{"id":26,"date":"2019-12-09T15:25:40","date_gmt":"2019-12-09T15:25:40","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/capitulo-iii-cualidades-de-orden-moral-que-debe-poseer-el-investigador\/"},"modified":"2019-12-09T15:25:40","modified_gmt":"2019-12-09T15:25:40","slug":"capitulo-iii-cualidades-de-orden-moral-que-debe-poseer-el-investigador","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/capitulo-iii-cualidades-de-orden-moral-que-debe-poseer-el-investigador\/","title":{"rendered":"Cap\u00edtulo III. Cualidades de orden moral que debe poseer el investigador"},"content":{"raw":"\nLas cualidades indispensables al cultivador de la investigaci\u00f3n son: la independencia mental, la curiosidad intelectual, la perseverancia en el trabajo, la religi\u00f3n de la patria y el amor a la gloria.\n\nDe atributos intelectuales no hay que hablar, pues damos por supuesto que el aficionado a las tareas del laboratorio goza de un regular entendimiento, de no despreciable imaginaci\u00f3n, y sobre todo de esa arm\u00f3nica ponderaci\u00f3n de facultades que vale mucho m\u00e1s que el talento brillante, pero irregular y desequilibrado.\n\nAfirma Carlos Richet que en el hombre de genio se juntan los idealismos de Don Quijote al buen sentido de Sancho. Algo de esta feliz conjunci\u00f3n de atributos debe poseer el investigador: temperamento art\u00edstico que le lleve a buscar y contemplar el n\u00famero, la belleza y la armon\u00eda de las cosas, y sano sentido cr\u00edtico capaz de refrenar los arranques temerarios de la fantas\u00eda y de hacer que prevalezcan, en esa lucha por la vida entablada en nuestra mente por las ideas, los pensamientos que m\u00e1s fielmente traducen la realidad objetiva.\n<h2>a) Independencia de juicio<\/h2>\nRasgo dominante en los investigadores eminentes es la altiva independencia de criterio. Ante la obra de sus predecesores y maestros no permanecen suspensos y anonadados, sino recelosos y escudri\u00f1adores. Aquellos esp\u00edritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron la obra anat\u00f3mica de Galeno, y aquellos otros llamados Cop\u00e9rnico, Kepler, Newton y Huyghens, que echaron abajo la astronom\u00eda de los antiguos, fueron sin duda preclaros entendimientos, pero, ante todo, poseyeron individualidad mental ambiciosa y descontentadiza y osad\u00eda cr\u00edtica extraordinaria. De los d\u00f3ciles y humildes pueden salir los santos, pocas veces los sabios. Tengo para m\u00ed que el excesivo cari\u00f1o a la tradici\u00f3n, el obstinado empe\u00f1o en fijar la Ciencia en las viejas f\u00f3rmulas del pasado, cuando no denuncian invencible pereza mental, representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.\n\n\u00a1Desgraciado del que, en presencia de un libro, queda mudo y absorto! La admiraci\u00f3n extremada achica la personalidad y ofusca el entendimiento, que llega a tomar las hip\u00f3tesis por demostraciones, las sombras por claridades.\n\nHarto se me alcanza que no es dado a todos sorprender a la primera lectura los vac\u00edos y lunares de un libro inspirado. La veneraci\u00f3n excesiva, como todos los estados pasionales, excluye el sentido cr\u00edtico. Si despu\u00e9s de una lectura sugestiva nos sentimos d\u00e9biles, dejemos pasar algunos d\u00edas, fr\u00eda la cabeza y sereno el juicio, procedamos a una segunda y hasta a una tercera lectura. Poco a poco los vac\u00edos aparecen, los razonamientos endebles se patentizan, las hip\u00f3tesis ingeniosas se desprestigian y muestran lo deleznable de sus cimientos, la magia misma del estilo acaba por hallarnos insensibles, nuestro entendimiento, en fin, reacciona. El libro no tiene en nosotros un devoto, sino un juez. Este es el momento de investigar, de cambiar las hip\u00f3tesis del autor por otras m\u00e1s razonables, de someterlo todo a cr\u00edtica severa.\n\nAl modo de muchas bellezas naturales, las obras humanas necesitan, para no perder sus encantos, ser contempladas a distancia. El an\u00e1lisis es el microscopio que nos aproxima al objeto y nos muestra la grosera urdimbre del tapiz; dis\u00edpase la ilusi\u00f3n cuando salta a los ojos lo artificioso del bordado y los defectos del dibujo.\n\nSe dir\u00e1 acaso que en los presentes tiempos, que han visto derrocados tantos \u00eddolos y mermados u olvidados muchos viejos prestigios, no es necesario el llamamiento al sentido cr\u00edtico y al esp\u00edritu de duda. Cierto que no es tan urgente hoy como en otras \u00e9pocas, pero todav\u00eda conserva la rutina sus fueros, a\u00fan se da con harta frecuencia el fen\u00f3meno de que los disc\u00edpulos de un hombre ilustre gasten sus talentos, no en esclarecer nuevos problemas, sino en defender los errores del maestro. Importa notar que tambi\u00e9n en esta \u00e9poca de irreverente cr\u00edtica y de revisi\u00f3n de valores, la disciplina de escuela reina en las Universidades de Francia, Alemania e Italia, con un despotismo tal, que sofoca a veces las mejores iniciativas e impide el florecimiento de pensadores originales. Los que nos batimos en la brecha como simples soldados, \u00a1cu\u00e1ntos casos ejemplares podr\u00edamos citar de esta servidumbre de escuela o de cen\u00e1culo! \u00a1Qu\u00e9 de talentos conocemos que no han tenido m\u00e1s desgracia que haber sido disc\u00edpulos de un gran hombre! Y aqu\u00ed aludimos a esas naturalezas generosas y agradecidas, las cuales, sabiendo inquirir la verdad, no osan declararla por no arrebatar al maestro parte de su prestigio, que, asentado en el error, caer\u00e1 tarde o temprano al empuje de adversarios menos escrupulosos.\n\nPor lo que hace a esas naturalezas d\u00f3ciles, tan f\u00e1ciles a la sugesti\u00f3n como pasivas y perseverantes en el error, las cuales forman el s\u00e9quito de los jefes de escuela, su misi\u00f3n ha sido siempre adular al genio y aplaudir sus extrav\u00edos. Este es el pleito-homenaje que la median\u00eda rinde complaciente al talento superior. Ello se comprende bien recordando que los cerebros d\u00e9biles se adaptan mejor al error, casi siempre sencillo, que a la verdad, a menudo austera y dif\u00edcil.\n<h2>b) Perseverancia en el estudio<\/h2>\nPonderan con raz\u00f3n los tratadistas de l\u00f3gica la virtud creadora de la atenci\u00f3n, pero insisten poco en una variedad del atender que cabr\u00eda llamar <em>polarizaci\u00f3n cerebral<\/em> o <em>atenci\u00f3n cr\u00f3nica<\/em>, esto es, la orientaci\u00f3n permanente, durante meses y aun a\u00f1os, de todas nuestras facultades hacia un objeto de estudio. Infinitos son los ingenios brillantes que por carecer de este atributo, que los franceses designan <em lang=\"fr\" xml:lang=\"fr\">esprit de suite<\/em> se esterilizan en sus meditaciones. A docenas podr\u00eda yo citar espa\u00f1oles, que poseyendo un intelecto admirablemente adecuado para la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, ret\u00edranse desanimados de una cuesti\u00f3n sin haber medido seriamente sus fuerzas, y acaso en el momento mismo en que la Naturaleza iba a premiar sus afanes con la revelaci\u00f3n ansiosamente esperada. Nuestras aulas y laboratorios abundan en estas naturalezas tornadizas e inquietas, que aman la investigaci\u00f3n y se pasan los d\u00edas de turbio en turbio ante la retorta o el microscopio; su febril actividad rev\u00e9lase en el alud de conferencias, folletos y libros, en que prodigan erudici\u00f3n y talento considerables; fustigan continuamente la turba g\u00e1rrula de traductores y teorizantes, proclamando la necesidad inexcusable de la observaci\u00f3n y estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma, y cuando tras largos a\u00f1os de propaganda y de labor experimental se pregunta a los \u00edntimos de tales hombres, a los asiduos del misterioso cen\u00e1culo donde aqu\u00e9llos ofician de pontifical confiesan ruborosos que la misma fuerza del talento, la casi imposibilidad de ver en peque\u00f1o la extraordinaria amplitud y alcance de la obra emprendida, han imposibilitado llevar a cabo ning\u00fan progreso parcial y positivo. He aqu\u00ed el fruto obligado de la flojedad o de la dispersi\u00f3n excesiva de la atenci\u00f3n, as\u00ed como del pueril alarde enciclopedista, inconcebible hoy en que hasta los sabios m\u00e1s insignes se especializan y concentran para producir. Pero sobre los vicios de la voluntad trataremos m\u00e1s adelante.\n\nPara llevar a feliz t\u00e9rmino una indagaci\u00f3n cient\u00edfica, una vez conocidos los m\u00e9todos conducentes al fin, debemos fijar fuertemente en nuestro esp\u00edritu los t\u00e9rminos del problema, a fin de provocar en\u00e9rgicas corrientes del pensamiento, es decir, asociaciones cada vez m\u00e1s complejas y precisas entre las im\u00e1genes recibidas por la observaci\u00f3n y las ideas que dormitan en nuestro inconsciente, ideas que s\u00f3lo una concentraci\u00f3n vigorosa de nuestras energ\u00edas mentales podr\u00eda llevar al campo de la conciencia. No basta la atenci\u00f3n expectante, ahincada, es preciso llegar a la preocupaci\u00f3n. Importa aprovechar para la obra todos los momentos l\u00facidos en nuestro esp\u00edritu, ya la meditaci\u00f3n que sigue al descanso prolongado, ya el trabajo mental supraintensivo que s\u00f3lo da la c\u00e9lula nerviosa caldeada por la congesti\u00f3n, ora, en fin, la inesperada intuici\u00f3n que brota a menudo, como la chispa del eslab\u00f3n, del choque de la discusi\u00f3n cient\u00edfica.\n\nCasi todos los que desconf\u00edan de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atenci\u00f3n prolongada. Esta especie de polarizaci\u00f3n cerebral con relaci\u00f3n a un cierto orden de percepciones afina el juicio, enriquece nuestra sensibilidad anal\u00edtica, espolea la imaginaci\u00f3n constructiva y, en fin, condensando toda la luz de la raz\u00f3n en las negruras del problema, permite descubrir en \u00e9ste inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza de horas de exposici\u00f3n, una placa fotogr\u00e1fica situada en el foco de un anteojo dirigida al firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio m\u00e1s potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atenci\u00f3n, el intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del m\u00e1s abstruso problema.\n\nLa comparaci\u00f3n precedente no es del todo exacta. La fotograf\u00eda astron\u00f3mica lim\u00edtase a registrar actos pre-existentes de tenue fulgor, mas en la labor cerebral se da un acto de creaci\u00f3n. Parece como si la representaci\u00f3n mental obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un amibo, ap\u00e9ndices invasores que, despu\u00e9s de crecer en todos sentidos y de sufrir extrav\u00edos y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con las ideas afines.\n\nLa forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones y renuncias. Convendr\u00e1 durante la susodicha incubaci\u00f3n intelectual que el investigador, al modo del son\u00e1mbulo, atento s\u00f3lo a la voz del hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la c\u00e1tedra, en el paseo, en el teatro, en la conversaci\u00f3n, hasta en la lectura meramente art\u00edstica, buscar\u00e1 ocasi\u00f3n de intuiciones, de comparaciones y de hip\u00f3tesis, que le permitan llevar alguna claridad a la cuesti\u00f3n que le obsesiona. En este proceso adaptativo nada es in\u00fatil: los primeros groseros errores, as\u00ed como las falsas rutas por donde la imaginaci\u00f3n se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el \u00e9xito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.