{"id":41,"date":"2019-12-09T15:25:41","date_gmt":"2019-12-09T15:25:41","guid":{"rendered":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/iii-cualidades-de-orden-moral-que-debe-poseer-el-investigador\/"},"modified":"2019-12-09T15:25:41","modified_gmt":"2019-12-09T15:25:41","slug":"iii-cualidades-de-orden-moral-que-debe-poseer-el-investigador","status":"publish","type":"chapter","link":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/chapter\/iii-cualidades-de-orden-moral-que-debe-poseer-el-investigador\/","title":{"rendered":"III \u2013 CUALIDADES DE ORDEN MORAL QUE DEBE POSEER EL INVESTIGADOR"},"content":{"raw":"\nEstas cualidades son: la independencia intelectual, el amor a la ciencia, la perseverancia en el trabajo, y la religi\u00f3n del honor y de la gloria. De atributos intelectuales no hay que hablar, pues damos por supuesto que el aficionado a la inquisici\u00f3n cient\u00edfica goza de un regular entendimiento, de no despreciable imaginaci\u00f3n, y sobre todo de esa arm\u00f3nica ponderaci\u00f3n de facultades que vale mucho m\u00e1s que el talento brillante pero irregular y desequilibrado. Afirma Carlos Richet que en el hombre de genio se juntan los idealismos de D. Quijote y el buen sentido de Sancho. Algo de esta feliz conjunci\u00f3n de atributos debe poseer el investigador: temperamento art\u00edstico que le lleve a buscar y contemplar el n\u00famero, la medida y la armon\u00eda de las cosas, y un buen sentido cr\u00edtico capaz de refrenar los arranques temerarios de la imaginaci\u00f3n, y de hacer que prevalezcan, en esa lucha por la vida que entablan en nuestra mente las ideas, los pensamientos que m\u00e1s fielmente traducen la realidad objetiva.\n\n<strong><span class=\"c1\">a. Independencia de juicio.<\/span><\/strong>\n\nRasgo dominante en los investigadores eminentes es la altiva independencia de criterio. Ante la obra de sus predecesores y maestros no permanecen humildes y asombrados, sino recelosos y escudri\u00f1adores. Aquellos esp\u00edritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron la obra anat\u00f3mica de Galeno, y aquellos otros llamados Cop\u00e9rnico, Kepler, Newton y Huyghens, que echaron abajo la astronom\u00eda de los antiguos, fueron sin duda sagaces entendimientos, pero ante todo poseyeron una individualidad intelectual vigorosa y una osad\u00eda cr\u00edtica extraordinaria. De los d\u00f3ciles y humildes pueden salir los santos, pocas veces los sabios. Tengo para m\u00ed que el excesivo cari\u00f1o a la tradici\u00f3n, el obstinado empe\u00f1o en fijar la ciencia en las viejas f\u00f3rmulas del pasado, cuando no denuncian una gran pereza mental, representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.\n\n\u00a1Desgraciado del que, en presencia de un libro, queda mudo y absorto! La admiraci\u00f3n extremada disminuye nuestra personalidad y ofusca nuestro entendimiento, que llega a tomar las hip\u00f3tesis por demostraciones, las sombras por claridades. Harto se me alcanza que no es dado a todos sorprender a la primera lectura los vac\u00edos y lunares de un libro inspirado. La admiraci\u00f3n, como todos los estados personales, excluye todo otro sentimiento. Si despu\u00e9s de una lectura sugestiva nos sentimos d\u00e9biles, dejemos pasar algunos d\u00edas: fr\u00eda la cabeza y sereno el juicio, procedamos a una segunda, y hasta a una tercera lectura: poco a poco los vac\u00edos aparecen; los razonamientos endebles se patentizan; las hip\u00f3tesis ingeniosas pierden sus prestigios y ense\u00f1an lo deleznable de sus cimientos; la magia misma del estilo acaba por hallarnos insensibles; nuestro entendimiento, en fin, reacciona; el libro no tiene en nosotros un devoto, sino un juez. Este es el momento de investigar, de cambiar las hip\u00f3tesis del autor por otras m\u00e1s razonables, de someterlo todo a la piedra de toque de la experimentaci\u00f3n.\n\nA la manera de muchas bellezas naturales, las obras humanas necesitan, para no perder sus encantos, ser contempladas a distancia. El an\u00e1lisis es el microscopio que nos aproxima al objeto, y nos muestra el tapiz por el rev\u00e9s, destruyendo la ilusi\u00f3n al poner ante nuestros ojos lo artificioso del bordado y los defectos del dibujo.\n\nAcaso se dir\u00e1 que en los presentes tiempos, que han visto derrocados tantos \u00eddolos y mermados o desconocidos muchos viejos prestigios, no es necesario un llamamiento al sentido cr\u00edtico y al esp\u00edritu de duda. Cierto que no es tan urgente hoy como en otras \u00e9pocas, pero todav\u00eda conserva la rutina sus fueros: a\u00fan se da con harta frecuencia el fen\u00f3meno de que los disc\u00edpulos de un hombre ilustre gasten sus talentos, no en esclarecer nuevos problemas, sino en defender los errores del maestro. No vale desconocer que tambi\u00e9n, en esta \u00e9poca de libre examen y de irreverente cr\u00edtica, la disciplina de escuela reina en las Universidades de Francia, Alemania e Italia con un despotismo tal, que sofoca a veces las mejores iniciativas e impide la <span class=\"c1\">eclosi\u00f3n<\/span> de los pensadores m\u00e1s originales. Los que nos batimos en la brecha como simples soldados, \u00a1cu\u00e1ntos ejemplos elocuentes podr\u00edamos citar de esta servidumbre de escuela o de cen\u00e1culo! \u00a1Qu\u00e9 de talentos conocemos que no han tenido m\u00e1s desgracia que haber sido disc\u00edpulos de un grande hombre! Y aqu\u00ed nos referimos a esas naturalezas generosas y agradecidas, las cuales, sabiendo ver la verdad, no osan declararla por no quitar al maestro una parte de un prestigio que, hall\u00e1ndose fundado en falsa ciencia, caer\u00e1, tarde o temprano, en poder de adversarios menos escrupulosos. Por lo que hace a esas naturalezas d\u00f3ciles, tan f\u00e1ciles a la inducci\u00f3n como tercas en sus errores, que suelen rodear a los jefes de secta en Par\u00eds como en Berl\u00edn, su misi\u00f3n ha sido siempre adular al genio y aplaudir sus extrav\u00edos. Este es el pleito-homenaje que la median\u00eda rinde com\u00fanmente al talento superior: lo que se comprende bien recordando que los cerebros d\u00e9biles entienden mejor el error, casi siempre sencillo, que la verdad, a menudo tan austera como dif\u00edcil.\n\n<strong><span class=\"c1\">b. Perseverancia en el estudio.<\/span><\/strong>\n\nPonderan con raz\u00f3n los tratadistas de l\u00f3gica la virtud creadora de la atenci\u00f3n; pero insisten poco en una variedad del atender que cabr\u00eda llamar polarizaci\u00f3n cerebral o atenci\u00f3n cr\u00f3nica, o, en otros t\u00e9rminos, la orientaci\u00f3n permanente durante meses, y aun a\u00f1os, de todas nuestras facultades sobre un objeto de estudio. Infinitos son los talentos vigorosos que, por carecer de este atributo que los franceses designan <i>esprit de suite<\/i>, se esterilizan en sus meditaciones. A docenas podr\u00eda yo citaros espa\u00f1oles que, poseyendo un ingenio admirablemente adecuado para la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, se retiran de una cuesti\u00f3n sin haber medido seriamente sus fuerzas, y justamente en el momento mismo en que la Naturaleza iba a pagar sus afanes con la revelaci\u00f3n ansiosamente esperada. Llenos est\u00e1n nuestros claustros y laboratorios de estas naturalezas tornadizas e inquietas, que aman la investigaci\u00f3n y se pasan los d\u00edas, de turbio en turbio, ante la retorta o el microscopio: su febril actividad rev\u00e9lase en la avalancha de conferencias, folletos y libros en que prodigan una erudici\u00f3n y un talento considerables; fustigan continuamente la turba g\u00e1rrula de traductores y sofistas, proclamando la necesidad inexcusable de la observaci\u00f3n y el estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma; y cuando, tras largos a\u00f1os de propaganda y de labor experimental, se pregunta a los \u00edntimos de tales hombres, a los que constituyen el misterioso cen\u00e1culo donde aqu\u00e9llos ofician de pontifical, por los descubrimientos del sublime maestro, confiesan ruborosos que la misma fuerza del talento, la casi imposibilidad de ver en peque\u00f1o, la extraordinaria latitud y alcance de la obra emprendida, ha imposibilitado llevar a cabo ning\u00fan progreso parcial y positivo. He aqu\u00ed el fruto de la flaqueza de atenci\u00f3n, complicada con una lamentable equivocaci\u00f3n sobre el alcance del propio talento.