{"id":40,"date":"2019-12-09T15:25:41","date_gmt":"2019-12-09T15:25:41","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/ii-preocupaciones-del-principiante\/"},"modified":"2019-12-09T15:25:41","modified_gmt":"2019-12-09T15:25:41","slug":"ii-preocupaciones-del-principiante","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/ii-preocupaciones-del-principiante\/","title":{"rendered":"II \u2013 PREOCUPACIONES DEL PRINCIPIANTE"},"content":{"raw":"\nUna de las preocupaciones m\u00e1s funestas es la excesiva admiraci\u00f3n a la obra de los grandes talentos, y la convicci\u00f3n de que, dada nuestra limitaci\u00f3n intelectual, nada podremos hacer para continuarla.\n\nEsta devoci\u00f3n excesiva al genio tiene su ra\u00edz en un doble sentimiento de justicia y de modestia, harto simp\u00e1tico para ser vituperable; mas, si se ense\u00f1orea con demasiada fuerza de \u00e1nimo, aniquila toda iniciativa e incapacita en absoluto para la investigaci\u00f3n original. Defecto por defecto, preferible es la arrogancia al apocamiento: la osad\u00eda mide sus fuerzas y vence o es vencida, pero la modestia excesiva huye de la batalla y se condena a vergonzosa inacci\u00f3n.\n\nCuando se sale de esa atm\u00f3sfera de prestigio que se respira al leer el libro de un investigador genial, y se acude al laboratorio a confirmar los hechos donde aqu\u00e9l apoya sus brillantes concepciones, nuestro culto por el \u00eddolo disminuye, a menudo, tanto como crece el sentimiento de nuestra propia estima. Los grandes hombres son a ratos genios, a ratos ni\u00f1os, y siempre incompletos. Aun concediendo que nuestro grande hombre, sometido al contraste de la observaci\u00f3n, salga puro de todo error, consideremos que todo cuanto haya descubierto en un dominio dado es casi nada en parang\u00f3n con lo que deja por descubrir. La Naturaleza nos brinda a todos con una riqueza inagotable, y no tenemos motivo para envidiar a los que nos precedieron, ni exclamar, como Alejandro ante las victorias de Filipo: \u00abMi padre no me va a dejar nada que conquistar\u00bb.\n\nNo cabe negar que existen creaciones cient\u00edficas tan completas y tan firmes que parecen el fruto de una intuici\u00f3n cuasi divina, y que han brotado perfectas, como Minerva de la cabeza de J\u00fapiter. Mas la leg\u00edtima admiraci\u00f3n causada por tales obras disminuir\u00eda mucho si imagin\u00e1ramos el tiempo y el esfuerzo, la paciencia y perseverancia, los tanteos y rectificaciones, hasta las casualidades que colaboraron en el \u00e9xito final, y que contribuyeron a \u00e9l cuasi tanto como el genio del investigador. En esto sucede lo que en las maravillosas adaptaciones del organismo a determinadas funciones: el ojo o el o\u00eddo del vertebrado, examinados aisladamente, constituyen un asombro, y parece imposible que se hayan formado por el solo concurso de las leyes naturales; mas, si consideramos todas las gradaciones y formas de transici\u00f3n que en la serie filog\u00e9nica nos ofrecen aquellos \u00f3rganos, desde el esbozo ocular informe de ciertos infusorios hasta la complicada organizaci\u00f3n del ojo del vertebrado inferior, nuestra admiraci\u00f3n pierde no poco de su fuerza, acabando el \u00e1nimo por hacerse a la idea de una formaci\u00f3n natural en virtud de variaciones, selecciones y adaptaciones. \u00a1Qu\u00e9 gran t\u00f3nico ser\u00eda para el novel observador el que su maestro, en vez de asombrarlo y desalentarlo con la descripci\u00f3n de las cosas acabadas, le expusiera el pasado embrionario de cada invenci\u00f3n cient\u00edfica, la serie de errores y tanteos que le precedieron, y los cuales constituyen, desde el punto de vista humano, la verdadera explicaci\u00f3n de cada descubrimiento, es decir, lo \u00fanico que puede persuadirnos de que el descubridor, con ser un ingenio esclarecido y una poderosa voluntad, fue al fin y al cabo un hombre como todos!.\n\nLejos de abatirse el experimentador novicio ante las grandes autoridades de la Ciencia, debe saber que su destino por ley cruel, pero ineludible, es vivir a costa de la reputaci\u00f3n de las mismas. Pocos ser\u00e1n los que, habiendo inaugurado con alguna fortuna sus exploraciones cient\u00edficas, no se hayan visto obligados a quebrantar y disminuir el pedestal de alg\u00fan \u00eddolo hist\u00f3rico o contempor\u00e1neo. A guisa de ejemplos cl\u00e1sicos, recordemos a Galileo refutando a Arist\u00f3teles en lo tocante a la gravitaci\u00f3n; a Kop\u00e9rnico echando abajo el sistema del mundo de Ptolomeo; a Lavoisier reduciendo a la nada la concepci\u00f3n de Stahl acerca del flog\u00edstico; a Virchow refutando la generaci\u00f3n espont\u00e1nea de las c\u00e9lulas, supuesta por Schwan, Schleiden y Robin. Tan general e imperativa es esta ley, que se acredita en todos los dominios de la Ciencia, y alcanza hasta a los m\u00e1s humildes investigadores. Si nosotros pudi\u00e9ramos ni nombrarnos siquiera despu\u00e9s de haber citado tan altos ejemplos, a\u00f1adir\u00edamos que, al iniciar nuestras pesquisas en la anatom\u00eda y fisiolog\u00eda de los centros nerviosos, el primer obst\u00e1culo que debimos remover fue la falsa teor\u00eda de Gerlach y de Golgi sobre las redes nerviosas de la substancia gris y sobre el modo de transmisi\u00f3n de las corrientes.\n\nEn la vida de los sabios se dan por lo com\u00fan dos fases: la creadora o inicial, consagrada a destruir los errores del pasado y a la creaci\u00f3n de nuevas verdades; y la senil o razonadora (que no coincide necesariamente con la vejez), durante la cual, disminuyendo la fuerza de producci\u00f3n cient\u00edfica, se defienden las hip\u00f3tesis incubadas en la juventud, ampar\u00e1ndolas a todo trance del ataque de los reci\u00e9n llegados. Al entrar en la historia, no hay grande hombre que no sea avaro de sus t\u00edtulos y que no dispute encarnizadamente a la nueva generaci\u00f3n sus derechos a la gloria. He ah\u00ed por qu\u00e9 es a menudo verdad aquella amarga frase de Rousseau: \u00abNo existe sabio que deje de preferir la mentira inventada por \u00e9l a la verdad descubierta por otro\u00bb.