{"id":32,"date":"2019-12-09T15:25:40","date_gmt":"2019-12-09T15:25:40","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/capitulo-ix-el-investigador-como-maestro\/"},"modified":"2019-12-09T15:25:40","modified_gmt":"2019-12-09T15:25:40","slug":"capitulo-ix-el-investigador-como-maestro","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/capitulo-ix-el-investigador-como-maestro\/","title":{"rendered":"Cap\u00edtulo IX. El investigador como maestro"},"content":{"raw":"\nLlegada la \u00e9poca constructiva y dominadas las dificultades del trabajo cient\u00edfico, imaginamos a nuestro novel investigador en posesi\u00f3n de la madurez y robustez necesarias para su multiplicaci\u00f3n espiritual. La noble carrera fue seguida hasta el fin; el ideal ansiado logrose por entero. Convertido en autoridad internacional, el maestro es citado con encomio en las revistas extranjeras; la originalidad e importancia de sus creaciones aseg\u00faranle p\u00e1gina honor\u00edfica en el libro de oro de la ciencia.\n\nEn tan decorosa situaci\u00f3n, puede adoptar el sabio una de estas dos actitudes: proseguir concentrado y solitario sus empresas de laboratorio, conden\u00e1ndose a la esterilidad docente; o hacer a los dem\u00e1s copart\u00edcipes de sus m\u00e9todos de estudio, promovi\u00e9ndose vocaciones y erigi\u00e9ndose en prestigioso jefe de escuela.\n\nEntre ambos caminos la elecci\u00f3n no es dudosa. Ciertamente, el trabajo solitario brinda al ego\u00edsmo satisfacciones y tranquilidades tentadoras; se obedece a la ley del m\u00ednimo esfuerzo, dirigiendo exclusivamente la atenci\u00f3n a la investigaci\u00f3n personal; se vive en un discreto ambiente de aprobaci\u00f3n y estima, donde faltan, sin duda (y ello es gran ventaja), los entusiasmos y veneraciones excesivas, pero donde tampoco mortifican \u00e9mulos y rivales. Mas al adoptar tan c\u00f3moda postura, el instinto paternal del hombre de ciencia si\u00e9ntese profundamente inquieto. \u00ab\u00bfQu\u00e9 ser\u00e1 de mi obra \u0097se pregunta\u0097 cuando llegada la senectud falten energ\u00edas para defenderla? \u00bfQui\u00e9nes reivindicar\u00e1n la prioridad de mis hallazgos, si, por ventura, adversarios o sucesores poco escrupulosos se los apropian o incurren, al juzgarnos, en olvidos e injusticias?\u00bb\n\nAun miradas las cosas desde el punto de vista ego\u00edsta \u0097de un ego\u00edsmo sano y clarividente\u0097, importa al sabio proceder a su multiplicaci\u00f3n espiritual. La tarea es, sin duda, penosa. La actividad del maestro bif\u00farcase en las corrientes paralelas del laboratorio y de la ense\u00f1anza. Crecer\u00e1n as\u00ed sus desvelos, pero aumentar\u00e1n tambi\u00e9n sus venturas. Sobre dar p\u00e1bulo a elevadas tendencias, alcanzar\u00e1 el deleite de la paternidad ideal, y sentir\u00e1 el noble orgullo de haber cumplido honradamente con su doble misi\u00f3n de maestro y de patriota. Ya no declinar\u00e1 su vida triste y solitaria, antes bien, se ver\u00e1 en su ocaso rodeado de un s\u00e9quito de disc\u00edpulos entusiastas, capaces de comprender la obra del maestro y de hacerla, en lo posible, luminosa y perenne.\n\nLa posteridad ha sido siempre generosa con los fundadores de escuela. Hasta los errores del iniciador son perdonados o piadosamente explicados, si \u00e9ste supo formar esp\u00edritus capaces de comprenderlos y corregirlos. Quien renuncia a la siembra de ideas se declara ego\u00edsta o mis\u00e1ntropo. Todos pensar\u00e1n que trabaj\u00f3 para su orgullo en vez de laborar para la Humanidad. Y si sus talentos destacan demasiado, aparecer\u00e1 como algo patol\u00f3gico, cual formaci\u00f3n extra\u00f1a a su raza, a la cual por eso mismo apenas enaltece: especie de b\u00f3lido intelectual ca\u00eddo del cielo, que brill\u00f3 un momento, mas fue incapaz de comunicar a nadie su ef\u00edmero fulgor.\n\nDejar prole espiritual, adem\u00e1s de dar alto valor a la vida del sabio, constituye utilidad social y labor civilizadora indiscutible, de las cuales est\u00e1n se\u00f1aladamente necesitados los pa\u00edses como Espa\u00f1a, de producci\u00f3n cient\u00edfica miserable y discontinua.\n\n\u00a1Infeliz del genio espor\u00e1dicamente surgido en estos pueblos y extinguido sin descendencia! La ruda competencia entablada entre cientos de laboratorios y escuelas extranjeros, el arrollador alud de folletos y libros que se disputan encarnizadamente el favor de la actualidad; la tendencia iconoclasta de la juventud universitaria, ansiosa de <em>llegar<\/em> y de afirmar e imponer la propia personalidad; la casi total ignorancia entre los sabios de las lenguas habladas en las naciones atrasadas y, sobre todo, el <em>chauvinismo<\/em> feroz reinante en Alemania, Francia e Inglaterra en triste complicidad con la desidia nacional, tendr\u00e1n para el orgulloso solitario de la consabida <em>torre de marfil<\/em> las m\u00e1s tristes consecuencias. Muchos de sus descubrimientos ser\u00e1n inevitablemente atribuidos a confirmadores\nextranjeros, poco escrupulosos en sus citas, por disc\u00edpulos de \u00e9stos menos escrupulosos a\u00fan; y todos los hechos que, por semejar balad\u00edes a la hora de ser publicados, no merecieron el honor de la traducci\u00f3n \u0097pero que andando el tiempo suelen remontar en valor\u0097, quedar\u00e1n enterrados en el polvo de las bibliotecas ind\u00edgenas. Que si para la literatura y la historia, artes de recreo y atracci\u00f3n, sobran eruditos y comentadores, para la austera disciplina cient\u00edfica, el reivindicador debe ser a la par sabio y erudito, y los sabios no abundan en los pa\u00edses de cultura insuficiente...\n\nImporta, pues, que dichas naciones zagueras de la civilizaci\u00f3n obtengan de sus promotores cient\u00edficos el m\u00e1ximo rendimiento docente, compensando en lo posible la escasez de aqu\u00e9llos con el progresivo aumento de su capacidad prol\u00edfica.\n\nMas, \u00bfc\u00f3mo formar continuadores y, mejor todav\u00eda, genios iniciadores, capaces de superar al maestro y de se\u00f1alar rumbos nuevos a la investigaci\u00f3n?\n\nLlegados a este punto, surge una cuesti\u00f3n importante. \u00bfC\u00f3mo se crea la vocaci\u00f3n irresistible hacia la Ciencia?\n\nAunque se haya dicho con raz\u00f3n, por Fouill\u00e9e, Ribort, Bernheim, Levy y otros muchos, que toda idea aceptada por el cerebro tiende a convertirse en acto, es lo cierto que en la mayor\u00eda de las personas la idea o conocimiento cient\u00edfico carece de eficacia para transformarse en el acto de confirmar la verdad aprendida o en el de ensanchar sus horizontes, merced al esfuerzo personal.