{"id":31,"date":"2019-12-09T15:25:40","date_gmt":"2019-12-09T15:25:40","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/capitulo-viii-redaccion-del-trabajo-cientifico\/"},"modified":"2019-12-09T15:25:40","modified_gmt":"2019-12-09T15:25:40","slug":"capitulo-viii-redaccion-del-trabajo-cientifico","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/capitulo-viii-redaccion-del-trabajo-cientifico\/","title":{"rendered":"Cap\u00edtulo VIII. Redacci\u00f3n del trabajo cient\u00edfico"},"content":{"raw":"\n<div id=\"col1\">\n<h2>a) Justificaci\u00f3n de la comunicaci\u00f3n cient\u00edfica<\/h2>\nMr. Billings, sabio bibliotecario de Washington, agobiado por la tarea de clasificar miles de folletos, en donde, con diverso estilo, d\u00e1banse a conocer casi los mismos hechos, o se expon\u00edan verdades ya de antiguo sabidas, aconsejaba a los publicistas cient\u00edficos la sumisi\u00f3n a las siguientes reglas: 1.\u00aa, tener algo nuevo que decir; 2.\u00aa, decirlo; 3.\u00aa, callarse en cuanto que dicho, y 4.\u00aa, dar a la publicaci\u00f3n t\u00edtulo y orden adecuados.\n\nHe aqu\u00ed un recuerdo que no creemos in\u00fatil en Espa\u00f1a, pa\u00eds cl\u00e1sico de la hip\u00e9rbole y de la diluci\u00f3n aparatosa. En efecto, lo primero que se necesita para tratar de asuntos cient\u00edficos, cuando no nos impulsa la misi\u00f3n de la ense\u00f1anza, es tener alguna observaci\u00f3n nueva o idea \u00fatil que comunicar a los dem\u00e1s. Nada m\u00e1s rid\u00edculo que la pretensi\u00f3n de escribir sin poder aportar a la cuesti\u00f3n ning\u00fan positivo esclarecimiento, sin otro est\u00edmulo que lucir imaginaci\u00f3n calenturienta, o hacer gala de erudici\u00f3n pedantesca con datos tomados de segunda o tercera mano.\n\nAl tomar la pluma para redactar el art\u00edculo cient\u00edfico, consideremos que podr\u00eda leernos alg\u00fan sabio ilustre, cuyas ocupaciones no le consienten perder el tiempo en releer cosas sabidas o meras disertaciones ret\u00f3ricas. De este pecado capital adolecen, por desgracia, muchas de nuestras oraciones acad\u00e9micas. Numerosas tesis de doctorandos, y no pocos art\u00edculos de nuestras revistas profesionales, parecen hechos no con \u00e1nimo de aportar luz a un asunto, sino de lucir la fecundia y salir de cualquier modo, y cuanto m\u00e1s tarde mejor (porque, eso s\u00ed, lo que no va en doctrina va en <em>latitud<\/em>), del arduo compromiso de escribir, sin haberse tomado el trabajo de pensar. N\u00f3tese cu\u00e1nto abundan los discursos encabezados con estos t\u00edtulos, que parecen inventados por la pereza misma: <em>Idea general de<\/em>... <em>Introducci\u00f3n al estudio de<\/em>... <em>Consideraciones generales acerca de<\/em>... <em>Juicio cr\u00edtico de las teor\u00edas de<\/em>... <em>Importancia de la ciencia tal o cual<\/em>..., t\u00edtulos que dan al escritor la incomparable ventaja de esquivar la consulta bibliogr\u00e1fica, despach\u00e1ndose a su gusto en la materia, sin obligarse a tratar a fondo y seriamente cosa alguna. Con lo cual no pretendemos rebajar el m\u00e9rito de algunos trabajos perfectamente concebidos y redactados que, de tarde en tarde, ven la luz con los consabidos o parecidos enunciados.\n\nAsegur\u00e9monos, pues, merced a una investigaci\u00f3n bibliogr\u00e1fica cuidadosa, de la originalidad del hecho o idea que deseamos exponer, y guard\u00e9monos adem\u00e1s de dar a luz prematuramente el fruto de la observaci\u00f3n. Cuando nuestro pensamiento fluct\u00faa todav\u00eda entre conclusiones diversas y no tenemos plena conciencia de haber dado en el blanco, ello es se\u00f1al de haber abandonado harto temprano el laboratorio. Conducta prudente ser\u00e1 volver a \u00e9l y esperar a que, bajo el influjo de nuevas observaciones, acaben de cristalizar nuestras ideas.\n<h2>b) Bibliograf\u00eda<\/h2>\nAntes de exponer nuestra personal contribuci\u00f3n al tema de estudio, es costumbre trazar la historia de la cuesti\u00f3n, ya para se\u00f1alar el punto de partida, ya para rendir tributo de justicia a los sabios insignes que nos precedieron, abri\u00e9ndonos el camino de la investigaci\u00f3n. Siempre que en este punto, por amor a la concisi\u00f3n o por pereza, propenda el novel investigador a regatear fechas y citas, considere que los dem\u00e1s podr\u00e1n pagarle en la misma moneda, callando intencionadamente sus trabajos. Conducta es \u00e9sta tan poco generosa como descort\u00e9s, dado que la mayor parte de los sabios no suelen obtener de sus penosos estudios m\u00e1s recompensa que la estima y aplauso de los doctos, que constituye \u0097lo hemos dicho ya\u0097 minor\u00eda insignificante.\n\nEl respeto a la propiedad de las ideas s\u00f3lo se practica bien cuando uno llega a ser propietario de pensamientos que corren de libro en libro, unas veces con nombre de autor, otras sin \u00e9l, y algunas con paternidad equivocada. Al ser v\u00edctimas de molestas pretericiones y de injustos silencios, se cae en la cuenta de que cada idea es una <em>criatura cient\u00edfica<\/em> cuyo autor, que le dio el ser a costa de grandes fatigas, exhala, al ver desconocida su paternidad, los mismos ayes doloridos que exhalar\u00eda una madre a quien arrebataran el fruto de sus entra\u00f1as.