\n\nPara llevar a feliz t\u00e9rmino una indagaci\u00f3n cient\u00edfica, una vez aplicados los m\u00e9todos conducentes al fin, debemos fijar fuertemente el objeto en nuestro esp\u00edritu, a fin de provocar en\u00e9rgicas corrientes de pensamiento; es decir, asociaciones cada vez m\u00e1s complejas y precisas entre las im\u00e1genes recibidas por la observaci\u00f3n y las ideas que dormitan en nuestro inconsciente: ideas que s\u00f3lo una concentraci\u00f3n vigorosa de nuestras energ\u00edas cerebrales podr\u00e1 llevar al campo de la conciencia. No basta la atenci\u00f3n expectante, ahincada: es preciso llegar a la preocupaci\u00f3n. Importa aprovechar para la obra todos los momentos l\u00facidos de nuestro cerebro: ya la meditaci\u00f3n que sigue al descanso prolongado; ya el trabajo mental supraintensivo que s\u00f3lo da la c\u00e9lula nerviosa caldeada por la congesti\u00f3n; ora, en fin, la inesperada intuici\u00f3n que brota a menudo, como chispa del eslab\u00f3n, del choque de la discusi\u00f3n cient\u00edfica.\n\nCasi todos los que dudan de sus propias fuerzas, ignoran el maravilloso poder de la atenci\u00f3n prolongada. Esta polarizaci\u00f3n cerebral, sostenida durante meses en un cierto orden de percepciones, afina el entendimiento, y condensando, como en un foco, toda la luz del pensamiento sobre el nudo del problema, permite descubrir en \u00e9ste relaciones inesperadas. Dir\u00edase que el cerebro humano goza, como la placa fotogr\u00e1fica, de la virtud de impresionarse (a condici\u00f3n de prolongar suficientemente el tiempo de exposici\u00f3n) por los m\u00e1s tenues resplandores de las ideas. A fuerza de horas, una placa situada en el foco de un anteojo dirigido a las estrellas, llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio m\u00e1s potente es incapaz de mostrarlos: a fuerza de tiempo y de atenci\u00f3n, el cerebro llega tambi\u00e9n a percibir un rayo de luz en las negruras del m\u00e1s abstruso problema.\n\nDurante esta larga incubaci\u00f3n intelectual, el investigador, a la manera del son\u00e1mbulo, que s\u00f3lo oye la voz de su hipnotizador, no ve ni considera otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la c\u00e1tedra, en el paseo, en el teatro, en la conversaci\u00f3n, hasta en la lectura meramente art\u00edstica, busca ocasi\u00f3n de intuiciones, de comparaciones y de hip\u00f3tesis, que le permitan llevar alguna luz a la cuesti\u00f3n que le obsesiona. En este proceso mental, precursor del descubrimiento, nada es in\u00fatil: los primeros groseros errores, as\u00ed como las falsas rutas por donde la imaginaci\u00f3n se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el \u00e9xito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.\n\nCuando se reflexiona sobre esta curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relaci\u00f3n a un objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anat\u00f3mica y din\u00e1micamente, adapt\u00e1ndose progresivamente al problema o materia de la atenci\u00f3n. Esta superior organizaci\u00f3n adquirida por las c\u00e9lulas nerviosas determina lo que yo llamar\u00eda <span class=\"c1\">talento especial<\/span> o <span class=\"c1\">de adaptaci\u00f3n,<\/span> y tiene por resorte la propia voluntad, es decir, la resoluci\u00f3n en\u00e9rgica de conformar nuestro entendimiento a la magnitud del asunto. En cierto sentido no ser\u00eda parad\u00f3jico decir que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve: por donde tienen f\u00e1cil y llana explicaci\u00f3n esas exclamaciones de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo f\u00e1cil de la soluci\u00f3n tan laboriosamente buscada. \u00a1C\u00f3mo no se me ocurri\u00f3 esto desde el principio!, exclamamos. \u00a1En qu\u00e9 pensaba yo que no vi el descamino por donde la imaginaci\u00f3n me conduc\u00eda!.\n\nEn realidad, mientras se desenvuelve el proceso de la investigaci\u00f3n, se establece un doble trabajo de acomodamiento: el entendimiento se adapta al objeto, acrecentando sus recursos y energ\u00edas; y, por su parte, el objeto se acomoda al entendimiento, present\u00e1ndose bajo una faz m\u00e1s sencilla y abordable, por consecuencia de las divisiones, abstracciones y simplificaciones de toda clase que le impone el sabio durante la campa\u00f1a anal\u00edtica.\n\nEn los tiempos que corremos, en que la investigaci\u00f3n cient\u00edfica se ha convertido en una profesi\u00f3n regular que cobra n\u00f3mina del Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema; necesita adem\u00e1s imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos hermosos tiempos de anta\u00f1o en que el curioso de la Naturaleza, recogido en el silencio de su gabinete, pod\u00eda estar seguro de que ning\u00fan \u00e9mulo vendr\u00eda a turbar sus tranquilas meditaciones. Hoga\u00f1o, la investigaci\u00f3n es fiebre: apenas un nuevo m\u00e9todo se esboza, numerosos sabios se aprovechan de \u00e9l, aplic\u00e1ndolo casi simult\u00e1neamente a los mismos temas, y mermando la gloria del iniciador, que carece de la holgura y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su laboriosidad y buena estrella. Inevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas de prioridad. Y es que, lanzada al p\u00fablico una idea, entra a formar parte de esa atm\u00f3sfera intelectual donde todos nutrimos nuestro esp\u00edritu; y, en virtud del isocronismo funcional reinante en las cabezas educadas y polarizadas para un trabajo dado, la idea nueva es simult\u00e1neamente asimilada en Par\u00eds y en Berl\u00edn, en Londres y en Viena, casi de id\u00e9ntico modo, y reflejada y transformada en iguales desarrollos y aplicaciones. Esto explica la impaciencia por publicar, as\u00ed como lo imperfecto y fragmentario de muchas indagaciones. El af\u00e1n de llegar antes nos hace alguna vez incurrir en ligerezas; pero, \u00a1cu\u00e1ntas veces, el ansia febril de tocar la meta los primeros, nos granjea el m\u00e9rito de la prioridad!\n\nEn Espa\u00f1a, donde la pereza es, no ya un vicio, sino una religi\u00f3n, se comprenden dif\u00edcilmente esas monumentales obras de los qu\u00edmicos, naturalistas y m\u00e9dicos alemanes, en las cuales s\u00f3lo el tiempo necesario para la ejecuci\u00f3n de los dibujos y la consulta bibliogr\u00e1fica parece deber contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros se han redactado en uno o dos a\u00f1os, pac\u00edficamente, sin febriles apresuramientos. Todo el secreto est\u00e1 en el m\u00e9todo de estudio; en aprovechar para la labor todo el tiempo h\u00e1bil; en no entregarse al diario descanso sin haber consagrado dos o tres horas por lo menos a la tarea; en poner un prudente l\u00edmite a esa dispersi\u00f3n de la atenci\u00f3n y a ese derroche de tiempo que nos cuesta el trato social; en ahorrar, en fin, en lo posible el gasto mental que supone esa ch\u00e1chara ingeniosa del caf\u00e9 y de la tertulia, que nos resta fuerzas nerviosas y nos desv\u00eda, con nuevas y f\u00fatiles preocupaciones, de la tarea principal. Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagrar al tema m\u00e1s que dos horas, no abandonemos el trabajo a pretexto de que necesitar\u00edamos cuatro o seis. Como dice juiciosamente Payot, \u00abpoco basta cada d\u00eda, si cada d\u00eda logramos ese poco\u00bb.\n\nLo malo de ciertas distracciones demasiado dominantes no consiste tanto en el tiempo que nos roban, cuanto en la p\u00e9rdida de esa polarizaci\u00f3n cerebral, de esa especie de tonalidad que nuestras c\u00e9lulas nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a un asunto dado. Esto no excluye, naturalmente, las distracciones; pero las del investigador ser\u00e1n siempre ligeras y tales que no estorben en nada las nuevas asociaciones cerebrales: el paseo al aire libre, la contemplaci\u00f3n de las obras art\u00edsticas o de las fotograf\u00edas de escenas, de pa\u00edses y de monumentos, la m\u00fasica alegre y expansiva, y sobre todo la compa\u00f1\u00eda de una persona que, penetrada de nuestra situaci\u00f3n, evite cuidadosamente toda conversaci\u00f3n grave y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos del hombre de laboratorio. Bajo este aspecto, nada mejor puede hacerse que seguir la regla de Buffon, cuyo abandono en la conversaci\u00f3n (que chocaba a muchos admiradores de la galanura y elevaci\u00f3n de su estilo como escritor) lo justificaba diciendo: \u00abEstos son mis momentos de descanso\u00bb. En resumen: toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la perseverancia, combinadas con una atenci\u00f3n orientada tenazmente durante meses y aun a\u00f1os hacia un objeto particular. As\u00ed lo han confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus m\u00e9todos. Newton declaraba que, s\u00f3lo pensando siempre en la misma cosa, hab\u00eda llegado a la maravillosa ley de la atracci\u00f3n universal; de Darwin refiere uno de sus hijos que lleg\u00f3 a tal concentraci\u00f3n en el estudio de los hechos biol\u00f3gicos, relacionados con el gran principio de la evoluci\u00f3n, que se priv\u00f3, durante muchos a\u00f1os y de modo sistem\u00e1tico, de toda lectura y meditaci\u00f3n extra\u00f1as al blanco de sus pensamientos; y Buffon no vacilaba en decir que el genio no es sino paciencia extremada. Suya es tambi\u00e9n esta respuesta a los que le preguntaban c\u00f3mo hab\u00eda conquistado la gloria: \u00abPasando cuarenta a\u00f1os de mi vida inclinado sobre mi escritorio\u00bb. Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas cient\u00edficas exigen, m\u00e1s que vigor intelectual, una disciplina severa de la voluntad y una perenne subordinaci\u00f3n de todas las fuerzas mentales a un objeto de estudio, \u00a1cu\u00e1n grande es el da\u00f1o que causan inconscientemente los bi\u00f3grafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas cient\u00edficas al genio y no a la paciencia! \u00a1Qu\u00e9 m\u00e1s desea la flaca voluntad del estudiante o del novel doctor que poder legitimar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesi\u00f3n de insuficiencia intelectual!. De esta man\u00eda de exaltar sin medida el talento de los grandes investigadores, sin parar mientes en el desaliento causado en el lector, no est\u00e1n exentos ni aun bi\u00f3grafos de tan buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiograf\u00edas, en las que el sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones, con sus errores y aciertos, constituyen un verdadero t\u00f3nico moral. Tras estas lecturas, henchido el \u00e1nimo de esperanza, no es raro que el lector exclame: <i>\u00abAnche io sono pittore\u00bb<\/i>.\n\n<strong><span class=\"c1\">c. Pasi\u00f3n por la gloria.<\/span><\/strong>\n\nLa psicolog\u00eda del investigador se aparta un tanto de la que posee la sociedad de que forma parte. Sin duda le alientan las aspiraciones y le mueven los mismos resortes que a los dem\u00e1s hombres; pero en el sabio existen dos que obran con desusado vigor: el amor a la ciencia y la pasi\u00f3n por la gloria. El predominio de estas dos pasiones explica la vida entera del investigador; y del contraste del ideal que \u00e9ste se forma de la existencia, y el que se crea el vulgo de los hombres, resultan esas luchas, esos desv\u00edos y esas incomprensiones rec\u00edprocas que en todo tiempo han marcado las relaciones del sabio con el ambiente social.\n\nPara un soci\u00f3logo, el hombre de ciencia se presenta con los caracteres mentales del inadaptado. Pero esta falta de adecuaci\u00f3n entre la organizaci\u00f3n social y los sentimientos e ideales del investigador es m\u00e1s aparente que real: la adaptaci\u00f3n existe positivamente, pero no con relaci\u00f3n al ambiente actual, sino con relaci\u00f3n al del porvenir. El sabio, a pesar de todo, no es pesimista: combate el r\u00e9gimen intelectual existente para crear algo mejor que lo reemplace. Gracias a esos singulares talentos, cuya mirada penetra en las sombras del porvenir, y cuya exquisita sensibilidad les fuerza a condolerse de los errores y estancamientos de la rutina, es posible el progreso social y cient\u00edfico. S\u00f3lo al sabio le es dado oponerse a la corriente y modificar el medio moral; y bajo este aspecto es l\u00edcito afirmar que la misi\u00f3n del investigador no es la adaptaci\u00f3n de sus ideas a las de la sociedad, sino la adaptaci\u00f3n de la sociedad a sus ideas; y como tenga raz\u00f3n (y la suele tener), y proceda con esa suave manera con que la Naturaleza procede en sus creaciones, tarde o temprano la humanidad le sigue, le aplaude, y le cubre de gloria. En espera de este leg\u00edtimo tributo de respeto y de justicia trabaja todo investigador, porque sabe que, si los individuos son capaces de ingratitud, pocas veces lo son las colectividades, como alcancen plena conciencia de la realidad y utilidad de una idea.\n\nEn grado variable, el af\u00e1n del aplauso agita a todos los hombres, y preferentemente a los dotados de peregrino entendimiento. Empero cada cual busca la gloria por distinto camino: uno marcha por el de las armas, tan celebrado por Cervantes en su <span class=\"c1\">Quijote,<\/span> y aspira a acrecentar la grandeza pol\u00edtica de su pa\u00eds; otros van por el del arte, ansiando el f\u00e1cil aplauso de las muchedumbres, que comprenden mucho mejor la belleza que la verdad; y unos pocos solamente en cada pa\u00eds, y singularmente en los m\u00e1s civilizados, siguen el de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, el solo derrotero que puede conducirnos a una explicaci\u00f3n racional y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea. Tengo para m\u00ed que esta aspiraci\u00f3n es una de las m\u00e1s dignas y loables que el hombre puede perseguir, porque acaso m\u00e1s que ninguna otra se halla impregnada con el perfume del amor y de la caridad universales.\n\nNunca se repetir\u00e1 bastante el contraste que existe entre la figura moral del sabio y la del h\u00e9roe. Ambos representan los polos de la energ\u00eda humana y son igualmente necesarios al progreso y bienestar de los pueblos; pero la transcendencia de sus obras es harto diversa. Lucha el sabio en beneficio de la humanidad entera, ya para aumentar y dignificar la vida, ya para ahorrar el esfuerzo humano; ora para acallar el dolor, ora para retardar y dulcificar la muerte. Por el contrario, el h\u00e9roe sacrifica a su prestigio una parte m\u00e1s o menos considerable de la humanidad; su estatua se alza siempre sobre un pedestal de ruinas y cad\u00e1veres; su triunfo es exclusivamente celebrado por una tribu, por un partido o por una naci\u00f3n; y deja tras s\u00ed, en el pueblo vencido, y a menudo en la historia, reguero de odios y de sangrientas reivindicaciones. En cambio, la corona del sabio ot\u00f3rgala la humanidad entera; su estatua tiene por pedestal el amor, y sus triunfos desaf\u00edan a los ultrajes del tiempo y a los juicios de la historia: sus \u00fanicas v\u00edctimas son los ignorantes, los incompletos, los at\u00e1vicos, los que medran con el abuso; todos, en fin, los que en una sociedad bien organizada debieran ser desterrados como enemigos declarados de la felicidad de los buenos.