen\u00f3menos incompletamente conocidos, y est\u00e1n, por tanto, sujetas al vaiv\u00e9n de los sistemas, corriendo el riesgo de desaparecer ante los nuevos progresos. (En ciencia el hecho queda, pero la teor\u00eda se renueva.)\n\nAhora bien: estos hechos nuevos constituyen exclusivamente el fruto del trabajo fecundado por la energ\u00eda de una voluntad resuelta a crear algo original.\n\n\u00bfEs que poseo aptitudes especiales para la labor cient\u00edfica? Ni\u00e9golo en redondo; y si la insignificancia misma de la labor lograda no lo acreditara demasiado, lo probar\u00eda tambi\u00e9n la historia de mi juventud, declarada por boca de mis maestros y condisc\u00edpulos, la mayor parte de los cuales vive todav\u00eda. Ellos dir\u00e1n c\u00f3mo yo fui, durante el bachillerato, uno de los alumnos m\u00e1s ind\u00f3ciles, turbulentos y desaplicados, y c\u00f3mo al llegar a la Universidad y cursar (y no ciertamente por espont\u00e1nea voluntad) la carrera de Medicina en Zaragoza, no brill\u00e9 ni poco ni mucho en las aulas, donde, exceptuando algunas asignaturas en las cuales est\u00edmulos paternos, harto insinuantes y en\u00e9rgicos para ser desatendidos, me obligaron a fijar la atenci\u00f3n, figur\u00e9 constantemente entre los medianos, o, a lo m\u00e1s, entre los regulares. Ellos podr\u00edan decir tambi\u00e9n que, desde el punto de vista de la inteligencia, de la memoria, de la imaginaci\u00f3n o de la palabra, en nuestra clase de cuarenta alumnos escasos se contaban lo menos diez o doce que me aventajaban.\n\nAlej\u00e1bame, adem\u00e1s, de todo estudio serio y de todo empe\u00f1o de lucimiento acad\u00e9mico, de una parte, el sarampi\u00f3n po\u00e9tico, especie de enfermedad de crecimiento que en m\u00ed se prolong\u00f3 m\u00e1s de lo corriente, y de otra, un romanticismo enervador y falso, contra\u00eddo a consecuencia de esas lecturas que inflaman la fantas\u00eda y excitan la sensibilidad, y fomentado adem\u00e1s con el amor enfermizo a la soledad y a la muda contemplaci\u00f3n de las bellezas del arte y de la Naturaleza.\n\nS\u00f3lo dos cualidades hab\u00eda en m\u00ed anteriormente, quiz\u00e1s algo m\u00e1s desarrolladas que en mis condisc\u00edpulos, cualidades que acaso hubieran atra\u00eddo la atenci\u00f3n de los profesores, si mi nada envidiable reputaci\u00f3n de alumno perezoso y descuidado no me hubieran condenado de antemano a la indiferencia de todos. Eran \u00e9stas una petulante independencia de juicio que me arrastr\u00f3 alguna vez hasta la discusi\u00f3n de las opiniones cient\u00edficas de un querido sabio y dign\u00edsimo maestro, con esc\u00e1ndalo bien justificado de mis condisc\u00edpulos, y un sentimiento profundo de nuestra decadencia cient\u00edfica, que llegaba a la exaltaci\u00f3n cuando, al leer el profuso Tratado de Fisiolog\u00eda de Beclard, atestado de citas y pre\u00f1ado de experimentos contradictorios, o las concienzudas y eruditas Anatom\u00edas de Sappey y Cruveilhier, echaba de menos los nombres de sabios espa\u00f1oles. Semejante preterici\u00f3n caus\u00e1bame profundo dolor, pareci\u00e9ndome que los manes de la patria hab\u00edan de pedirnos estrecha cuenta de nuestra dejadez e incultura, y que cada descubrimiento debido al extranjero era algo as\u00ed como un ultraje a nuestra bandera vergonzosamente tolerado. Y m\u00e1s de una vez durante mis paseos solitarios bajo las sombr\u00edas y misteriosas alamedas que rodean la ciudad heroica, agitado el cerebro por el estruendo de las tumultuosas aguas del Ebro, en esos eternos soliloquios que constituyen la conversaci\u00f3n favorita del so\u00f1ador, que gusta recatar su alma y sus queridas esperanzas de la heladora sonrisa de los hombres pr\u00e1cticos y de las cabezas equilibradas, sin medir lo arduo de la empresa ni reparar en la escasez de mis facultades, exclamaba: \u00abNo, Espa\u00f1a debe tener anat\u00f3micos, y si las fuerzas y la voluntad no me faltan, yo procurar\u00e9 ser uno de ellos.