\n\nDispuestos a hacer justicia, hag\u00e1mosla hasta en la forma, y as\u00ed no dejemos de ordenar, por rigurosa cronolog\u00eda, las listas de nombres o de <em>cartuchos de citas<\/em> que, por brevedad, es preciso a veces consignar al dar cuenta de un descubrimiento, pues si tales series de apellidos se han de ordenar con l\u00f3gica, es menester comenzarlas por el iniciador y acabarlas por los confirmadores y perfeccionadores. Un estudio minucioso y de primera mano de la bibliograf\u00eda nos ahorrar\u00e1 injusticias, y por ende las inevitables reclamaciones de prioridad.\n<h2>c) Justicia y cortes\u00eda en los juicios<\/h2>\nAl consignar los antecedentes hist\u00f3ricos, nos vemos obligados con frecuencia a formular juicios acerca del alcance de la obra ajena. Excusado es advertir que, en tales apreciaciones, debemos conducirnos no s\u00f3lo con imparcialidad, sino haciendo gala de exquisita cortes\u00eda y de formas agradables y casi aduladoras. Indulgentes con las equivocaciones del servicio, seremos respetuosos y modestos ante los <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">lapsus<\/em> de los grandes prestigios cient\u00edficos. Temamos siempre que nuestras observaciones representen ligerezas de la impaciencia o espejismo del entusiasmo juvenil. Antes, pues, de resolvernos a repudiar un hecho o una interpretaci\u00f3n com\u00fanmente admitidos, reflexionemos maduramente. Y tengamos muy en cuenta, al formular nuestros reparos, que si entre los sabios se dan caracteres nobles y bondadosos, abundan todav\u00eda m\u00e1s los temperamentos quisquillosos, las altiveces ces\u00e1reas y las vanidades exquisitamente susceptibles. La frase horaciana <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">genus irritabile vatum<\/em> apl\u00edcase a los sabios mejor a\u00fan que a los poetas. Ya lo nota el perspicaz Graci\u00e1n: \u00abLos sabios fueron siempre mal sufridos, quien a\u00f1ade ciencia a\u00f1ade impaciencia.\u00bb\n\nCon estas precauciones evitaremos en lo posible desdenes sistem\u00e1ticos hacia nuestra obra y querellas y pol\u00e9micas envenenadas, en las cuales perder\u00edamos tranquilidad y tiempo, sin ganar pizca de prestigio ni autoridad. Porque en la apreciaci\u00f3n de nuestros m\u00e9ritos s\u00f3lo se tendr\u00e1n en cuenta los hechos nuevos aportados, y no la destreza y garbo pol\u00e9micos.\n\nCuando, injustamente atacados, nos veamos compelidos a defendernos, hag\u00e1moslo hidalgamente, esgrimiendo la espada, pero con la punta embotada y adornada, seg\u00fan la imagen vulgar, con ramillete de flores.\n\nDa pena reconocer que, en la mayor\u00eda de los casos, los impugnadores no defienden una doctrina, sino su propia infalibilidad. Muy acertadamente nota Eucken que, so color de refutar principios, \u00abcada cual se defiende a s\u00ed mismo y a su propia naturaleza... Es el instinto de conservaci\u00f3n espiritual que reacciona\u00bb.\n\nCuando por nuestro mal tengamos que contender con contradictores de este jaez (resulta, a veces, inevitable, porque toda verdad exaspera a los mantenedores del error), fuera inocente confiar en persuadirlos. No es a ellos, sino al p\u00fablico, a quien debemos mirar. Aportemos pruebas terminantes, robustezcamos en lo posible la tesis con nuevos datos objetivos, y pasemos en silencio ataques personales e insidias pol\u00e9micas. Porque en tales torneos importa, antes que defendernos, defender la verdad.\n\nPor olvidar estas sabidas reglas de prudencia y discreci\u00f3n, \u00a1cu\u00e1ntas desazones y sinsabores! R\u00e9plicas acres y violentas y silencios rencorosos reconocen casi siempre por causa nuestra falta de urbanidad y comedimiento al exponer y valorar el trabajo de los dem\u00e1s.\n\nCitemos algunos datos concretos para adoctrinar al principiante. De ordinario, las cr\u00edticas afectan, ya a errores de hecho o de observaci\u00f3n, ya a errores de intervenci\u00f3n.\n<ol class=\"alfabetico\">\n \t<li>Error de observaci\u00f3n o de reconocimiento de un hecho.\u0097En general, los sabios discuten sobre interpretaciones, no sobre hechos, por suponer que el investigador, por modesto que sea, es incapaz de lanzarse a la tarea anal\u00edtica sin preparaci\u00f3n suficiente. Por esto precisamente, tales <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">lapsus<\/em> rep\u00fatanse graves, denotando en quien los comete singular candor intelectual o inexperiencia metodol\u00f3gica. Sin embargo, guard\u00e9monos bien de ensa\u00f1arnos al hacer constar el dislate, seamos piadosos y tengamos presente que en momentos de distracci\u00f3n o descuido hasta los sabios m\u00e1s sagaces pueden cometerlo. Lejos de censurarlo crudamente, disculp\u00e9moslo con benevolencia, haciendo notar que se trata de observaciones muy dif\u00edciles, donde las equivocaciones resultan frecuentes y casi inevitables. No imputemos el error a la ignorancia, antes bien, a la imperfecci\u00f3n de la t\u00e9cnica aprovechada o a los prejuicios de la escuela donde se inspir\u00f3 el trabajo censurado.Cuando, a despecho de la mejor voluntad, tales excusas parezcan inadmisibles, atrib\u00fayase la pifia al empleo de material insuficiente o poco apropiado, a\u00f1adiendo que si el autor hubiera hecho uso de iguales objetos de estudio que nosotros, habr\u00eda llegado sin duda a las mismas conclusiones, ya que le sobran para ello talento y pericia harto acreditados en anteriores publicaciones. En fin, tratemos de consolarle, insistiendo con morosidad, ora sobre las minucias m\u00e1s o menos originales contenidas en su trabajo, ora en las excelencias y precisi\u00f3n de los dibujos. En suma, nuestras expresiones se dirigir\u00e1n principalmente a endulzar las amarguras del veredicto, llevando al \u00e1nimo de nuestro adversario la persuasi\u00f3n de que sus afanes no han sido enteramente in\u00fatiles a los progresos de la Ciencia.