\n\nCuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relaci\u00f3n a un objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anat\u00f3mica y din\u00e1micamente, adapt\u00e1ndose progresivamente al tema. Esta adecuada y espec\u00edfica organizaci\u00f3n adquirida por las c\u00e9lulas nerviosas produce a la larga lo que yo llamar\u00eda <em>talento profesional o de adaptaci\u00f3n<\/em>, y tiene por motor la propia voluntad, es decir, la resoluci\u00f3n en\u00e9rgica de adecuar nuestro entendimiento a la naturaleza del asunto. En cierto sentido no ser\u00eda parad\u00f3jico afirmar que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve, por donde tienen f\u00e1cil y llana explicaci\u00f3n estas exclamaciones de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo f\u00e1cil de la soluci\u00f3n tan laboriosamente buscada. \u00a1C\u00f3mo no se me ocurri\u00f3 esto desde el principio! \u0097exclamamos\u0097. \u00a1Qu\u00e9 obcecaci\u00f3n la m\u00eda al obstinarme en marchar por caminos que no conducen a parte alguna!\n\nSi, a pesar de todo, la soluci\u00f3n no aparece y presentimos, no obstante, que el asunto se acerca a su madurez, procur\u00e9monos alg\u00fan tiempo de reposo. Algunas semanas de solaz y de silencio en el campo traer\u00e1n la calma y la lucidez a nuestro esp\u00edritu. Esta frescura del intelecto, como la escarcha matinal, marchitar\u00e1 la vegetaci\u00f3n par\u00e1sita y viciosa que ahogaba la buena semilla. Y al fin surgir\u00e1 la flor de la verdad, que, por lo com\u00fan, abrir\u00e1 su c\u00e1liz, al rayar el alba, tras largo y profundo sue\u00f1o, durante esas horas pl\u00e1cidas de la ma\u00f1ana que Goethe y tantos otros consideraron propicias a la invenci\u00f3n.\n\nTambi\u00e9n los viajes, al traernos nuevas im\u00e1genes del mundo y remover nuestro fondo ideal, poseen la preciosa virtud de renovar el pensamiento y de disipar enervadoras preocupaciones. \u00a1Cu\u00e1ntas veces el rudo trepidar de la locomotora y el recogimiento y soledad espiritual reinante en el vag\u00f3n (el <em>desierto de hombres<\/em>, que dir\u00eda Descartes), nos ha sugerido ideas que justific\u00f3 ulteriormente el laboratorio!\n\nEn los tiempos que corremos, en que la investigaci\u00f3n cient\u00edfica se ha convertido en una profesi\u00f3n regular que cobra n\u00f3mina del Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema: necesita adem\u00e1s imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos hermosos tiempos de anta\u00f1o en que el curioso de la Naturaleza, recogido en el silencio de su gabinete, pod\u00eda estar seguro de que ning\u00fan \u00e9mulo vendr\u00eda a turbar sus tranquilas meditaciones. Hoga\u00f1o, la investigaci\u00f3n es fiebre, apenas un nuevo m\u00e9todo se esboza, numerosos sabios se aprovechan de \u00e9l, aplic\u00e1ndolo casi simult\u00e1neamente a los mismos temas y mermando la gloria del iniciador, que carece de la holgura y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su laboriosidad y buena estrella.\n\nInevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas de prioridad. Y es que, lanzada al p\u00fablico una idea, entra a formar parte de ese ambiente intelectual donde todos nutrimos nuestro esp\u00edritu, y en virtud del isocronismo funcional reinante en las cabezas preparadas y polarizadas para un trabajo dado, la idea nueva es simult\u00e1neamente asimilada en Par\u00eds y en Berl\u00edn, en Londres y en Viena, casi de id\u00e9ntico modo, y con similares desarrollos y aplicaciones. La invenci\u00f3n crece y se desarrolla, al modo de un organismo, espont\u00e1nea y autom\u00e1ticamente, como si los sabios quedasen reducidos a meros cultivadores de la semilla sembrada por un genio. Todos entrev\u00e9n la espl\u00e9ndida floraci\u00f3n de hechos nuevos, y todos desean, naturalmente, acaparar la espl\u00e9ndida cosecha. Esto explica la impaciencia por publicar, as\u00ed como lo imperfecto y fragmentario de muchos trabajos de laboratorio. El af\u00e1n de llegar antes nos lleva a veces a incurrir en ligerezas, pero ocurre tambi\u00e9n que el ansia febril de tocar la meta los primeros nos granjea el m\u00e9rito de la prioridad.\n\nEn todo caso, si alguien se nos adelanta, haremos mal en desalentarnos. Continuemos impert\u00e9rritos la labor, que al fin llegar\u00e1 nuestro turno. Ejemplo elocuente de incansable perseverancia nos dio una mujer gloriosa, Madame Curie, cuando, habiendo descubierto la radiactividad del <em>torio<\/em>, sufri\u00f3 la desagradable sorpresa de saber que poco antes el mismo hecho hab\u00eda sido anunciado por Schmidt en los <em lang=\"de\" xml:lang=\"de\">Wiedermann Annalen<\/em>; lejos de desanimarle la noticia, prosigui\u00f3 sin tregua sus pesquisas, ensay\u00f3 al electroscopio nuevas sustancias, entre ellas cierto \u00f3xido de urano (<em>la pechblende<\/em>) de la mina de Johanngeorgenstadt, cuyo poder radiactivo sobrepuja en cuatro veces al del uranio. Y sospechando que aquella materia tan activa encerraba un cuerpo nuevo, emprendi\u00f3, con el concurso de M. Curie, una serie de ingeniosos, pacientes y heroicos trabajos, cuyo galard\u00f3n fue el hallazgo de un nuevo cuerpo, el estupendo<em>radio<\/em>, cuyas maravillosas propiedades, provocando numerosas investigaciones, han revolucionado la qu\u00edmica y la f\u00edsica.\n\nEn Espa\u00f1a, donde la pereza es, m\u00e1s que un vicio, una religi\u00f3n, se comprenden dif\u00edcilmente esas monumentales obras de los qu\u00edmicos, naturalistas y m\u00e9dicos alemanes en las cuales s\u00f3lo el tiempo necesario para la ejecuci\u00f3n de los dibujos y la consulta bibliogr\u00e1fica parecen deber contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros se han redactado en uno o dos a\u00f1os, pac\u00edficamente, sin febriles apresuramientos. El secreto est\u00e1 en el m\u00e9todo de trabajo, en aprovechar para la labor todo el tiempo h\u00e1bil, en no entregarse al diario descanso sin haber consagrado dos o tres horas por lo menos a la tarea, en poner dique prudente a esa dispersi\u00f3n intelectual y a ese derroche de tiempo exigido por el trato social, en resta\u00f1ar, en fin, en lo posible, la ch\u00e1chara ingeniosa del caf\u00e9 o de la tertulia, despilfarradora de fuerzas nerviosas (cuando no causa disgustos), y que nos aleja, con pueriles vanidades y f\u00fatiles preocupaciones, de la tarea principal.\n\nSi nuestras ocupaciones no nos permiten consagrar al tema m\u00e1s que dos horas, no abandonaremos el trabajo a pretexto de que necesitar\u00edamos cuatro o seis. Como dice juiciosamente Payot, \u00abpoco basta cada d\u00eda si cada d\u00eda logramos ese poco\u00bb.\n\nLo malo de ciertas distracciones, demasiado dominantes, no consiste tanto en el tiempo que nos roban, cuanto en la flojera de la tensi\u00f3n creadora del esp\u00edritu y en la p\u00e9rdida de esa especie de tonalidad que nuestras c\u00e9lulas nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a determinado asunto.\n\nNo pretendemos proscribir en absoluto las distracciones, pero las del investigador ser\u00e1n siempre ligeras y tales que no estorben en nada las nuevas asociaciones ideales. El paseo al aire libre, la contemplaci\u00f3n de las obras art\u00edsticas o de las fotograf\u00edas de escenas, de pa\u00edses y de monumentos, el encanto de la m\u00fasica y sobre todo la compa\u00f1\u00eda de una persona que, penetrada de nuestra situaci\u00f3n, evite cuidadosamente toda conversaci\u00f3n grave y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos del hombre de laboratorio. Bajo este aspecto ser\u00e1 bueno tambi\u00e9n seguir la regla de Buffon, cuyo abandono en la conversaci\u00f3n (que chocaba a muchos admiradores de la nobleza y elevaci\u00f3n de su estilo como escritor) lo justificaba diciendo: \u00abEstos son mis momentos de descanso.\u00bb\n\nEn resumen, toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la perseverancia, combinadas con una atenci\u00f3n orientada tenazmente durante meses y aun a\u00f1os hacia un objeto particular. As\u00ed lo han confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus creaciones. Newton declaraba que s\u00f3lo pensando siempre en la misma cosa hab\u00eda llegado a la soberana ley de la atracci\u00f3n universal, de Darwin refiere uno de sus hijos que lleg\u00f3 a tal concentraci\u00f3n en el estudio de los hechos biol\u00f3gicos relacionados con el gran principio de la evoluci\u00f3n, que se priv\u00f3 durante muchos a\u00f1os y de modo sistem\u00e1tico de toda lectura y meditaci\u00f3n extra\u00f1as al blanco de sus pensamientos, en fin, Buffon no vacilaba en decir que \u00abel genio no es sino la paciencia extremada\u00bb. Suya es tambi\u00e9n esta respuesta a los que le preguntaban c\u00f3mo hab\u00eda conquistado la gloria: \u00abPasando cuarenta a\u00f1os de mi vida inclinado sobre mi escritorio.\u00bb En fin, nadie ignora que Mayer, el genial descubridor del principio de la conservaci\u00f3n y transformaci\u00f3n de la energ\u00eda, consagr\u00f3 a esta concepci\u00f3n toda su vida.\n\nSiendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas cient\u00edficas exigen, m\u00e1s que vigor intelectual, disciplina severa de la voluntad y perenne subordinaci\u00f3n de todas las fuerzas mentales a un objeto de estudio, \u00a1cu\u00e1n grande es el da\u00f1o causado inconscientemente por los bi\u00f3grafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas cient\u00edficas al genio antes que al trabajo y la paciencia! \u00a1Qu\u00e9 m\u00e1s desea la flaca voluntad del estudioso o del profesor que poder cohonestar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesi\u00f3n de mediocridad intelectual! De la funesta man\u00eda de exaltar sin medida la minerva de los grandes investigadores sin parar mientes en el desaliento causado en el lector, no est\u00e1n exentos ni aun bi\u00f3grafos de tan buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiograf\u00edas, en las que el sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones, con sus ca\u00eddas y aciertos, constituyen excelente t\u00f3nico moral. Tras estas lecturas, henchido el \u00e1nimo de esperanza, no es raro que el lector exclame: <em lang=\"it\" xml:lang=\"it\">Anche io sono pittore<\/em>.\n<h2>c) Pasi\u00f3n por la gloria<\/h2>\nLa psicolog\u00eda del investigador se aparta un tanto de la del com\u00fan de los intelectuales. Sin duda, le alientan las aspiraciones y le mueven los mismos resortes que a los dem\u00e1s hombres; pero en el sabio existen dos que obran con desusado vigor: el culto a la verdad y la pasi\u00f3n por la gloria. El predominio de estas dos pasiones explica la vida entera del investigador, y del contraste entre el ideal que \u00e9ste se forma de la existencia y el que se forja el vulgo resultan esas luchas, desv\u00edos e incomprensiones que en todo tiempo han marcado las relaciones del sabio con el ambiente social.