\n\nA nuestro juicio, la voluntad obra en el joven a impulsos de la representaci\u00f3n anticipada del placer \u00e9tico \u00edntimamente asociado a todo triunfo intelectual. Ante la estimaci\u00f3n de los doctos, carece de sentimiento de la propia estima. Y, al rev\u00e9s, si se nos desde\u00f1a, acabamos por desde\u00f1arnos. De aqu\u00ed la necesidad, desgraciadamente harto olvidada, de que el profesor sugiera al alumno de continuo, no tanto con la palabra como con el ejemplo, la idea de goce soberano, de la satisfacci\u00f3n suprema que produce el arrancar secretos a lo desconocido y del vincular el propio nombre a una idea originaria y \u00fatil.\n\nPuesto que, seg\u00fan es bien sabido, la juventud procede en su culto a los hombres ilustres por imitaci\u00f3n, fuera obra altamente educadora de la voluntad que cada profesor trazara con verdadero cari\u00f1o y con deliberado prop\u00f3sito de sugesti\u00f3n la biograf\u00eda anecd\u00f3tica y sucinta de los sabios que m\u00e1s se distinguieron en el desarrollo de su ciencia especial, haciendo, en fin, algo de lo que, desde otro punto de vista, quisieron realizar: A. Comte con su culto a los grandes hombres; modernamente Carlyle con su libro sobre los h\u00e9roes; Emerson con sus entusiastas apolog\u00edas de los <em>hombres representativos<\/em> o <em>superhombres<\/em>, a quienes se deben todos los progresos y ventajas de la civilizaci\u00f3n, y, \u00faltimamente, Ostwald con su hermoso libro <em>Los grandes hombres<\/em>.\n\n\u00bfQu\u00e9 signos denuncian el talento creador y la vocaci\u00f3n inquebrantable por la indagaci\u00f3n cient\u00edfica?\n\nProblema grave, capital\u00edsimo, sobre el cual han discurrido altos pensadores e insignes pedagogos, sin llegar a normas definitivas. La dificultad sube de punto considerando que no basta encontrar entendimientos perspicaces y aptos para las pesquisas de laboratorio sino conquistarlos definitivamente para el culto de la verdad original.\n\nLos futuros sabios, blanco de nuestros desvelos educadores, \u00bfse encuentran por ventura entre los disc\u00edpulos m\u00e1s serios y aplicados, acaparadores de premios y triunfadores en oposiciones?\n\nAlgunas veces, s\u00ed, pero no siempre. Si la regla fuera infalible, f\u00e1cil resultara la tarea del profesor, bastar\u00edale dirigirse a los premios extraordinarios de la licenciatura y a los n\u00fameros primeros de las oposiciones a c\u00e1tedras. Mas la realidad se complace a menudo en burlar previsiones y malograr esperanzas. Porque, de igual manera que los varones m\u00e1s fervorosamente virtuosos y creyentes suelen ser formidablemente ego\u00edstas, se da tambi\u00e9n, con desconsoladora frecuencia, el caso de que los m\u00e1s brillantes j\u00f3venes son mentalidades exquisitamente pr\u00e1cticas, es decir, financieros refinad\u00edsimos en embri\u00f3n. Estudian y se esfuerzan, m\u00e1s que por amor a la Ciencia, por hallarse persuadidos de que el saber constituye excelente negocio, y de que la buena fama cobrada en la escuela cot\u00edzase muy alto en el mercado profesional y en las esferas acad\u00e9micas.\n\nSi el lector sonr\u00ede ante esta observaci\u00f3n, haga memoria y repare en qu\u00e9 vinieron a parar sus m\u00e1s sobresalientes condisc\u00edpulos, los <em>monstruos<\/em> de la memoria y de la aplicaci\u00f3n, aquellos en quienes el profesor pon\u00eda todos sus mimos y preferencias, y reconocer\u00e1 con pena que, si en su mayor parte alcanzaron holgada posici\u00f3n social (y en esto no erraron sus c\u00e1lculos), poqu\u00edsimos o ninguno ascendieron a las cumbres del saber o se distinguieron por una acci\u00f3n pol\u00edtica, social o industrial abnegada y fecunda. Cuanto m\u00e1s que entre los alumnos m\u00e1s aprovechados figuran bastantes temperamentos del tipo gregario, d\u00f3ciles y disciplinados, incapaces de iniciativa y que, habiendo aceptado el estudio por ciega obediencia a padres y maestros, acaban a menudo la carrera sumidos en el enervamiento y la fatiga. \u00bfQui\u00e9n no ha o\u00eddo exclamar, al concluir los estudios, a estos forzados del libro de texto, la conocida frase: \u00abAdi\u00f3s, Horacio, a quien tanto aborrec\u00ed...\u00bb?\n\nHarto m\u00e1s merecedores de predilecci\u00f3n para el maestro avisado ser\u00e1n aquellos disc\u00edpulos un tanto ind\u00f3mitos, desde\u00f1osos de los primeros lugares, insensibles al est\u00edmulo de la vanidad, que, dotados de rica e inquieta fantas\u00eda, gastan el sobrante de su actividad en la literatura, el dibujo, la filosof\u00eda y todos los deportes del esp\u00edritu y del cuerpo. Para quien los sigue de lejos, parece como que se dispersan y se disipan, cuando, en realidad, se encauzan y fortalecen. Corazones generosos, poetas a ratos, rom\u00e1nticos siempre, estos j\u00f3venes distra\u00eddos poseen dos cualidades esenciales de que el maestro puede sacar gran partido: desd\u00e9n por el lucro y las altas posiciones acad\u00e9micas, y esp\u00edritu caballeresco enamorado de altos ideales. Al rev\u00e9s de los otros, al abandonar las aulas es cuando realmente comienzan a estudiar y no es raro verlos fatigados ya de elaborar sin provecho, y faltos de orientaci\u00f3n definida, presentarse en los laboratorios en s\u00faplica de consejos t\u00e9cnicos y de un tema de estudio. Y algunos de ellos logran encauzarse y triunfar.\n\nCon todo eso, los rasgos precedentes no constituyen siempre s\u00edndrome cierto del futuro hombre de ciencia. Entre quienes sobresalen aqu\u00e9llos abundan veleidades y defecciones. Las citadas cualidades representan fuerzas en potencia, que no siempre llegan a ser actuales. Seducido por las apariencias, el maestro corre el riesgo de educar <em>dilettantes<\/em> del laboratorio o talentos brillantes, pero incapaces de honda y perseverante labor.\n\nResulta, pues, dif\u00edcil el diagn\u00f3stico de la vocaci\u00f3n cient\u00edfica. Preciso es apelar a signos m\u00e1s exactamente diferenciadores para discernir la moneda falsa del oro de ley.\n\nEn su admirable libro sobre los <em>Grandes hombres<\/em>, Ostwald, que se ha planteado este mismo problema, declara, despu\u00e9s de hacer algunas reservas, que los disc\u00edpulos particularmente bien dotados recon\u00f3cense en que no parecen satisfechos jam\u00e1s de lo que la ense\u00f1anza ordinaria les ofrece... \u00abLa ense\u00f1anza ordinaria se dirige en profundidad y superficie al t\u00e9rmino medio, y cuando un alumno posee un gran talento, ver\u00e1 en seguida que la ciencia recibida es cuantitativa y, sobre todo, cualitativamente insuficiente, y exigir\u00e1 m\u00e1s.