\u00bb\n\nAhora bien: si yo, careciendo de talento y de vocaci\u00f3n por la ciencia, al solo impulso del patriotismo y de la fuerza de voluntad, he conseguido algo en el terreno de la investigaci\u00f3n, \u00a1qu\u00e9 no lograr\u00edan esos primeros de mi clase y esos much\u00edsimos primeros de otras muchas clases si, pensando un poco m\u00e1s en la patria y algo menos en la familia y en las comodidades de la vida, se propusieran aplicar seriamente sus grandes facultades a la creaci\u00f3n de ciencia original y castizamente espa\u00f1ola! El secreto para llegar es muy sencillo; se reduce a dos palabras: trabajo y perseverancia.\n\nMi empe\u00f1o en poner en su punto las aserciones de los providencialistas y genialistas, en lo concerniente al origen de los descubrimientos, me han alejado un tanto de mi prop\u00f3sito; volviendo nuevamente a \u00e9l, es decir, a la justificaci\u00f3n de mi trabajo, a\u00f1adir\u00e9 a lo antes expuesto que, correspondiendo al inter\u00e9s demostrado por el se\u00f1or Lluria, he ampliado varios cap\u00edtulos y he a\u00f1adido alguno nuevo, inspir\u00e1ndome, por desgracia, en motivos de triste actualidad.\n\n\u00a1Ojal\u00e1 que este humilde folleto que dirigimos a la juventud estudiosa sirva para fortalecer la afici\u00f3n a las tareas del laboratorio, as\u00ed como para alentar las esperanzas un tanto deca\u00eddas, despu\u00e9s de recientes y abrumadores desastres, de los creyentes en nuestro renacimiento intelectual y cient\u00edfico!\n\nMadrid, 20 de diciembre de 1898.\n<h2>Pr\u00f3logo de la tercera edici\u00f3n (1912)<\/h2>\nAgotada hace m\u00e1s de tres a\u00f1os la edici\u00f3n costeada por la generosidad del doctor Lluria, nos hemos visto obligados, para satisfacer las demandas de Am\u00e9rica, a permitir la reimpresi\u00f3n de este folleto en dos revistas cient\u00edficas americanas. \u00cdbamos ya a otorgar la misma licencia a una Corporaci\u00f3n cient\u00edfico-literaria de Espa\u00f1a, cuando nos hemos percatado de que este abandono del librito a iniciativas ajenas revela pecado de negligencia, susceptible a acarrear algunos inconvenientes.\n\nDistamos de hacernos ilusiones acerca del m\u00e9rito de nuestro Discurso. Tanto desde el punto de vista filos\u00f3fico como desde el literario, adolece de grandes defectos. Sin duda que en la actualidad, asistidos por una lectura filos\u00f3fica y pedag\u00f3gica m\u00e1s copiosa y selecta y por la experiencia docente de los quince a\u00f1os transcurridos, podr\u00edamos acaso enriquecer y mejorar doctrinalmente el texto y depurarlo de muchos defectos de estilo y de no pocas candorosas arrogancias y exageraciones.\n\nNo nos resolvemos, empero, a ejercitar severamente la podadera sobre esta modesta obra de juventud. Buena o mala, todo libro posee una personalidad espiritual, y el p\u00fablico, habituado a ella, tiene derecho a que el autor la respete y no la disfrace o escamotee a t\u00edtulo de mejorarla. Sobre que bien pudiera ocurrir que hoy, en plena senectud, nos parezcan defectos (y no lo ser\u00e1n acaso) precisamente aquellos rasgos que fijaron la atenci\u00f3n del lector y ganaron su benevolencia. Que a los libros, como a los hombres, los respetamos y admiramos por sus buenas cualidades, pero s\u00f3lo los amamos por algunos de sus defectos.