\n\nCualquiera que sea la saz\u00f3n en la cual el novel investigador surja en el campo de la Ciencia, nunca dejar\u00e1 de hallar alguna doctrina exclusivamente mantenida por el principio de autoridad. Demostrar la falsedad de esta doctrina, y, a ser posible, refutarla con nuevas investigaciones, constituir\u00e1 siempre un excelente modo de inaugurar la propia obra cient\u00edfica. Importa poco que la reforma sea recibida con ruidosas protestas, con crueles invectivas, con silencios m\u00e1s crueles a\u00fan: como la raz\u00f3n est\u00e9 de su parte, no tardar\u00e1 el innovador en arrastrar a la juventud, que, por serlo, no tiene un pasado que defender, y a todos aquellos sabios experimentados, quienes, en medio del torrente avasallador de la doctrina reinante, supieron conservar sereno el \u00e1nimo e independiente el criterio.\n\nEmpero no basta demoler; hay que construir. La cr\u00edtica cient\u00edfica se justifica solamente dando, a cambio de un error, una verdad. Por lo com\u00fan, la nueva doctrina surgir\u00e1 de las ruinas de la abandonada, y se fundar\u00e1 estrictamente sobre los hechos rectamente interpretados. Menester ser\u00e1 excluir toda concesi\u00f3n injustificada a la tradici\u00f3n o a las ideas ca\u00eddas, si no queremos ver prontamente compartida nuestra fama por los esp\u00edritus detallistas y perfeccionadores que brotan en gran n\u00famero, a ra\u00edz de cada descubrimiento, como los hongos bajo la sombra del \u00e1rbol.\n\nHe aqu\u00ed otro de los falsos conceptos que se oyen a menudo a nuestros flamantes licenciados: \u00abTodo lo substancial de cada tema cient\u00edfico est\u00e1 apurado: \u00bfqu\u00e9 importa que yo pueda a\u00f1adir alg\u00fan pormenor, espigar en un campo donde m\u00e1s diligentes observadores recogieron copiosa mi\u00e9s? Por mi labor, ni la Ciencia cambiar\u00e1 de aspecto, ni mi nombre saldr\u00e1 de la obscuridad\u00bb.\n\nAs\u00ed habla muchas veces la pereza disfrazada de modestia. As\u00ed hablan algunos j\u00f3venes de m\u00e9rito al sentir los primeros desmayos producidos por la consideraci\u00f3n de la magna empresa. No hay m\u00e1s remedio que rechazar prontamente un concepto tan superficial de la Ciencia, si no quiere el joven investigador caer definitivamente vencido en esa lucha que en su voluntad se entabla entre las utilitarias sugestiones del ambiente moral, encaminadas a convertirlo en un vulgar y adinerado practic\u00f3n, y los nobles impulsos de la conciencia que le arrastran al honor y a la gloria.\n\nEn su anhelo por satisfacer la deuda de honor contra\u00edda con sus maestros, nuestro estudiante quisiera encontrar un fil\u00f3n nuevo, y a flor de tierra, cuya f\u00e1cil explotaci\u00f3n levantara con empuje su nombre; pero, por desgracia, apenas emprendidas las primeras exploraciones bibliogr\u00e1ficas, ve con dolor que el metal yace a gran profundidad y que el fil\u00f3n superficial ha sido casi agotado por otros observadores que alcanzaron la suerte de llegar antes que \u00e9l, ejercitando el c\u00f3modo derecho de primeros ocupantes.\n\nNo paran mientes, los que as\u00ed discurren, que si hemos llegado tarde para unas cuestiones, hemos nacido demasiado temprano para otras, y que, a la vuelta de un siglo, nosotros vendremos a ser, por la fuerza de las cosas, los acaparadores de ciencia, los desfloradores de asuntos, y los esquilmadores de minucias.\n\nNo es l\u00edcito desconocer que existen \u00e9pocas en las cuales, a partir de un hecho casualmente descubierto, o de la creaci\u00f3n de un m\u00e9todo feliz, se realizan en serie, y como por generaci\u00f3n espont\u00e1nea, grandiosos progresos cient\u00edficos. Tal aconteci\u00f3 durante el Renacimiento, cuando Descartes, Pascal, Galileo, Bacon, Boyle, Newton, etc., pusieron en evidencia los errores de los antiguos y generalizaron la creencia de que, lejos de haber los griegos agotado el dominio de las ciencias, apenas hab\u00edan dado los primeros pasos en el conocimiento positivo del Universo. Fortuna y grande para un cient\u00edfico es nacer en una de estas grandes crisis de ideas, durante las cuales, hecha tabla rasa de gran parte de la obra de la tradici\u00f3n, nada es m\u00e1s f\u00e1cil que escoger un tema fecundo. Pero no exageremos esta observaci\u00f3n, y tengamos presente que, aun en nuestro tiempo, la construcci\u00f3n cient\u00edfica se eleva a menudo sobre las ruinas del pasado. Consideremos que, si hay ciencias que parecen tocar a su perfecci\u00f3n, existen otras en v\u00edas de constituci\u00f3n, y algunas que no han nacido todav\u00eda. En biolog\u00eda especialmente, a despecho de los inmensos trabajos efectuados en lo que va de siglo, las cuestiones m\u00e1s esenciales esperan todav\u00eda soluci\u00f3n (origen de la vida, problema de la herencia y evoluci\u00f3n, estructura y composici\u00f3n qu\u00edmica de la c\u00e9lula, etc.). En general puede afirmarse que no hay cuestiones agotadas, sino hombres agotados en determinada cuesti\u00f3n. El terreno esquilmado para un sabio se muestra fecundo para otro. Un talento de refresco, llegado sin prejuicios al estudio de un asunto, siempre hallar\u00e1 un aspecto nuevo, algo en que no pensaron los que creyeron definitivamente apurado aquel estudio. Tan fragmentario es nuestro saber, que aun en los temas m\u00e1s prolijamente estudiados surgen a lo mejor ins\u00f3litos hallazgos. \u00a1Qui\u00e9n, pocos a\u00f1os h\u00e1, hubiera sospechado que la luz y el calor guardaban todav\u00eda secretos para la Ciencia! Y, sin embargo, ah\u00ed est\u00e1n el <span class=\"c1\">argon<\/span> de la atm\u00f3sfera y los <span class=\"c1\">rayos X<\/span> de Roentgen, para patentizar cu\u00e1n insuficientes son nuestros m\u00e9todos y cu\u00e1n prematuras nuestras s\u00edntesis.\n\nEn Biolog\u00eda es donde tiene su mejor aplicaci\u00f3n esta bella frase de Saint Hylaire: \u00abDelante de nosotros est\u00e1 siempre el infinito\u00bb; y el pensamiento no menos gr\u00e1fico de Carnoy: \u00abLa Ciencia se crea, pero nunca est\u00e1 creada\u00bb. No es dado a todos aventurarse en la selva y trazar, a fuerza de energ\u00eda, un camino practicable; pero, aun los m\u00e1s humildes, podemos aprovecharnos del que el genio abri\u00f3, y arrancar, caminando por \u00e9l, alg\u00fan secreto a lo desconocido.