\u00bb Y a\u00f1ade: \u00abLa m\u00e1s importante cualidad del sabio es la originalidad, es decir, la capacidad de imaginar alguna cosa m\u00e1s all\u00e1 de lo que se ense\u00f1a; la exactitud en el trabajo, la cr\u00edtica de s\u00ed mismo, conciencia, conocimientos, destreza, son tambi\u00e9n necesarios, pero esto puede adquirirse m\u00e1s tarde, mediante conveniente educaci\u00f3n.\u00bb\n\nEstas observaciones de Ostwald son atinadas y frecuentemente exactas. Sin embargo, para sacar fruto de ellas, importa que el maestro se ponga en contacto cordial con sus disc\u00edpulos, que en sus pl\u00e1ticas de laboratorio les trate como a camaradas ocupados en obra com\u00fan, sugiri\u00e9ndoles la franqueza y la espontaneidad en la expresi\u00f3n. De este modo hallar\u00e1 el maestro facilidades para estudiar el car\u00e1cter, y medir el tono y fortaleza de las pasiones de sus educandos. As\u00ed y todo, la regla de Ostwald falla en ocasiones. El mozo listo, insatisfecho de las descripciones de los textos y de las teor\u00edas cient\u00edficas, puede ser un car\u00e1cter altivo y un agudo entendimiento, pero incapaz de perseverancia y disciplina. M\u00e1s a menudo a\u00fan, el futuro investigador adolece de excesiva timidez, sus respetos hacia el maestro y una modestia natural y simp\u00e1tica refrenan el deseo de pedir esclarecimientos a sus dudas te\u00f3ricas, o aprobaci\u00f3n hacia ensayos de nuevas soluciones. En tales casos, el investigador en cierne puede no ser reparado por el profesor o no estimularle \u00e9ste lo bastante, tomando acaso su reserva por limitaci\u00f3n.\n\nAlgo m\u00e1s segura, aunque sin pretensiones de infalibilidad, par\u00e9cenos la regla siguiente, donde se combinan, para el diagn\u00f3stico psicol\u00f3gico, algunos signos subjetivos con otros objetivos.\n\n<em>Subjetivamente<\/em>, el joven apto para la investigaci\u00f3n rev\u00e9lase desde luego por estos rasgos: patriotismo ardiente, pero consciente y discursivo: lejos de los candorosos optimismos de ciertos patriotas, o, mejor dicho, <em>patrioteros<\/em>, que con pronunciar cuatro o cinco nombres prestigiosos ind\u00edgenas creen haber demostrado la colaboraci\u00f3n decisiva de su pa\u00eds en la obra de la cultura nacional, nuestro joven siente profundo descontento por la pobreza y mezquindad de dicha contribuci\u00f3n; ante los juicios severos, pero en el fondo justos, con que la cr\u00edtica extranjera flagela la esterilidad de nuestros sabios y fil\u00f3sofos, no responde con trenos patri\u00f3ticos o jactanciosas promesas, sino afilando sus armas y haciendo resoluci\u00f3n de emplear sus br\u00edos en el combate universal contra la Naturaleza. Nuestro sabio en potencia dist\u00ednguese tambi\u00e9n por el culto severo a la verdad y por un escepticismo sano y de buena ley. Es ambicioso, pero con ambici\u00f3n noble y confesable: ans\u00eda destacar de la vulgaridad ambiente y vincular su nombre a una gran empresa.\n\n<em>Objetivamente<\/em>, el candidato a sabio corrobora a los ojos de todos las promesas precedentes. Sin el culto de la acci\u00f3n, sin la prueba de que el novel investigador es capaz de trabajar con fruto, correr\u00edamos el albur de cultivar un florido regenerador m\u00e1s, tan h\u00e1bil en se\u00f1alar el rumbo como incapaz de cruzar el golfo. Pero si el joven gusta sobremanera de las manipulaciones del laboratorio, y posee laboriosidad infatigable; si, sobre todo (y \u00e9sta es la se\u00f1al objetiva a que principalmente alud\u00edamos), averiguamos que, a costa de penosos sacrificios, con econom\u00edas robadas a sus recreos y deportes, se ha creado un peque\u00f1o laboratorio donde se afana en adquirir maestr\u00eda t\u00e9cnica y confirmar personalmente los descubrimientos de las eminencias del saber..., entonces el profesor debe intervenir resueltamente, ayud\u00e1ndole y protegi\u00e9ndole, porque la verdadera vocaci\u00f3n <em>consiste siempre en esa actividad especial a que el joven, menospreciando distracciones de la edad, sacrifica tiempo y peculio<\/em>.\n\nClaro est\u00e1 que la afici\u00f3n, aun la m\u00e1s sincera y entusiasta, se equivoca algunas veces. La vocaci\u00f3n no es la aptitud, ni la aptitud conduce necesariamente al \u00e9xito. \u00c9ste tiene g\u00e9nesis compleja, dado que entran en \u00e9l, aparte vocaci\u00f3n y aptitud, otras condiciones complementarias, a saber: la sagacidad para rastrear los filones ricos, el don de asimilaci\u00f3n de las nuevas ideas, penetrante y seguro sentido cr\u00edtico, buena orientaci\u00f3n bibliogr\u00e1fica y metodol\u00f3gica y hasta un cierto esp\u00edritu filos\u00f3fico. Pero casi todas estas cualidades complementarias pueden adquirirse despu\u00e9s. Algo hay que dejar a la convivencia con el maestro y al poder transformador de la imitaci\u00f3n.\n\nEn suma, el futuro sabio suele ser patriota ardiente, ansioso de honrarse y honrar a su pa\u00eds, enamorado de la originalidad, indiferente al lucro y a los placeres burgueses, inclinado a la acci\u00f3n m\u00e1s que a la palabra, lector incansable, y capaz, en fin, de toda suerte de abnegaciones y renuncias para realizar el noble ensue\u00f1o de bautizar con el propio nombre alguna nueva estrella del firmamento del saber.\n\nOptimismo cr\u00edtico.\u0097Dejamos expuesto m\u00e1s atr\u00e1s que el maestro digno de tal debe sugerir de continuo a sus disc\u00edpulos la idea de que la ciencia est\u00e1 en perpetuo devenir, que progresa y crece incensantemente, sin llegar jam\u00e1s a plena madurez, y que todos podemos aportar, si nos lo proponemos de veras, un grano de arena al imponente monumento del progreso.\n\nSemejante actitud implica, naturalmente, el <em>optimismo nacional<\/em>, es decir, fe robusta en las aptitudes y destino de la raza.\n\nClaro es que semejante optimismo no debe ser ciego, sino avisado y previsor. Lejos del pedante y satisfecho engreimiento caracter\u00edstico de muchos funestos pol\u00edticos y de no pocas orondas sumidades de la c\u00e1tedra, el buen maestro debe tener plena conciencia de la nacional incultura y de nuestra pobreza cient\u00edfica. Tendr\u00e1 siempre presente que Espa\u00f1a est\u00e1 desde hace siglos en deuda con la civilizaci\u00f3n, y que de persistir en tan vergonzoso abandono, Europa perder\u00e1 la paciencia y acabar\u00e1 por expropiarnos. Critique, pero trabaje. Censure y fustigue, si es preciso, a los perezosos, pero sin mirar atr\u00e1s y con la mano en la mancera.