\n\nSe ha dicho muchas veces que el hombre de ciencia, como los grandes reformadores religiosos o sociales, ofrecen los caracteres mentales del inadaptado. Mora en un plano superior de humanidad, desinteresado de las peque\u00f1eces y miserias de la vida material.\n\nCon todo eso, el sabio sincero y de vocaci\u00f3n permanece profundamente humano. En el amor a sus semejantes excede a los mejores. Irradiando en el tiempo y en el espacio, esta pasi\u00f3n comprende a propios y extra\u00f1os, y se dirige lo mismo a la humanidad actual que a la futura. Gracias a esos singulares talentos, cuya mirada penetra en las sombras del porvenir, y cuya exquisita sensibilidad les fuerza a condolerse de los errores y estancamiento de la rutina, es posible la evoluci\u00f3n social y cient\u00edfica. S\u00f3lo al genio le es dado oponerse a la corriente y modificar el medio moral, y bajo este aspecto es l\u00edcito afirmar que su misi\u00f3n no es la adaptaci\u00f3n de sus ideas a las de la sociedad, sino la adaptaci\u00f3n de la sociedad a sus ideas. Y como tenga raz\u00f3n (y la suele tener) y proceda con prudente energ\u00eda y sin desmayos, tarde o temprano la Humanidad le sigue, le aplaude y le aureola de gloria. Confiado en este halagador tributo de veneraci\u00f3n y de justicia, trabaja todo investigador, porque sabe que si los individuos son capaces de ingratitud, pocas veces lo son las colectividades, como alcancen plena conciencia de la realidad y utilidad de una idea.\n\nEs vulgar\u00edsima verdad que, en grado variable, el af\u00e1n de aprobaci\u00f3n y aplauso mueve a todos los hombres, y preferentemente a los dotados de gran coraz\u00f3n y peregrino entendimiento. Empero, cada cual busca la gloria por distinto camino, uno marcha por el de las armas, tan celebrado por Cervantes en su <em>Quijote<\/em>, y aspira a acrecentar la grandeza pol\u00edtica de su pa\u00eds, otros van por el del arte, ansiando el f\u00e1cil aplauso de las muchedumbres, que comprenden mucho mejor la belleza que la verdad, y unos pocos solamente en cada pa\u00eds, y singularmente en los m\u00e1s civilizados, siguen el de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, el solo derrotero que puede conducirnos a una explicaci\u00f3n racional y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea. Tengo para m\u00ed que esta aspiraci\u00f3n es una de las m\u00e1s dignas y loables que el hombre puede perseguir, porque acaso m\u00e1s que ninguna otra se halla impregnada con el perfume del amor y de la caridad universal.\n\nSe ha expuesto muchas veces el contraste existente entre la figura moral del sabio y la del h\u00e9roe. Puesto que vivimos en un pa\u00eds que ha sacrificado demasiado en el altar a sus h\u00e9roes (guerreros, pol\u00edticos o religiosos), y desamparado cuando no perseguido a sus pensadores m\u00e1s originales, s\u00e9ame permitido exagerar aqu\u00ed el encomio en contrapuesto sentido.\n\nAmbos, el h\u00e9roe y el sabio, constituyen los polos de la energ\u00eda humana, y son igualmente necesarios al progreso y bienestar de los pueblos, pero la trascendencia de sus obras es harto diversa. Lucha el sabio en beneficio de la Humanidad entera, ya para aumentar y dignificar la vida, ya para ahorrar el esfuerzo humano, ora para acallar el dolor, ora para retardar y dulcificar la muerte. Por el contrario, el h\u00e9roe sacrifica a su prestigio una parte m\u00e1s o menos considerable de la Humanidad, su estatua se alza siempre sobre un pedestal de ruinas y cad\u00e1veres, su triunfo es exclusivamente celebrado por una tribu, por un partido o por una naci\u00f3n, y deja tras s\u00ed, en el pueblo vencido, estela de odios y de sangrientas reivindicaciones. En cambio, la corona del sabio ot\u00f3rgala la Humanidad entera, su estatua tiene por pedestal el amor, y sus triunfos desaf\u00edan a los ultrajes del tiempo y a los juicios de la Historia: sus \u00fanicas v\u00edctimas (si pueden llamarse tales los redimidos de la ignorancia) son los rezagados, los at\u00e1vicos, los que medraron con la mentira o el error, todos, en fin, los que en una sociedad bien organizada debieran ser proscritos como enemigos declarados de la felicidad de los buenos.\n\nNo faltan, afortunadamente, en nuestra patria altos ingenios que cifran su dicha en conquistar el aplauso de la opini\u00f3n, mas, por desgracia, y salvadas contadas y honrosas excepciones, nuestros talentos prefieren ganar el lauro siguiendo la senda del arte o de la literatura. Empe\u00f1o en que fracasan o se esterilizan la inmensa mayor\u00eda de ellos, pues exceptuando unos cuantos genios art\u00edsticos y literarios muy elevados, cuya obra es apreciada y aplaudida en el extranjero, \u00a1cu\u00e1n pocos de nuestros pintores y poetas ser\u00e1n consagrados por la posteridad! \u00a1Cu\u00e1ntos que luchan en vano por crearse una reputaci\u00f3n mundial como literatos u oradores podr\u00edan alcanzarla, sin tantos esfuerzos quiz\u00e1, como investigadores de ciencia! \u00a1Qu\u00e9 dif\u00edcil la originalidad en un terreno en que casi todo est\u00e1 apurado por los antiguos, los cuales, dotados de maravillosa intuici\u00f3n para la belleza literaria y la forma pl\u00e1stica, apenas dejaron nada que espigar en el campo del arte!\n\nDespu\u00e9s de leer las oraciones de Dem\u00f3stenes y de Cicer\u00f3n, los di\u00e1logos de Plat\u00f3n, las vidas paralelas de Plutarco y las arengas de Tito Livio, se adquiere la convicci\u00f3n de que ning\u00fan orador moderno ha podido inventar un resorte absolutamente nuevo para persuadir al entendimiento o mover al coraz\u00f3n humano. El papel del orador actual es aplicar a casos determinados, y m\u00e1s o menos nuevos, los innumerables t\u00f3picos de forma y argumentaci\u00f3n imaginados por los autores cl\u00e1sicos.\n\n\u00bfY qu\u00e9 diremos de los que buscan en la poes\u00eda o en la prosa art\u00edstica el prestigio de la originalidad? Despu\u00e9s de Homero y de Virgilio, de Horacio y de S\u00e9neca, de Shakespeare y de Milton, de Cervantes y Ariosto, de Goethe y de Heine, de Lamartine y V\u00edctor Hugo, de Chateaubriand y Rousseau, <abbr>etc.<\/abbr>, \u00bfqui\u00e9n es el osado que pretende inventar una figura po\u00e9tica, un matiz de expresi\u00f3n sentimental, un primor de estilo que hayan desconocido aquellos incomparables ingenios?\n\nNo pretendemos, empero, negar en absoluto la posibilidad de creaciones art\u00edsticas, comparables y acaso superiores a las legadas por los cl\u00e1sicos.\n\nLos grandiosos monumentos elevados por los pol\u00edgrafos del Renacimiento, y las sublimes creaciones de la escuela rom\u00e1ntica durante el pasado siglo, est\u00e1n ah\u00ed para atestiguar que la vena de la originalidad literaria dista todav\u00eda de estar exhausta. Afirmamos solamente que las composiciones literarias de sobresaliente m\u00e9rito son dificil\u00edsimas y cuestan m\u00e1s desvelos y trabajos que las producciones cient\u00edficas originales. Y la raz\u00f3n es obvia: el arte, atenido al concepto vulgar del Universo y nutri\u00e9ndose en el limitado terreno del sentimiento, ha tenido tiempo de agotar casi todo el contenido emocional del alma humana, las bellezas del mundo exterior y las ingeniosas combinaciones de la imaginaci\u00f3n verbal, mientras que la Ciencia, apenas desflorada por los antiguos y totalmente ajena a los vaivenes de la moda como a las volubles normas del gusto, acumula por cada d\u00eda nuevos materiales y nos brinda labor inacabable. Ante el cient\u00edfico est\u00e1 el Universo entero apenas explorado, el cielo salpicado de soles que se agitan en las tinieblas de un espacio infinito, el mar, con sus misteriosos abismos, la tierra guardando en sus entra\u00f1as el pasado de la vida, y la historia de los precursores del hombre, y, en fin, el organismo humano, obra maestra de la creaci\u00f3n, ofreci\u00e9ndonos en cada c\u00e9lula una inc\u00f3gnita y en cada latido un tema de profunda meditaci\u00f3n.\n\nLlevado por mi entusiasmo, acaso caiga en la hip\u00e9rbole, pero estoy persuadido de que la verdadera originalidad se halla en la Ciencia, y que el afortunado descubridor de un hecho importante es el \u00fanico que puede lisonjearse de haber hollado un terreno completamente virgen, y de haber forjado un pensamiento que no pas\u00f3 jam\u00e1s por la mente humana. A\u00f1adamos que su conquista ideal no est\u00e1 sujeta a las fluctuaciones de la opini\u00f3n, al silencio de la envidia ni a los caprichos de la moda, que hoy repudia por detestable lo que ayer ensalz\u00f3 por sublime. Al afortunado escrutador de la Naturaleza es sobre todo aplicable el pensamiento de James, para quien el ideal del hombre consiste en llegar a ser un colaborador de Dios.\n\nCiertamente la gloria del cient\u00edfico no es tan popular ni ruidosa como la del artista o del dramaturgo. Vive el pueblo en el plano del sentimiento, y pedirle calor y apoyo para los h\u00e9roes de la raz\u00f3n fuera vana exigencia. Pero el sabio tiene tambi\u00e9n su p\u00fablico. Est\u00e1 formado por la aristocracia del talento y habita en todos los pa\u00edses, habla todas las lenguas y se dilata hasta las m\u00e1s lejanas generaciones del porvenir. Claro que los admiradores del hombre de ciencia no palmotean ni se descomponen con transportes de pasi\u00f3n, pero estudian con amor, juzgan con mesura y acaban por hacer, pese a los ataques pasajeros de la envidia, plena e irrevocable justicia. En punto a reputaci\u00f3n, la ventura suprema fuera merecer la aprobaci\u00f3n de esos raros esp\u00edritus superiores que la Humanidad produce de vez en cuando. Por lo cual compr\u00e9ndese bien la noble altivez con que el matem\u00e1tico y fil\u00f3sofo Fontenelle dec\u00eda a cierto personaje despu\u00e9s de presentarle su tratado de la <em lang=\"fr\" xml:lang=\"fr\">G\u00e9om\u00e9trie de l\u0092infini<\/em>: \u00abHe aqu\u00ed una obra que s\u00f3lo podr\u00e1n leer en Francia cuatro o seis personas.\u00bb Sentidas y nobles son tambi\u00e9n aquellas conocidas expresiones con que Kepler, radiante de j\u00fabilo y palpitante de emoci\u00f3n por el descubrimiento de la \u00faltima de sus memorables leyes, terminaba su obra <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">Harmonices mundi<\/em> diciendo: \u00abEchada est\u00e1 la suerte, y con esto pongo fin a mi libro, import\u00e1ndome poco que sea le\u00eddo por la edad presente o por la posterioridad. No le faltar\u00e1 lector alg\u00fan d\u00eda. Pues qu\u00e9, \u00bfno ha tenido Dios que esperar seis mil a\u00f1os para hallar en m\u00ed un contemplador e int\u00e9rprete de sus obras?\u00bb\n<h2>d) Patriotismo<\/h2>\nEntre los sentimientos que deben animar al hombre de ciencia merece particular menci\u00f3n el patriotismo. Este sentimiento tiene en el sabio signo exclusivamente positivo: ans\u00eda elevar el prestigio de su patria, pero sin denigrar a los dem\u00e1s.\n\nSe ha dicho que la Ciencia no tiene patria, y esto es exacto, mas como contestaba Pasteur en ocasi\u00f3n solemne, \u00ablos sabios s\u00ed que la tienen\u00bb. El conquistador de la Naturaleza no solamente pertenece a la Humanidad, sino a una raza que se envanece con sus talentos, a una naci\u00f3n que se honra con sus triunfos y a una regi\u00f3n que le considera como el fruto selecto de su terru\u00f1o.