\n\nAun aceptando que el <span class=\"c1\">debutante<\/span> deba resignarse a recoger detalles escapados a la sagacidad de los iniciadores, es tambi\u00e9n positivo que quien se ejercita sobre minucias acaba por adquirir una sensibilidad anal\u00edtica tan exquisita y una pericia de observaci\u00f3n tan notable, que le llevan bien pronto a tratar cuestiones transcendentales.\n\n\u00a1Cu\u00e1ntos hechos, al parecer triviales, han conducido a ciertos investigadores, bien preparados por el conocimiento de los m\u00e9todos, a grandes conquistas cient\u00edficas! Consideremos adem\u00e1s que, por consecuencia de la progresiva diferenciaci\u00f3n de la Ciencia, las minucias de hoy ser\u00e1n, andando el tiempo, verdades importantes. Esto sin&nbsp;contar con que nuestra apreciaci\u00f3n de lo importante y de lo accesorio, de lo grande y de lo peque\u00f1o, descansa en un falso juicio, en un verdadero error antropom\u00f3rfico: en la naturaleza no hay superior ni inferior, ni cosas accesorias y principales. Estas categor\u00edas de dignidad, que nuestro esp\u00edritu se complace en asignar a los fen\u00f3menos naturales, proceden de que, en lugar de considerar las cosas en s\u00ed y en su interno encadenamiento, las miramos solamente en relaci\u00f3n a la utilidad o el placer que pueden proporcionarnos. En la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente dignos, porque todos resultan igualmente necesarios. Juzgamos peque\u00f1o lo que vemos de lejos o no lo sabemos ver. Aun adoptando el punto de vista antropom\u00f3rfico, \u00a1qu\u00e9 de cuestiones de alta humanidad laten en el misterioso protoplasma del m\u00e1s humilde microbio! Nada parece m\u00e1s transcendental en bacteriolog\u00eda que el conocimiento de las bacterias infecciosas, y nada m\u00e1s secundario que el de los microbios inofensivos que pululan en las infusiones y materias org\u00e1nicas en descomposici\u00f3n; y, no obstante, si desaparecieran estos humildes hongos, cuya misi\u00f3n es reintegrar en la circulaci\u00f3n general de la materia los principios secuestrados por los animales y plantas superiores, bien pronto el planeta se tornar\u00eda inhabitable para el hombre.\n\nEn resumen, no hay cuestiones peque\u00f1as: las que lo parecen, son cuestiones grandes no comprendidas. En vez de menudencias indignas de ser consideradas por el pensador, lo que hay es hombres cuya peque\u00f1ez intelectual no alcanza a penetrar el hondo sentido de lo menudo. La Naturaleza es un mecanismo arm\u00f3nico, en donde todas las piezas, aun las que parecen desempe\u00f1ar un oficio accesorio, son precisas al conjunto funcional: al contemplar este mecanismo, el hombre ligero distingue arbitrariamente sus piezas en principales y secundarias; mas el prudente se contenta con dividirlas, prescindiendo de tama\u00f1os y de relaciones antropom\u00f3rficas, en conocidas y desconocidas.\n\nDonde la trascendencia del detalle se muestra de gran relieve es en los m\u00e9todos de indagaci\u00f3n biol\u00f3gica. Para no citar sino un ejemplo, recordemos que R. Koch, el gran bacteri\u00f3logo alem\u00e1n, por s\u00f3lo haber adicionado a un color b\u00e1sico de anilina un poco de \u00e1lcali, logr\u00f3 te\u00f1ir y descubrir el bacilo de la tuberculosis, desentra\u00f1ando as\u00ed la etiolog\u00eda de una enfermedad que hab\u00eda ejercitado en vano la sagacidad de los pat\u00f3logos m\u00e1s ilustres.\n\nDe esta falta de perspectiva moral, cuando de aquilatar los hechos se trata, han participado hasta los m\u00e1s penetrantes ingenios. \u00a1Qu\u00e9 de g\u00e9rmenes de grandes invenciones, mencionadas como curiosidades de poco momento, hallamos hoy en las obras de los antiguos, y hasta en las de los sabios del Renacimiento! Perdido en un indigesto tratado de Teolog\u00eda, <span class=\"c1\">Christianismi Restitutio,<\/span> escribi\u00f3 Servet, como al desd\u00e9n, tres l\u00edneas tocante a la circulaci\u00f3n pulmonar, las cuales constituyen hoy su principal timbre de gloria. \u00a1Grande ser\u00eda la sorpresa del fil\u00f3sofo aragon\u00e9s, si hoy resucitara y viera totalmente olvidadas sus laboriosas disquisiciones metaf\u00edsicas, y exaltado un hecho al cual no debi\u00f3 conceder m\u00e1s inter\u00e9s que el de un argumento accesorio para su tesis de que el alma reside en la sangre! De un pasaje de S\u00e9neca se infiere que los antiguos conocieron ya el poder amplificante de una esfera de cristal llena de agua. \u00a1Qui\u00e9n hubiera sospechado que en dicho fen\u00f3meno amplificante, desestimado durante siglos, dorm\u00edan en germen dos poderosos instrumentos anal\u00edticos, el microscopio y el telescopio, y dos ciencias a cual m\u00e1s grandiosa, la Astronom\u00eda y la Biolog\u00eda!\n\nOtro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance es la falsa distinci\u00f3n en ciencia <span class=\"c1\">te\u00f3rica<\/span> y ciencia <span class=\"c1\">pr\u00e1ctica,<\/span> con la consiguiente e inevitable alabanza de la \u00faltima y el desprecio sistem\u00e1tico de la primera. No son, ciertamente, <span class=\"c1\">las gentes del oficio<\/span> las que incurren en semejante error de apreciaci\u00f3n, sino muchos abogados, literatos, industriales, y, desgraciadamente, hasta algunos estadistas conspicuos, cuyas iniciativas de tan graves consecuencias pueden ser para la obra de la cultura patria. A estos tales no se les caen de la boca las siguientes frases: \u00abMenos doctores y m\u00e1s industriales. Las naciones no miden su grandeza por lo que saben, sino por la copia de conquistas cient\u00edficas aplicadas al comercio, a la industria, a la agricultura, a la medicina, y al arte militar. Dejemos a los cachazudos y linf\u00e1ticos tudescos con sus sutiles indagaciones de ciencia pura, con su loco af\u00e1n de escudri\u00f1ar los \u00faltimos resortes de la vida, y consagr\u00e9monos por nuestra parte a sacar el jugo pr\u00e1ctico de los principios de la Ciencia, encarn\u00e1ndolos en positivas mejoras de la existencia humana. Lo que Espa\u00f1a ha menester son m\u00e1quinas para nuestros trenes y barcos, reglas pr\u00e1cticas para la agricultura y la industria, f\u00e1bricas de abonos, higiene racional: en fin, todo cuanto contribuya a la poblaci\u00f3n, riqueza y bienestar de los pueblos; pero nada de sabios ociosos, entretenidos en especulaciones sin realidad, entregados a ese <span class=\"c1\">sport<\/span> de lo menudo que, si no costara demasiado caro, ser\u00eda una ocupaci\u00f3n meramente rid\u00edcula\u00bb.