\n\nDe este patri\u00f3tico optimismo, llamado por God\u00f3 <em>optimismo parad\u00f3jico<\/em>, y al que cuadrar\u00eda mejor la designaci\u00f3n de <em>optimismo cr\u00edtico<\/em>, participaron, entre otros, el gran Costa, cuyos ap\u00f3strofes restallaban como l\u00e1tigos en la espalda de los rezagados o en la frente de los antipatriotas, y en m\u00e1s modernos tiempos, el exquisito escritor y pensador Ortega y Gasset, quien propone, como condici\u00f3n esencial de la ascensi\u00f3n cultural y \u00e9tica de Espa\u00f1a, la plena conciencia de nuestra miseria espiritual y de nuestra corrupci\u00f3n pol\u00edtica y administrativa.\n\nC\u00f3mo guiar al novel investigador.\u0097Escogida la familia intelectual, es preciso educarla y entrenarla para la ruda labor. Pueril y temerario fuera concurrir a torneos cient\u00edficos, con car\u00e1cter de rigurosas luchas internacionales, sin prepararse tenaz y adecuadamente.\n\nAl maestro incumbe la misi\u00f3n de abreviar esta preparaci\u00f3n, orientando al disc\u00edpulo, mostr\u00e1ndole los tajos abiertos a la investigaci\u00f3n, gui\u00e1ndole en la pesquisa bibliogr\u00e1fica y sugiri\u00e9ndole, en fin, la adquisici\u00f3n de cuantos conocimientos y habilidades accesorias (dibujo, microfotograf\u00eda, idiomas, arte de escribir con exactitud y propiedad, <abbr>etc.<\/abbr>) puedan serle de provecho. Importa inculcarle la resoluci\u00f3n de completar en este punto su educaci\u00f3n lo antes posible, para evitar colaboraciones humillantes que, adem\u00e1s, no pueden ser permanentes.\n\nFortalecidas de este modo las fuerzas del catec\u00fameno, procurar\u00e1 el profesor ponerlas a prueba, proponi\u00e9ndole un tema accesible que no exija grandes ni continuados esfuerzos, y que, a ser posible, represente algo as\u00ed como brote o derivaci\u00f3n de la obra fundamental del maestro.\n\nPropende, seg\u00fan es sabido, la juventud a acometer los grandes problemas y estrenarse con una catedral. Fuerza es moderar semejante ambici\u00f3n, que podr\u00eda conducir a fracasos desalentadores, haciendo ver al principiante la conveniencia de comenzar por las peque\u00f1as cuestiones: se corre poco riesgo de errar en ellas, y cuando se yerra jam\u00e1s se sigue el escozor del rid\u00edculo. M\u00e1s adelante, acrecida la aptitud t\u00e9cnica y la capacidad especulativa, llegar\u00e1 el caso de llevar a cabo la grande obra enso\u00f1ada.\n\nCuando el novel investigador pueda marchar por s\u00ed mismo, proc\u00farese imbuirle el gusto por la originalidad. D\u00e9jese, pues, sugerir en \u00e9l la idea nueva con plena espontaneidad, aunque esta idea no concuerde con las teor\u00edas de la escuela. La m\u00e1s pura gloria del maestro consiste, no en formar disc\u00edpulos que le sigan, sino en formar sabios que le superen. El ideal supremo fuera crear esp\u00edritus absolutamente nuevos, \u00f3rganos \u00fanicos, a ser posible, en la m\u00e1quina del progreso. Fabricar \u00f3rganos d\u00f3ciles e intercambiables, denota que el maestro se ha preocupado m\u00e1s de s\u00ed mismo que de su pa\u00eds y de la Ciencia.\n\nExcusado es advertir que en sus libros y monograf\u00edas debe el jefe de escuela hacer sincera justicia al disc\u00edpulo, citando escrupulosamente sus trabajos y aun insistiendo en ellos con delectaci\u00f3n alentadora. Por amor a su prole intelectual, m\u00e1s bien que por modestia, callar\u00e1 la propia colaboraci\u00f3n. Acrecer\u00e1 de esta suerte el cr\u00e9dito del sabio novel, cuya obra granjear\u00e1 r\u00e1pidamente en el extranjero confianza y simpat\u00eda.\n\nCon ocasi\u00f3n del primer trabajo del principiante, suelen muchos sabios emparejar el propio nombre con el del disc\u00edpulo, se\u00f1alando con ello su talento de colaboraci\u00f3n, conducta equitativa, aunque poco generosa. A menos de que dicho trabajo inicial sea fruto personal casi exclusivo del maestro, preferir\u00edamos librar al disc\u00edpulo del concepto, un tanto humillante, de la ajena inspiraci\u00f3n. Con ello, el joven investigador saborear\u00e1 el exquisito manjar de la espontaneidad. Raro fuera que, una vez probado, no se aficionase a \u00e9l y se esforzara por merecerlo.\n\nIn\u00fatil parece tambi\u00e9n recordar a los maestros que no se aprovechen demasiado de la d\u00f3cil actividad de sus educandos, so color de prepararlos y dirigirlos. Este abuso, revelador de antip\u00e1tico ego\u00edsmo, florece en algunas escuelas extranjeras, donde, como en ciertas profesiones, el catec\u00fameno paga la ense\u00f1anza con la explotaci\u00f3n del aprendizaje. \u00a1Cu\u00e1ntas obras monumentales denotan m\u00e1s que la fecundidad del autor, la discreci\u00f3n y modestia de juveniles colaboraciones, satisfechos con la lejana esperanza de ser alg\u00fan d\u00eda apoyados y promovidos por su mentor intelectual a empleos decorosos!\n\nLas fatigas de la edad, y m\u00e1s que nada el af\u00e1n de acaparar dignidades y prebendas, incompatibles con una vida apacible y de labor honda y perseverante, fuerzan a veces a los sabios a caer en tan vituperables exploraciones. Despu\u00e9s de haber llegado con honra, hay que caer con honra. B\u00e1stele a cada cual su propio m\u00e9rito. Harto pagado queda el maestro con la satisfacci\u00f3n de haber despertado actividades latentes y formado mentalidades creadoras. Si la debilidad de los sentidos o las flaquezas de la voluntad privan al anciano de los br\u00edos necesarios para la obra de investigaci\u00f3n, abandone resueltamente el magisterio militante. No se ense\u00f1a bien sino lo que se hace, y quien no investiga no ense\u00f1a a investigar. Primor de discretos es lo que Graci\u00e1n designa tener un buen dejo. Aunque nos duela, a cierta edad hay que abandonar la ense\u00f1anza antes que la ense\u00f1anza nos abandone.\n\nCon todo eso, todav\u00eda tiene el veterano profesor alta misi\u00f3n que cumplir. Cuando sus manos d\u00e9biles no pueden sostener el pico del minero, oc\u00fapese en refinar el mineral arrancado por otros<sup><a id=\"np26\" href=\"..\/notas-del-autor#np26n\">26<\/a><\/sup>. Y escriba en la quietud de su jubilaci\u00f3n la historia o la filosof\u00eda de la ciencia. Que nadie puede exponerla mejor que quien ha vivido sus incidencias y sentido de cerca las arduas dificultades especulativas.\n","rendered":"<p>Llegada la \u00e9poca constructiva y dominadas las dificultades del trabajo cient\u00edfico, imaginamos a nuestro novel investigador en posesi\u00f3n de la madurez y robustez necesarias para su multiplicaci\u00f3n espiritual. La noble carrera fue seguida hasta el fin; el ideal ansiado logrose por entero. Convertido en autoridad internacional, el maestro es citado con encomio en las revistas extranjeras; la originalidad e importancia de sus creaciones aseg\u00faranle p\u00e1gina honor\u00edfica en el libro de oro de la ciencia.