\n\nJuzgo completamente necesario que el maestro, si quiere evitar la esterilidad de sus afanes, se rodee de esos esp\u00edritus generosos tan sensibles al aguij\u00f3n de la gloria como entusiastas de la contemplaci\u00f3n de la Naturaleza. En nuestro sentir, el hombre vale mucho menos por su entendimiento que por sus pasiones. Como nuestro disc\u00edpulo carezca de pasiones elevadas, en vano le exigiremos la renuncia de los placeres materiales o de las fr\u00edvolas ocupaciones de la vida. En la puerta de cada laboratorio, en ese templo sagrado donde la Naturaleza se digna revelar a sus devotos algunos de sus augustos misterios, debieran escribirse estas palabras: \u00a1Adelante los que sientan ansia de ideal, los que desean subordinar su vida a una idea grande! \u00a1Atr\u00e1s los Sancho Panzas cient\u00edficos, los que buscan la verdad para explotarla, los que desean convertir la pur\u00edsima doncella de la Ciencia en meretriz envilecida!\n\nTan convencido estoy de que la verdadera utilidad social de un hombre depende, no de lo que sabe, sino de lo que desea, que estimo por superior para el cultivo de la Ciencia un mediano entendimiento, pero apasionado por el estudio y ganoso de reputaci\u00f3n, que un talento superior, falto de energ\u00eda e indiferente a los halagos de la notoriedad.\n\nNo faltan, afortunadamente, en nuestra patria esos esp\u00edritus generosos que cifran su dicha en conquistar el aplauso de la opini\u00f3n; pero, por desgracia, y salvadas algunas y muy honrosas excepciones, nuestros ingenios prefieren ganar el lauro por la senda del arte o de la literatura, en lo cual muchos de ellos se equivocan; pues exceptuando unos cuantos talentos art\u00edsticos y literarios muy elevados, cuya obra ser\u00e1 acaso aplaudida por la mayor parte de los pueblos, \u00a1cu\u00e1n pocos de nuestros pintores y poetas pasar\u00e1n a la posteridad con pronunciamientos favorables! \u00a1Cu\u00e1ntos que luchan en vano por crearse un nombre como literatos, podr\u00edan alcanzarlo, sin tantos esfuerzos quiz\u00e1, como hombres de ciencia! \u00a1Qu\u00e9 dif\u00edcil la originalidad en un terreno en que casi todo est\u00e1 dicho por los antiguos, los cuales, con aquella maravillosa intuici\u00f3n de la belleza literaria y de la forma pl\u00e1stica, apenas dejaron nada que espigar en el campo del arte! Despu\u00e9s de leer las oraciones de Dem\u00f3stenes y de Cicer\u00f3n, las vidas paralelas de Plutarco, y las arengas de <span class=\"c1\">las D\u00e9cadas<\/span> de Tito Livio, se adquiere la convicci\u00f3n de que ning\u00fan orador moderno ha podido inventar un resorte nuevo para persuadir el entendimiento o mover el coraz\u00f3n humano. El papel del orador actual es aplicar a casos determinados y m\u00e1s o menos nuevos los innumerables t\u00f3picos de forma y argumentaci\u00f3n, imaginados por los autores cl\u00e1sicos. \u00bfY qu\u00e9 diremos de los que buscan en la poes\u00eda o en la alta prosa el prestigio de la originalidad? Despu\u00e9s de Homero y de Virgilio, de Horacio y de Marcial, de Shakespeare y Milton, de Goethe y de Heine, de Espronceda y Zorrilla, \u00bfqui\u00e9n es el osado que pretende inventar una figura po\u00e9tica, un matiz de expresi\u00f3n sentimental, una exquisitez de estilo, que hayan desconocido aquellos incomparables ingenios?.\n\nNo pretendemos negar en absoluto la posibilidad de creaciones art\u00edsticas, comparables y acaso superiores a las legadas por los cl\u00e1sicos; afirmamos solamente que son dificil\u00edsimas y que exigen m\u00e1s trabajo que las producciones cient\u00edficas originales. Y la raz\u00f3n es obvia: el arte, atenido al concepto vulgar del Universo y nutri\u00e9ndose en el terreno del sentimiento, ha tenido tiempo de agotar cuasi del todo el contenido del alma humana; mientras que la Ciencia, apenas desflorada por los antiguos y totalmente ajena, as\u00ed al sentimentalismo del arte como a las invariables reglas de la tradici\u00f3n, acumula por cada d\u00eda nuevos materiales y nos brinda con una labor inacabable. Ante el cient\u00edfico est\u00e1 el Universo entero apenas explorado: el cielo salpicado de soles, que se agitan en las tinieblas de un espacio infinito; el mar con sus misteriosos abismos; la tierra guardando en sus entra\u00f1as el pasado de la vida y las p\u00e1ginas de la historia del hombre; y la vida, obra maestra de la creaci\u00f3n, ofreci\u00e9ndonos en cada c\u00e9lula una inc\u00f3gnita, y en cada latido un tema de eterna meditaci\u00f3n.\n\nLlevado de mi entusiasmo, acaso caiga en exageraciones; pero estoy persuadido de que la verdadera originalidad se halla en la Ciencia, y que el sabio descubridor de un hecho es el \u00fanico que puede lisonjearse de haber hollado un terreno completamente virgen, y de haber creado una idea que no cruz\u00f3 jam\u00e1s por la mente humana. A\u00f1adamos que su idea, como real que es, no est\u00e1 sujeta a los vaivenes del gusto, a los odios de escuela, al silencio de la envidia, ni a los rid\u00edculos histerismos de la moda, que hoy rechaza por malo lo que ayer ensalz\u00f3 por sublime.\n\nNo conviene empero extremar el paneg\u00edrico de la Ciencia; porque muchos literatos, oradores y artistas, que la desprecian sin entenderla \u2013o la entienden a la manera de Mr. Bruneti\u00e8re, cr\u00edtico que en un c\u00e9lebre art\u00edculo la declaraba en bancarrota por no haber cumplido lo que jam\u00e1s prometi\u00f3, ni est\u00e1 en su naturaleza realizar\u2013, nos atajar\u00edan con las siguientes reflexiones: \u00abLa gloria, nos dir\u00edan, del artista o del literato es de m\u00e1s subidos quilates que la del cient\u00edfico, porque es universal. Nuestro p\u00fablico se extiende desde el artesano al pr\u00f3cer, desde el sabio al ignorante; mientras que vosotros, obscuros investigadores de la Naturaleza, s\u00f3lo sois comprendidos de un corto n\u00famero de personas; y, a\u00fan de \u00e9sas, no pocas os critican antes de comprenderos. \u00a1Menguado concepto ten\u00e9is de la gloria, si cre\u00e9is que \u00e9sta puede resultar de la tibia alabanza de una docena de curiosos, esparcidos por toda la tierra! Contemplad, en cambio, la aureola de prestigio que rodea al orador, al artista y al poeta: la plebe los aclama, la Prensa los mima, el Estado los protege y paga, la burgues\u00eda celebra fiestas en su honor: todos, en fin, tienen a gala el honrarlos y enriquecerlos, porque el hombre da con m\u00e1s gusto su dinero y sus aplausos al que le distrae con una f\u00e1bula que al que le instruye con la verdad. En tanto, vosotros pas\u00e1is la vida atormentados en el estudio o en el laboratorio, y nadie os conoce, porque a nadie interesan esos descubrimientos que gozan del triste privilegio de arrancar una a una las m\u00e1s caras ilusiones. El poeta y la mujer, que aman ante todo el misterio, porque han menester de la sombra para proyectar sobre ella&nbsp;sus dorados ensue\u00f1os, mirar\u00e1n siempre con soberano desd\u00e9n vuestra insana curiosidad y no os perdonar\u00e1n nunca vuestro empe\u00f1o en probar que el azul del cielo es polvo sutil en que la luz se refleja; que la belleza resulta de la grosera combinaci\u00f3n de la grasa, el epitelio y el pigmento; que la mirada m\u00e1s espiritual es una contracci\u00f3n muscular; que la espl\u00e9ndida cabellera de la hermosa es un epitelio c\u00f3rneo; que la pasi\u00f3n es una hiperemia. No contentos con semejantes profanaciones, hab\u00e9is impurificado el sonrosado cutis de la virgen, pobl\u00e1ndolo con el <span class=\"c1\">bacillus epidermidis;<\/span> hab\u00e9is convertido el beso, esa sublime conjugaci\u00f3n de dos almas, en un grosero trueque de bacterias; hab\u00e9is desprestigiado el aura perfumada del valle y las azules y tranquilas aguas del lago con el repugnante <span class=\"c1\">bacilo tifoso,<\/span> o el insolente <span class=\"c1\">plasmodium malariae.