\n\nRepresentando la Ciencia y la Filosof\u00eda las categor\u00edas m\u00e1s elevadas de la actividad mental y los dinam\u00f3metros de la energ\u00eda espiritual de los hombres, compr\u00e9ndese bien el noble orgullo con que las naciones civilizadas ostentan sus fil\u00f3sofos, sus matem\u00e1ticos, sus f\u00edsicos y naturalistas, sus inventores, todos cuantos, en fin, supieron enaltecer el nombre sagrado de la patria.\n\nFuerza es confesar que los espa\u00f1oles tenemos mayor necesidad de cultivar dicha pasi\u00f3n a causa del desd\u00e9n con que, por motivos que no hacen ahora al caso, hemos mirado durante muchos siglos cuanto se refiere a la investigaci\u00f3n cient\u00edfica y a sus fecundas aplicaciones a la vida. Obligaci\u00f3n inexcusable de cuantos conservamos todav\u00eda sensible la fibra del patriotismo, m\u00e1s de una vez lastimada por los dardos de la malquerencia extranjera, es volver por el prestigio de la raza, probando a los extra\u00f1os que quienes siglos atr\u00e1s supieron inmortalizar sus nombres, rivalizando con las naciones pr\u00f3ceres tanto en las haza\u00f1as de la guerra y en los peligros de exploraciones y descubrimiento geogr\u00e1ficos como en las pac\u00edficas empresas del Arte, de la Literatura y de la Historia, sabr\u00e1n tambi\u00e9n contender con igual tes\u00f3n y energ\u00eda en la investigaci\u00f3n de la Naturaleza, colaborando, al comp\u00e1s de los pueblos m\u00e1s ilustrados, en la obra magna de la civilizaci\u00f3n y del progreso.\n\nAlgunos pensadores, Tolstoi entre otros, inspirados en un sentimiento humanitario tan re\u00f1ido con la realidad como inoportuno en estos tiempos de crueles competencias internacionales, declaran que el patriotismo es sentimiento ego\u00edsta, inspirador de guerras incesantes, y destinado a desaparecer, para ceder su lugar al m\u00e1s noble y altruista de la fraternidad universal.\n\nFuerza es reconocer que la pasi\u00f3n patri\u00f3tica, exagerada hasta el chauvinismo, crea y sostiene entre las naciones rivalidades y odios harto peligrosos, pero reducida a prudentes l\u00edmites y atemperada por la justicia y el respeto debidos a la ciencia y virtud del extranjero, promueve una emulaci\u00f3n internacional de bon\u00edsima ley, en la cual gana tambi\u00e9n la causa del progreso, y en definitiva hasta de la Humanidad. Bajo este aspecto, son eficac\u00edsimos los Congresos cient\u00edficos internacionales. Porque muchos sabios que en un principio se miraban recelosamente, ya por rivalidad internacional, ya en virtud de la noble y loable envidia aprobada por Cervantes, al ponerse en contacto acaban por conocerse y estimarse cordialmente, y las corrientes de simpat\u00eda y de justicia nacidas en las alturas no tardan en filtrarse hasta lo \u00edntimo de la masa social, suavizando progresivamente las relaciones pol\u00edticas entre los pueblos rivales<sup><a id=\"np10\" href=\"..\/notas-del-autor\/#np10n\">10<\/a><\/sup>.\n\nDe todos modos, cualesquiera que sean los progresos del cosmopolitismo, el sentimiento de patria conservar\u00e1 siempre su poder dinam\u00f3geno y continuar\u00e1 siendo el gran excitador de las competencias cient\u00edficas e industriales. Emerge de ra\u00edz psicol\u00f3gica harto profunda para que los embates del socialismo internacional y las lucubraciones del humanismo filos\u00f3fico puedan extinguirlo. Pasiones de este g\u00e9nero no se discuten, se aprovechan, porque constituyen inapreciables dep\u00f3sitos de energ\u00eda viril y de sublimes hero\u00edsmos. Misi\u00f3n de los Gobiernos e instituciones docentes es canalizar, domar esta admirable fuerza, aplic\u00e1ndola a provechosas y redentoras empresas y desvi\u00e1ndola de las algaradas y alborotos del separatismo fratricida.\n\nMuy atinadamente nota P. J. Thomas, en su <em>Educaci\u00f3n de los sentimientos<\/em>, \u00abque la idea de patria, como la idea de familia, es necesaria, como lo son igualmente los sentimientos en ellas implicados. Obran como estimulantes del progreso y garantizan nuestra propia dignidad. Se lucha por la gloria de la patria, como se lucha por el honor de su nombre... La naci\u00f3n, se ha dicho, es un elemento indestructible de la armon\u00eda de los mundos, con igual t\u00edtulo que la provincia, la familia y el individuo... El g\u00e9nero humano debe permanecer diversificado para mantenerse fuerte y desenvolver una actividad sin cesar renaciente\u00bb.\n\nAun en la improbable hip\u00f3tesis de los Estados Unidos de Europa, o del mundo, el hombre amar\u00e1 siempre con predilecci\u00f3n el medio <em>material y moral pr\u00f3ximo<\/em>, es decir, su campanario, su regi\u00f3n y su raza, y consagrar\u00e1 solamente un tibio afecto rayano en la indiferencia, al <em>medio lejano<\/em>. Se ha dicho repetidas veces que la adhesi\u00f3n y el cari\u00f1o del hombre a las cosas del mundo es inversamente proporcional a la distancia de \u00e9stas en el espacio y en el tiempo. Y decimos <em>tiempo<\/em>, porque la patria no es solamente el hogar y el terru\u00f1o, es tambi\u00e9n el pasado y el porvenir, es decir, nuestros antepasados remotos y nuestros descendientes lejanos.\n\nCon raz\u00f3n ha dicho Bayle: \u00abNo son las opiniones generales del esp\u00edritu las que nos determinan a obrar, sino las pasiones presentes en el coraz\u00f3n.\u00bb Y entre ellas ninguna tiene en sus anales haza\u00f1as m\u00e1s gloriosas que el amor a la patria. Poco importa saber si tales sentimientos son justos o injustos, si reproducen o no la fase primitiva y b\u00e1rbara de la humanidad. Son t\u00f3nicos morales que deben juzgarse solamente por sus efectos, pragm\u00e1ticamente, como ahora se dice.\n<h2>e) Gusto por la originalidad cient\u00edfica<\/h2>\nExcelentes son los est\u00edmulos del patriotismo y el noble af\u00e1n de celebridad para mover a la ejecuci\u00f3n de grandes empresas. Con todo eso, nuestro principiante correr\u00eda el riesgo de fracasar si no posee adem\u00e1s afici\u00f3n decidida hacia la originalidad, gusto por la investigaci\u00f3n y el deseo de sentir las fruiciones incomparables que lleva consigo el acto mismo de descubrir.\n\nEl elogio de la acci\u00f3n en funci\u00f3n de escrutar misterios o de inquirir hechos nuevos se ha hecho muchas veces. Acerca de esto, Eucken, entre otros, ha escrito p\u00e1ginas admirables. Agudamente hace notar \u00abque la acci\u00f3n nos <em>personaliza<\/em>, llevando al sumo la individuaci\u00f3n, ap\u00f3rtanos la grata ilusi\u00f3n de ser reyes creadores y nos proporciona, con la conciencia de una libertad sin trabas, el goce de un poder ilimitado\u00bb.\n\nAparte la hipertrofia del sentimiento de la propia estima y la aprobaci\u00f3n de nuestra conciencia, la conquista de la nueva verdad constituye, sin disputa, la ventura m\u00e1s grande a que puede aspirar el hombre. Los halagos de la vanidad, las efusiones del instinto, las caricias de la fortuna, palidecen ante el soberano placer de sentir c\u00f3mo brotan y crecen las alas del esp\u00edritu y c\u00f3mo, al comp\u00e1s del esfuerzo, superamos la dificultad y dominamos y rendimos a la esquiva naturaleza.\n\nFortalecido con ese sentimiento hedonista, el hombre de ciencia desaf\u00eda hasta la injusticia. En su \u00e1nimo no har\u00e1n mella el silencio deliberado de sus \u00e9mulos \u0097que muchas veces, como dice Goethe, afectan ignorar lo que desean permanezca ignorado\u0097 ni la incomprensi\u00f3n del medio moral, ni el olvido de las instituciones oficiales. Las consideraciones que el mundo rinde al poder, a la nobleza o al dinero, no son primordial objeto de sus aspiraciones, porque siente en s\u00ed mismo una nobleza superior a todas las caprichosamente otorgadas por la ciega fortuna o por el buen humor de los pr\u00edncipes. Esta nobleza, de la que se envanece con tanto mayor motivo cuanto que es su propia obra, consiste en ser ministro del progreso, sacerdote de la verdad y confidente del Creador. \u00c9l acierta exclusivamente a comprender algo de ese lenguaje misterioso que Dios ha escrito en la naturaleza, y a \u00e9l solamente le ha sido dado desentra\u00f1ar la maravillosa obra de la Creaci\u00f3n para rendir a lo Absoluto el culto m\u00e1s grato y acepto, el de estudiar sus portentosas obras, para en ellas y por ellas conocerle, admirarle y reverenciarle. Aun descendiendo a las miserias del ego\u00edsmo humano, todos podemos comprobar que s\u00f3lo nos estiman y respetan quienes nos leen y tratan de comprendernos.\n\nSeg\u00fan dec\u00edamos antes, la emoci\u00f3n placentera asociada al acto de descubrir es tan grande, que se comprende perfectamente aquella sublime locura de Arqu\u00edmedes,\nde quien cuentan los historiadores que, fuera de s\u00ed por la resoluci\u00f3n de un problema profundamente meditado, sali\u00f3 casi desnudo de su casa lanzando el famoso Eureka: \u00ab\u00a1Lo he encontrado!\u00bb\n\n\u00a1Qui\u00e9n no recuerda la alegr\u00eda y la emoci\u00f3n de Newton al ver confirmada por el c\u00e1lculo, y en presencia de los nuevos datos aportados por Picard con la medici\u00f3n de un meridiano terrestre, su intuici\u00f3n genial de la atracci\u00f3n universal! Todo investigador, por modesto que sea, habr\u00e1 sentido alguna vez algo de aquella sobrehumana satisfacci\u00f3n que debi\u00f3 experimentar Col\u00f3n al o\u00edr el grito de \u00a1Tierra! \u00a1Tierra! lanzado por Rodrigo de Triana.\n\nEste placer inefable, al lado del cual todos los dem\u00e1s deleites de la vida se reducen a p\u00e1lidas sensaciones, indemniza sobradamente al investigador de la penosa y perseverante labor anal\u00edtica, precursora, como el dolor al parto, de la aparici\u00f3n de la nueva verdad. Tan exacto es que para el sabio no hay nada comparable al hecho descubierto por \u00e9l, que no se hallar\u00e1 acaso un investigador capaz de cambiar la paternidad de una conquista cient\u00edfica por todo el oro de la tierra. Y si existe alguno que busca en la Ciencia, en vez del aplauso de los doctos y de la \u00edntima satisfacci\u00f3n asociada a la funci\u00f3n misma de descubrir, un medio de granjear oro, este tal ha errado la vocaci\u00f3n: al ejercicio de la industria o del comercio debi\u00f3 por junto dedicarse<sup><a id=\"np11\" href=\"..\/notas-del-autor\/#np11n\">11<\/a><\/sup>.\n\nEs que, por encima de todos los est\u00edmulos de la variedad y del inter\u00e9s, est\u00e1 el goce supremo de la inteligencia al contemplar las inefables armon\u00edas del mundo y tomar posesi\u00f3n de la verdad, hermosa y virginal cual flor que abre su c\u00e1liz a las caricias del sol matinal. Como dice Poincar\u00e9 en su hermoso libro <em lang=\"fr\" xml:lang=\"fr\">La science et la m\u00e9thode<\/em>: \u00abLa belleza intelectual se basta a s\u00ed misma, y s\u00f3lo por ella, m\u00e1s bien que por el futuro bien de la humanidad, el sabio se condena a largos y penosos trabajos.\u00bb\n","rendered":"<p>Las cualidades indispensables al cultivador de la investigaci\u00f3n son: la independencia mental, la curiosidad intelectual, la perseverancia en el trabajo, la religi\u00f3n de la patria y el amor a la gloria.<\/p>\n<p>De atributos intelectuales no hay que hablar, pues damos por supuesto que el aficionado a las tareas del laboratorio goza de un regular entendimiento, de no despreciable imaginaci\u00f3n, y sobre todo de esa arm\u00f3nica ponderaci\u00f3n de facultades que vale mucho m\u00e1s que el talento brillante, pero irregular y desequilibrado.