<\/p>\n<p>En tan decorosa situaci\u00f3n, puede adoptar el sabio una de estas dos actitudes: proseguir concentrado y solitario sus empresas de laboratorio, conden\u00e1ndose a la esterilidad docente; o hacer a los dem\u00e1s copart\u00edcipes de sus m\u00e9todos de estudio, promovi\u00e9ndose vocaciones y erigi\u00e9ndose en prestigioso jefe de escuela.<\/p>\n<p>Entre ambos caminos la elecci\u00f3n no es dudosa. Ciertamente, el trabajo solitario brinda al ego\u00edsmo satisfacciones y tranquilidades tentadoras; se obedece a la ley del m\u00ednimo esfuerzo, dirigiendo exclusivamente la atenci\u00f3n a la investigaci\u00f3n personal; se vive en un discreto ambiente de aprobaci\u00f3n y estima, donde faltan, sin duda (y ello es gran ventaja), los entusiasmos y veneraciones excesivas, pero donde tampoco mortifican \u00e9mulos y rivales. Mas al adoptar tan c\u00f3moda postura, el instinto paternal del hombre de ciencia si\u00e9ntese profundamente inquieto. \u00ab\u00bfQu\u00e9 ser\u00e1 de mi obra \u0097se pregunta\u0097 cuando llegada la senectud falten energ\u00edas para defenderla? \u00bfQui\u00e9nes reivindicar\u00e1n la prioridad de mis hallazgos, si, por ventura, adversarios o sucesores poco escrupulosos se los apropian o incurren, al juzgarnos, en olvidos e injusticias?\u00bb<\/p>\n<p>Aun miradas las cosas desde el punto de vista ego\u00edsta \u0097de un ego\u00edsmo sano y clarividente\u0097, importa al sabio proceder a su multiplicaci\u00f3n espiritual. La tarea es, sin duda, penosa. La actividad del maestro bif\u00farcase en las corrientes paralelas del laboratorio y de la ense\u00f1anza. Crecer\u00e1n as\u00ed sus desvelos, pero aumentar\u00e1n tambi\u00e9n sus venturas. Sobre dar p\u00e1bulo a elevadas tendencias, alcanzar\u00e1 el deleite de la paternidad ideal, y sentir\u00e1 el noble orgullo de haber cumplido honradamente con su doble misi\u00f3n de maestro y de patriota. Ya no declinar\u00e1 su vida triste y solitaria, antes bien, se ver\u00e1 en su ocaso rodeado de un s\u00e9quito de disc\u00edpulos entusiastas, capaces de comprender la obra del maestro y de hacerla, en lo posible, luminosa y perenne.<\/p>\n<p>La posteridad ha sido siempre generosa con los fundadores de escuela. Hasta los errores del iniciador son perdonados o piadosamente explicados, si \u00e9ste supo formar esp\u00edritus capaces de comprenderlos y corregirlos. Quien renuncia a la siembra de ideas se declara ego\u00edsta o mis\u00e1ntropo. Todos pensar\u00e1n que trabaj\u00f3 para su orgullo en vez de laborar para la Humanidad. Y si sus talentos destacan demasiado, aparecer\u00e1 como algo patol\u00f3gico, cual formaci\u00f3n extra\u00f1a a su raza, a la cual por eso mismo apenas enaltece: especie de b\u00f3lido intelectual ca\u00eddo del cielo, que brill\u00f3 un momento, mas fue incapaz de comunicar a nadie su ef\u00edmero fulgor.<\/p>\n<p>Dejar prole espiritual, adem\u00e1s de dar alto valor a la vida del sabio, constituye utilidad social y labor civilizadora indiscutible, de las cuales est\u00e1n se\u00f1aladamente necesitados los pa\u00edses como Espa\u00f1a, de producci\u00f3n cient\u00edfica miserable y discontinua.<\/p>\n<p>\u00a1Infeliz del genio espor\u00e1dicamente surgido en estos pueblos y extinguido sin descendencia! La ruda competencia entablada entre cientos de laboratorios y escuelas extranjeros, el arrollador alud de folletos y libros que se disputan encarnizadamente el favor de la actualidad; la tendencia iconoclasta de la juventud universitaria, ansiosa de <em>llegar<\/em> y de afirmar e imponer la propia personalidad; la casi total ignorancia entre los sabios de las lenguas habladas en las naciones atrasadas y, sobre todo, el <em>chauvinismo<\/em> feroz reinante en Alemania, Francia e Inglaterra en triste complicidad con la desidia nacional, tendr\u00e1n para el orgulloso solitario de la consabida <em>torre de marfil<\/em> las m\u00e1s tristes consecuencias. Muchos de sus descubrimientos ser\u00e1n inevitablemente atribuidos a confirmadores<br \/>\nextranjeros, poco escrupulosos en sus citas, por disc\u00edpulos de \u00e9stos menos escrupulosos a\u00fan; y todos los hechos que, por semejar balad\u00edes a la hora de ser publicados, no merecieron el honor de la traducci\u00f3n \u0097pero que andando el tiempo suelen remontar en valor\u0097, quedar\u00e1n enterrados en el polvo de las bibliotecas ind\u00edgenas. Que si para la literatura y la historia, artes de recreo y atracci\u00f3n, sobran eruditos y comentadores, para la austera disciplina cient\u00edfica, el reivindicador debe ser a la par sabio y erudito, y los sabios no abundan en los pa\u00edses de cultura insuficiente&#8230;<\/p>\n<p>Importa, pues, que dichas naciones zagueras de la civilizaci\u00f3n obtengan de sus promotores cient\u00edficos el m\u00e1ximo rendimiento docente, compensando en lo posible la escasez de aqu\u00e9llos con el progresivo aumento de su capacidad prol\u00edfica.<\/p>\n<p>Mas, \u00bfc\u00f3mo formar continuadores y, mejor todav\u00eda, genios iniciadores, capaces de superar al maestro y de se\u00f1alar rumbos nuevos a la investigaci\u00f3n?<\/p>\n<p>Llegados a este punto, surge una cuesti\u00f3n importante. \u00bfC\u00f3mo se crea la vocaci\u00f3n irresistible hacia la Ciencia?<\/p>\n<p>Aunque se haya dicho con raz\u00f3n, por Fouill\u00e9e, Ribort, Bernheim, Levy y otros muchos, que toda idea aceptada por el cerebro tiende a convertirse en acto, es lo cierto que en la mayor\u00eda de las personas la idea o conocimiento cient\u00edfico carece de eficacia para transformarse en el acto de confirmar la verdad aprendida o en el de ensanchar sus horizontes, merced al esfuerzo personal.<\/p>\n<p>A nuestro juicio, la voluntad obra en el joven a impulsos de la representaci\u00f3n anticipada del placer \u00e9tico \u00edntimamente asociado a todo triunfo intelectual. Ante la estimaci\u00f3n de los doctos, carece de sentimiento de la propia estima. Y, al rev\u00e9s, si se nos desde\u00f1a, acabamos por desde\u00f1arnos. De aqu\u00ed la necesidad, desgraciadamente harto olvidada, de que el profesor sugiera al alumno de continuo, no tanto con la palabra como con el ejemplo, la idea de goce soberano, de la satisfacci\u00f3n suprema que produce el arrancar secretos a lo desconocido y del vincular el propio nombre a una idea originaria y \u00fatil.