<\/li>\n \t<li>Error te\u00f3rico.\u0097Supongamos que, interpretando abusivamente los hechos, el autor formul\u00f3 una hip\u00f3tesis arbitraria y sin base alguna en la observaci\u00f3n. La p\u00edldora cr\u00edtica ser\u00e1 dorada con frases de este tenor: \u00abCiertamente, la explicaci\u00f3n propuesta peca de aventurada, pero, en cambio, es notablemente ingeniosa, sugiere consideraciones muy elevadas y acredita en su autor esp\u00edritu filos\u00f3fico de altos vuelos. \u00a1L\u00e1stima grande que al forjar su concepci\u00f3n no haya tenido en cuenta tales o cuales hechos que la contradicen formalmente! En todo caso, la hip\u00f3tesis es seductora y merece discusi\u00f3n y examen respetuoso.\u00bb<\/li>\n<\/ol>\nEn fin, tan trivial y grosera puede ser la interpretaci\u00f3n te\u00f3rica, que hasta la disculpa parezca adulaci\u00f3n. Entonces lo mejor ser\u00e1 pasarla en silencio, mentando escuetamente, como en el caso anterior, las observaciones exactas (si las hay) y el m\u00e9rito literario, filos\u00f3fico y pedag\u00f3gico del trabajo.\n<h2>d) Exposici\u00f3n de los m\u00e9todos<\/h2>\nImporta asimismo puntualizar, bien al principio, bien al final de la monograf\u00eda, el m\u00e9todo o m\u00e9todos de investigaci\u00f3n seguidos por el autor, sin imitar a esos sabios que, a t\u00edtulo de mejorarla ulteriormente, se reservan temporalmente el monopolio de la t\u00e9cnica empleada, restaurando la casi perdida costumbre de los qu\u00edmicos y matem\u00e1ticos de las pasadas centurias, los cuales, inspirados en la pueril vanidad de asombrar a las gentes con el poder de su penetraci\u00f3n, se reservaban los detalles de los procedimientos que les hab\u00edan conducido a la verdad. Afortunadamente, el esoterismo va desapareciendo del campo de la Ciencia, y el mero lector de una revista puede conocer hoy las minucias y <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">tours de mains<\/em> de ciertos m\u00e9todos casi tan bien como los \u00edntimos del descubridor.\n<h2>e) Conclusiones<\/h2>\nExpuesta en forma clara, concisa y met\u00f3dica la observaci\u00f3n u observaciones fruto de nuestras pesquisas, cerraremos el trabajo condensando en un corto n\u00famero de proposiciones los datos positivos aportados a la Ciencia y que han motivado nuestra intervenci\u00f3n en el asunto.\n\nConducta que no todos siguen, pero que nos parece por todo extremo loable, es llamar la atenci\u00f3n del lector sobre los problemas todav\u00eda pendientes de soluci\u00f3n, a fin de que otros observadores apliquen sus esfuerzos y completen nuestra obra. Al se\u00f1alar a los sucesores la direcci\u00f3n de las nuevas pesquisas y los puntos que nuestra diligencia no ha logrado esclarecer, damos, al par que f\u00e1cil y generoso asidero a los j\u00f3venes observadores ansiosos de reputaci\u00f3n, ocasi\u00f3n de pronta y plena confirmaci\u00f3n de nuestros descubrimientos.\n<h2>f) Necesidad de los grabados<\/h2>\nSi nuestros estudios ata\u00f1en a la morfolog\u00eda, ora macro, ora microsc\u00f3pica, ser\u00e1 de rigor ilustrar las descripciones con figuras copiadas todo lo m\u00e1s exactamente posible al natural. Por precisa y minuciosa que sea la descripci\u00f3n de los objetos observados, siempre resultar\u00e1 inferior en claridad a un buen grabado. Cuanto m\u00e1s, que la representaci\u00f3n <em>gr\u00e1fica<\/em>de lo observado garantiza la exactitud de la observaci\u00f3n misma y constituye un precedente de inapreciable valor para quien pretenda confirmar nuestras aseveraciones. Con justo motivo se otorga hoy casi igual m\u00e9rito al que dibuja por primera vez y fielmente un objeto, que al que lo da a conocer solamente mediante descripci\u00f3n m\u00e1s o menos incompleta.\n\nSi los objetos representados son demasiado complicados, a los dibujos exactos que copian formas o estructura a\u00f1adiremos esquemas o semiesquemas aclaratorios. En fin, en algunos casos podr\u00e1 prestarnos importantes servicios la fotograf\u00eda com\u00fan y la microfotograf\u00eda, suprema garant\u00eda de la objetividad de nuestras descripciones.\n<h2>g) El estilo<\/h2>\nFinalmente, el estilo de nuestro trabajo ser\u00e1 genuinamente did\u00e1ctico, sobrio, sencillo, sin afectaci\u00f3n, y sin acusar otras preocupaciones que el orden y la claridad. El \u00e9nfasis, la declamaci\u00f3n y la hip\u00e9rbole no deben figurar jam\u00e1s en los escritos meramente cient\u00edficos, si no queremos perder la confianza de los sabios, que acabar\u00e1n por tomarnos por so\u00f1adores o poetas, incapaces de estudiar y razonar fr\u00edamente una cuesti\u00f3n. El escritor cient\u00edfico aspirar\u00e1 constantemente a reflejar la realidad objetiva con la perfecta serenidad e ingenuidad de un espejo, dibujando con la palabra, como el pintor con el pincel, y abandonando, en fin, la pretensi\u00f3n de estilista exquisito y el fatuo alarde de profundidad filos\u00f3fica. Ni olvidemos la conocida m\u00e1xima de Boileau: \u00abLo que se concibe bien, se enuncia claramente.