\n\nPor si tales sospechas fueran ilusiones, conservamos esencialmente en esta tercera edici\u00f3n el texto de 1897. En \u00e9l h\u00e9monos permitido solamente algunos pocos retoques de estilo y la adici\u00f3n de tal cual p\u00e1rrafo encaminado a desarrollar ideas someramente apuntadas en el texto. Pero la presente edici\u00f3n encierra varios cap\u00edtulos nuevos, entre ellos uno final donde se\u00f1alamos, seg\u00fan nuestro humilde entender, la obra que las instituciones docentes espa\u00f1olas, y singularmente la Junta de Pensiones y Ampliaci\u00f3n de Estudios en el Extranjero, est\u00e1n llamadas a realizar para que en el m\u00e1s breve plazo posible nuestra Patria colabore, en la medida de sus fuerzas mentales y de sus recursos financieros, en la empresa de la cultura y civilizaci\u00f3n universales.\n\nMadrid, enero de 1912.\n\n<\/div>\n","rendered":"<div id=\"col1\">\n<h2>Pr\u00f3logo de la segunda edici\u00f3n (1899), costeada por la generosidad del doctor Lluria<\/h2>\n<p>El libro actual es una reproducci\u00f3n, con numerosos retoques y desarrollos, de mi discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Exactas, F\u00edsicas y Naturales (sesi\u00f3n del 5 de diciembre de 1897).<\/p>\n<p>Como otras muchas oraciones acad\u00e9micas harto m\u00e1s merecedoras de publicidad, este discurso hubiera quedado olvidado en los anaqueles de las bibliotecas oficiales si un querido amigo nuestro, el doctor Lluria, no hubiera tenido la generosidad de reimprimirlo a su costa, a fin de regalarlo a los estudiantes y a los aficionados a las tareas de laboratorio.<\/p>\n<p>Cree el doctor Lluria (y Dios le pague tan hermosas ilusiones) que los consejos y advertencias contenidos en dicho trabajo, pueden ser, como emanados de un apasionamiento de la investigaci\u00f3n, de alg\u00fan provecho para promover el amor y entusiasmo de la juventud estudiosa hacia las empresas del laboratorio.<\/p>\n<p>Ignoro si, en efecto, los referidos consejos, expuestos con fervor y entusiasmo quiz\u00e1 un tanto exagerado e ingenuos, tendr\u00e1n positiva utilidad para el efecto de formar investigadores. Por mi parte, dir\u00e9 solamente que, acaso por no haberlos recibido de ninguno de mis deudos o profesores cuando conceb\u00ed el temerario empe\u00f1o de consagrarme a la religi\u00f3n del laboratorio, perd\u00ed, en tentativas in\u00fatiles, lo mejor de mi investigaci\u00f3n cient\u00edfica. \u00a1En cu\u00e1ntas ocasiones me sucedi\u00f3, por ignorar las fuentes bibliogr\u00e1ficas (y desgraciadamente no siempre por falta de diligencia, sino de recursos pecuniarios) y no encontrar un gu\u00eda orientador, descubrir hechos anat\u00f3micos ya por entonces divulgados en lenguas que ignoraba y que ignoran tambi\u00e9n aquellos que debieron saberlas!<\/p>\n<p>\u00a1Y cu\u00e1ntas veces me ocurri\u00f3 tambi\u00e9n, por carecer de disciplina, y sobre todo por vivir alejado de ese ambiente intelectual del cual recibe el investigador novel est\u00edmulos y energ\u00edas, abandonar la labor en el momento en que, fatigado y hastiado, no tanto del trabajo cuanto de mi triste y enervadora soledad, comenzaba a columbrar los primeros tenues albores de la idea nueva!<\/p>\n<p>La rutina cient\u00edfica y la servidumbre mental al extranjero reinaban tan desp\u00f3ticamente entonces en nuestras escuelas que, al solo anuncio de que yo, humilde m\u00e9dico reci\u00e9n salido de las aulas, sin etiqueta oficial prestigiosa, me propon\u00eda publicar cierto trabajo experimental sobre la inflamaci\u00f3n (trabajo que, como obra de novicio, fue malo e incompleto), alguno de los profesores de mi querida Universidad de Zaragoza, y no ciertamente de los peores, exclam\u00f3 estupefacto: \u00abPero \u00a1qui\u00e9n es Cajal para atreverse a juzgar los trabajos de los sabios!