<\/span> Vosotros, en fin, hab\u00e9is rodeado de ego\u00edsta temor el lecho donde languidece el tuberculoso, hab\u00e9is hecho recelosa a la caridad, y sembrado de terrores el amor\u00bb.\n\n\u00abFinalmente, a\u00f1adir\u00e1 el poeta, nuestras bellas creaciones son como el vino rancio que alegra la existencia y cura las llagas abiertas en el alma por las asperezas de la realidad; y las vuestras, el caf\u00e9 que aguza el entendimiento y le sumerge en insanas cavilaciones. Nuestro lenguaje es brillante y seductor, y tan elocuente que llega a todas las almas; vosotros habl\u00e1is un dialecto b\u00e1rbaro, mezcla de griego y lat\u00edn, que el pueblo no sabe ni quiere descifrar. Nuestros libros no envejecen nunca, y el p\u00fablico los paga como oro de ley; y la riqueza leg\u00edtimamente ganada y amasada con la gloria nos asegura un puesto distinguido en la sociedad, y la holganza de nuestros hijos; mientras que vuestras laboriosas monograf\u00edas s\u00f3lo son le\u00eddas por unos cuantos especialistas, cuyas ofrendas no os enriquecer\u00e1n jam\u00e1s\u00bb.\n\nHe aqu\u00ed el lenguaje que, salvo alguna exageraci\u00f3n de forma, oyen de boca de artistas y literatos los aficionados al cultivo de las ciencias.\n\nEscuchadas con harta frecuencia por los d\u00e9biles, por los flacos de voluntad, semejantes falacias, donde las alegaciones del sentimiento ahogan los dictados de la raz\u00f3n, constituyen, aparte otras concausas, uno de los motivos de la escasez de hombres que en nuestro pa\u00eds buscan honor y gloria por el camino de la Filosof\u00eda y de la Ciencia. El desd\u00e9n de la sociedad y de los Gobiernos completa admirablemente esa obra de desaliento y de descr\u00e9dito.\n\n\u00abPero vamos a cuentas: cabr\u00eda decir, a guisa de confortativo moral, a nuestro desanimado investigador que ya contemplamos vencido y maltrecho por las especiosas razones del poeta: \u2013Si abrigas verdadera pasi\u00f3n por la ciencia y trabajas por la verdad, \u00bfqu\u00e9 te importan las frialdades y las incomprensiones del vulgo, que no aplaude sino lo que entiende, y entiende solamente lo peor? Yo no acierto a comprender por qu\u00e9 un Mozart o un Beethoven habr\u00edan de disgustarse por no arrancar aplausos de una tribu de <span class=\"c1\">boschimanes<\/span>. Vive el pueblo en la esfera del sentimiento, y pedirle calor y apoyo para quien ejercita la raz\u00f3n es empresa tan vana como desatinada. Adem\u00e1s, \u00bfc\u00f3mo eres tan d\u00e9bil de esp\u00edritu que te envanecen las alabanzas del ignorante y desde\u00f1as las del entendido? Tu p\u00fablico existe, digan lo que quieran poetas, pol\u00edticos y literatos, y es mucho m\u00e1s numeroso de lo que t\u00fa presumes y de lo que imaginan esos or\u00e1culos de tribu o de pandilla, los cuales, cuando aciertan a alegrar los cascos de un p\u00fablico desocupado y maleante, creen haber hecho un beneficio a la Humanidad entera. Tu p\u00fablico est\u00e1 formado por la nobleza del talento, y se extiende a todos los pa\u00edses, y habla todas las lenguas, y se dilata hasta las m\u00e1s lejanas generaciones del porvenir. Cierto que tu Senado no palmotea ni se descompone con transportes de pasi\u00f3n; pero habla y escribe con mesura, y acaba por hacer, pese a los ataques pasajeros de la envidia, una plena y perdurable justicia. Rid\u00edculo es medir el aplauso por el ruido de la claque o por el alboroto de indocta muchedumbre, y no por el encomio desapasionado de los espectadores conspicuos. Considera que, en materia de gloria, el supremo placer ser\u00eda merecer el aplauso de un Senado tan poco numeroso que s\u00f3lo lo formaran esos genios que la Humanidad produce de vez en cuando. Por lo cual hallar\u00e1s muy natural el noble orgullo con que el matem\u00e1tico y fil\u00f3sofo Fontenelle dec\u00eda a un magnate, al presentarle su tratado de la <span class=\"c1\">G\u00e9om\u00e9trie de l \u0301infini:<\/span> \u00abHe aqu\u00ed una obra que s\u00f3lo podr\u00e1n leer en Francia cuatro o seis personas\u00bb. Dignas son tambi\u00e9n de meditaci\u00f3n aquellas elocuent\u00edsimas palabras con que Kepler, radiante de j\u00fabilo y palpitante emoci\u00f3n por el descubrimiento de la \u00faltima de sus memorables leyes, terminaba su obra <span class=\"c1\">Harmonices mundi&nbsp;<\/span>diciendo: \u00abEchada est\u00e1 la suerte; y con esto pongo fin a mi libro, import\u00e1ndome poco que sea le\u00eddo por la edad presente o por la posteridad. No le faltar\u00e1 lector alg\u00fan d\u00eda. Pues qu\u00e9, \u00bfno ha tenido Dios que esperar seis mil a\u00f1os para hallar en m\u00ed un contemplador e int\u00e9rprete de sus obras?\u00bb.\n\nY a los que te dicen que la Ciencia apaga toda poes\u00eda, secando las fuentes del sentimiento y el ansia de misterio que late en el fondo del alma humana, cont\u00e9stales que a la vana poes\u00eda del vulgo, basada en una noci\u00f3n err\u00f3nea del Universo, noci\u00f3n tan mezquina como pueril, t\u00fa sustituyes otra mucho m\u00e1s grandiosa y sublime, que es la poes\u00eda de la verdad, la incomparable belleza de la obra de Dios y de las leyes eternas por \u00c9l establecidas. Diles tambi\u00e9n que, si la Ciencia ha disipado misterios, descubre a cada paso que avanza otros, mil veces m\u00e1s grandiosos y solemnes: en el espacio y en el tiempo, as\u00ed en la materia como en la fuerza, tanto en el relampagueo de la idea como en el arranque de la pasi\u00f3n. A\u00f1ade, en fin, que el progreso cient\u00edfico, lejos de achicar el ideal humano, lo eleva y dignifica, poni\u00e9ndolo en el total dominio de las fuerzas c\u00f3smicas, en la redenci\u00f3n de la ignorancia, en el perfeccionamiento f\u00edsico y moral de la especie humana, en la supresi\u00f3n del dolor, en el retardo, y \u00a1qui\u00e9n sabe si en la desaparici\u00f3n! de la muerte natural.\n\n<strong><span class=\"c1\">d. Patriotismo.<\/span><\/strong>\n\nEntre los sentimientos que deben animar al sabio, merece particular menci\u00f3n el patriotismo. Este sentimiento tiene en el sabio un signo exclusivamente positivo: ans\u00eda elevar el prestigio de su patria, pero no denigrar el cr\u00e9dito de la de los otros.\n\nSe ha dicho que la Ciencia no tiene patria, y esto es cierto; pero como contestaba Pasteur en ocasi\u00f3n solemne, \u00ablos sabios s\u00ed que la tienen\u00bb. El hombre de Ciencia no solamente pertenece a la Humanidad, sino a una raza que se envanece con sus talentos, a una naci\u00f3n que se enaltece con sus triunfos, y a una regi\u00f3n que le considera como el fruto selecto de su terru\u00f1o.