\u00bb\n\nLa pompa y gala de lenguaje estar\u00e1n en su lugar en el libro de popularizaci\u00f3n, en las oraciones inaugurales, hasta en el pr\u00f3logo o introducci\u00f3n a una obra cient\u00edfica docente, pero hay que confesar que la mucha ret\u00f3rica produce, trat\u00e1ndose de una monograf\u00eda cient\u00edfica, efecto extra\u00f1o y un tanto rid\u00edculo.\n\nSin contar que los afeites ret\u00f3ricos prestan a menudo a las ideas contornos indecisos, y que las comparaciones innecesarias hacen difusa la descripci\u00f3n, dispersando in\u00fatilmente la atenci\u00f3n del lector, que no necesita ciertamente, para que las ideas penetren en su caletre, de la evocaci\u00f3n continua de im\u00e1genes vulgares. En este concepto, los escritores, como las lentes, podr\u00edan distinguirse en <em>crom\u00e1ticos<\/em> y <em>acrom\u00e1ticos<\/em>; estos \u00faltimos, perfectamente corregidos de la man\u00eda dispersiva, saben condensar con toda precisi\u00f3n las ideas que por la lectura o la observaci\u00f3n recolectan; mientras que los primeros, faltos del freno de la correcci\u00f3n, gustan de ensanchar con irisaciones ret\u00f3ricas, con franjas de brillantes matices, los contornos de las ideas; lo que no se logra sino a expensas del vigor y de la precisi\u00f3n de las mismas.\n\nEn literatura, como en la oratoria, los entendimientos crom\u00e1ticos o dispersivos pueden ser de gran utilidad, pues el vulgo, juez inapelable de la obra art\u00edstica, necesita del <em>embudo de la ret\u00f3rica<\/em> para poder tragar algunas verdades; pero en la exposici\u00f3n y discusi\u00f3n de los temas de ciencia pura, el p\u00fablico es un senado escogido y culto, y ofender\u00edamos de seguro su ilustraci\u00f3n y buen gusto tomando las cuestiones demasiado <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">ab ovo<\/em> y perdi\u00e9ndonos en amplificaciones declamatorias y detalles ociosos. Esta m\u00e1xima de Graci\u00e1n, alabada por Schopenhauer, \u00ablo bueno, si breve, dos veces bueno\u00bb, debe ser nuestra norma. Suyo es tambi\u00e9n este consejo: \u00abHase de hablar como en testamento, que a menos palabras menos pleitos.\u00bb\n\nUna severa disciplina de la atenci\u00f3n, la costumbre de dar a la acci\u00f3n y al pensamiento mayor importancia que a la palabra, as\u00ed como la creencia de que, despu\u00e9s de inventada una imagen o una frase feliz, el problema cient\u00edfico que estudiamos no ha dado un solo paso hacia la soluci\u00f3n, constituyen excelente profilaxis contra lo que <em>Fray Candil<\/em> llamaba gr\u00e1ficamente <em>flatulencia ret\u00f3rica<\/em>, que nosotros consideramos como manifestaci\u00f3n del meridionalismo superficial y causa muy poderosa de nuestro atraso cient\u00edfico.\n<h2>h) Publicaci\u00f3n del trabajo cient\u00edfico<\/h2>\nCuando el investigador goce de cr\u00e9dito mundial, podr\u00e1 publicar sus contribuciones cient\u00edficas en cualquier revista nacional o extranjera de la especialidad. Los sabios a quienes el asunto interese no se detendr\u00e1n en el obst\u00e1culo de la lengua, antes bien, procurar\u00e1n estudiarla para conocer el pensamiento del autor o buscar\u00e1n editores que lo traduzcan y publiquen. Sin embargo, aun al sabio m\u00e1s reputado le es necesario, para ganar tiempo y conquistar adeptos en el exterior, comunicar sus descubrimientos a los <em lang=\"de\" xml:lang=\"de\">Beitr\u00e4ge<\/em> o <em lang=\"de\" xml:lang=\"de\">Zentralblatt<\/em> m\u00e1s divulgados de Alemania. En cuanto al principiante, sin cr\u00e9dito todav\u00eda en el mundo sabio, obrar\u00e1 muy cuerdamente pidiendo, desde luego, hospitalidad en las grandes revistas extranjeras y redactando o haciendo traducir su trabajo en franc\u00e9s, ingl\u00e9s o alem\u00e1n.\n\nDe esta suerte, el nuevo hecho ser\u00e1 r\u00e1pidamente conocido de los especialistas, y si posee positivo valor, tendr\u00e1 el autor la grata sorpresa de verlo confirmado y aprobado por las grandes autoridades internacionales. Quienes, inspir\u00e1ndose en un patriotismo estrecho y ruin, se obstinan en escribir exclusivamente en revistas espa\u00f1olas, poco o nada le\u00eddas en los pa\u00edses sabios, se condenan a ser ignorados hasta dentro de su propia naci\u00f3n, porque como habr\u00e1 de faltarle siempre el exequatur de los grandes prestigios europeos, ning\u00fan compatriota suyo, y menos los de su gremio, osar\u00e1n tomarlos en serio y estimarlos en su verdadero valer.\n\nSiendo, pues, decisivo para el porvenir del incipiente investigador el juicio de las autoridades cient\u00edficas extranjeras, reflexionar\u00e1 maduramente antes de someterles el primer trabajo; aseg\u00farese bien, mediante prolijas exploraciones bibliogr\u00e1ficas, y a\u00fan mejor con la consulta de alg\u00fan especialista c\u00e9lebre, de la realidad y originalidad del hecho comunicado. Y no olvide que el derecho a equivocarse se tolera solamente a los consagrados.\n\n<\/div>\n","rendered":"<div id=\"col1\">\n<h2>a) Justificaci\u00f3n de la comunicaci\u00f3n cient\u00edfica<\/h2>\n<p>Mr. Billings, sabio bibliotecario de Washington, agobiado por la tarea de clasificar miles de folletos, en donde, con diverso estilo, d\u00e1banse a conocer casi los mismos hechos, o se expon\u00edan verdades ya de antiguo sabidas, aconsejaba a los publicistas cient\u00edficos la sumisi\u00f3n a las siguientes reglas: 1.