\n\nTal es el c\u00famulo de ligerezas que a cada paso enjaretan los que, al viajar por el extranjero, ven, por un espejismo extra\u00f1o, el progreso en los efectos y no en las causas: los que, en sus cortos alcances, no aciertan a descubrir esos hilos misteriosos que enlazan la f\u00e1brica con el laboratorio, como el arroyo a su manantial. Creen de buena fe que, tanto los sabios como los pueblos, forman dos grupos: los que pierden el tiempo en especulaciones de ciencia pura e in\u00fatil, y los que saben hallar hechos de aplicaci\u00f3n inmediata al aumento y comodidad de la vida. \u00bfTendremos necesidad de patentizar lo absurdo de esta doctrina? \u00bfHabr\u00e1 alguno tan menguado de sind\u00e9resis que no repare que, all\u00ed donde los principios o los hechos son descubiertos, brotan tambi\u00e9n, por modo inmediato, las aplicaciones? En Alemania, en Francia, en Inglaterra, la f\u00e1brica vive en \u00edntima comuni\u00f3n con el laboratorio, y por lo com\u00fan el iniciador mismo de la verdad cient\u00edfica dirige, ora por s\u00ed, ora mediante sociedades explotadoras, el aprovechamiento industrial. Semejantes alianzas se hacen patentes en esas grandes f\u00e1bricas de&nbsp;colores de anilina, que constituyen actualmente uno de los filones m\u00e1s pr\u00f3speros de la industria alemana, suiza y francesa. Dada vuestra ilustraci\u00f3n, huelgan aqu\u00ed ejemplos de esta verdad. Empero, por recientes y significativos, quiero citaros dos: la grande industria de la construcci\u00f3n de objetos de precisi\u00f3n (microgr\u00e1ficos, fotogr\u00e1ficos y astron\u00f3micos), creada en Alemania por los profundos estudios de \u00f3ptica matem\u00e1tica del Profesor Abbe de Jena, y los cuales aseguran a la Prusia un monopolio de valor enorme que paga el mundo entero; y la fabricaci\u00f3n de sueros terap\u00e9uticos, nacida en Berl\u00edn y perfeccionada en Par\u00eds, y en la cual intervienen, como es natural y leg\u00edtimo, Behring y Roux, creadores de los principios cient\u00edficos de la sueroterapia.\n\nCultivemos la ciencia por s\u00ed, sin considerar por el momento las aplicaciones. Estas llegan siempre: a veces tardan a\u00f1os, a veces siglos. Poco importa que una verdad cient\u00edfica sea aprovechada por nuestros hijos o por nuestros nietos. Medrada andar\u00eda la causa del progreso si Galvani, si Volta, si Faraday, descubridores de los hechos fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubieran menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de aplicaci\u00f3n industrial. La mayor parte de los grandes inventos han comenzado por ser fen\u00f3menos curiosos, o in\u00fatiles propiedades de los cuerpos. Pero, como m\u00e1s atr\u00e1s dejamos consignado, lo in\u00fatil, a\u00fan aceptando el punto de vista humano, no existe en la Naturaleza: lo que ocurre es que ignoramos el uso que cada verdad hallada podr\u00e1 tener con el tiempo. Y, en \u00faltimo extremo, aun cuando no fuera posible poner al servicio del ego\u00edsmo humano ciertas conquistas cient\u00edficas, siempre quedar\u00eda una utilidad positiva: la satisfacci\u00f3n de nuestra eterna curiosidad y la fruici\u00f3n incomparable causada en el \u00e1nimo por el sentimiento de nuestro poder ante la dificultad vencida.\n\nEn suma: al abordar un problema, consider\u00e9moslo en s\u00ed mismo, sin desviarnos por motivos segundos, cuya persecuci\u00f3n, dispersando la atenci\u00f3n, mermar\u00eda nuestra fuerza anal\u00edtica. En la lucha con la Naturaleza, el bi\u00f3logo, como el astr\u00f3nomo, debe prescindir de la tierra que habita y concentrar su mirada en la serena regi\u00f3n de las ideas, donde, tarde o temprano, surgir\u00e1 la luz de la verdad. Establecido el hecho nuevo, las aplicaciones vendr\u00e1n a su saz\u00f3n; es decir, cuando aparezca otro hecho capaz de fecundarlo; pues, como es bien sabido, el <span class=\"c1\">invento<\/span> no es otra cosa que la conjunci\u00f3n de dos o m\u00e1s verdades en una resultante \u00fatil. La Ciencia registra muchos hechos cuya utilidad es actualmente desconocida; pero, al cabo de unos lustros, o acaso de siglos, ve la luz una nueva verdad que tiene con aqu\u00e9llos misteriosas afinidades, y la <span class=\"c1\">criatura industrial<\/span> resultante se llama fotograf\u00eda, fon\u00f3grafo, an\u00e1lisis espectral, etc. Porta descubri\u00f3 la c\u00e1mara obscura, hecho aislado, del cual apenas se sac\u00f3 partido para el arte del dise\u00f1o: Wedgwood y Davy se\u00f1alaron en 1802 la posibilidad de obtener im\u00e1genes fotogr\u00e1ficas sobre un papel lubrificado en una soluci\u00f3n de nitrato arg\u00e9ntico; pero como la copia no pod\u00eda fijarse, este otro hallazgo no tuvo consecuencias: luego lleg\u00f3 John Herschel, que logr\u00f3 disolver la sal arg\u00e9ntica no impresionada por la luz, con lo que ya fue posible la fijaci\u00f3n de la fugitiva silueta luminosa; m\u00e1s, la poca sensibilidad de las sales arg\u00e9nticas hasta entonces aprovechadas, hac\u00eda cuasi imposible el empleo del aparato de Porta: por fin aparece Daguerre, quien descubre en 1839, con la exquisita sensibilidad del ioduro arg\u00e9ntico, la imagen latente, sintetiza admirablemente los inventos de sus predecesores, y crea la fotograf\u00eda actual. As\u00ed se hacen todos los inventos: los materiales son, en diversas \u00e9pocas, acarreados por sagaces cuanto infortunados observadores, que no logran recoger fruto alguno de sus hallazgos, en espera de las verdades fecundantes; pero, una vez acopiados todos los hechos, llega un sabio feliz, no tanto por su originalidad como por haber nacido oportunamente, considera los hechos desde el punto de vista humano, opera la s\u00edntesis, y el invento surge.\n","rendered":"<p>Una de las preocupaciones m\u00e1s funestas es la excesiva admiraci\u00f3n a la obra de los grandes talentos, y la convicci\u00f3n de que, dada nuestra limitaci\u00f3n intelectual, nada podremos hacer para continuarla.