<\/p>\n<p>Afirma Carlos Richet que en el hombre de genio se juntan los idealismos de Don Quijote al buen sentido de Sancho. Algo de esta feliz conjunci\u00f3n de atributos debe poseer el investigador: temperamento art\u00edstico que le lleve a buscar y contemplar el n\u00famero, la belleza y la armon\u00eda de las cosas, y sano sentido cr\u00edtico capaz de refrenar los arranques temerarios de la fantas\u00eda y de hacer que prevalezcan, en esa lucha por la vida entablada en nuestra mente por las ideas, los pensamientos que m\u00e1s fielmente traducen la realidad objetiva.<\/p>\n<h2>a) Independencia de juicio<\/h2>\n<p>Rasgo dominante en los investigadores eminentes es la altiva independencia de criterio. Ante la obra de sus predecesores y maestros no permanecen suspensos y anonadados, sino recelosos y escudri\u00f1adores. Aquellos esp\u00edritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron la obra anat\u00f3mica de Galeno, y aquellos otros llamados Cop\u00e9rnico, Kepler, Newton y Huyghens, que echaron abajo la astronom\u00eda de los antiguos, fueron sin duda preclaros entendimientos, pero, ante todo, poseyeron individualidad mental ambiciosa y descontentadiza y osad\u00eda cr\u00edtica extraordinaria. De los d\u00f3ciles y humildes pueden salir los santos, pocas veces los sabios. Tengo para m\u00ed que el excesivo cari\u00f1o a la tradici\u00f3n, el obstinado empe\u00f1o en fijar la Ciencia en las viejas f\u00f3rmulas del pasado, cuando no denuncian invencible pereza mental, representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.<\/p>\n<p>\u00a1Desgraciado del que, en presencia de un libro, queda mudo y absorto! La admiraci\u00f3n extremada achica la personalidad y ofusca el entendimiento, que llega a tomar las hip\u00f3tesis por demostraciones, las sombras por claridades.<\/p>\n<p>Harto se me alcanza que no es dado a todos sorprender a la primera lectura los vac\u00edos y lunares de un libro inspirado. La veneraci\u00f3n excesiva, como todos los estados pasionales, excluye el sentido cr\u00edtico. Si despu\u00e9s de una lectura sugestiva nos sentimos d\u00e9biles, dejemos pasar algunos d\u00edas, fr\u00eda la cabeza y sereno el juicio, procedamos a una segunda y hasta a una tercera lectura. Poco a poco los vac\u00edos aparecen, los razonamientos endebles se patentizan, las hip\u00f3tesis ingeniosas se desprestigian y muestran lo deleznable de sus cimientos, la magia misma del estilo acaba por hallarnos insensibles, nuestro entendimiento, en fin, reacciona. El libro no tiene en nosotros un devoto, sino un juez. Este es el momento de investigar, de cambiar las hip\u00f3tesis del autor por otras m\u00e1s razonables, de someterlo todo a cr\u00edtica severa.<\/p>\n<p>Al modo de muchas bellezas naturales, las obras humanas necesitan, para no perder sus encantos, ser contempladas a distancia. El an\u00e1lisis es el microscopio que nos aproxima al objeto y nos muestra la grosera urdimbre del tapiz; dis\u00edpase la ilusi\u00f3n cuando salta a los ojos lo artificioso del bordado y los defectos del dibujo.<\/p>\n<p>Se dir\u00e1 acaso que en los presentes tiempos, que han visto derrocados tantos \u00eddolos y mermados u olvidados muchos viejos prestigios, no es necesario el llamamiento al sentido cr\u00edtico y al esp\u00edritu de duda. Cierto que no es tan urgente hoy como en otras \u00e9pocas, pero todav\u00eda conserva la rutina sus fueros, a\u00fan se da con harta frecuencia el fen\u00f3meno de que los disc\u00edpulos de un hombre ilustre gasten sus talentos, no en esclarecer nuevos problemas, sino en defender los errores del maestro. Importa notar que tambi\u00e9n en esta \u00e9poca de irreverente cr\u00edtica y de revisi\u00f3n de valores, la disciplina de escuela reina en las Universidades de Francia, Alemania e Italia, con un despotismo tal, que sofoca a veces las mejores iniciativas e impide el florecimiento de pensadores originales. Los que nos batimos en la brecha como simples soldados, \u00a1cu\u00e1ntos casos ejemplares podr\u00edamos citar de esta servidumbre de escuela o de cen\u00e1culo! \u00a1Qu\u00e9 de talentos conocemos que no han tenido m\u00e1s desgracia que haber sido disc\u00edpulos de un gran hombre! Y aqu\u00ed aludimos a esas naturalezas generosas y agradecidas, las cuales, sabiendo inquirir la verdad, no osan declararla por no arrebatar al maestro parte de su prestigio, que, asentado en el error, caer\u00e1 tarde o temprano al empuje de adversarios menos escrupulosos.<\/p>\n<p>Por lo que hace a esas naturalezas d\u00f3ciles, tan f\u00e1ciles a la sugesti\u00f3n como pasivas y perseverantes en el error, las cuales forman el s\u00e9quito de los jefes de escuela, su misi\u00f3n ha sido siempre adular al genio y aplaudir sus extrav\u00edos. Este es el pleito-homenaje que la median\u00eda rinde complaciente al talento superior. Ello se comprende bien recordando que los cerebros d\u00e9biles se adaptan mejor al error, casi siempre sencillo, que a la verdad, a menudo austera y dif\u00edcil.<\/p>\n<h2>b) Perseverancia en el estudio<\/h2>\n<p>Ponderan con raz\u00f3n los tratadistas de l\u00f3gica la virtud creadora de la atenci\u00f3n, pero insisten poco en una variedad del atender que cabr\u00eda llamar <em>polarizaci\u00f3n cerebral<\/em> o <em>atenci\u00f3n cr\u00f3nica<\/em>, esto es, la orientaci\u00f3n permanente, durante meses y aun a\u00f1os, de todas nuestras facultades hacia un objeto de estudio. Infinitos son los ingenios brillantes que por carecer de este atributo, que los franceses designan <em lang=\"fr\" xml:lang=\"fr\">esprit de suite<\/em> se esterilizan en sus meditaciones. A docenas podr\u00eda yo citar espa\u00f1oles, que poseyendo un intelecto admirablemente adecuado para la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, ret\u00edranse desanimados de una cuesti\u00f3n sin haber medido seriamente sus fuerzas, y acaso en el momento mismo en que la Naturaleza iba a premiar sus afanes con la revelaci\u00f3n ansiosamente esperada. Nuestras aulas y laboratorios abundan en estas naturalezas tornadizas e inquietas, que aman la investigaci\u00f3n y se pasan los d\u00edas de turbio en turbio ante la retorta o el microscopio; su febril actividad rev\u00e9lase en el alud de conferencias, folletos y libros, en que prodigan erudici\u00f3n y talento considerables; fustigan continuamente la turba g\u00e1rrula de traductores y teorizantes, proclamando la necesidad inexcusable de la observaci\u00f3n y estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma, y cuando tras largos a\u00f1os de propaganda y de labor experimental se pregunta a los \u00edntimos de tales hombres, a los asiduos del misterioso cen\u00e1culo donde aqu\u00e9llos ofician de pontifical confiesan ruborosos que la misma fuerza del talento, la casi imposibilidad de ver en peque\u00f1o la extraordinaria amplitud y alcance de la obra emprendida, han imposibilitado llevar a cabo ning\u00fan progreso parcial y positivo. He aqu\u00ed el fruto obligado de la flojedad o de la dispersi\u00f3n excesiva de la atenci\u00f3n, as\u00ed como del pueril alarde enciclopedista, inconcebible hoy en que hasta los sabios m\u00e1s insignes se especializan y concentran para producir. Pero sobre los vicios de la voluntad trataremos m\u00e1s adelante.<\/p>\n<p>Para llevar a feliz t\u00e9rmino una indagaci\u00f3n cient\u00edfica, una vez conocidos los m\u00e9todos conducentes al fin, debemos fijar fuertemente en nuestro esp\u00edritu los t\u00e9rminos del problema, a fin de provocar en\u00e9rgicas corrientes del pensamiento, es decir, asociaciones cada vez m\u00e1s complejas y precisas entre las im\u00e1genes recibidas por la observaci\u00f3n y las ideas que dormitan en nuestro inconsciente, ideas que s\u00f3lo una concentraci\u00f3n vigorosa de nuestras energ\u00edas mentales podr\u00eda llevar al campo de la conciencia. No basta la atenci\u00f3n expectante, ahincada, es preciso llegar a la preocupaci\u00f3n. Importa aprovechar para la obra todos los momentos l\u00facidos en nuestro esp\u00edritu, ya la meditaci\u00f3n que sigue al descanso prolongado, ya el trabajo mental supraintensivo que s\u00f3lo da la c\u00e9lula nerviosa caldeada por la congesti\u00f3n, ora, en fin, la inesperada intuici\u00f3n que brota a menudo, como la chispa del eslab\u00f3n, del choque de la discusi\u00f3n cient\u00edfica.<\/p>\n<p>Casi todos los que desconf\u00edan de sus propias fuerzas ignoran el maravilloso poder de la atenci\u00f3n prolongada. Esta especie de polarizaci\u00f3n cerebral con relaci\u00f3n a un cierto orden de percepciones afina el juicio, enriquece nuestra sensibilidad anal\u00edtica, espolea la imaginaci\u00f3n constructiva y, en fin, condensando toda la luz de la raz\u00f3n en las negruras del problema, permite descubrir en \u00e9ste inesperadas y sutiles relaciones. A fuerza de horas de exposici\u00f3n, una placa fotogr\u00e1fica situada en el foco de un anteojo dirigida al firmamento llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio m\u00e1s potente es incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atenci\u00f3n, el intelecto llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del m\u00e1s abstruso problema.<\/p>\n<p>La comparaci\u00f3n precedente no es del todo exacta. La fotograf\u00eda astron\u00f3mica lim\u00edtase a registrar actos pre-existentes de tenue fulgor, mas en la labor cerebral se da un acto de creaci\u00f3n. Parece como si la representaci\u00f3n mental obstinadamente contemplada, emitiera, al modo de un amibo, ap\u00e9ndices invasores que, despu\u00e9s de crecer en todos sentidos y de sufrir extrav\u00edos y detenciones, acabaran por vincularse estrechamente con las ideas afines.<\/p>\n<p>La forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones y renuncias. Convendr\u00e1 durante la susodicha incubaci\u00f3n intelectual que el investigador, al modo del son\u00e1mbulo, atento s\u00f3lo a la voz del hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la c\u00e1tedra, en el paseo, en el teatro, en la conversaci\u00f3n, hasta en la lectura meramente art\u00edstica, buscar\u00e1 ocasi\u00f3n de intuiciones, de comparaciones y de hip\u00f3tesis, que le permitan llevar alguna claridad a la cuesti\u00f3n que le obsesiona. En este proceso adaptativo nada es in\u00fatil: los primeros groseros errores, as\u00ed como las falsas rutas por donde la imaginaci\u00f3n se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el \u00e9xito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.<\/p>\n<p>Cuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relaci\u00f3n a un objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anat\u00f3mica y din\u00e1micamente, adapt\u00e1ndose progresivamente al tema. Esta adecuada y espec\u00edfica organizaci\u00f3n adquirida por las c\u00e9lulas nerviosas produce a la larga lo que yo llamar\u00eda <em>talento profesional o de adaptaci\u00f3n<\/em>, y tiene por motor la propia voluntad, es decir, la resoluci\u00f3n en\u00e9rgica de adecuar nuestro entendimiento a la naturaleza del asunto. En cierto sentido no ser\u00eda parad\u00f3jico afirmar que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve, por donde tienen f\u00e1cil y llana explicaci\u00f3n estas exclamaciones de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo f\u00e1cil de la soluci\u00f3n tan laboriosamente buscada. \u00a1C\u00f3mo no se me ocurri\u00f3 esto desde el principio! \u0097exclamamos\u0097. \u00a1Qu\u00e9 obcecaci\u00f3n la m\u00eda al obstinarme en marchar por caminos que no conducen a parte alguna!