\u00aa, tener algo nuevo que decir; 2.\u00aa, decirlo; 3.\u00aa, callarse en cuanto que dicho, y 4.\u00aa, dar a la publicaci\u00f3n t\u00edtulo y orden adecuados.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed un recuerdo que no creemos in\u00fatil en Espa\u00f1a, pa\u00eds cl\u00e1sico de la hip\u00e9rbole y de la diluci\u00f3n aparatosa. En efecto, lo primero que se necesita para tratar de asuntos cient\u00edficos, cuando no nos impulsa la misi\u00f3n de la ense\u00f1anza, es tener alguna observaci\u00f3n nueva o idea \u00fatil que comunicar a los dem\u00e1s. Nada m\u00e1s rid\u00edculo que la pretensi\u00f3n de escribir sin poder aportar a la cuesti\u00f3n ning\u00fan positivo esclarecimiento, sin otro est\u00edmulo que lucir imaginaci\u00f3n calenturienta, o hacer gala de erudici\u00f3n pedantesca con datos tomados de segunda o tercera mano.<\/p>\n<p>Al tomar la pluma para redactar el art\u00edculo cient\u00edfico, consideremos que podr\u00eda leernos alg\u00fan sabio ilustre, cuyas ocupaciones no le consienten perder el tiempo en releer cosas sabidas o meras disertaciones ret\u00f3ricas. De este pecado capital adolecen, por desgracia, muchas de nuestras oraciones acad\u00e9micas. Numerosas tesis de doctorandos, y no pocos art\u00edculos de nuestras revistas profesionales, parecen hechos no con \u00e1nimo de aportar luz a un asunto, sino de lucir la fecundia y salir de cualquier modo, y cuanto m\u00e1s tarde mejor (porque, eso s\u00ed, lo que no va en doctrina va en <em>latitud<\/em>), del arduo compromiso de escribir, sin haberse tomado el trabajo de pensar. N\u00f3tese cu\u00e1nto abundan los discursos encabezados con estos t\u00edtulos, que parecen inventados por la pereza misma: <em>Idea general de<\/em>&#8230; <em>Introducci\u00f3n al estudio de<\/em>&#8230; <em>Consideraciones generales acerca de<\/em>&#8230; <em>Juicio cr\u00edtico de las teor\u00edas de<\/em>&#8230; <em>Importancia de la ciencia tal o cual<\/em>&#8230;, t\u00edtulos que dan al escritor la incomparable ventaja de esquivar la consulta bibliogr\u00e1fica, despach\u00e1ndose a su gusto en la materia, sin obligarse a tratar a fondo y seriamente cosa alguna. Con lo cual no pretendemos rebajar el m\u00e9rito de algunos trabajos perfectamente concebidos y redactados que, de tarde en tarde, ven la luz con los consabidos o parecidos enunciados.<\/p>\n<p>Asegur\u00e9monos, pues, merced a una investigaci\u00f3n bibliogr\u00e1fica cuidadosa, de la originalidad del hecho o idea que deseamos exponer, y guard\u00e9monos adem\u00e1s de dar a luz prematuramente el fruto de la observaci\u00f3n. Cuando nuestro pensamiento fluct\u00faa todav\u00eda entre conclusiones diversas y no tenemos plena conciencia de haber dado en el blanco, ello es se\u00f1al de haber abandonado harto temprano el laboratorio. Conducta prudente ser\u00e1 volver a \u00e9l y esperar a que, bajo el influjo de nuevas observaciones, acaben de cristalizar nuestras ideas.<\/p>\n<h2>b) Bibliograf\u00eda<\/h2>\n<p>Antes de exponer nuestra personal contribuci\u00f3n al tema de estudio, es costumbre trazar la historia de la cuesti\u00f3n, ya para se\u00f1alar el punto de partida, ya para rendir tributo de justicia a los sabios insignes que nos precedieron, abri\u00e9ndonos el camino de la investigaci\u00f3n. Siempre que en este punto, por amor a la concisi\u00f3n o por pereza, propenda el novel investigador a regatear fechas y citas, considere que los dem\u00e1s podr\u00e1n pagarle en la misma moneda, callando intencionadamente sus trabajos. Conducta es \u00e9sta tan poco generosa como descort\u00e9s, dado que la mayor parte de los sabios no suelen obtener de sus penosos estudios m\u00e1s recompensa que la estima y aplauso de los doctos, que constituye \u0097lo hemos dicho ya\u0097 minor\u00eda insignificante.<\/p>\n<p>El respeto a la propiedad de las ideas s\u00f3lo se practica bien cuando uno llega a ser propietario de pensamientos que corren de libro en libro, unas veces con nombre de autor, otras sin \u00e9l, y algunas con paternidad equivocada. Al ser v\u00edctimas de molestas pretericiones y de injustos silencios, se cae en la cuenta de que cada idea es una <em>criatura cient\u00edfica<\/em> cuyo autor, que le dio el ser a costa de grandes fatigas, exhala, al ver desconocida su paternidad, los mismos ayes doloridos que exhalar\u00eda una madre a quien arrebataran el fruto de sus entra\u00f1as.<\/p>\n<p>Dispuestos a hacer justicia, hag\u00e1mosla hasta en la forma, y as\u00ed no dejemos de ordenar, por rigurosa cronolog\u00eda, las listas de nombres o de <em>cartuchos de citas<\/em> que, por brevedad, es preciso a veces consignar al dar cuenta de un descubrimiento, pues si tales series de apellidos se han de ordenar con l\u00f3gica, es menester comenzarlas por el iniciador y acabarlas por los confirmadores y perfeccionadores. Un estudio minucioso y de primera mano de la bibliograf\u00eda nos ahorrar\u00e1 injusticias, y por ende las inevitables reclamaciones de prioridad.