<\/p>\n<p>Esta devoci\u00f3n excesiva al genio tiene su ra\u00edz en un doble sentimiento de justicia y de modestia, harto simp\u00e1tico para ser vituperable; mas, si se ense\u00f1orea con demasiada fuerza de \u00e1nimo, aniquila toda iniciativa e incapacita en absoluto para la investigaci\u00f3n original. Defecto por defecto, preferible es la arrogancia al apocamiento: la osad\u00eda mide sus fuerzas y vence o es vencida, pero la modestia excesiva huye de la batalla y se condena a vergonzosa inacci\u00f3n.<\/p>\n<p>Cuando se sale de esa atm\u00f3sfera de prestigio que se respira al leer el libro de un investigador genial, y se acude al laboratorio a confirmar los hechos donde aqu\u00e9l apoya sus brillantes concepciones, nuestro culto por el \u00eddolo disminuye, a menudo, tanto como crece el sentimiento de nuestra propia estima. Los grandes hombres son a ratos genios, a ratos ni\u00f1os, y siempre incompletos. Aun concediendo que nuestro grande hombre, sometido al contraste de la observaci\u00f3n, salga puro de todo error, consideremos que todo cuanto haya descubierto en un dominio dado es casi nada en parang\u00f3n con lo que deja por descubrir. La Naturaleza nos brinda a todos con una riqueza inagotable, y no tenemos motivo para envidiar a los que nos precedieron, ni exclamar, como Alejandro ante las victorias de Filipo: \u00abMi padre no me va a dejar nada que conquistar\u00bb.<\/p>\n<p>No cabe negar que existen creaciones cient\u00edficas tan completas y tan firmes que parecen el fruto de una intuici\u00f3n cuasi divina, y que han brotado perfectas, como Minerva de la cabeza de J\u00fapiter. Mas la leg\u00edtima admiraci\u00f3n causada por tales obras disminuir\u00eda mucho si imagin\u00e1ramos el tiempo y el esfuerzo, la paciencia y perseverancia, los tanteos y rectificaciones, hasta las casualidades que colaboraron en el \u00e9xito final, y que contribuyeron a \u00e9l cuasi tanto como el genio del investigador. En esto sucede lo que en las maravillosas adaptaciones del organismo a determinadas funciones: el ojo o el o\u00eddo del vertebrado, examinados aisladamente, constituyen un asombro, y parece imposible que se hayan formado por el solo concurso de las leyes naturales; mas, si consideramos todas las gradaciones y formas de transici\u00f3n que en la serie filog\u00e9nica nos ofrecen aquellos \u00f3rganos, desde el esbozo ocular informe de ciertos infusorios hasta la complicada organizaci\u00f3n del ojo del vertebrado inferior, nuestra admiraci\u00f3n pierde no poco de su fuerza, acabando el \u00e1nimo por hacerse a la idea de una formaci\u00f3n natural en virtud de variaciones, selecciones y adaptaciones. \u00a1Qu\u00e9 gran t\u00f3nico ser\u00eda para el novel observador el que su maestro, en vez de asombrarlo y desalentarlo con la descripci\u00f3n de las cosas acabadas, le expusiera el pasado embrionario de cada invenci\u00f3n cient\u00edfica, la serie de errores y tanteos que le precedieron, y los cuales constituyen, desde el punto de vista humano, la verdadera explicaci\u00f3n de cada descubrimiento, es decir, lo \u00fanico que puede persuadirnos de que el descubridor, con ser un ingenio esclarecido y una poderosa voluntad, fue al fin y al cabo un hombre como todos!.<\/p>\n<p>Lejos de abatirse el experimentador novicio ante las grandes autoridades de la Ciencia, debe saber que su destino por ley cruel, pero ineludible, es vivir a costa de la reputaci\u00f3n de las mismas. Pocos ser\u00e1n los que, habiendo inaugurado con alguna fortuna sus exploraciones cient\u00edficas, no se hayan visto obligados a quebrantar y disminuir el pedestal de alg\u00fan \u00eddolo hist\u00f3rico o contempor\u00e1neo. A guisa de ejemplos cl\u00e1sicos, recordemos a Galileo refutando a Arist\u00f3teles en lo tocante a la gravitaci\u00f3n; a Kop\u00e9rnico echando abajo el sistema del mundo de Ptolomeo; a Lavoisier reduciendo a la nada la concepci\u00f3n de Stahl acerca del flog\u00edstico; a Virchow refutando la generaci\u00f3n espont\u00e1nea de las c\u00e9lulas, supuesta por Schwan, Schleiden y Robin. Tan general e imperativa es esta ley, que se acredita en todos los dominios de la Ciencia, y alcanza hasta a los m\u00e1s humildes investigadores. Si nosotros pudi\u00e9ramos ni nombrarnos siquiera despu\u00e9s de haber citado tan altos ejemplos, a\u00f1adir\u00edamos que, al iniciar nuestras pesquisas en la anatom\u00eda y fisiolog\u00eda de los centros nerviosos, el primer obst\u00e1culo que debimos remover fue la falsa teor\u00eda de Gerlach y de Golgi sobre las redes nerviosas de la substancia gris y sobre el modo de transmisi\u00f3n de las corrientes.<\/p>\n<p>En la vida de los sabios se dan por lo com\u00fan dos fases: la creadora o inicial, consagrada a destruir los errores del pasado y a la creaci\u00f3n de nuevas verdades; y la senil o razonadora (que no coincide necesariamente con la vejez), durante la cual, disminuyendo la fuerza de producci\u00f3n cient\u00edfica, se defienden las hip\u00f3tesis incubadas en la juventud, ampar\u00e1ndolas a todo trance del ataque de los reci\u00e9n llegados. Al entrar en la historia, no hay grande hombre que no sea avaro de sus t\u00edtulos y que no dispute encarnizadamente a la nueva generaci\u00f3n sus derechos a la gloria. He ah\u00ed por qu\u00e9 es a menudo verdad aquella amarga frase de Rousseau: \u00abNo existe sabio que deje de preferir la mentira inventada por \u00e9l a la verdad descubierta por otro\u00bb.<\/p>\n<p>Cualquiera que sea la saz\u00f3n en la cual el novel investigador surja en el campo de la Ciencia, nunca dejar\u00e1 de hallar alguna doctrina exclusivamente mantenida por el principio de autoridad. Demostrar la falsedad de esta doctrina, y, a ser posible, refutarla con nuevas investigaciones, constituir\u00e1 siempre un excelente modo de inaugurar la propia obra cient\u00edfica. Importa poco que la reforma sea recibida con ruidosas protestas, con crueles invectivas, con silencios m\u00e1s crueles a\u00fan: como la raz\u00f3n est\u00e9 de su parte, no tardar\u00e1 el innovador en arrastrar a la juventud, que, por serlo, no tiene un pasado que defender, y a todos aquellos sabios experimentados, quienes, en medio del torrente avasallador de la doctrina reinante, supieron conservar sereno el \u00e1nimo e independiente el criterio.