<\/p>\n<p>Si, a pesar de todo, la soluci\u00f3n no aparece y presentimos, no obstante, que el asunto se acerca a su madurez, procur\u00e9monos alg\u00fan tiempo de reposo. Algunas semanas de solaz y de silencio en el campo traer\u00e1n la calma y la lucidez a nuestro esp\u00edritu. Esta frescura del intelecto, como la escarcha matinal, marchitar\u00e1 la vegetaci\u00f3n par\u00e1sita y viciosa que ahogaba la buena semilla. Y al fin surgir\u00e1 la flor de la verdad, que, por lo com\u00fan, abrir\u00e1 su c\u00e1liz, al rayar el alba, tras largo y profundo sue\u00f1o, durante esas horas pl\u00e1cidas de la ma\u00f1ana que Goethe y tantos otros consideraron propicias a la invenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Tambi\u00e9n los viajes, al traernos nuevas im\u00e1genes del mundo y remover nuestro fondo ideal, poseen la preciosa virtud de renovar el pensamiento y de disipar enervadoras preocupaciones. \u00a1Cu\u00e1ntas veces el rudo trepidar de la locomotora y el recogimiento y soledad espiritual reinante en el vag\u00f3n (el <em>desierto de hombres<\/em>, que dir\u00eda Descartes), nos ha sugerido ideas que justific\u00f3 ulteriormente el laboratorio!<\/p>\n<p>En los tiempos que corremos, en que la investigaci\u00f3n cient\u00edfica se ha convertido en una profesi\u00f3n regular que cobra n\u00f3mina del Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema: necesita adem\u00e1s imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos hermosos tiempos de anta\u00f1o en que el curioso de la Naturaleza, recogido en el silencio de su gabinete, pod\u00eda estar seguro de que ning\u00fan \u00e9mulo vendr\u00eda a turbar sus tranquilas meditaciones. Hoga\u00f1o, la investigaci\u00f3n es fiebre, apenas un nuevo m\u00e9todo se esboza, numerosos sabios se aprovechan de \u00e9l, aplic\u00e1ndolo casi simult\u00e1neamente a los mismos temas y mermando la gloria del iniciador, que carece de la holgura y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su laboriosidad y buena estrella.<\/p>\n<p>Inevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas de prioridad. Y es que, lanzada al p\u00fablico una idea, entra a formar parte de ese ambiente intelectual donde todos nutrimos nuestro esp\u00edritu, y en virtud del isocronismo funcional reinante en las cabezas preparadas y polarizadas para un trabajo dado, la idea nueva es simult\u00e1neamente asimilada en Par\u00eds y en Berl\u00edn, en Londres y en Viena, casi de id\u00e9ntico modo, y con similares desarrollos y aplicaciones. La invenci\u00f3n crece y se desarrolla, al modo de un organismo, espont\u00e1nea y autom\u00e1ticamente, como si los sabios quedasen reducidos a meros cultivadores de la semilla sembrada por un genio. Todos entrev\u00e9n la espl\u00e9ndida floraci\u00f3n de hechos nuevos, y todos desean, naturalmente, acaparar la espl\u00e9ndida cosecha. Esto explica la impaciencia por publicar, as\u00ed como lo imperfecto y fragmentario de muchos trabajos de laboratorio. El af\u00e1n de llegar antes nos lleva a veces a incurrir en ligerezas, pero ocurre tambi\u00e9n que el ansia febril de tocar la meta los primeros nos granjea el m\u00e9rito de la prioridad.<\/p>\n<p>En todo caso, si alguien se nos adelanta, haremos mal en desalentarnos. Continuemos impert\u00e9rritos la labor, que al fin llegar\u00e1 nuestro turno. Ejemplo elocuente de incansable perseverancia nos dio una mujer gloriosa, Madame Curie, cuando, habiendo descubierto la radiactividad del <em>torio<\/em>, sufri\u00f3 la desagradable sorpresa de saber que poco antes el mismo hecho hab\u00eda sido anunciado por Schmidt en los <em lang=\"de\" xml:lang=\"de\">Wiedermann Annalen<\/em>; lejos de desanimarle la noticia, prosigui\u00f3 sin tregua sus pesquisas, ensay\u00f3 al electroscopio nuevas sustancias, entre ellas cierto \u00f3xido de urano (<em>la pechblende<\/em>) de la mina de Johanngeorgenstadt, cuyo poder radiactivo sobrepuja en cuatro veces al del uranio. Y sospechando que aquella materia tan activa encerraba un cuerpo nuevo, emprendi\u00f3, con el concurso de M. Curie, una serie de ingeniosos, pacientes y heroicos trabajos, cuyo galard\u00f3n fue el hallazgo de un nuevo cuerpo, el estupendo<em>radio<\/em>, cuyas maravillosas propiedades, provocando numerosas investigaciones, han revolucionado la qu\u00edmica y la f\u00edsica.<\/p>\n<p>En Espa\u00f1a, donde la pereza es, m\u00e1s que un vicio, una religi\u00f3n, se comprenden dif\u00edcilmente esas monumentales obras de los qu\u00edmicos, naturalistas y m\u00e9dicos alemanes en las cuales s\u00f3lo el tiempo necesario para la ejecuci\u00f3n de los dibujos y la consulta bibliogr\u00e1fica parecen deber contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros se han redactado en uno o dos a\u00f1os, pac\u00edficamente, sin febriles apresuramientos. El secreto est\u00e1 en el m\u00e9todo de trabajo, en aprovechar para la labor todo el tiempo h\u00e1bil, en no entregarse al diario descanso sin haber consagrado dos o tres horas por lo menos a la tarea, en poner dique prudente a esa dispersi\u00f3n intelectual y a ese derroche de tiempo exigido por el trato social, en resta\u00f1ar, en fin, en lo posible, la ch\u00e1chara ingeniosa del caf\u00e9 o de la tertulia, despilfarradora de fuerzas nerviosas (cuando no causa disgustos), y que nos aleja, con pueriles vanidades y f\u00fatiles preocupaciones, de la tarea principal.<\/p>\n<p>Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagrar al tema m\u00e1s que dos horas, no abandonaremos el trabajo a pretexto de que necesitar\u00edamos cuatro o seis. Como dice juiciosamente Payot, \u00abpoco basta cada d\u00eda si cada d\u00eda logramos ese poco\u00bb.<\/p>\n<p>Lo malo de ciertas distracciones, demasiado dominantes, no consiste tanto en el tiempo que nos roban, cuanto en la flojera de la tensi\u00f3n creadora del esp\u00edritu y en la p\u00e9rdida de esa especie de tonalidad que nuestras c\u00e9lulas nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a determinado asunto.<\/p>\n<p>No pretendemos proscribir en absoluto las distracciones, pero las del investigador ser\u00e1n siempre ligeras y tales que no estorben en nada las nuevas asociaciones ideales. El paseo al aire libre, la contemplaci\u00f3n de las obras art\u00edsticas o de las fotograf\u00edas de escenas, de pa\u00edses y de monumentos, el encanto de la m\u00fasica y sobre todo la compa\u00f1\u00eda de una persona que, penetrada de nuestra situaci\u00f3n, evite cuidadosamente toda conversaci\u00f3n grave y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos del hombre de laboratorio. Bajo este aspecto ser\u00e1 bueno tambi\u00e9n seguir la regla de Buffon, cuyo abandono en la conversaci\u00f3n (que chocaba a muchos admiradores de la nobleza y elevaci\u00f3n de su estilo como escritor) lo justificaba diciendo: \u00abEstos son mis momentos de descanso.\u00bb<\/p>\n<p>En resumen, toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la perseverancia, combinadas con una atenci\u00f3n orientada tenazmente durante meses y aun a\u00f1os hacia un objeto particular. As\u00ed lo han confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus creaciones. Newton declaraba que s\u00f3lo pensando siempre en la misma cosa hab\u00eda llegado a la soberana ley de la atracci\u00f3n universal, de Darwin refiere uno de sus hijos que lleg\u00f3 a tal concentraci\u00f3n en el estudio de los hechos biol\u00f3gicos relacionados con el gran principio de la evoluci\u00f3n, que se priv\u00f3 durante muchos a\u00f1os y de modo sistem\u00e1tico de toda lectura y meditaci\u00f3n extra\u00f1as al blanco de sus pensamientos, en fin, Buffon no vacilaba en decir que \u00abel genio no es sino la paciencia extremada\u00bb. Suya es tambi\u00e9n esta respuesta a los que le preguntaban c\u00f3mo hab\u00eda conquistado la gloria: \u00abPasando cuarenta a\u00f1os de mi vida inclinado sobre mi escritorio.\u00bb En fin, nadie ignora que Mayer, el genial descubridor del principio de la conservaci\u00f3n y transformaci\u00f3n de la energ\u00eda, consagr\u00f3 a esta concepci\u00f3n toda su vida.<\/p>\n<p>Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas cient\u00edficas exigen, m\u00e1s que vigor intelectual, disciplina severa de la voluntad y perenne subordinaci\u00f3n de todas las fuerzas mentales a un objeto de estudio, \u00a1cu\u00e1n grande es el da\u00f1o causado inconscientemente por los bi\u00f3grafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas cient\u00edficas al genio antes que al trabajo y la paciencia! \u00a1Qu\u00e9 m\u00e1s desea la flaca voluntad del estudioso o del profesor que poder cohonestar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesi\u00f3n de mediocridad intelectual! De la funesta man\u00eda de exaltar sin medida la minerva de los grandes investigadores sin parar mientes en el desaliento causado en el lector, no est\u00e1n exentos ni aun bi\u00f3grafos de tan buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiograf\u00edas, en las que el sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones, con sus ca\u00eddas y aciertos, constituyen excelente t\u00f3nico moral. Tras estas lecturas, henchido el \u00e1nimo de esperanza, no es raro que el lector exclame: <em lang=\"it\" xml:lang=\"it\">Anche io sono pittore<\/em>.<\/p>\n<h2>c) Pasi\u00f3n por la gloria<\/h2>\n<p>La psicolog\u00eda del investigador se aparta un tanto de la del com\u00fan de los intelectuales. Sin duda, le alientan las aspiraciones y le mueven los mismos resortes que a los dem\u00e1s hombres; pero en el sabio existen dos que obran con desusado vigor: el culto a la verdad y la pasi\u00f3n por la gloria. El predominio de estas dos pasiones explica la vida entera del investigador, y del contraste entre el ideal que \u00e9ste se forma de la existencia y el que se forja el vulgo resultan esas luchas, desv\u00edos e incomprensiones que en todo tiempo han marcado las relaciones del sabio con el ambiente social.<\/p>\n<p>Se ha dicho muchas veces que el hombre de ciencia, como los grandes reformadores religiosos o sociales, ofrecen los caracteres mentales del inadaptado. Mora en un plano superior de humanidad, desinteresado de las peque\u00f1eces y miserias de la vida material.<\/p>\n<p>Con todo eso, el sabio sincero y de vocaci\u00f3n permanece profundamente humano. En el amor a sus semejantes excede a los mejores. Irradiando en el tiempo y en el espacio, esta pasi\u00f3n comprende a propios y extra\u00f1os, y se dirige lo mismo a la humanidad actual que a la futura. Gracias a esos singulares talentos, cuya mirada penetra en las sombras del porvenir, y cuya exquisita sensibilidad les fuerza a condolerse de los errores y estancamiento de la rutina, es posible la evoluci\u00f3n social y cient\u00edfica. S\u00f3lo al genio le es dado oponerse a la corriente y modificar el medio moral, y bajo este aspecto es l\u00edcito afirmar que su misi\u00f3n no es la adaptaci\u00f3n de sus ideas a las de la sociedad, sino la adaptaci\u00f3n de la sociedad a sus ideas. Y como tenga raz\u00f3n (y la suele tener) y proceda con prudente energ\u00eda y sin desmayos, tarde o temprano la Humanidad le sigue, le aplaude y le aureola de gloria. Confiado en este halagador tributo de veneraci\u00f3n y de justicia, trabaja todo investigador, porque sabe que si los individuos son capaces de ingratitud, pocas veces lo son las colectividades, como alcancen plena conciencia de la realidad y utilidad de una idea.