<\/p>\n<h2>c) Justicia y cortes\u00eda en los juicios<\/h2>\n<p>Al consignar los antecedentes hist\u00f3ricos, nos vemos obligados con frecuencia a formular juicios acerca del alcance de la obra ajena. Excusado es advertir que, en tales apreciaciones, debemos conducirnos no s\u00f3lo con imparcialidad, sino haciendo gala de exquisita cortes\u00eda y de formas agradables y casi aduladoras. Indulgentes con las equivocaciones del servicio, seremos respetuosos y modestos ante los <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">lapsus<\/em> de los grandes prestigios cient\u00edficos. Temamos siempre que nuestras observaciones representen ligerezas de la impaciencia o espejismo del entusiasmo juvenil. Antes, pues, de resolvernos a repudiar un hecho o una interpretaci\u00f3n com\u00fanmente admitidos, reflexionemos maduramente. Y tengamos muy en cuenta, al formular nuestros reparos, que si entre los sabios se dan caracteres nobles y bondadosos, abundan todav\u00eda m\u00e1s los temperamentos quisquillosos, las altiveces ces\u00e1reas y las vanidades exquisitamente susceptibles. La frase horaciana <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">genus irritabile vatum<\/em> apl\u00edcase a los sabios mejor a\u00fan que a los poetas. Ya lo nota el perspicaz Graci\u00e1n: \u00abLos sabios fueron siempre mal sufridos, quien a\u00f1ade ciencia a\u00f1ade impaciencia.\u00bb<\/p>\n<p>Con estas precauciones evitaremos en lo posible desdenes sistem\u00e1ticos hacia nuestra obra y querellas y pol\u00e9micas envenenadas, en las cuales perder\u00edamos tranquilidad y tiempo, sin ganar pizca de prestigio ni autoridad. Porque en la apreciaci\u00f3n de nuestros m\u00e9ritos s\u00f3lo se tendr\u00e1n en cuenta los hechos nuevos aportados, y no la destreza y garbo pol\u00e9micos.<\/p>\n<p>Cuando, injustamente atacados, nos veamos compelidos a defendernos, hag\u00e1moslo hidalgamente, esgrimiendo la espada, pero con la punta embotada y adornada, seg\u00fan la imagen vulgar, con ramillete de flores.<\/p>\n<p>Da pena reconocer que, en la mayor\u00eda de los casos, los impugnadores no defienden una doctrina, sino su propia infalibilidad. Muy acertadamente nota Eucken que, so color de refutar principios, \u00abcada cual se defiende a s\u00ed mismo y a su propia naturaleza&#8230; Es el instinto de conservaci\u00f3n espiritual que reacciona\u00bb.<\/p>\n<p>Cuando por nuestro mal tengamos que contender con contradictores de este jaez (resulta, a veces, inevitable, porque toda verdad exaspera a los mantenedores del error), fuera inocente confiar en persuadirlos. No es a ellos, sino al p\u00fablico, a quien debemos mirar. Aportemos pruebas terminantes, robustezcamos en lo posible la tesis con nuevos datos objetivos, y pasemos en silencio ataques personales e insidias pol\u00e9micas. Porque en tales torneos importa, antes que defendernos, defender la verdad.<\/p>\n<p>Por olvidar estas sabidas reglas de prudencia y discreci\u00f3n, \u00a1cu\u00e1ntas desazones y sinsabores! R\u00e9plicas acres y violentas y silencios rencorosos reconocen casi siempre por causa nuestra falta de urbanidad y comedimiento al exponer y valorar el trabajo de los dem\u00e1s.<\/p>\n<p>Citemos algunos datos concretos para adoctrinar al principiante. De ordinario, las cr\u00edticas afectan, ya a errores de hecho o de observaci\u00f3n, ya a errores de intervenci\u00f3n.<\/p>\n<ol class=\"alfabetico\">\n<li>Error de observaci\u00f3n o de reconocimiento de un hecho.\u0097En general, los sabios discuten sobre interpretaciones, no sobre hechos, por suponer que el investigador, por modesto que sea, es incapaz de lanzarse a la tarea anal\u00edtica sin preparaci\u00f3n suficiente. Por esto precisamente, tales <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">lapsus<\/em> rep\u00fatanse graves, denotando en quien los comete singular candor intelectual o inexperiencia metodol\u00f3gica. Sin embargo, guard\u00e9monos bien de ensa\u00f1arnos al hacer constar el dislate, seamos piadosos y tengamos presente que en momentos de distracci\u00f3n o descuido hasta los sabios m\u00e1s sagaces pueden cometerlo. Lejos de censurarlo crudamente, disculp\u00e9moslo con benevolencia, haciendo notar que se trata de observaciones muy dif\u00edciles, donde las equivocaciones resultan frecuentes y casi inevitables. No imputemos el error a la ignorancia, antes bien, a la imperfecci\u00f3n de la t\u00e9cnica aprovechada o a los prejuicios de la escuela donde se inspir\u00f3 el trabajo censurado.Cuando, a despecho de la mejor voluntad, tales excusas parezcan inadmisibles, atrib\u00fayase la pifia al empleo de material insuficiente o poco apropiado, a\u00f1adiendo que si el autor hubiera hecho uso de iguales objetos de estudio que nosotros, habr\u00eda llegado sin duda a las mismas conclusiones, ya que le sobran para ello talento y pericia harto acreditados en anteriores publicaciones. En fin, tratemos de consolarle, insistiendo con morosidad, ora sobre las minucias m\u00e1s o menos originales contenidas en su trabajo, ora en las excelencias y precisi\u00f3n de los dibujos. En suma, nuestras expresiones se dirigir\u00e1n principalmente a endulzar las amarguras del veredicto, llevando al \u00e1nimo de nuestro adversario la persuasi\u00f3n de que sus afanes no han sido enteramente in\u00fatiles a los progresos de la Ciencia.<\/li>\n<li>Error te\u00f3rico.