\n\nRepresentando la Ciencia y la Filosof\u00eda el orden m\u00e1s elevado de la actividad mental y el dinam\u00f3metro de la jerarqu\u00eda intelectual de cada raza, compr\u00e9ndese bien el noble orgullo con que las naciones civilizadas ostentan sus fil\u00f3sofos, sus matem\u00e1ticos, sus f\u00edsicos y naturalistas, todos, en fin, aquellos de sus hijos preclaros que han ilustrado el nombre de la patria, enlaz\u00e1ndolo a la obra com\u00fan del progreso humano. Bajo este aspecto, los espa\u00f1oles tenemos mayor necesidad de ejercitar el patriotismo, por el desd\u00e9n con que, por causas que no queremos analizar aqu\u00ed, hemos mirado durante muchos siglos cuanto se refiere a la investigaci\u00f3n cient\u00edfica y a sus fecundas aplicaciones a la vida. Obligaci\u00f3n inexcusable de cuantos conservamos todav\u00eda sensible la fibra del patriotismo, m\u00e1s de una vez herida por los dardos de la cr\u00edtica extranjera, es volver por el prestigio de la raza y de la Ciencia espa\u00f1ola, probando a los extra\u00f1os que quienes siglos atr\u00e1s supieron inmortalizar sus nombres, as\u00ed en las legendarias haza\u00f1as de la guerra y en los peligros de exploraciones y descubrimientos geogr\u00e1ficos, como en las pac\u00edficas empresas del Arte, de la Literatura y de la Historia, sabr\u00e1n tambi\u00e9n luchar con igual tes\u00f3n y energ\u00eda en la investigaci\u00f3n de la Naturaleza, colaborando, al comp\u00e1s de los pueblos m\u00e1s ilustrados, en la obra magna de la civilizaci\u00f3n y del progreso.\n\nLos est\u00edmulos del patriotismo y de la gloria son excelentes para mover al sabio a grandes empresas; no le bastar\u00e1n, empero, si no posee un gran amor a la Ciencia, y si no aspira a obtener un aplauso, que vale m\u00e1s que el otorgado por la sociedad: el aplauso de su propia conciencia, reforzado por el sentimiento de la propia estima. Fuerte en este sentimiento, no har\u00e1n mella en su \u00e1nimo ni el silencio artificioso de sus \u00e9mulos \u2013que muchas veces, como dice Goethe, afectan ignorar lo que desean permanezca ignorado\u2013, ni la desconsideraci\u00f3n del medio, ni el desd\u00e9n de las Corporaciones oficiales. Las consideraciones que el mundo rinde al poder de la nobleza o del dinero no son nunca objeto de la codicia o de la envidia del sabio, porque siente en s\u00ed mismo una nobleza superior a todas las caprichosamente otorgadas por la ciega fortuna o por el buen humor de los pr\u00edncipes. Esta nobleza, de la que se envanece con tanto mayor motivo cuanto que es su propia obra, consiste en ser ministro del progreso, sacerdote de la verdad y confidente del Creador. \u00c9l acierta exclusivamente a comprender algo de ese lenguaje misterioso que Dios ha escrito en los fen\u00f3menos de la Naturaleza; y a \u00e9l solamente le ha sido dado desentra\u00f1ar la maravillosa obra de la Creaci\u00f3n para rendir a la Divinidad uno de los cultos m\u00e1s gratos y aceptos a un Supremo entendimiento, el de estudiar sus portentosas obras, para en ellas y por ellas conocerle, admirarle y reverenciarle. Bajo este punto de vista cabr\u00eda decir, con cierta osad\u00eda de lenguaje, que los dem\u00e1s hombres, incluyendo reyes y magnates, representan el protoplasma vegetativo de la Humanidad, el eslab\u00f3n de carne, que enlaza por ley de herencia, y de siglo en siglo o de lustro en lustro, aquellos elevados esp\u00edritus. La sociedad iletrada merece tambi\u00e9n consideraciones, no s\u00f3lo por estar formada de hombres que no tienen la culpa de pertenecer a esa <span class=\"c1\">gran edici\u00f3n en r\u00fastica y de surtido<\/span> de que hablaba F\u00edgaro, sino porque ella con sus exigencias, a veces con sus rigores, a menudo con sus aplausos, da ocasi\u00f3n a la aparici\u00f3n de aquellos seres privilegiados.\n\nA\u00f1adamos que el cultivo de la Ciencia proporciona emociones y placeres extraordinarios. En el solemne momento en que la Naturaleza, tras repetida y porfiada interrogaci\u00f3n, nos abandona una de sus ansiadas confidencias, el investigador es presa de la m\u00e1s sublime de las emociones. La alegr\u00eda es tan grande, y tan completo el olvido de los miserables bienes de la tierra, y hasta de todas las f\u00fatiles conveniencias con que la educaci\u00f3n social intenta disimular la emoci\u00f3n, que se comprende perfectamente aquella sublime locura de Arqu\u00edmedes, de quien cuentan los historiadores que, fuera de s\u00ed por la resoluci\u00f3n de un problema profundamente meditado, sali\u00f3 casi desnudo de su casa lanzando el famoso <span class=\"c1\">Eureka:<\/span> \u00a1Lo he encontrado! \u00a1Qui\u00e9n no recuerda la alegr\u00eda y la emoci\u00f3n de Newton al ver confirmada por el c\u00e1lculo, y en presencia de los nuevos datos aportados por Picard con la medici\u00f3n de un meridiano terrestre, su intuici\u00f3n general de la atracci\u00f3n universal! Todo investigador, por modesto que sea, habr\u00e1 sentido alguna vez algo de aquella sobrehumana satisfacci\u00f3n que debi\u00f3 experimentar Col\u00f3n al oir el grito de \u00a1Tierra! \u00a1Tierra! lanzado por Rodrigo de Triana. Este placer indefinible, al lado del cual todas las dem\u00e1s fruiciones de la vida se reducen a p\u00e1lidas sensaciones, indemniza sobradamente al investigador de la pesada y trabajosa labor anal\u00edtica, precursora, como el dolor al parto, de la aparici\u00f3n de la nueva verdad. Tan exacto es que para el sabio no hay nada comparable a la verdad descubierta por \u00e9l, que no se hallar\u00e1 acaso un investigador capaz de cambiar la paternidad de una conquista cient\u00edfica por todo el oro de la tierra. Y si existe alguno que busca en la Ciencia, en vez del aplauso de los doctos y de la \u00edntima satisfacci\u00f3n asociada a la funci\u00f3n misma del descubrir, un medio de granjear oro, \u00e9ste tal ha errado la vocaci\u00f3n: al ejercicio de la industria o del comercio debi\u00f3 por junto dedicarse.\n","rendered":"<p>Estas cualidades son: la independencia intelectual, el amor a la ciencia, la perseverancia en el trabajo, y la religi\u00f3n del honor y de la gloria. De atributos intelectuales no hay que hablar, pues damos por supuesto que el aficionado a la inquisici\u00f3n cient\u00edfica goza de un regular entendimiento, de no despreciable imaginaci\u00f3n, y sobre todo de esa arm\u00f3nica ponderaci\u00f3n de facultades que vale mucho m\u00e1s que el talento brillante pero irregular y desequilibrado. Afirma Carlos Richet que en el hombre de genio se juntan los idealismos de D. Quijote y el buen sentido de Sancho. Algo de esta feliz conjunci\u00f3n de atributos debe poseer el investigador: temperamento art\u00edstico que le lleve a buscar y contemplar el n\u00famero, la medida y la armon\u00eda de las cosas, y un buen sentido cr\u00edtico capaz de refrenar los arranques temerarios de la imaginaci\u00f3n, y de hacer que prevalezcan, en esa lucha por la vida que entablan en nuestra mente las ideas, los pensamientos que m\u00e1s fielmente traducen la realidad objetiva.<\/p>\n<p><strong><span class=\"c1\">a. Independencia de juicio.<\/span><\/strong><\/p>\n<p>Rasgo dominante en los investigadores eminentes es la altiva independencia de criterio. Ante la obra de sus predecesores y maestros no permanecen humildes y asombrados, sino recelosos y escudri\u00f1adores. Aquellos esp\u00edritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron la obra anat\u00f3mica de Galeno, y aquellos otros llamados Cop\u00e9rnico, Kepler, Newton y Huyghens, que echaron abajo la astronom\u00eda de los antiguos, fueron sin duda sagaces entendimientos, pero ante todo poseyeron una individualidad intelectual vigorosa y una osad\u00eda cr\u00edtica extraordinaria. De los d\u00f3ciles y humildes pueden salir los santos, pocas veces los sabios. Tengo para m\u00ed que el excesivo cari\u00f1o a la tradici\u00f3n, el obstinado empe\u00f1o en fijar la ciencia en las viejas f\u00f3rmulas del pasado, cuando no denuncian una gran pereza mental, representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.