<\/p>\n<p>Empero no basta demoler; hay que construir. La cr\u00edtica cient\u00edfica se justifica solamente dando, a cambio de un error, una verdad. Por lo com\u00fan, la nueva doctrina surgir\u00e1 de las ruinas de la abandonada, y se fundar\u00e1 estrictamente sobre los hechos rectamente interpretados. Menester ser\u00e1 excluir toda concesi\u00f3n injustificada a la tradici\u00f3n o a las ideas ca\u00eddas, si no queremos ver prontamente compartida nuestra fama por los esp\u00edritus detallistas y perfeccionadores que brotan en gran n\u00famero, a ra\u00edz de cada descubrimiento, como los hongos bajo la sombra del \u00e1rbol.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed otro de los falsos conceptos que se oyen a menudo a nuestros flamantes licenciados: \u00abTodo lo substancial de cada tema cient\u00edfico est\u00e1 apurado: \u00bfqu\u00e9 importa que yo pueda a\u00f1adir alg\u00fan pormenor, espigar en un campo donde m\u00e1s diligentes observadores recogieron copiosa mi\u00e9s? Por mi labor, ni la Ciencia cambiar\u00e1 de aspecto, ni mi nombre saldr\u00e1 de la obscuridad\u00bb.<\/p>\n<p>As\u00ed habla muchas veces la pereza disfrazada de modestia. As\u00ed hablan algunos j\u00f3venes de m\u00e9rito al sentir los primeros desmayos producidos por la consideraci\u00f3n de la magna empresa. No hay m\u00e1s remedio que rechazar prontamente un concepto tan superficial de la Ciencia, si no quiere el joven investigador caer definitivamente vencido en esa lucha que en su voluntad se entabla entre las utilitarias sugestiones del ambiente moral, encaminadas a convertirlo en un vulgar y adinerado practic\u00f3n, y los nobles impulsos de la conciencia que le arrastran al honor y a la gloria.<\/p>\n<p>En su anhelo por satisfacer la deuda de honor contra\u00edda con sus maestros, nuestro estudiante quisiera encontrar un fil\u00f3n nuevo, y a flor de tierra, cuya f\u00e1cil explotaci\u00f3n levantara con empuje su nombre; pero, por desgracia, apenas emprendidas las primeras exploraciones bibliogr\u00e1ficas, ve con dolor que el metal yace a gran profundidad y que el fil\u00f3n superficial ha sido casi agotado por otros observadores que alcanzaron la suerte de llegar antes que \u00e9l, ejercitando el c\u00f3modo derecho de primeros ocupantes.<\/p>\n<p>No paran mientes, los que as\u00ed discurren, que si hemos llegado tarde para unas cuestiones, hemos nacido demasiado temprano para otras, y que, a la vuelta de un siglo, nosotros vendremos a ser, por la fuerza de las cosas, los acaparadores de ciencia, los desfloradores de asuntos, y los esquilmadores de minucias.<\/p>\n<p>No es l\u00edcito desconocer que existen \u00e9pocas en las cuales, a partir de un hecho casualmente descubierto, o de la creaci\u00f3n de un m\u00e9todo feliz, se realizan en serie, y como por generaci\u00f3n espont\u00e1nea, grandiosos progresos cient\u00edficos. Tal aconteci\u00f3 durante el Renacimiento, cuando Descartes, Pascal, Galileo, Bacon, Boyle, Newton, etc., pusieron en evidencia los errores de los antiguos y generalizaron la creencia de que, lejos de haber los griegos agotado el dominio de las ciencias, apenas hab\u00edan dado los primeros pasos en el conocimiento positivo del Universo. Fortuna y grande para un cient\u00edfico es nacer en una de estas grandes crisis de ideas, durante las cuales, hecha tabla rasa de gran parte de la obra de la tradici\u00f3n, nada es m\u00e1s f\u00e1cil que escoger un tema fecundo. Pero no exageremos esta observaci\u00f3n, y tengamos presente que, aun en nuestro tiempo, la construcci\u00f3n cient\u00edfica se eleva a menudo sobre las ruinas del pasado. Consideremos que, si hay ciencias que parecen tocar a su perfecci\u00f3n, existen otras en v\u00edas de constituci\u00f3n, y algunas que no han nacido todav\u00eda. En biolog\u00eda especialmente, a despecho de los inmensos trabajos efectuados en lo que va de siglo, las cuestiones m\u00e1s esenciales esperan todav\u00eda soluci\u00f3n (origen de la vida, problema de la herencia y evoluci\u00f3n, estructura y composici\u00f3n qu\u00edmica de la c\u00e9lula, etc.). En general puede afirmarse que no hay cuestiones agotadas, sino hombres agotados en determinada cuesti\u00f3n. El terreno esquilmado para un sabio se muestra fecundo para otro. Un talento de refresco, llegado sin prejuicios al estudio de un asunto, siempre hallar\u00e1 un aspecto nuevo, algo en que no pensaron los que creyeron definitivamente apurado aquel estudio. Tan fragmentario es nuestro saber, que aun en los temas m\u00e1s prolijamente estudiados surgen a lo mejor ins\u00f3litos hallazgos. \u00a1Qui\u00e9n, pocos a\u00f1os h\u00e1, hubiera sospechado que la luz y el calor guardaban todav\u00eda secretos para la Ciencia! Y, sin embargo, ah\u00ed est\u00e1n el <span class=\"c1\">argon<\/span> de la atm\u00f3sfera y los <span class=\"c1\">rayos X<\/span> de Roentgen, para patentizar cu\u00e1n insuficientes son nuestros m\u00e9todos y cu\u00e1n prematuras nuestras s\u00edntesis.<\/p>\n<p>En Biolog\u00eda es donde tiene su mejor aplicaci\u00f3n esta bella frase de Saint Hylaire: \u00abDelante de nosotros est\u00e1 siempre el infinito\u00bb; y el pensamiento no menos gr\u00e1fico de Carnoy: \u00abLa Ciencia se crea, pero nunca est\u00e1 creada\u00bb. No es dado a todos aventurarse en la selva y trazar, a fuerza de energ\u00eda, un camino practicable; pero, aun los m\u00e1s humildes, podemos aprovecharnos del que el genio abri\u00f3, y arrancar, caminando por \u00e9l, alg\u00fan secreto a lo desconocido.<\/p>\n<p>Aun aceptando que el <span class=\"c1\">debutante<\/span> deba resignarse a recoger detalles escapados a la sagacidad de los iniciadores, es tambi\u00e9n positivo que quien se ejercita sobre minucias acaba por adquirir una sensibilidad anal\u00edtica tan exquisita y una pericia de observaci\u00f3n tan notable, que le llevan bien pronto a tratar cuestiones transcendentales.