\u00bb Y cuenta que este profesor era por aquellos tiempos (1880) el publicista de nuestra Facultad y una de las cabezas m\u00e1s modernas y mejor orientadas por la misma; pero abrigaba la creencia (desgraciadamente profesada todav\u00eda por muchos de nuestros catedr\u00e1ticos, ignoro si con sinceridad o a t\u00edtulo de expediente c\u00f3modo para cohonestar la propia pereza) de que las conquistas cient\u00edficas no son fruto del trabajo met\u00f3dico, sino dones del cielo, gracias generosamente otorgadas por la Providencia a unos cuantos privilegiados, inevitablemente pertenecientes a las naciones m\u00e1s laboriosas, es decir, a Francia, Inglaterra, Alemania e Italia. Con cuya peregrina teor\u00eda, si sale malparada Espa\u00f1a, se injuria gravemente a la Providencia, a quien se pinta como resuelta a escoger sus confidentes, ennobleci\u00e9ndolos con la llama del genio, entre los herejes, librepensadores o cat\u00f3licos m\u00e1s o menos tibios de otras naciones.<\/p>\n<p>Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Hoy, el investigador en Espa\u00f1a no es el solitario de anta\u00f1o. Todav\u00eda no son legi\u00f3n, pero contamos ya con pl\u00e9yade de j\u00f3venes entusiastas a quienes el amor a la ciencia y el deseo de colaborar en la obra magna del progreso mantienen en confortadora comuni\u00f3n espiritual. Actualmente, en fin, han perdido su desoladora eficacia estas preguntas que todos los aficionados a la ciencia nos hemos hecho al dar nuestros primeros inciertos pasos: Esto que yo hago, \u00bfa qui\u00e9n importa aqu\u00ed? \u00bfA qui\u00e9n contar\u00e9 el gozo producido por mi peque\u00f1o descubrimiento que no se r\u00eda desde\u00f1osamente o no se mueva a compasi\u00f3n irritante? Si acierto, \u00bfqui\u00e9n aplaudir\u00e1?, y si me equivoco, \u00bfqui\u00e9n me corregir\u00e1 y me alentar\u00e1 para proseguir?<\/p>\n<p>Algunos lectores del presente discurso me han advertido, en son de cr\u00edtica ben\u00e9vola, que doy demasiada importancia a la disciplina de la voluntad y poca a las aptitudes excepcionales concurrentes en los grandes investigadores. No ser\u00e9 yo, ciertamente, quien niegue que los m\u00e1s ilustres iniciadores cient\u00edficos pertenecen a la aristocracia del esp\u00edritu, y han sido capacidades mentales muy elevadas, a las cuales no llegaremos nunca, por mucho que nos esforcemos, los que figuramos en el mont\u00f3n de los trabajadores modestos. Pero despu\u00e9s de hacer esta concesi\u00f3n, que es de pura justicia, sigo creyendo que a todo hombre de regular entendimiento y ansioso de nombrad\u00eda, le queda todav\u00eda mucho campo donde ejercitar su actividad y de tener la fortuna que, a semejanza de la loter\u00eda, no sonr\u00ede siempre a los ricos, sino que se complace, de vez en cuando, en alegrar el hogar de los humildes, adem\u00e1s, que todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro, y que aun el peor dotado es susceptible, al modo de las tierras pobres, pero bien cultivadas y abonadas, de rendir copiosa mies.<\/p>\n<p>Acaso me equivoque, pero declaro sinceramente que en mis excursiones por el extranjero y en mis conversaciones con sabios ilustres, he sacado la impresi\u00f3n (salvada tal cual excepci\u00f3n) de que la mayor\u00eda de \u00e9stos pertenece a la categor\u00eda de las inteligencias regulares, pero disciplinadas, muy cultivadas y movidas por avidez insaciable de celebridad. Es m\u00e1s: en alguna ocasi\u00f3n he topado con sabios renombrados inferiores, tanto por sus pasiones como por su inteligencia, al descubrimiento que los sac\u00f3 de la oscuridad, y al cual llegaron por los ciegos e inesperados caminos del azar. El caso de Courtois, del cual ha dicho un ingenioso escritor que no se sabe si fue \u00e9l quien descubri\u00f3 el yodo, o si el yodo lo descubri\u00f3 a \u00e9l, es m\u00e1s frecuente de lo que muchos se figuran.