\u0097Supongamos que, interpretando abusivamente los hechos, el autor formul\u00f3 una hip\u00f3tesis arbitraria y sin base alguna en la observaci\u00f3n. La p\u00edldora cr\u00edtica ser\u00e1 dorada con frases de este tenor: \u00abCiertamente, la explicaci\u00f3n propuesta peca de aventurada, pero, en cambio, es notablemente ingeniosa, sugiere consideraciones muy elevadas y acredita en su autor esp\u00edritu filos\u00f3fico de altos vuelos. \u00a1L\u00e1stima grande que al forjar su concepci\u00f3n no haya tenido en cuenta tales o cuales hechos que la contradicen formalmente! En todo caso, la hip\u00f3tesis es seductora y merece discusi\u00f3n y examen respetuoso.\u00bb<\/li>\n<\/ol>\n<p>En fin, tan trivial y grosera puede ser la interpretaci\u00f3n te\u00f3rica, que hasta la disculpa parezca adulaci\u00f3n. Entonces lo mejor ser\u00e1 pasarla en silencio, mentando escuetamente, como en el caso anterior, las observaciones exactas (si las hay) y el m\u00e9rito literario, filos\u00f3fico y pedag\u00f3gico del trabajo.<\/p>\n<h2>d) Exposici\u00f3n de los m\u00e9todos<\/h2>\n<p>Importa asimismo puntualizar, bien al principio, bien al final de la monograf\u00eda, el m\u00e9todo o m\u00e9todos de investigaci\u00f3n seguidos por el autor, sin imitar a esos sabios que, a t\u00edtulo de mejorarla ulteriormente, se reservan temporalmente el monopolio de la t\u00e9cnica empleada, restaurando la casi perdida costumbre de los qu\u00edmicos y matem\u00e1ticos de las pasadas centurias, los cuales, inspirados en la pueril vanidad de asombrar a las gentes con el poder de su penetraci\u00f3n, se reservaban los detalles de los procedimientos que les hab\u00edan conducido a la verdad. Afortunadamente, el esoterismo va desapareciendo del campo de la Ciencia, y el mero lector de una revista puede conocer hoy las minucias y <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">tours de mains<\/em> de ciertos m\u00e9todos casi tan bien como los \u00edntimos del descubridor.<\/p>\n<h2>e) Conclusiones<\/h2>\n<p>Expuesta en forma clara, concisa y met\u00f3dica la observaci\u00f3n u observaciones fruto de nuestras pesquisas, cerraremos el trabajo condensando en un corto n\u00famero de proposiciones los datos positivos aportados a la Ciencia y que han motivado nuestra intervenci\u00f3n en el asunto.<\/p>\n<p>Conducta que no todos siguen, pero que nos parece por todo extremo loable, es llamar la atenci\u00f3n del lector sobre los problemas todav\u00eda pendientes de soluci\u00f3n, a fin de que otros observadores apliquen sus esfuerzos y completen nuestra obra. Al se\u00f1alar a los sucesores la direcci\u00f3n de las nuevas pesquisas y los puntos que nuestra diligencia no ha logrado esclarecer, damos, al par que f\u00e1cil y generoso asidero a los j\u00f3venes observadores ansiosos de reputaci\u00f3n, ocasi\u00f3n de pronta y plena confirmaci\u00f3n de nuestros descubrimientos.<\/p>\n<h2>f) Necesidad de los grabados<\/h2>\n<p>Si nuestros estudios ata\u00f1en a la morfolog\u00eda, ora macro, ora microsc\u00f3pica, ser\u00e1 de rigor ilustrar las descripciones con figuras copiadas todo lo m\u00e1s exactamente posible al natural. Por precisa y minuciosa que sea la descripci\u00f3n de los objetos observados, siempre resultar\u00e1 inferior en claridad a un buen grabado. Cuanto m\u00e1s, que la representaci\u00f3n <em>gr\u00e1fica<\/em>de lo observado garantiza la exactitud de la observaci\u00f3n misma y constituye un precedente de inapreciable valor para quien pretenda confirmar nuestras aseveraciones. Con justo motivo se otorga hoy casi igual m\u00e9rito al que dibuja por primera vez y fielmente un objeto, que al que lo da a conocer solamente mediante descripci\u00f3n m\u00e1s o menos incompleta.<\/p>\n<p>Si los objetos representados son demasiado complicados, a los dibujos exactos que copian formas o estructura a\u00f1adiremos esquemas o semiesquemas aclaratorios. En fin, en algunos casos podr\u00e1 prestarnos importantes servicios la fotograf\u00eda com\u00fan y la microfotograf\u00eda, suprema garant\u00eda de la objetividad de nuestras descripciones.<\/p>\n<h2>g) El estilo<\/h2>\n<p>Finalmente, el estilo de nuestro trabajo ser\u00e1 genuinamente did\u00e1ctico, sobrio, sencillo, sin afectaci\u00f3n, y sin acusar otras preocupaciones que el orden y la claridad. El \u00e9nfasis, la declamaci\u00f3n y la hip\u00e9rbole no deben figurar jam\u00e1s en los escritos meramente cient\u00edficos, si no queremos perder la confianza de los sabios, que acabar\u00e1n por tomarnos por so\u00f1adores o poetas, incapaces de estudiar y razonar fr\u00edamente una cuesti\u00f3n. El escritor cient\u00edfico aspirar\u00e1 constantemente a reflejar la realidad objetiva con la perfecta serenidad e ingenuidad de un espejo, dibujando con la palabra, como el pintor con el pincel, y abandonando, en fin, la pretensi\u00f3n de estilista exquisito y el fatuo alarde de profundidad filos\u00f3fica. Ni olvidemos la conocida m\u00e1xima de Boileau: \u00abLo que se concibe bien, se enuncia claramente.\u00bb<\/p>\n<p>La pompa y gala de lenguaje estar\u00e1n en su lugar en el libro de popularizaci\u00f3n, en las oraciones inaugurales, hasta en el pr\u00f3logo o introducci\u00f3n a una obra cient\u00edfica docente, pero hay que confesar que la mucha ret\u00f3rica produce, trat\u00e1ndose de una monograf\u00eda cient\u00edfica, efecto extra\u00f1o y un tanto rid\u00edculo.