<\/p>\n<p>Puesto que, seg\u00fan es bien sabido, la juventud procede en su culto a los hombres ilustres por imitaci\u00f3n, fuera obra altamente educadora de la voluntad que cada profesor trazara con verdadero cari\u00f1o y con deliberado prop\u00f3sito de sugesti\u00f3n la biograf\u00eda anecd\u00f3tica y sucinta de los sabios que m\u00e1s se distinguieron en el desarrollo de su ciencia especial, haciendo, en fin, algo de lo que, desde otro punto de vista, quisieron realizar: A. Comte con su culto a los grandes hombres; modernamente Carlyle con su libro sobre los h\u00e9roes; Emerson con sus entusiastas apolog\u00edas de los <em>hombres representativos<\/em> o <em>superhombres<\/em>, a quienes se deben todos los progresos y ventajas de la civilizaci\u00f3n, y, \u00faltimamente, Ostwald con su hermoso libro <em>Los grandes hombres<\/em>.<\/p>\n<p>\u00bfQu\u00e9 signos denuncian el talento creador y la vocaci\u00f3n inquebrantable por la indagaci\u00f3n cient\u00edfica?<\/p>\n<p>Problema grave, capital\u00edsimo, sobre el cual han discurrido altos pensadores e insignes pedagogos, sin llegar a normas definitivas. La dificultad sube de punto considerando que no basta encontrar entendimientos perspicaces y aptos para las pesquisas de laboratorio sino conquistarlos definitivamente para el culto de la verdad original.<\/p>\n<p>Los futuros sabios, blanco de nuestros desvelos educadores, \u00bfse encuentran por ventura entre los disc\u00edpulos m\u00e1s serios y aplicados, acaparadores de premios y triunfadores en oposiciones?<\/p>\n<p>Algunas veces, s\u00ed, pero no siempre. Si la regla fuera infalible, f\u00e1cil resultara la tarea del profesor, bastar\u00edale dirigirse a los premios extraordinarios de la licenciatura y a los n\u00fameros primeros de las oposiciones a c\u00e1tedras. Mas la realidad se complace a menudo en burlar previsiones y malograr esperanzas. Porque, de igual manera que los varones m\u00e1s fervorosamente virtuosos y creyentes suelen ser formidablemente ego\u00edstas, se da tambi\u00e9n, con desconsoladora frecuencia, el caso de que los m\u00e1s brillantes j\u00f3venes son mentalidades exquisitamente pr\u00e1cticas, es decir, financieros refinad\u00edsimos en embri\u00f3n. Estudian y se esfuerzan, m\u00e1s que por amor a la Ciencia, por hallarse persuadidos de que el saber constituye excelente negocio, y de que la buena fama cobrada en la escuela cot\u00edzase muy alto en el mercado profesional y en las esferas acad\u00e9micas.<\/p>\n<p>Si el lector sonr\u00ede ante esta observaci\u00f3n, haga memoria y repare en qu\u00e9 vinieron a parar sus m\u00e1s sobresalientes condisc\u00edpulos, los <em>monstruos<\/em> de la memoria y de la aplicaci\u00f3n, aquellos en quienes el profesor pon\u00eda todos sus mimos y preferencias, y reconocer\u00e1 con pena que, si en su mayor parte alcanzaron holgada posici\u00f3n social (y en esto no erraron sus c\u00e1lculos), poqu\u00edsimos o ninguno ascendieron a las cumbres del saber o se distinguieron por una acci\u00f3n pol\u00edtica, social o industrial abnegada y fecunda. Cuanto m\u00e1s que entre los alumnos m\u00e1s aprovechados figuran bastantes temperamentos del tipo gregario, d\u00f3ciles y disciplinados, incapaces de iniciativa y que, habiendo aceptado el estudio por ciega obediencia a padres y maestros, acaban a menudo la carrera sumidos en el enervamiento y la fatiga. \u00bfQui\u00e9n no ha o\u00eddo exclamar, al concluir los estudios, a estos forzados del libro de texto, la conocida frase: \u00abAdi\u00f3s, Horacio, a quien tanto aborrec\u00ed&#8230;\u00bb?<\/p>\n<p>Harto m\u00e1s merecedores de predilecci\u00f3n para el maestro avisado ser\u00e1n aquellos disc\u00edpulos un tanto ind\u00f3mitos, desde\u00f1osos de los primeros lugares, insensibles al est\u00edmulo de la vanidad, que, dotados de rica e inquieta fantas\u00eda, gastan el sobrante de su actividad en la literatura, el dibujo, la filosof\u00eda y todos los deportes del esp\u00edritu y del cuerpo. Para quien los sigue de lejos, parece como que se dispersan y se disipan, cuando, en realidad, se encauzan y fortalecen. Corazones generosos, poetas a ratos, rom\u00e1nticos siempre, estos j\u00f3venes distra\u00eddos poseen dos cualidades esenciales de que el maestro puede sacar gran partido: desd\u00e9n por el lucro y las altas posiciones acad\u00e9micas, y esp\u00edritu caballeresco enamorado de altos ideales. Al rev\u00e9s de los otros, al abandonar las aulas es cuando realmente comienzan a estudiar y no es raro verlos fatigados ya de elaborar sin provecho, y faltos de orientaci\u00f3n definida, presentarse en los laboratorios en s\u00faplica de consejos t\u00e9cnicos y de un tema de estudio. Y algunos de ellos logran encauzarse y triunfar.<\/p>\n<p>Con todo eso, los rasgos precedentes no constituyen siempre s\u00edndrome cierto del futuro hombre de ciencia. Entre quienes sobresalen aqu\u00e9llos abundan veleidades y defecciones. Las citadas cualidades representan fuerzas en potencia, que no siempre llegan a ser actuales. Seducido por las apariencias, el maestro corre el riesgo de educar <em>dilettantes<\/em> del laboratorio o talentos brillantes, pero incapaces de honda y perseverante labor.<\/p>\n<p>Resulta, pues, dif\u00edcil el diagn\u00f3stico de la vocaci\u00f3n cient\u00edfica. Preciso es apelar a signos m\u00e1s exactamente diferenciadores para discernir la moneda falsa del oro de ley.<\/p>\n<p>En su admirable libro sobre los <em>Grandes hombres<\/em>, Ostwald, que se ha planteado este mismo problema, declara, despu\u00e9s de hacer algunas reservas, que los disc\u00edpulos particularmente bien dotados recon\u00f3cense en que no parecen satisfechos jam\u00e1s de lo que la ense\u00f1anza ordinaria les ofrece&#8230; \u00abLa ense\u00f1anza ordinaria se dirige en profundidad y superficie al t\u00e9rmino medio, y cuando un alumno posee un gran talento, ver\u00e1 en seguida que la ciencia recibida es cuantitativa y, sobre todo, cualitativamente insuficiente, y exigir\u00e1 m\u00e1s.\u00bb Y a\u00f1ade: \u00abLa m\u00e1s importante cualidad del sabio es la originalidad, es decir, la capacidad de imaginar alguna cosa m\u00e1s all\u00e1 de lo que se ense\u00f1a; la exactitud en el trabajo, la cr\u00edtica de s\u00ed mismo, conciencia, conocimientos, destreza, son tambi\u00e9n necesarios, pero esto puede adquirirse m\u00e1s tarde, mediante conveniente educaci\u00f3n.