<\/p>\n<p>\u00a1Desgraciado del que, en presencia de un libro, queda mudo y absorto! La admiraci\u00f3n extremada disminuye nuestra personalidad y ofusca nuestro entendimiento, que llega a tomar las hip\u00f3tesis por demostraciones, las sombras por claridades. Harto se me alcanza que no es dado a todos sorprender a la primera lectura los vac\u00edos y lunares de un libro inspirado. La admiraci\u00f3n, como todos los estados personales, excluye todo otro sentimiento. Si despu\u00e9s de una lectura sugestiva nos sentimos d\u00e9biles, dejemos pasar algunos d\u00edas: fr\u00eda la cabeza y sereno el juicio, procedamos a una segunda, y hasta a una tercera lectura: poco a poco los vac\u00edos aparecen; los razonamientos endebles se patentizan; las hip\u00f3tesis ingeniosas pierden sus prestigios y ense\u00f1an lo deleznable de sus cimientos; la magia misma del estilo acaba por hallarnos insensibles; nuestro entendimiento, en fin, reacciona; el libro no tiene en nosotros un devoto, sino un juez. Este es el momento de investigar, de cambiar las hip\u00f3tesis del autor por otras m\u00e1s razonables, de someterlo todo a la piedra de toque de la experimentaci\u00f3n.<\/p>\n<p>A la manera de muchas bellezas naturales, las obras humanas necesitan, para no perder sus encantos, ser contempladas a distancia. El an\u00e1lisis es el microscopio que nos aproxima al objeto, y nos muestra el tapiz por el rev\u00e9s, destruyendo la ilusi\u00f3n al poner ante nuestros ojos lo artificioso del bordado y los defectos del dibujo.<\/p>\n<p>Acaso se dir\u00e1 que en los presentes tiempos, que han visto derrocados tantos \u00eddolos y mermados o desconocidos muchos viejos prestigios, no es necesario un llamamiento al sentido cr\u00edtico y al esp\u00edritu de duda. Cierto que no es tan urgente hoy como en otras \u00e9pocas, pero todav\u00eda conserva la rutina sus fueros: a\u00fan se da con harta frecuencia el fen\u00f3meno de que los disc\u00edpulos de un hombre ilustre gasten sus talentos, no en esclarecer nuevos problemas, sino en defender los errores del maestro. No vale desconocer que tambi\u00e9n, en esta \u00e9poca de libre examen y de irreverente cr\u00edtica, la disciplina de escuela reina en las Universidades de Francia, Alemania e Italia con un despotismo tal, que sofoca a veces las mejores iniciativas e impide la <span class=\"c1\">eclosi\u00f3n<\/span> de los pensadores m\u00e1s originales. Los que nos batimos en la brecha como simples soldados, \u00a1cu\u00e1ntos ejemplos elocuentes podr\u00edamos citar de esta servidumbre de escuela o de cen\u00e1culo! \u00a1Qu\u00e9 de talentos conocemos que no han tenido m\u00e1s desgracia que haber sido disc\u00edpulos de un grande hombre! Y aqu\u00ed nos referimos a esas naturalezas generosas y agradecidas, las cuales, sabiendo ver la verdad, no osan declararla por no quitar al maestro una parte de un prestigio que, hall\u00e1ndose fundado en falsa ciencia, caer\u00e1, tarde o temprano, en poder de adversarios menos escrupulosos. Por lo que hace a esas naturalezas d\u00f3ciles, tan f\u00e1ciles a la inducci\u00f3n como tercas en sus errores, que suelen rodear a los jefes de secta en Par\u00eds como en Berl\u00edn, su misi\u00f3n ha sido siempre adular al genio y aplaudir sus extrav\u00edos. Este es el pleito-homenaje que la median\u00eda rinde com\u00fanmente al talento superior: lo que se comprende bien recordando que los cerebros d\u00e9biles entienden mejor el error, casi siempre sencillo, que la verdad, a menudo tan austera como dif\u00edcil.<\/p>\n<p><strong><span class=\"c1\">b. Perseverancia en el estudio.<\/span><\/strong><\/p>\n<p>Ponderan con raz\u00f3n los tratadistas de l\u00f3gica la virtud creadora de la atenci\u00f3n; pero insisten poco en una variedad del atender que cabr\u00eda llamar polarizaci\u00f3n cerebral o atenci\u00f3n cr\u00f3nica, o, en otros t\u00e9rminos, la orientaci\u00f3n permanente durante meses, y aun a\u00f1os, de todas nuestras facultades sobre un objeto de estudio. Infinitos son los talentos vigorosos que, por carecer de este atributo que los franceses designan <i>esprit de suite<\/i>, se esterilizan en sus meditaciones. A docenas podr\u00eda yo citaros espa\u00f1oles que, poseyendo un ingenio admirablemente adecuado para la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, se retiran de una cuesti\u00f3n sin haber medido seriamente sus fuerzas, y justamente en el momento mismo en que la Naturaleza iba a pagar sus afanes con la revelaci\u00f3n ansiosamente esperada. Llenos est\u00e1n nuestros claustros y laboratorios de estas naturalezas tornadizas e inquietas, que aman la investigaci\u00f3n y se pasan los d\u00edas, de turbio en turbio, ante la retorta o el microscopio: su febril actividad rev\u00e9lase en la avalancha de conferencias, folletos y libros en que prodigan una erudici\u00f3n y un talento considerables; fustigan continuamente la turba g\u00e1rrula de traductores y sofistas, proclamando la necesidad inexcusable de la observaci\u00f3n y el estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma; y cuando, tras largos a\u00f1os de propaganda y de labor experimental, se pregunta a los \u00edntimos de tales hombres, a los que constituyen el misterioso cen\u00e1culo donde aqu\u00e9llos ofician de pontifical, por los descubrimientos del sublime maestro, confiesan ruborosos que la misma fuerza del talento, la casi imposibilidad de ver en peque\u00f1o, la extraordinaria latitud y alcance de la obra emprendida, ha imposibilitado llevar a cabo ning\u00fan progreso parcial y positivo. He aqu\u00ed el fruto de la flaqueza de atenci\u00f3n, complicada con una lamentable equivocaci\u00f3n sobre el alcance del propio talento.<\/p>\n<p>Para llevar a feliz t\u00e9rmino una indagaci\u00f3n cient\u00edfica, una vez aplicados los m\u00e9todos conducentes al fin, debemos fijar fuertemente el objeto en nuestro esp\u00edritu, a fin de provocar en\u00e9rgicas corrientes de pensamiento; es decir, asociaciones cada vez m\u00e1s complejas y precisas entre las im\u00e1genes recibidas por la observaci\u00f3n y las ideas que dormitan en nuestro inconsciente: ideas que s\u00f3lo una concentraci\u00f3n vigorosa de nuestras energ\u00edas cerebrales podr\u00e1 llevar al campo de la conciencia. No basta la atenci\u00f3n expectante, ahincada: es preciso llegar a la preocupaci\u00f3n. Importa aprovechar para la obra todos los momentos l\u00facidos de nuestro cerebro: ya la meditaci\u00f3n que sigue al descanso prolongado; ya el trabajo mental supraintensivo que s\u00f3lo da la c\u00e9lula nerviosa caldeada por la congesti\u00f3n; ora, en fin, la inesperada intuici\u00f3n que brota a menudo, como chispa del eslab\u00f3n, del choque de la discusi\u00f3n cient\u00edfica.<\/p>\n<p>Casi todos los que dudan de sus propias fuerzas, ignoran el maravilloso poder de la atenci\u00f3n prolongada. Esta polarizaci\u00f3n cerebral, sostenida durante meses en un cierto orden de percepciones, afina el entendimiento, y condensando, como en un foco, toda la luz del pensamiento sobre el nudo del problema, permite descubrir en \u00e9ste relaciones inesperadas. Dir\u00edase que el cerebro humano goza, como la placa fotogr\u00e1fica, de la virtud de impresionarse (a condici\u00f3n de prolongar suficientemente el tiempo de exposici\u00f3n) por los m\u00e1s tenues resplandores de las ideas. A fuerza de horas, una placa situada en el foco de un anteojo dirigido a las estrellas, llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio m\u00e1s potente es incapaz de mostrarlos: a fuerza de tiempo y de atenci\u00f3n, el cerebro llega tambi\u00e9n a percibir un rayo de luz en las negruras del m\u00e1s abstruso problema.