<\/p>\n<p>Sin contar que los afeites ret\u00f3ricos prestan a menudo a las ideas contornos indecisos, y que las comparaciones innecesarias hacen difusa la descripci\u00f3n, dispersando in\u00fatilmente la atenci\u00f3n del lector, que no necesita ciertamente, para que las ideas penetren en su caletre, de la evocaci\u00f3n continua de im\u00e1genes vulgares. En este concepto, los escritores, como las lentes, podr\u00edan distinguirse en <em>crom\u00e1ticos<\/em> y <em>acrom\u00e1ticos<\/em>; estos \u00faltimos, perfectamente corregidos de la man\u00eda dispersiva, saben condensar con toda precisi\u00f3n las ideas que por la lectura o la observaci\u00f3n recolectan; mientras que los primeros, faltos del freno de la correcci\u00f3n, gustan de ensanchar con irisaciones ret\u00f3ricas, con franjas de brillantes matices, los contornos de las ideas; lo que no se logra sino a expensas del vigor y de la precisi\u00f3n de las mismas.<\/p>\n<p>En literatura, como en la oratoria, los entendimientos crom\u00e1ticos o dispersivos pueden ser de gran utilidad, pues el vulgo, juez inapelable de la obra art\u00edstica, necesita del <em>embudo de la ret\u00f3rica<\/em> para poder tragar algunas verdades; pero en la exposici\u00f3n y discusi\u00f3n de los temas de ciencia pura, el p\u00fablico es un senado escogido y culto, y ofender\u00edamos de seguro su ilustraci\u00f3n y buen gusto tomando las cuestiones demasiado <em lang=\"la\" xml:lang=\"la\">ab ovo<\/em> y perdi\u00e9ndonos en amplificaciones declamatorias y detalles ociosos. Esta m\u00e1xima de Graci\u00e1n, alabada por Schopenhauer, \u00ablo bueno, si breve, dos veces bueno\u00bb, debe ser nuestra norma. Suyo es tambi\u00e9n este consejo: \u00abHase de hablar como en testamento, que a menos palabras menos pleitos.\u00bb<\/p>\n<p>Una severa disciplina de la atenci\u00f3n, la costumbre de dar a la acci\u00f3n y al pensamiento mayor importancia que a la palabra, as\u00ed como la creencia de que, despu\u00e9s de inventada una imagen o una frase feliz, el problema cient\u00edfico que estudiamos no ha dado un solo paso hacia la soluci\u00f3n, constituyen excelente profilaxis contra lo que <em>Fray Candil<\/em> llamaba gr\u00e1ficamente <em>flatulencia ret\u00f3rica<\/em>, que nosotros consideramos como manifestaci\u00f3n del meridionalismo superficial y causa muy poderosa de nuestro atraso cient\u00edfico.<\/p>\n<h2>h) Publicaci\u00f3n del trabajo cient\u00edfico<\/h2>\n<p>Cuando el investigador goce de cr\u00e9dito mundial, podr\u00e1 publicar sus contribuciones cient\u00edficas en cualquier revista nacional o extranjera de la especialidad. Los sabios a quienes el asunto interese no se detendr\u00e1n en el obst\u00e1culo de la lengua, antes bien, procurar\u00e1n estudiarla para conocer el pensamiento del autor o buscar\u00e1n editores que lo traduzcan y publiquen. Sin embargo, aun al sabio m\u00e1s reputado le es necesario, para ganar tiempo y conquistar adeptos en el exterior, comunicar sus descubrimientos a los <em lang=\"de\" xml:lang=\"de\">Beitr\u00e4ge<\/em> o <em lang=\"de\" xml:lang=\"de\">Zentralblatt<\/em> m\u00e1s divulgados de Alemania. En cuanto al principiante, sin cr\u00e9dito todav\u00eda en el mundo sabio, obrar\u00e1 muy cuerdamente pidiendo, desde luego, hospitalidad en las grandes revistas extranjeras y redactando o haciendo traducir su trabajo en franc\u00e9s, ingl\u00e9s o alem\u00e1n.<\/p>\n<p>De esta suerte, el nuevo hecho ser\u00e1 r\u00e1pidamente conocido de los especialistas, y si posee positivo valor, tendr\u00e1 el autor la grata sorpresa de verlo confirmado y aprobado por las grandes autoridades internacionales. Quienes, inspir\u00e1ndose en un patriotismo estrecho y ruin, se obstinan en escribir exclusivamente en revistas espa\u00f1olas, poco o nada le\u00eddas en los pa\u00edses sabios, se condenan a ser ignorados hasta dentro de su propia naci\u00f3n, porque como habr\u00e1 de faltarle siempre el exequatur de los grandes prestigios europeos, ning\u00fan compatriota suyo, y menos los de su gremio, osar\u00e1n tomarlos en serio y estimarlos en su verdadero valer.<\/p>\n<p>Siendo, pues, decisivo para el porvenir del incipiente investigador el juicio de las autoridades cient\u00edficas extranjeras, reflexionar\u00e1 maduramente antes de someterles el primer trabajo; aseg\u00farese bien, mediante prolijas exploraciones bibliogr\u00e1ficas, y a\u00fan mejor con la consulta de alg\u00fan especialista c\u00e9lebre, de la realidad y originalidad del hecho comunicado. Y no olvide que el derecho a equivocarse se tolera solamente a los consagrados.<\/p>\n<\/div>\n","protected":false},"author":1,"menu_order":9,"template":"","meta":{"pb_show_title":"on","pb_short_title":"","pb_subtitle":"","pb_authors":[],"pb_section_license":""},"chapter-type":[],"contributor":[],"license":[],"class_list":["post-31","chapter","type-chapter","status-publish","hentry"],"part":22,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/31","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/chapter"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/31\/revisions"}],"part":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/parts\/22"}],"metadata":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/31\/metadata\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=31"}],"wp:term":[{"taxonomy":"chapter-type","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapter-type?post=31"},{"taxonomy":"contributor","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/contributor?post=31"},{"taxonomy":"license","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/license?post=31"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}