<\/p>\n<p>\u00a1Cu\u00e1ntos hechos, al parecer triviales, han conducido a ciertos investigadores, bien preparados por el conocimiento de los m\u00e9todos, a grandes conquistas cient\u00edficas! Consideremos adem\u00e1s que, por consecuencia de la progresiva diferenciaci\u00f3n de la Ciencia, las minucias de hoy ser\u00e1n, andando el tiempo, verdades importantes. Esto sin&nbsp;contar con que nuestra apreciaci\u00f3n de lo importante y de lo accesorio, de lo grande y de lo peque\u00f1o, descansa en un falso juicio, en un verdadero error antropom\u00f3rfico: en la naturaleza no hay superior ni inferior, ni cosas accesorias y principales. Estas categor\u00edas de dignidad, que nuestro esp\u00edritu se complace en asignar a los fen\u00f3menos naturales, proceden de que, en lugar de considerar las cosas en s\u00ed y en su interno encadenamiento, las miramos solamente en relaci\u00f3n a la utilidad o el placer que pueden proporcionarnos. En la cadena de la vida todos los eslabones son igualmente dignos, porque todos resultan igualmente necesarios. Juzgamos peque\u00f1o lo que vemos de lejos o no lo sabemos ver. Aun adoptando el punto de vista antropom\u00f3rfico, \u00a1qu\u00e9 de cuestiones de alta humanidad laten en el misterioso protoplasma del m\u00e1s humilde microbio! Nada parece m\u00e1s transcendental en bacteriolog\u00eda que el conocimiento de las bacterias infecciosas, y nada m\u00e1s secundario que el de los microbios inofensivos que pululan en las infusiones y materias org\u00e1nicas en descomposici\u00f3n; y, no obstante, si desaparecieran estos humildes hongos, cuya misi\u00f3n es reintegrar en la circulaci\u00f3n general de la materia los principios secuestrados por los animales y plantas superiores, bien pronto el planeta se tornar\u00eda inhabitable para el hombre.<\/p>\n<p>En resumen, no hay cuestiones peque\u00f1as: las que lo parecen, son cuestiones grandes no comprendidas. En vez de menudencias indignas de ser consideradas por el pensador, lo que hay es hombres cuya peque\u00f1ez intelectual no alcanza a penetrar el hondo sentido de lo menudo. La Naturaleza es un mecanismo arm\u00f3nico, en donde todas las piezas, aun las que parecen desempe\u00f1ar un oficio accesorio, son precisas al conjunto funcional: al contemplar este mecanismo, el hombre ligero distingue arbitrariamente sus piezas en principales y secundarias; mas el prudente se contenta con dividirlas, prescindiendo de tama\u00f1os y de relaciones antropom\u00f3rficas, en conocidas y desconocidas.<\/p>\n<p>Donde la trascendencia del detalle se muestra de gran relieve es en los m\u00e9todos de indagaci\u00f3n biol\u00f3gica. Para no citar sino un ejemplo, recordemos que R. Koch, el gran bacteri\u00f3logo alem\u00e1n, por s\u00f3lo haber adicionado a un color b\u00e1sico de anilina un poco de \u00e1lcali, logr\u00f3 te\u00f1ir y descubrir el bacilo de la tuberculosis, desentra\u00f1ando as\u00ed la etiolog\u00eda de una enfermedad que hab\u00eda ejercitado en vano la sagacidad de los pat\u00f3logos m\u00e1s ilustres.<\/p>\n<p>De esta falta de perspectiva moral, cuando de aquilatar los hechos se trata, han participado hasta los m\u00e1s penetrantes ingenios. \u00a1Qu\u00e9 de g\u00e9rmenes de grandes invenciones, mencionadas como curiosidades de poco momento, hallamos hoy en las obras de los antiguos, y hasta en las de los sabios del Renacimiento! Perdido en un indigesto tratado de Teolog\u00eda, <span class=\"c1\">Christianismi Restitutio,<\/span> escribi\u00f3 Servet, como al desd\u00e9n, tres l\u00edneas tocante a la circulaci\u00f3n pulmonar, las cuales constituyen hoy su principal timbre de gloria. \u00a1Grande ser\u00eda la sorpresa del fil\u00f3sofo aragon\u00e9s, si hoy resucitara y viera totalmente olvidadas sus laboriosas disquisiciones metaf\u00edsicas, y exaltado un hecho al cual no debi\u00f3 conceder m\u00e1s inter\u00e9s que el de un argumento accesorio para su tesis de que el alma reside en la sangre! De un pasaje de S\u00e9neca se infiere que los antiguos conocieron ya el poder amplificante de una esfera de cristal llena de agua. \u00a1Qui\u00e9n hubiera sospechado que en dicho fen\u00f3meno amplificante, desestimado durante siglos, dorm\u00edan en germen dos poderosos instrumentos anal\u00edticos, el microscopio y el telescopio, y dos ciencias a cual m\u00e1s grandiosa, la Astronom\u00eda y la Biolog\u00eda!<\/p>\n<p>Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance es la falsa distinci\u00f3n en ciencia <span class=\"c1\">te\u00f3rica<\/span> y ciencia <span class=\"c1\">pr\u00e1ctica,<\/span> con la consiguiente e inevitable alabanza de la \u00faltima y el desprecio sistem\u00e1tico de la primera. No son, ciertamente, <span class=\"c1\">las gentes del oficio<\/span> las que incurren en semejante error de apreciaci\u00f3n, sino muchos abogados, literatos, industriales, y, desgraciadamente, hasta algunos estadistas conspicuos, cuyas iniciativas de tan graves consecuencias pueden ser para la obra de la cultura patria. A estos tales no se les caen de la boca las siguientes frases: \u00abMenos doctores y m\u00e1s industriales. Las naciones no miden su grandeza por lo que saben, sino por la copia de conquistas cient\u00edficas aplicadas al comercio, a la industria, a la agricultura, a la medicina, y al arte militar. Dejemos a los cachazudos y linf\u00e1ticos tudescos con sus sutiles indagaciones de ciencia pura, con su loco af\u00e1n de escudri\u00f1ar los \u00faltimos resortes de la vida, y consagr\u00e9monos por nuestra parte a sacar el jugo pr\u00e1ctico de los principios de la Ciencia, encarn\u00e1ndolos en positivas mejoras de la existencia humana. Lo que Espa\u00f1a ha menester son m\u00e1quinas para nuestros trenes y barcos, reglas pr\u00e1cticas para la agricultura y la industria, f\u00e1bricas de abonos, higiene racional: en fin, todo cuanto contribuya a la poblaci\u00f3n, riqueza y bienestar de los pueblos; pero nada de sabios ociosos, entretenidos en especulaciones sin realidad, entregados a ese <span class=\"c1\">sport<\/span> de lo menudo que, si no costara demasiado caro, ser\u00eda una ocupaci\u00f3n meramente rid\u00edcula\u00bb.