<\/p>\n<p>De cualquier modo, \u00bfqu\u00e9 nos cuesta probar si somos capaces de crear ciencia original? \u00bfC\u00f3mo sabremos, en fin, si entre nosotros existe alguno dotado de superiores aptitudes para la ciencia, si no procuramos crearle, con las excelencias de una disciplina moral y t\u00e9cnica apropiadas, la ocasi\u00f3n de que se revele? Como dice Balmes, \u00absi H\u00e9rcules no hubiera manejado nunca m\u00e1s que un bast\u00f3n, nunca creyera ser capaz de blandir la pesada clava\u00bb.<\/p>\n<p>Acuden a mi mente muchos ejemplos que testifican c\u00f3mo una median\u00eda, asistida por una cultura asidua e inflamada en la noble pasi\u00f3n del patriotismo, puede llegar a hacer verdaderos descubrimientos; pero, como no hay cosa m\u00e1s molesta a los hombres o a las naciones que el dictado de pobreza de esp\u00edritu, ni juicio m\u00e1s antip\u00e1tico a los ojos del hombre de m\u00e9rito que atribuir solamente sus \u00e9xitos a la terca continuidad en el trabajo, s\u00e9ame permitido, a fin de evitarme resquemores y discriminaciones enojosas, ofrecerme yo mismo como caso. Sin pecar de petulante o presuntuoso, creo que puedo considerarme autor de algunos descubrimientos anat\u00f3micos que, por confirmados y sabidos, se citan como adquisiciones definitivas de la ciencia; y no cuento en mi activo con las teor\u00edas e hip\u00f3tesis lanzadas a la pol\u00e9mica por mi imaginaci\u00f3n inquieta e impaciente, pues las teor\u00edas suelen representar s\u00edntesis prematuras de fen\u00f3menos incompletamente conocidos, y est\u00e1n, por tanto, sujetas al vaiv\u00e9n de los sistemas, corriendo el riesgo de desaparecer ante los nuevos progresos. (En ciencia el hecho queda, pero la teor\u00eda se renueva.)<\/p>\n<p>Ahora bien: estos hechos nuevos constituyen exclusivamente el fruto del trabajo fecundado por la energ\u00eda de una voluntad resuelta a crear algo original.<\/p>\n<p>\u00bfEs que poseo aptitudes especiales para la labor cient\u00edfica? Ni\u00e9golo en redondo; y si la insignificancia misma de la labor lograda no lo acreditara demasiado, lo probar\u00eda tambi\u00e9n la historia de mi juventud, declarada por boca de mis maestros y condisc\u00edpulos, la mayor parte de los cuales vive todav\u00eda. Ellos dir\u00e1n c\u00f3mo yo fui, durante el bachillerato, uno de los alumnos m\u00e1s ind\u00f3ciles, turbulentos y desaplicados, y c\u00f3mo al llegar a la Universidad y cursar (y no ciertamente por espont\u00e1nea voluntad) la carrera de Medicina en Zaragoza, no brill\u00e9 ni poco ni mucho en las aulas, donde, exceptuando algunas asignaturas en las cuales est\u00edmulos paternos, harto insinuantes y en\u00e9rgicos para ser desatendidos, me obligaron a fijar la atenci\u00f3n, figur\u00e9 constantemente entre los medianos, o, a lo m\u00e1s, entre los regulares. Ellos podr\u00edan decir tambi\u00e9n que, desde el punto de vista de la inteligencia, de la memoria, de la imaginaci\u00f3n o de la palabra, en nuestra clase de cuarenta alumnos escasos se contaban lo menos diez o doce que me aventajaban.<\/p>\n<p>Alej\u00e1bame, adem\u00e1s, de todo estudio serio y de todo empe\u00f1o de lucimiento acad\u00e9mico, de una parte, el sarampi\u00f3n po\u00e9tico, especie de enfermedad de crecimiento que en m\u00ed se prolong\u00f3 m\u00e1s de lo corriente, y de otra, un romanticismo enervador y falso, contra\u00eddo a consecuencia de esas lecturas que inflaman la fantas\u00eda y excitan la sensibilidad, y fomentado adem\u00e1s con el amor enfermizo a la soledad y a la muda contemplaci\u00f3n de las bellezas del arte y de la Naturaleza.