<\/p>\n<p>Es vulgar\u00edsima verdad que, en grado variable, el af\u00e1n de aprobaci\u00f3n y aplauso mueve a todos los hombres, y preferentemente a los dotados de gran coraz\u00f3n y peregrino entendimiento. Empero, cada cual busca la gloria por distinto camino, uno marcha por el de las armas, tan celebrado por Cervantes en su <em>Quijote<\/em>, y aspira a acrecentar la grandeza pol\u00edtica de su pa\u00eds, otros van por el del arte, ansiando el f\u00e1cil aplauso de las muchedumbres, que comprenden mucho mejor la belleza que la verdad, y unos pocos solamente en cada pa\u00eds, y singularmente en los m\u00e1s civilizados, siguen el de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, el solo derrotero que puede conducirnos a una explicaci\u00f3n racional y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea. Tengo para m\u00ed que esta aspiraci\u00f3n es una de las m\u00e1s dignas y loables que el hombre puede perseguir, porque acaso m\u00e1s que ninguna otra se halla impregnada con el perfume del amor y de la caridad universal.<\/p>\n<p>Se ha expuesto muchas veces el contraste existente entre la figura moral del sabio y la del h\u00e9roe. Puesto que vivimos en un pa\u00eds que ha sacrificado demasiado en el altar a sus h\u00e9roes (guerreros, pol\u00edticos o religiosos), y desamparado cuando no perseguido a sus pensadores m\u00e1s originales, s\u00e9ame permitido exagerar aqu\u00ed el encomio en contrapuesto sentido.<\/p>\n<p>Ambos, el h\u00e9roe y el sabio, constituyen los polos de la energ\u00eda humana, y son igualmente necesarios al progreso y bienestar de los pueblos, pero la trascendencia de sus obras es harto diversa. Lucha el sabio en beneficio de la Humanidad entera, ya para aumentar y dignificar la vida, ya para ahorrar el esfuerzo humano, ora para acallar el dolor, ora para retardar y dulcificar la muerte. Por el contrario, el h\u00e9roe sacrifica a su prestigio una parte m\u00e1s o menos considerable de la Humanidad, su estatua se alza siempre sobre un pedestal de ruinas y cad\u00e1veres, su triunfo es exclusivamente celebrado por una tribu, por un partido o por una naci\u00f3n, y deja tras s\u00ed, en el pueblo vencido, estela de odios y de sangrientas reivindicaciones. En cambio, la corona del sabio ot\u00f3rgala la Humanidad entera, su estatua tiene por pedestal el amor, y sus triunfos desaf\u00edan a los ultrajes del tiempo y a los juicios de la Historia: sus \u00fanicas v\u00edctimas (si pueden llamarse tales los redimidos de la ignorancia) son los rezagados, los at\u00e1vicos, los que medraron con la mentira o el error, todos, en fin, los que en una sociedad bien organizada debieran ser proscritos como enemigos declarados de la felicidad de los buenos.<\/p>\n<p>No faltan, afortunadamente, en nuestra patria altos ingenios que cifran su dicha en conquistar el aplauso de la opini\u00f3n, mas, por desgracia, y salvadas contadas y honrosas excepciones, nuestros talentos prefieren ganar el lauro siguiendo la senda del arte o de la literatura. Empe\u00f1o en que fracasan o se esterilizan la inmensa mayor\u00eda de ellos, pues exceptuando unos cuantos genios art\u00edsticos y literarios muy elevados, cuya obra es apreciada y aplaudida en el extranjero, \u00a1cu\u00e1n pocos de nuestros pintores y poetas ser\u00e1n consagrados por la posteridad! \u00a1Cu\u00e1ntos que luchan en vano por crearse una reputaci\u00f3n mundial como literatos u oradores podr\u00edan alcanzarla, sin tantos esfuerzos quiz\u00e1, como investigadores de ciencia! \u00a1Qu\u00e9 dif\u00edcil la originalidad en un terreno en que casi todo est\u00e1 apurado por los antiguos, los cuales, dotados de maravillosa intuici\u00f3n para la belleza literaria y la forma pl\u00e1stica, apenas dejaron nada que espigar en el campo del arte!<\/p>\n<p>Despu\u00e9s de leer las oraciones de Dem\u00f3stenes y de Cicer\u00f3n, los di\u00e1logos de Plat\u00f3n, las vidas paralelas de Plutarco y las arengas de Tito Livio, se adquiere la convicci\u00f3n de que ning\u00fan orador moderno ha podido inventar un resorte absolutamente nuevo para persuadir al entendimiento o mover al coraz\u00f3n humano. El papel del orador actual es aplicar a casos determinados, y m\u00e1s o menos nuevos, los innumerables t\u00f3picos de forma y argumentaci\u00f3n imaginados por los autores cl\u00e1sicos.<\/p>\n<p>\u00bfY qu\u00e9 diremos de los que buscan en la poes\u00eda o en la prosa art\u00edstica el prestigio de la originalidad? Despu\u00e9s de Homero y de Virgilio, de Horacio y de S\u00e9neca, de Shakespeare y de Milton, de Cervantes y Ariosto, de Goethe y de Heine, de Lamartine y V\u00edctor Hugo, de Chateaubriand y Rousseau, <abbr>etc.<\/abbr>, \u00bfqui\u00e9n es el osado que pretende inventar una figura po\u00e9tica, un matiz de expresi\u00f3n sentimental, un primor de estilo que hayan desconocido aquellos incomparables ingenios?<\/p>\n<p>No pretendemos, empero, negar en absoluto la posibilidad de creaciones art\u00edsticas, comparables y acaso superiores a las legadas por los cl\u00e1sicos.<\/p>\n<p>Los grandiosos monumentos elevados por los pol\u00edgrafos del Renacimiento, y las sublimes creaciones de la escuela rom\u00e1ntica durante el pasado siglo, est\u00e1n ah\u00ed para atestiguar que la vena de la originalidad literaria dista todav\u00eda de estar exhausta. Afirmamos solamente que las composiciones literarias de sobresaliente m\u00e9rito son dificil\u00edsimas y cuestan m\u00e1s desvelos y trabajos que las producciones cient\u00edficas originales. Y la raz\u00f3n es obvia: el arte, atenido al concepto vulgar del Universo y nutri\u00e9ndose en el limitado terreno del sentimiento, ha tenido tiempo de agotar casi todo el contenido emocional del alma humana, las bellezas del mundo exterior y las ingeniosas combinaciones de la imaginaci\u00f3n verbal, mientras que la Ciencia, apenas desflorada por los antiguos y totalmente ajena a los vaivenes de la moda como a las volubles normas del gusto, acumula por cada d\u00eda nuevos materiales y nos brinda labor inacabable. Ante el cient\u00edfico est\u00e1 el Universo entero apenas explorado, el cielo salpicado de soles que se agitan en las tinieblas de un espacio infinito, el mar, con sus misteriosos abismos, la tierra guardando en sus entra\u00f1as el pasado de la vida, y la historia de los precursores del hombre, y, en fin, el organismo humano, obra maestra de la creaci\u00f3n, ofreci\u00e9ndonos en cada c\u00e9lula una inc\u00f3gnita y en cada latido un tema de profunda meditaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Llevado por mi entusiasmo, acaso caiga en la hip\u00e9rbole, pero estoy persuadido de que la verdadera originalidad se halla en la Ciencia, y que el afortunado descubridor de un hecho importante es el \u00fanico que puede lisonjearse de haber hollado un terreno completamente virgen, y de haber forjado un pensamiento que no pas\u00f3 jam\u00e1s por la mente humana. A\u00f1adamos que su conquista ideal no est\u00e1 sujeta a las fluctuaciones de la opini\u00f3n, al silencio de la envidia ni a los caprichos de la moda, que hoy repudia por detestable lo que ayer ensalz\u00f3 por sublime. Al afortunado escrutador de la Naturaleza es sobre todo aplicable el pensamiento de James, para quien el ideal del hombre consiste en llegar a ser un colaborador de Dios.<\/p>\n<p>Ciertamente la gloria del cient\u00edfico no es tan popular ni ruidosa como la del artista o del dramaturgo. Vive el pueblo en el plano del sentimiento, y pedirle calor y apoyo para los h\u00e9roes de la raz\u00f3n fuera vana exigencia. Pero el sabio tiene tambi\u00e9n su p\u00fablico. Est\u00e1 formado por la aristocracia del talento y habita en todos los pa\u00edses, habla todas las lenguas y se dilata hasta las m\u00e1s lejanas generaciones del porvenir. Claro que los admiradores del hombre de ciencia no palmotean ni se descomponen con transportes de pasi\u00f3n, pero estudian con amor, juzgan con mesura y acaban por hacer, pese a los ataques pasajeros de la envidia, plena e irrevocable justicia. En punto a reputaci\u00f3n, la ventura suprema fuera merecer la aprobaci\u00f3n de esos raros esp\u00edritus superiores que la Humanidad produce de vez en cuando. Por lo cual compr\u00e9ndese bien la noble altivez con que el matem\u00e1tico y fil\u00f3sofo Fontenelle dec\u00eda a cierto personaje despu\u00e9s de presentarle su tratado de la <em lang=\"fr\" xml:lang=\"fr\">G\u00e9om\u00e9trie de l\u0092infini<\/em>: \u00abHe aqu\u00ed una obra que s\u00f3lo podr\u00e1n leer en Francia cuatro o seis personas.\u00bb Sentidas y nobles son tambi\u00e9n aquellas conocidas expresiones con que Kepler, radiante de j\u00fabilo y palpitante de emoci\u00f3n por el descubrimiento de la \u00faltima de sus memorables leyes, terminaba su obra <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">Harmonices mundi<\/em> diciendo: \u00abEchada est\u00e1 la suerte, y con esto pongo fin a mi libro, import\u00e1ndome poco que sea le\u00eddo por la edad presente o por la posterioridad. No le faltar\u00e1 lector alg\u00fan d\u00eda. Pues qu\u00e9, \u00bfno ha tenido Dios que esperar seis mil a\u00f1os para hallar en m\u00ed un contemplador e int\u00e9rprete de sus obras?\u00bb<\/p>\n<h2>d) Patriotismo<\/h2>\n<p>Entre los sentimientos que deben animar al hombre de ciencia merece particular menci\u00f3n el patriotismo. Este sentimiento tiene en el sabio signo exclusivamente positivo: ans\u00eda elevar el prestigio de su patria, pero sin denigrar a los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Se ha dicho que la Ciencia no tiene patria, y esto es exacto, mas como contestaba Pasteur en ocasi\u00f3n solemne, \u00ablos sabios s\u00ed que la tienen\u00bb. El conquistador de la Naturaleza no solamente pertenece a la Humanidad, sino a una raza que se envanece con sus talentos, a una naci\u00f3n que se honra con sus triunfos y a una regi\u00f3n que le considera como el fruto selecto de su terru\u00f1o.<\/p>\n<p>Representando la Ciencia y la Filosof\u00eda las categor\u00edas m\u00e1s elevadas de la actividad mental y los dinam\u00f3metros de la energ\u00eda espiritual de los hombres, compr\u00e9ndese bien el noble orgullo con que las naciones civilizadas ostentan sus fil\u00f3sofos, sus matem\u00e1ticos, sus f\u00edsicos y naturalistas, sus inventores, todos cuantos, en fin, supieron enaltecer el nombre sagrado de la patria.