<\/p>\n<p>Tal es el c\u00famulo de ligerezas que a cada paso enjaretan los que, al viajar por el extranjero, ven, por un espejismo extra\u00f1o, el progreso en los efectos y no en las causas: los que, en sus cortos alcances, no aciertan a descubrir esos hilos misteriosos que enlazan la f\u00e1brica con el laboratorio, como el arroyo a su manantial. Creen de buena fe que, tanto los sabios como los pueblos, forman dos grupos: los que pierden el tiempo en especulaciones de ciencia pura e in\u00fatil, y los que saben hallar hechos de aplicaci\u00f3n inmediata al aumento y comodidad de la vida. \u00bfTendremos necesidad de patentizar lo absurdo de esta doctrina? \u00bfHabr\u00e1 alguno tan menguado de sind\u00e9resis que no repare que, all\u00ed donde los principios o los hechos son descubiertos, brotan tambi\u00e9n, por modo inmediato, las aplicaciones? En Alemania, en Francia, en Inglaterra, la f\u00e1brica vive en \u00edntima comuni\u00f3n con el laboratorio, y por lo com\u00fan el iniciador mismo de la verdad cient\u00edfica dirige, ora por s\u00ed, ora mediante sociedades explotadoras, el aprovechamiento industrial. Semejantes alianzas se hacen patentes en esas grandes f\u00e1bricas de&nbsp;colores de anilina, que constituyen actualmente uno de los filones m\u00e1s pr\u00f3speros de la industria alemana, suiza y francesa. Dada vuestra ilustraci\u00f3n, huelgan aqu\u00ed ejemplos de esta verdad. Empero, por recientes y significativos, quiero citaros dos: la grande industria de la construcci\u00f3n de objetos de precisi\u00f3n (microgr\u00e1ficos, fotogr\u00e1ficos y astron\u00f3micos), creada en Alemania por los profundos estudios de \u00f3ptica matem\u00e1tica del Profesor Abbe de Jena, y los cuales aseguran a la Prusia un monopolio de valor enorme que paga el mundo entero; y la fabricaci\u00f3n de sueros terap\u00e9uticos, nacida en Berl\u00edn y perfeccionada en Par\u00eds, y en la cual intervienen, como es natural y leg\u00edtimo, Behring y Roux, creadores de los principios cient\u00edficos de la sueroterapia.<\/p>\n<p>Cultivemos la ciencia por s\u00ed, sin considerar por el momento las aplicaciones. Estas llegan siempre: a veces tardan a\u00f1os, a veces siglos. Poco importa que una verdad cient\u00edfica sea aprovechada por nuestros hijos o por nuestros nietos. Medrada andar\u00eda la causa del progreso si Galvani, si Volta, si Faraday, descubridores de los hechos fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubieran menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de aplicaci\u00f3n industrial. La mayor parte de los grandes inventos han comenzado por ser fen\u00f3menos curiosos, o in\u00fatiles propiedades de los cuerpos. Pero, como m\u00e1s atr\u00e1s dejamos consignado, lo in\u00fatil, a\u00fan aceptando el punto de vista humano, no existe en la Naturaleza: lo que ocurre es que ignoramos el uso que cada verdad hallada podr\u00e1 tener con el tiempo. Y, en \u00faltimo extremo, aun cuando no fuera posible poner al servicio del ego\u00edsmo humano ciertas conquistas cient\u00edficas, siempre quedar\u00eda una utilidad positiva: la satisfacci\u00f3n de nuestra eterna curiosidad y la fruici\u00f3n incomparable causada en el \u00e1nimo por el sentimiento de nuestro poder ante la dificultad vencida.<\/p>\n<p>En suma: al abordar un problema, consider\u00e9moslo en s\u00ed mismo, sin desviarnos por motivos segundos, cuya persecuci\u00f3n, dispersando la atenci\u00f3n, mermar\u00eda nuestra fuerza anal\u00edtica. En la lucha con la Naturaleza, el bi\u00f3logo, como el astr\u00f3nomo, debe prescindir de la tierra que habita y concentrar su mirada en la serena regi\u00f3n de las ideas, donde, tarde o temprano, surgir\u00e1 la luz de la verdad. Establecido el hecho nuevo, las aplicaciones vendr\u00e1n a su saz\u00f3n; es decir, cuando aparezca otro hecho capaz de fecundarlo; pues, como es bien sabido, el <span class=\"c1\">invento<\/span> no es otra cosa que la conjunci\u00f3n de dos o m\u00e1s verdades en una resultante \u00fatil. La Ciencia registra muchos hechos cuya utilidad es actualmente desconocida; pero, al cabo de unos lustros, o acaso de siglos, ve la luz una nueva verdad que tiene con aqu\u00e9llos misteriosas afinidades, y la <span class=\"c1\">criatura industrial<\/span> resultante se llama fotograf\u00eda, fon\u00f3grafo, an\u00e1lisis espectral, etc. Porta descubri\u00f3 la c\u00e1mara obscura, hecho aislado, del cual apenas se sac\u00f3 partido para el arte del dise\u00f1o: Wedgwood y Davy se\u00f1alaron en 1802 la posibilidad de obtener im\u00e1genes fotogr\u00e1ficas sobre un papel lubrificado en una soluci\u00f3n de nitrato arg\u00e9ntico; pero como la copia no pod\u00eda fijarse, este otro hallazgo no tuvo consecuencias: luego lleg\u00f3 John Herschel, que logr\u00f3 disolver la sal arg\u00e9ntica no impresionada por la luz, con lo que ya fue posible la fijaci\u00f3n de la fugitiva silueta luminosa; m\u00e1s, la poca sensibilidad de las sales arg\u00e9nticas hasta entonces aprovechadas, hac\u00eda cuasi imposible el empleo del aparato de Porta: por fin aparece Daguerre, quien descubre en 1839, con la exquisita sensibilidad del ioduro arg\u00e9ntico, la imagen latente, sintetiza admirablemente los inventos de sus predecesores, y crea la fotograf\u00eda actual. As\u00ed se hacen todos los inventos: los materiales son, en diversas \u00e9pocas, acarreados por sagaces cuanto infortunados observadores, que no logran recoger fruto alguno de sus hallazgos, en espera de las verdades fecundantes; pero, una vez acopiados todos los hechos, llega un sabio feliz, no tanto por su originalidad como por haber nacido oportunamente, considera los hechos desde el punto de vista humano, opera la s\u00edntesis, y el invento surge.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"menu_order":3,"template":"","meta":{"pb_show_title":"on","pb_short_title":"","pb_subtitle":"","pb_authors":[],"pb_section_license":""},"chapter-type":[],"contributor":[],"license":[],"class_list":["post-40","chapter","type-chapter","status-publish","hentry"],"part":37,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/40","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/chapter"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/40\/revisions"}],"part":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/parts\/37"}],"metadata":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/40\/metadata\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=40"}],"wp:term":[{"taxonomy":"chapter-type","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapter-type?post=40"},{"taxonomy":"contributor","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/contributor?post=40"},{"taxonomy":"license","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/license?post=40"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}