\u00bb<\/p>\n<p>Estas observaciones de Ostwald son atinadas y frecuentemente exactas. Sin embargo, para sacar fruto de ellas, importa que el maestro se ponga en contacto cordial con sus disc\u00edpulos, que en sus pl\u00e1ticas de laboratorio les trate como a camaradas ocupados en obra com\u00fan, sugiri\u00e9ndoles la franqueza y la espontaneidad en la expresi\u00f3n. De este modo hallar\u00e1 el maestro facilidades para estudiar el car\u00e1cter, y medir el tono y fortaleza de las pasiones de sus educandos. As\u00ed y todo, la regla de Ostwald falla en ocasiones. El mozo listo, insatisfecho de las descripciones de los textos y de las teor\u00edas cient\u00edficas, puede ser un car\u00e1cter altivo y un agudo entendimiento, pero incapaz de perseverancia y disciplina. M\u00e1s a menudo a\u00fan, el futuro investigador adolece de excesiva timidez, sus respetos hacia el maestro y una modestia natural y simp\u00e1tica refrenan el deseo de pedir esclarecimientos a sus dudas te\u00f3ricas, o aprobaci\u00f3n hacia ensayos de nuevas soluciones. En tales casos, el investigador en cierne puede no ser reparado por el profesor o no estimularle \u00e9ste lo bastante, tomando acaso su reserva por limitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Algo m\u00e1s segura, aunque sin pretensiones de infalibilidad, par\u00e9cenos la regla siguiente, donde se combinan, para el diagn\u00f3stico psicol\u00f3gico, algunos signos subjetivos con otros objetivos.<\/p>\n<p><em>Subjetivamente<\/em>, el joven apto para la investigaci\u00f3n rev\u00e9lase desde luego por estos rasgos: patriotismo ardiente, pero consciente y discursivo: lejos de los candorosos optimismos de ciertos patriotas, o, mejor dicho, <em>patrioteros<\/em>, que con pronunciar cuatro o cinco nombres prestigiosos ind\u00edgenas creen haber demostrado la colaboraci\u00f3n decisiva de su pa\u00eds en la obra de la cultura nacional, nuestro joven siente profundo descontento por la pobreza y mezquindad de dicha contribuci\u00f3n; ante los juicios severos, pero en el fondo justos, con que la cr\u00edtica extranjera flagela la esterilidad de nuestros sabios y fil\u00f3sofos, no responde con trenos patri\u00f3ticos o jactanciosas promesas, sino afilando sus armas y haciendo resoluci\u00f3n de emplear sus br\u00edos en el combate universal contra la Naturaleza. Nuestro sabio en potencia dist\u00ednguese tambi\u00e9n por el culto severo a la verdad y por un escepticismo sano y de buena ley. Es ambicioso, pero con ambici\u00f3n noble y confesable: ans\u00eda destacar de la vulgaridad ambiente y vincular su nombre a una gran empresa.<\/p>\n<p><em>Objetivamente<\/em>, el candidato a sabio corrobora a los ojos de todos las promesas precedentes. Sin el culto de la acci\u00f3n, sin la prueba de que el novel investigador es capaz de trabajar con fruto, correr\u00edamos el albur de cultivar un florido regenerador m\u00e1s, tan h\u00e1bil en se\u00f1alar el rumbo como incapaz de cruzar el golfo. Pero si el joven gusta sobremanera de las manipulaciones del laboratorio, y posee laboriosidad infatigable; si, sobre todo (y \u00e9sta es la se\u00f1al objetiva a que principalmente alud\u00edamos), averiguamos que, a costa de penosos sacrificios, con econom\u00edas robadas a sus recreos y deportes, se ha creado un peque\u00f1o laboratorio donde se afana en adquirir maestr\u00eda t\u00e9cnica y confirmar personalmente los descubrimientos de las eminencias del saber&#8230;, entonces el profesor debe intervenir resueltamente, ayud\u00e1ndole y protegi\u00e9ndole, porque la verdadera vocaci\u00f3n <em>consiste siempre en esa actividad especial a que el joven, menospreciando distracciones de la edad, sacrifica tiempo y peculio<\/em>.<\/p>\n<p>Claro est\u00e1 que la afici\u00f3n, aun la m\u00e1s sincera y entusiasta, se equivoca algunas veces. La vocaci\u00f3n no es la aptitud, ni la aptitud conduce necesariamente al \u00e9xito. \u00c9ste tiene g\u00e9nesis compleja, dado que entran en \u00e9l, aparte vocaci\u00f3n y aptitud, otras condiciones complementarias, a saber: la sagacidad para rastrear los filones ricos, el don de asimilaci\u00f3n de las nuevas ideas, penetrante y seguro sentido cr\u00edtico, buena orientaci\u00f3n bibliogr\u00e1fica y metodol\u00f3gica y hasta un cierto esp\u00edritu filos\u00f3fico. Pero casi todas estas cualidades complementarias pueden adquirirse despu\u00e9s. Algo hay que dejar a la convivencia con el maestro y al poder transformador de la imitaci\u00f3n.<\/p>\n<p>En suma, el futuro sabio suele ser patriota ardiente, ansioso de honrarse y honrar a su pa\u00eds, enamorado de la originalidad, indiferente al lucro y a los placeres burgueses, inclinado a la acci\u00f3n m\u00e1s que a la palabra, lector incansable, y capaz, en fin, de toda suerte de abnegaciones y renuncias para realizar el noble ensue\u00f1o de bautizar con el propio nombre alguna nueva estrella del firmamento del saber.<\/p>\n<p>Optimismo cr\u00edtico.\u0097Dejamos expuesto m\u00e1s atr\u00e1s que el maestro digno de tal debe sugerir de continuo a sus disc\u00edpulos la idea de que la ciencia est\u00e1 en perpetuo devenir, que progresa y crece incensantemente, sin llegar jam\u00e1s a plena madurez, y que todos podemos aportar, si nos lo proponemos de veras, un grano de arena al imponente monumento del progreso.<\/p>\n<p>Semejante actitud implica, naturalmente, el <em>optimismo nacional<\/em>, es decir, fe robusta en las aptitudes y destino de la raza.<\/p>\n<p>Claro es que semejante optimismo no debe ser ciego, sino avisado y previsor. Lejos del pedante y satisfecho engreimiento caracter\u00edstico de muchos funestos pol\u00edticos y de no pocas orondas sumidades de la c\u00e1tedra, el buen maestro debe tener plena conciencia de la nacional incultura y de nuestra pobreza cient\u00edfica. Tendr\u00e1 siempre presente que Espa\u00f1a est\u00e1 desde hace siglos en deuda con la civilizaci\u00f3n, y que de persistir en tan vergonzoso abandono, Europa perder\u00e1 la paciencia y acabar\u00e1 por expropiarnos. Critique, pero trabaje. Censure y fustigue, si es preciso, a los perezosos, pero sin mirar atr\u00e1s y con la mano en la mancera.<\/p>\n<p>De este patri\u00f3tico optimismo, llamado por God\u00f3 <em>optimismo parad\u00f3jico<\/em>, y al que cuadrar\u00eda mejor la designaci\u00f3n de <em>optimismo cr\u00edtico<\/em>, participaron, entre otros, el gran Costa, cuyos ap\u00f3strofes restallaban como l\u00e1tigos en la espalda de los rezagados o en la frente de los antipatriotas, y en m\u00e1s modernos tiempos, el exquisito escritor y pensador Ortega y Gasset, quien propone, como condici\u00f3n esencial de la ascensi\u00f3n cultural y \u00e9tica de Espa\u00f1a, la plena conciencia de nuestra miseria espiritual y de nuestra corrupci\u00f3n pol\u00edtica y administrativa.<\/p>\n<p>C\u00f3mo guiar al novel investigador.\u0097Escogida la familia intelectual, es preciso educarla y entrenarla para la ruda labor. Pueril y temerario fuera concurrir a torneos cient\u00edficos, con car\u00e1cter de rigurosas luchas internacionales, sin prepararse tenaz y adecuadamente.