<\/p>\n<p>S\u00f3lo dos cualidades hab\u00eda en m\u00ed anteriormente, quiz\u00e1s algo m\u00e1s desarrolladas que en mis condisc\u00edpulos, cualidades que acaso hubieran atra\u00eddo la atenci\u00f3n de los profesores, si mi nada envidiable reputaci\u00f3n de alumno perezoso y descuidado no me hubieran condenado de antemano a la indiferencia de todos. Eran \u00e9stas una petulante independencia de juicio que me arrastr\u00f3 alguna vez hasta la discusi\u00f3n de las opiniones cient\u00edficas de un querido sabio y dign\u00edsimo maestro, con esc\u00e1ndalo bien justificado de mis condisc\u00edpulos, y un sentimiento profundo de nuestra decadencia cient\u00edfica, que llegaba a la exaltaci\u00f3n cuando, al leer el profuso Tratado de Fisiolog\u00eda de Beclard, atestado de citas y pre\u00f1ado de experimentos contradictorios, o las concienzudas y eruditas Anatom\u00edas de Sappey y Cruveilhier, echaba de menos los nombres de sabios espa\u00f1oles. Semejante preterici\u00f3n caus\u00e1bame profundo dolor, pareci\u00e9ndome que los manes de la patria hab\u00edan de pedirnos estrecha cuenta de nuestra dejadez e incultura, y que cada descubrimiento debido al extranjero era algo as\u00ed como un ultraje a nuestra bandera vergonzosamente tolerado. Y m\u00e1s de una vez durante mis paseos solitarios bajo las sombr\u00edas y misteriosas alamedas que rodean la ciudad heroica, agitado el cerebro por el estruendo de las tumultuosas aguas del Ebro, en esos eternos soliloquios que constituyen la conversaci\u00f3n favorita del so\u00f1ador, que gusta recatar su alma y sus queridas esperanzas de la heladora sonrisa de los hombres pr\u00e1cticos y de las cabezas equilibradas, sin medir lo arduo de la empresa ni reparar en la escasez de mis facultades, exclamaba: \u00abNo, Espa\u00f1a debe tener anat\u00f3micos, y si las fuerzas y la voluntad no me faltan, yo procurar\u00e9 ser uno de ellos.\u00bb<\/p>\n<p>Ahora bien: si yo, careciendo de talento y de vocaci\u00f3n por la ciencia, al solo impulso del patriotismo y de la fuerza de voluntad, he conseguido algo en el terreno de la investigaci\u00f3n, \u00a1qu\u00e9 no lograr\u00edan esos primeros de mi clase y esos much\u00edsimos primeros de otras muchas clases si, pensando un poco m\u00e1s en la patria y algo menos en la familia y en las comodidades de la vida, se propusieran aplicar seriamente sus grandes facultades a la creaci\u00f3n de ciencia original y castizamente espa\u00f1ola! El secreto para llegar es muy sencillo; se reduce a dos palabras: trabajo y perseverancia.<\/p>\n<p>Mi empe\u00f1o en poner en su punto las aserciones de los providencialistas y genialistas, en lo concerniente al origen de los descubrimientos, me han alejado un tanto de mi prop\u00f3sito; volviendo nuevamente a \u00e9l, es decir, a la justificaci\u00f3n de mi trabajo, a\u00f1adir\u00e9 a lo antes expuesto que, correspondiendo al inter\u00e9s demostrado por el se\u00f1or Lluria, he ampliado varios cap\u00edtulos y he a\u00f1adido alguno nuevo, inspir\u00e1ndome, por desgracia, en motivos de triste actualidad.<\/p>\n<p>\u00a1Ojal\u00e1 que este humilde folleto que dirigimos a la juventud estudiosa sirva para fortalecer la afici\u00f3n a las tareas del laboratorio, as\u00ed como para alentar las esperanzas un tanto deca\u00eddas, despu\u00e9s de recientes y abrumadores desastres, de los creyentes en nuestro renacimiento intelectual y cient\u00edfico!<\/p>\n<p>Madrid, 20 de diciembre de 1898.