<\/p>\n<p>Fuerza es confesar que los espa\u00f1oles tenemos mayor necesidad de cultivar dicha pasi\u00f3n a causa del desd\u00e9n con que, por motivos que no hacen ahora al caso, hemos mirado durante muchos siglos cuanto se refiere a la investigaci\u00f3n cient\u00edfica y a sus fecundas aplicaciones a la vida. Obligaci\u00f3n inexcusable de cuantos conservamos todav\u00eda sensible la fibra del patriotismo, m\u00e1s de una vez lastimada por los dardos de la malquerencia extranjera, es volver por el prestigio de la raza, probando a los extra\u00f1os que quienes siglos atr\u00e1s supieron inmortalizar sus nombres, rivalizando con las naciones pr\u00f3ceres tanto en las haza\u00f1as de la guerra y en los peligros de exploraciones y descubrimiento geogr\u00e1ficos como en las pac\u00edficas empresas del Arte, de la Literatura y de la Historia, sabr\u00e1n tambi\u00e9n contender con igual tes\u00f3n y energ\u00eda en la investigaci\u00f3n de la Naturaleza, colaborando, al comp\u00e1s de los pueblos m\u00e1s ilustrados, en la obra magna de la civilizaci\u00f3n y del progreso.<\/p>\n<p>Algunos pensadores, Tolstoi entre otros, inspirados en un sentimiento humanitario tan re\u00f1ido con la realidad como inoportuno en estos tiempos de crueles competencias internacionales, declaran que el patriotismo es sentimiento ego\u00edsta, inspirador de guerras incesantes, y destinado a desaparecer, para ceder su lugar al m\u00e1s noble y altruista de la fraternidad universal.<\/p>\n<p>Fuerza es reconocer que la pasi\u00f3n patri\u00f3tica, exagerada hasta el chauvinismo, crea y sostiene entre las naciones rivalidades y odios harto peligrosos, pero reducida a prudentes l\u00edmites y atemperada por la justicia y el respeto debidos a la ciencia y virtud del extranjero, promueve una emulaci\u00f3n internacional de bon\u00edsima ley, en la cual gana tambi\u00e9n la causa del progreso, y en definitiva hasta de la Humanidad. Bajo este aspecto, son eficac\u00edsimos los Congresos cient\u00edficos internacionales. Porque muchos sabios que en un principio se miraban recelosamente, ya por rivalidad internacional, ya en virtud de la noble y loable envidia aprobada por Cervantes, al ponerse en contacto acaban por conocerse y estimarse cordialmente, y las corrientes de simpat\u00eda y de justicia nacidas en las alturas no tardan en filtrarse hasta lo \u00edntimo de la masa social, suavizando progresivamente las relaciones pol\u00edticas entre los pueblos rivales<sup><a id=\"np10\" href=\"..\/notas-del-autor\/#np10n\">10<\/a><\/sup>.<\/p>\n<p>De todos modos, cualesquiera que sean los progresos del cosmopolitismo, el sentimiento de patria conservar\u00e1 siempre su poder dinam\u00f3geno y continuar\u00e1 siendo el gran excitador de las competencias cient\u00edficas e industriales. Emerge de ra\u00edz psicol\u00f3gica harto profunda para que los embates del socialismo internacional y las lucubraciones del humanismo filos\u00f3fico puedan extinguirlo. Pasiones de este g\u00e9nero no se discuten, se aprovechan, porque constituyen inapreciables dep\u00f3sitos de energ\u00eda viril y de sublimes hero\u00edsmos. Misi\u00f3n de los Gobiernos e instituciones docentes es canalizar, domar esta admirable fuerza, aplic\u00e1ndola a provechosas y redentoras empresas y desvi\u00e1ndola de las algaradas y alborotos del separatismo fratricida.<\/p>\n<p>Muy atinadamente nota P. J. Thomas, en su <em>Educaci\u00f3n de los sentimientos<\/em>, \u00abque la idea de patria, como la idea de familia, es necesaria, como lo son igualmente los sentimientos en ellas implicados. Obran como estimulantes del progreso y garantizan nuestra propia dignidad. Se lucha por la gloria de la patria, como se lucha por el honor de su nombre&#8230; La naci\u00f3n, se ha dicho, es un elemento indestructible de la armon\u00eda de los mundos, con igual t\u00edtulo que la provincia, la familia y el individuo&#8230; El g\u00e9nero humano debe permanecer diversificado para mantenerse fuerte y desenvolver una actividad sin cesar renaciente\u00bb.<\/p>\n<p>Aun en la improbable hip\u00f3tesis de los Estados Unidos de Europa, o del mundo, el hombre amar\u00e1 siempre con predilecci\u00f3n el medio <em>material y moral pr\u00f3ximo<\/em>, es decir, su campanario, su regi\u00f3n y su raza, y consagrar\u00e1 solamente un tibio afecto rayano en la indiferencia, al <em>medio lejano<\/em>. Se ha dicho repetidas veces que la adhesi\u00f3n y el cari\u00f1o del hombre a las cosas del mundo es inversamente proporcional a la distancia de \u00e9stas en el espacio y en el tiempo. Y decimos <em>tiempo<\/em>, porque la patria no es solamente el hogar y el terru\u00f1o, es tambi\u00e9n el pasado y el porvenir, es decir, nuestros antepasados remotos y nuestros descendientes lejanos.<\/p>\n<p>Con raz\u00f3n ha dicho Bayle: \u00abNo son las opiniones generales del esp\u00edritu las que nos determinan a obrar, sino las pasiones presentes en el coraz\u00f3n.\u00bb Y entre ellas ninguna tiene en sus anales haza\u00f1as m\u00e1s gloriosas que el amor a la patria. Poco importa saber si tales sentimientos son justos o injustos, si reproducen o no la fase primitiva y b\u00e1rbara de la humanidad. Son t\u00f3nicos morales que deben juzgarse solamente por sus efectos, pragm\u00e1ticamente, como ahora se dice.<\/p>\n<h2>e) Gusto por la originalidad cient\u00edfica<\/h2>\n<p>Excelentes son los est\u00edmulos del patriotismo y el noble af\u00e1n de celebridad para mover a la ejecuci\u00f3n de grandes empresas. Con todo eso, nuestro principiante correr\u00eda el riesgo de fracasar si no posee adem\u00e1s afici\u00f3n decidida hacia la originalidad, gusto por la investigaci\u00f3n y el deseo de sentir las fruiciones incomparables que lleva consigo el acto mismo de descubrir.<\/p>\n<p>El elogio de la acci\u00f3n en funci\u00f3n de escrutar misterios o de inquirir hechos nuevos se ha hecho muchas veces. Acerca de esto, Eucken, entre otros, ha escrito p\u00e1ginas admirables. Agudamente hace notar \u00abque la acci\u00f3n nos <em>personaliza<\/em>, llevando al sumo la individuaci\u00f3n, ap\u00f3rtanos la grata ilusi\u00f3n de ser reyes creadores y nos proporciona, con la conciencia de una libertad sin trabas, el goce de un poder ilimitado\u00bb.<\/p>\n<p>Aparte la hipertrofia del sentimiento de la propia estima y la aprobaci\u00f3n de nuestra conciencia, la conquista de la nueva verdad constituye, sin disputa, la ventura m\u00e1s grande a que puede aspirar el hombre. Los halagos de la vanidad, las efusiones del instinto, las caricias de la fortuna, palidecen ante el soberano placer de sentir c\u00f3mo brotan y crecen las alas del esp\u00edritu y c\u00f3mo, al comp\u00e1s del esfuerzo, superamos la dificultad y dominamos y rendimos a la esquiva naturaleza.<\/p>\n<p>Fortalecido con ese sentimiento hedonista, el hombre de ciencia desaf\u00eda hasta la injusticia. En su \u00e1nimo no har\u00e1n mella el silencio deliberado de sus \u00e9mulos \u0097que muchas veces, como dice Goethe, afectan ignorar lo que desean permanezca ignorado\u0097 ni la incomprensi\u00f3n del medio moral, ni el olvido de las instituciones oficiales. Las consideraciones que el mundo rinde al poder, a la nobleza o al dinero, no son primordial objeto de sus aspiraciones, porque siente en s\u00ed mismo una nobleza superior a todas las caprichosamente otorgadas por la ciega fortuna o por el buen humor de los pr\u00edncipes. Esta nobleza, de la que se envanece con tanto mayor motivo cuanto que es su propia obra, consiste en ser ministro del progreso, sacerdote de la verdad y confidente del Creador. \u00c9l acierta exclusivamente a comprender algo de ese lenguaje misterioso que Dios ha escrito en la naturaleza, y a \u00e9l solamente le ha sido dado desentra\u00f1ar la maravillosa obra de la Creaci\u00f3n para rendir a lo Absoluto el culto m\u00e1s grato y acepto, el de estudiar sus portentosas obras, para en ellas y por ellas conocerle, admirarle y reverenciarle. Aun descendiendo a las miserias del ego\u00edsmo humano, todos podemos comprobar que s\u00f3lo nos estiman y respetan quienes nos leen y tratan de comprendernos.<\/p>\n<p>Seg\u00fan dec\u00edamos antes, la emoci\u00f3n placentera asociada al acto de descubrir es tan grande, que se comprende perfectamente aquella sublime locura de Arqu\u00edmedes,<br \/>\nde quien cuentan los historiadores que, fuera de s\u00ed por la resoluci\u00f3n de un problema profundamente meditado, sali\u00f3 casi desnudo de su casa lanzando el famoso Eureka: \u00ab\u00a1Lo he encontrado!\u00bb<\/p>\n<p>\u00a1Qui\u00e9n no recuerda la alegr\u00eda y la emoci\u00f3n de Newton al ver confirmada por el c\u00e1lculo, y en presencia de los nuevos datos aportados por Picard con la medici\u00f3n de un meridiano terrestre, su intuici\u00f3n genial de la atracci\u00f3n universal! Todo investigador, por modesto que sea, habr\u00e1 sentido alguna vez algo de aquella sobrehumana satisfacci\u00f3n que debi\u00f3 experimentar Col\u00f3n al o\u00edr el grito de \u00a1Tierra! \u00a1Tierra! lanzado por Rodrigo de Triana.<\/p>\n<p>Este placer inefable, al lado del cual todos los dem\u00e1s deleites de la vida se reducen a p\u00e1lidas sensaciones, indemniza sobradamente al investigador de la penosa y perseverante labor anal\u00edtica, precursora, como el dolor al parto, de la aparici\u00f3n de la nueva verdad. Tan exacto es que para el sabio no hay nada comparable al hecho descubierto por \u00e9l, que no se hallar\u00e1 acaso un investigador capaz de cambiar la paternidad de una conquista cient\u00edfica por todo el oro de la tierra. Y si existe alguno que busca en la Ciencia, en vez del aplauso de los doctos y de la \u00edntima satisfacci\u00f3n asociada a la funci\u00f3n misma de descubrir, un medio de granjear oro, este tal ha errado la vocaci\u00f3n: al ejercicio de la industria o del comercio debi\u00f3 por junto dedicarse<sup><a id=\"np11\" href=\"..\/notas-del-autor\/#np11n\">11<\/a><\/sup>.<\/p>\n<p>Es que, por encima de todos los est\u00edmulos de la variedad y del inter\u00e9s, est\u00e1 el goce supremo de la inteligencia al contemplar las inefables armon\u00edas del mundo y tomar posesi\u00f3n de la verdad, hermosa y virginal cual flor que abre su c\u00e1liz a las caricias del sol matinal. Como dice Poincar\u00e9 en su hermoso libro <em lang=\"fr\" xml:lang=\"fr\">La science et la m\u00e9thode<\/em>: \u00abLa belleza intelectual se basta a s\u00ed misma, y s\u00f3lo por ella, m\u00e1s bien que por el futuro bien de la humanidad, el sabio se condena a largos y penosos trabajos.\u00bb<\/p>\n","protected":false},"author":1,"menu_order":4,"template":"","meta":{"pb_show_title":"on","pb_short_title":"","pb_subtitle":"","pb_authors":[],"pb_section_license":""},"chapter-type":[],"contributor":[],"license":[],"class_list":["post-26","chapter","type-chapter","status-publish","hentry"],"part":22,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/26","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/chapter"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/26\/revisions"}],"part":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/parts\/22"}],"metadata":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/26\/metadata\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=26"}],"wp:term":[{"taxonomy":"chapter-type","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapter-type?post=26"},{"taxonomy":"contributor","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/contributor?post=26"},{"taxonomy":"license","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/license?post=26"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}