<\/p>\n<p>Al maestro incumbe la misi\u00f3n de abreviar esta preparaci\u00f3n, orientando al disc\u00edpulo, mostr\u00e1ndole los tajos abiertos a la investigaci\u00f3n, gui\u00e1ndole en la pesquisa bibliogr\u00e1fica y sugiri\u00e9ndole, en fin, la adquisici\u00f3n de cuantos conocimientos y habilidades accesorias (dibujo, microfotograf\u00eda, idiomas, arte de escribir con exactitud y propiedad, <abbr>etc.<\/abbr>) puedan serle de provecho. Importa inculcarle la resoluci\u00f3n de completar en este punto su educaci\u00f3n lo antes posible, para evitar colaboraciones humillantes que, adem\u00e1s, no pueden ser permanentes.<\/p>\n<p>Fortalecidas de este modo las fuerzas del catec\u00fameno, procurar\u00e1 el profesor ponerlas a prueba, proponi\u00e9ndole un tema accesible que no exija grandes ni continuados esfuerzos, y que, a ser posible, represente algo as\u00ed como brote o derivaci\u00f3n de la obra fundamental del maestro.<\/p>\n<p>Propende, seg\u00fan es sabido, la juventud a acometer los grandes problemas y estrenarse con una catedral. Fuerza es moderar semejante ambici\u00f3n, que podr\u00eda conducir a fracasos desalentadores, haciendo ver al principiante la conveniencia de comenzar por las peque\u00f1as cuestiones: se corre poco riesgo de errar en ellas, y cuando se yerra jam\u00e1s se sigue el escozor del rid\u00edculo. M\u00e1s adelante, acrecida la aptitud t\u00e9cnica y la capacidad especulativa, llegar\u00e1 el caso de llevar a cabo la grande obra enso\u00f1ada.<\/p>\n<p>Cuando el novel investigador pueda marchar por s\u00ed mismo, proc\u00farese imbuirle el gusto por la originalidad. D\u00e9jese, pues, sugerir en \u00e9l la idea nueva con plena espontaneidad, aunque esta idea no concuerde con las teor\u00edas de la escuela. La m\u00e1s pura gloria del maestro consiste, no en formar disc\u00edpulos que le sigan, sino en formar sabios que le superen. El ideal supremo fuera crear esp\u00edritus absolutamente nuevos, \u00f3rganos \u00fanicos, a ser posible, en la m\u00e1quina del progreso. Fabricar \u00f3rganos d\u00f3ciles e intercambiables, denota que el maestro se ha preocupado m\u00e1s de s\u00ed mismo que de su pa\u00eds y de la Ciencia.<\/p>\n<p>Excusado es advertir que en sus libros y monograf\u00edas debe el jefe de escuela hacer sincera justicia al disc\u00edpulo, citando escrupulosamente sus trabajos y aun insistiendo en ellos con delectaci\u00f3n alentadora. Por amor a su prole intelectual, m\u00e1s bien que por modestia, callar\u00e1 la propia colaboraci\u00f3n. Acrecer\u00e1 de esta suerte el cr\u00e9dito del sabio novel, cuya obra granjear\u00e1 r\u00e1pidamente en el extranjero confianza y simpat\u00eda.<\/p>\n<p>Con ocasi\u00f3n del primer trabajo del principiante, suelen muchos sabios emparejar el propio nombre con el del disc\u00edpulo, se\u00f1alando con ello su talento de colaboraci\u00f3n, conducta equitativa, aunque poco generosa. A menos de que dicho trabajo inicial sea fruto personal casi exclusivo del maestro, preferir\u00edamos librar al disc\u00edpulo del concepto, un tanto humillante, de la ajena inspiraci\u00f3n. Con ello, el joven investigador saborear\u00e1 el exquisito manjar de la espontaneidad. Raro fuera que, una vez probado, no se aficionase a \u00e9l y se esforzara por merecerlo.<\/p>\n<p>In\u00fatil parece tambi\u00e9n recordar a los maestros que no se aprovechen demasiado de la d\u00f3cil actividad de sus educandos, so color de prepararlos y dirigirlos. Este abuso, revelador de antip\u00e1tico ego\u00edsmo, florece en algunas escuelas extranjeras, donde, como en ciertas profesiones, el catec\u00fameno paga la ense\u00f1anza con la explotaci\u00f3n del aprendizaje. \u00a1Cu\u00e1ntas obras monumentales denotan m\u00e1s que la fecundidad del autor, la discreci\u00f3n y modestia de juveniles colaboraciones, satisfechos con la lejana esperanza de ser alg\u00fan d\u00eda apoyados y promovidos por su mentor intelectual a empleos decorosos!<\/p>\n<p>Las fatigas de la edad, y m\u00e1s que nada el af\u00e1n de acaparar dignidades y prebendas, incompatibles con una vida apacible y de labor honda y perseverante, fuerzan a veces a los sabios a caer en tan vituperables exploraciones. Despu\u00e9s de haber llegado con honra, hay que caer con honra. B\u00e1stele a cada cual su propio m\u00e9rito. Harto pagado queda el maestro con la satisfacci\u00f3n de haber despertado actividades latentes y formado mentalidades creadoras. Si la debilidad de los sentidos o las flaquezas de la voluntad privan al anciano de los br\u00edos necesarios para la obra de investigaci\u00f3n, abandone resueltamente el magisterio militante. No se ense\u00f1a bien sino lo que se hace, y quien no investiga no ense\u00f1a a investigar. Primor de discretos es lo que Graci\u00e1n designa tener un buen dejo. Aunque nos duela, a cierta edad hay que abandonar la ense\u00f1anza antes que la ense\u00f1anza nos abandone.<\/p>\n<p>Con todo eso, todav\u00eda tiene el veterano profesor alta misi\u00f3n que cumplir. Cuando sus manos d\u00e9biles no pueden sostener el pico del minero, oc\u00fapese en refinar el mineral arrancado por otros<sup><a id=\"np26\" href=\"..\/notas-del-autor#np26n\">26<\/a><\/sup>. Y escriba en la quietud de su jubilaci\u00f3n la historia o la filosof\u00eda de la ciencia. Que nadie puede exponerla mejor que quien ha vivido sus incidencias y sentido de cerca las arduas dificultades especulativas.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"menu_order":10,"template":"","meta":{"pb_show_title":"on","pb_short_title":"","pb_subtitle":"","pb_authors":[],"pb_section_license":""},"chapter-type":[],"contributor":[],"license":[],"class_list":["post-32","chapter","type-chapter","status-publish","hentry"],"part":22,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/32","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/chapter"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/32\/revisions"}],"part":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/parts\/22"}],"metadata":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/32\/metadata\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=32"}],"wp:term":[{"taxonomy":"chapter-type","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapter-type?post=32"},{"taxonomy":"contributor","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/contributor?post=32"},{"taxonomy":"license","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/license?post=32"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}