<\/p>\n<h2>Pr\u00f3logo de la tercera edici\u00f3n (1912)<\/h2>\n<p>Agotada hace m\u00e1s de tres a\u00f1os la edici\u00f3n costeada por la generosidad del doctor Lluria, nos hemos visto obligados, para satisfacer las demandas de Am\u00e9rica, a permitir la reimpresi\u00f3n de este folleto en dos revistas cient\u00edficas americanas. \u00cdbamos ya a otorgar la misma licencia a una Corporaci\u00f3n cient\u00edfico-literaria de Espa\u00f1a, cuando nos hemos percatado de que este abandono del librito a iniciativas ajenas revela pecado de negligencia, susceptible a acarrear algunos inconvenientes.<\/p>\n<p>Distamos de hacernos ilusiones acerca del m\u00e9rito de nuestro Discurso. Tanto desde el punto de vista filos\u00f3fico como desde el literario, adolece de grandes defectos. Sin duda que en la actualidad, asistidos por una lectura filos\u00f3fica y pedag\u00f3gica m\u00e1s copiosa y selecta y por la experiencia docente de los quince a\u00f1os transcurridos, podr\u00edamos acaso enriquecer y mejorar doctrinalmente el texto y depurarlo de muchos defectos de estilo y de no pocas candorosas arrogancias y exageraciones.<\/p>\n<p>No nos resolvemos, empero, a ejercitar severamente la podadera sobre esta modesta obra de juventud. Buena o mala, todo libro posee una personalidad espiritual, y el p\u00fablico, habituado a ella, tiene derecho a que el autor la respete y no la disfrace o escamotee a t\u00edtulo de mejorarla. Sobre que bien pudiera ocurrir que hoy, en plena senectud, nos parezcan defectos (y no lo ser\u00e1n acaso) precisamente aquellos rasgos que fijaron la atenci\u00f3n del lector y ganaron su benevolencia. Que a los libros, como a los hombres, los respetamos y admiramos por sus buenas cualidades, pero s\u00f3lo los amamos por algunos de sus defectos.<\/p>\n<p>Por si tales sospechas fueran ilusiones, conservamos esencialmente en esta tercera edici\u00f3n el texto de 1897. En \u00e9l h\u00e9monos permitido solamente algunos pocos retoques de estilo y la adici\u00f3n de tal cual p\u00e1rrafo encaminado a desarrollar ideas someramente apuntadas en el texto. Pero la presente edici\u00f3n encierra varios cap\u00edtulos nuevos, entre ellos uno final donde se\u00f1alamos, seg\u00fan nuestro humilde entender, la obra que las instituciones docentes espa\u00f1olas, y singularmente la Junta de Pensiones y Ampliaci\u00f3n de Estudios en el Extranjero, est\u00e1n llamadas a realizar para que en el m\u00e1s breve plazo posible nuestra Patria colabore, en la medida de sus fuerzas mentales y de sus recursos financieros, en la empresa de la cultura y civilizaci\u00f3n universales.<\/p>\n<p>Madrid, enero de 1912.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"author":1,"menu_order":1,"template":"","meta":{"pb_show_title":"on","pb_short_title":"","pb_subtitle":"","pb_authors":[],"pb_section_license":""},"chapter-type":[],"contributor":[],"license":[],"class_list":["post-23","chapter","type-chapter","status-publish","hentry"],"part":22,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/23","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/chapter"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/23\/revisions"}],"part":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/parts\/22"}],"metadata":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/23\/metadata\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=23"}],"wp:term":[{"taxonomy":"chapter-type","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapter-type?post=23"},{"taxonomy":"contributor","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/contributor?post=23"},{"taxonomy":"license","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/license?post=23"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}