<\/p>\n<p>Durante esta larga incubaci\u00f3n intelectual, el investigador, a la manera del son\u00e1mbulo, que s\u00f3lo oye la voz de su hipnotizador, no ve ni considera otra cosa que lo relacionado con el objeto de estudio: en la c\u00e1tedra, en el paseo, en el teatro, en la conversaci\u00f3n, hasta en la lectura meramente art\u00edstica, busca ocasi\u00f3n de intuiciones, de comparaciones y de hip\u00f3tesis, que le permitan llevar alguna luz a la cuesti\u00f3n que le obsesiona. En este proceso mental, precursor del descubrimiento, nada es in\u00fatil: los primeros groseros errores, as\u00ed como las falsas rutas por donde la imaginaci\u00f3n se aventura, son necesarios, pues acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el \u00e9xito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros informes bocetos.<\/p>\n<p>Cuando se reflexiona sobre esta curiosa propiedad que el hombre posee de cambiar y perfeccionar su actividad mental con relaci\u00f3n a un objeto o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anat\u00f3mica y din\u00e1micamente, adapt\u00e1ndose progresivamente al problema o materia de la atenci\u00f3n. Esta superior organizaci\u00f3n adquirida por las c\u00e9lulas nerviosas determina lo que yo llamar\u00eda <span class=\"c1\">talento especial<\/span> o <span class=\"c1\">de adaptaci\u00f3n,<\/span> y tiene por resorte la propia voluntad, es decir, la resoluci\u00f3n en\u00e9rgica de conformar nuestro entendimiento a la magnitud del asunto. En cierto sentido no ser\u00eda parad\u00f3jico decir que el hombre que plantea un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve: por donde tienen f\u00e1cil y llana explicaci\u00f3n esas exclamaciones de asombro en que prorrumpe todo investigador al considerar lo f\u00e1cil de la soluci\u00f3n tan laboriosamente buscada. \u00a1C\u00f3mo no se me ocurri\u00f3 esto desde el principio!, exclamamos. \u00a1En qu\u00e9 pensaba yo que no vi el descamino por donde la imaginaci\u00f3n me conduc\u00eda!.<\/p>\n<p>En realidad, mientras se desenvuelve el proceso de la investigaci\u00f3n, se establece un doble trabajo de acomodamiento: el entendimiento se adapta al objeto, acrecentando sus recursos y energ\u00edas; y, por su parte, el objeto se acomoda al entendimiento, present\u00e1ndose bajo una faz m\u00e1s sencilla y abordable, por consecuencia de las divisiones, abstracciones y simplificaciones de toda clase que le impone el sabio durante la campa\u00f1a anal\u00edtica.<\/p>\n<p>En los tiempos que corremos, en que la investigaci\u00f3n cient\u00edfica se ha convertido en una profesi\u00f3n regular que cobra n\u00f3mina del Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema; necesita adem\u00e1s imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos hermosos tiempos de anta\u00f1o en que el curioso de la Naturaleza, recogido en el silencio de su gabinete, pod\u00eda estar seguro de que ning\u00fan \u00e9mulo vendr\u00eda a turbar sus tranquilas meditaciones. Hoga\u00f1o, la investigaci\u00f3n es fiebre: apenas un nuevo m\u00e9todo se esboza, numerosos sabios se aprovechan de \u00e9l, aplic\u00e1ndolo casi simult\u00e1neamente a los mismos temas, y mermando la gloria del iniciador, que carece de la holgura y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su laboriosidad y buena estrella. Inevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas de prioridad. Y es que, lanzada al p\u00fablico una idea, entra a formar parte de esa atm\u00f3sfera intelectual donde todos nutrimos nuestro esp\u00edritu; y, en virtud del isocronismo funcional reinante en las cabezas educadas y polarizadas para un trabajo dado, la idea nueva es simult\u00e1neamente asimilada en Par\u00eds y en Berl\u00edn, en Londres y en Viena, casi de id\u00e9ntico modo, y reflejada y transformada en iguales desarrollos y aplicaciones. Esto explica la impaciencia por publicar, as\u00ed como lo imperfecto y fragmentario de muchas indagaciones. El af\u00e1n de llegar antes nos hace alguna vez incurrir en ligerezas; pero, \u00a1cu\u00e1ntas veces, el ansia febril de tocar la meta los primeros, nos granjea el m\u00e9rito de la prioridad!<\/p>\n<p>En Espa\u00f1a, donde la pereza es, no ya un vicio, sino una religi\u00f3n, se comprenden dif\u00edcilmente esas monumentales obras de los qu\u00edmicos, naturalistas y m\u00e9dicos alemanes, en las cuales s\u00f3lo el tiempo necesario para la ejecuci\u00f3n de los dibujos y la consulta bibliogr\u00e1fica parece deber contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros se han redactado en uno o dos a\u00f1os, pac\u00edficamente, sin febriles apresuramientos. Todo el secreto est\u00e1 en el m\u00e9todo de estudio; en aprovechar para la labor todo el tiempo h\u00e1bil; en no entregarse al diario descanso sin haber consagrado dos o tres horas por lo menos a la tarea; en poner un prudente l\u00edmite a esa dispersi\u00f3n de la atenci\u00f3n y a ese derroche de tiempo que nos cuesta el trato social; en ahorrar, en fin, en lo posible el gasto mental que supone esa ch\u00e1chara ingeniosa del caf\u00e9 y de la tertulia, que nos resta fuerzas nerviosas y nos desv\u00eda, con nuevas y f\u00fatiles preocupaciones, de la tarea principal. Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagrar al tema m\u00e1s que dos horas, no abandonemos el trabajo a pretexto de que necesitar\u00edamos cuatro o seis. Como dice juiciosamente Payot, \u00abpoco basta cada d\u00eda, si cada d\u00eda logramos ese poco\u00bb.<\/p>\n<p>Lo malo de ciertas distracciones demasiado dominantes no consiste tanto en el tiempo que nos roban, cuanto en la p\u00e9rdida de esa polarizaci\u00f3n cerebral, de esa especie de tonalidad que nuestras c\u00e9lulas nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a un asunto dado. Esto no excluye, naturalmente, las distracciones; pero las del investigador ser\u00e1n siempre ligeras y tales que no estorben en nada las nuevas asociaciones cerebrales: el paseo al aire libre, la contemplaci\u00f3n de las obras art\u00edsticas o de las fotograf\u00edas de escenas, de pa\u00edses y de monumentos, la m\u00fasica alegre y expansiva, y sobre todo la compa\u00f1\u00eda de una persona que, penetrada de nuestra situaci\u00f3n, evite cuidadosamente toda conversaci\u00f3n grave y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos del hombre de laboratorio. Bajo este aspecto, nada mejor puede hacerse que seguir la regla de Buffon, cuyo abandono en la conversaci\u00f3n (que chocaba a muchos admiradores de la galanura y elevaci\u00f3n de su estilo como escritor) lo justificaba diciendo: \u00abEstos son mis momentos de descanso\u00bb. En resumen: toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la perseverancia, combinadas con una atenci\u00f3n orientada tenazmente durante meses y aun a\u00f1os hacia un objeto particular. As\u00ed lo han confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto de sus m\u00e9todos. Newton declaraba que, s\u00f3lo pensando siempre en la misma cosa, hab\u00eda llegado a la maravillosa ley de la atracci\u00f3n universal; de Darwin refiere uno de sus hijos que lleg\u00f3 a tal concentraci\u00f3n en el estudio de los hechos biol\u00f3gicos, relacionados con el gran principio de la evoluci\u00f3n, que se priv\u00f3, durante muchos a\u00f1os y de modo sistem\u00e1tico, de toda lectura y meditaci\u00f3n extra\u00f1as al blanco de sus pensamientos; y Buffon no vacilaba en decir que el genio no es sino paciencia extremada. Suya es tambi\u00e9n esta respuesta a los que le preguntaban c\u00f3mo hab\u00eda conquistado la gloria: \u00abPasando cuarenta a\u00f1os de mi vida inclinado sobre mi escritorio\u00bb. Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas cient\u00edficas exigen, m\u00e1s que vigor intelectual, una disciplina severa de la voluntad y una perenne subordinaci\u00f3n de todas las fuerzas mentales a un objeto de estudio, \u00a1cu\u00e1n grande es el da\u00f1o que causan inconscientemente los bi\u00f3grafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas cient\u00edficas al genio y no a la paciencia! \u00a1Qu\u00e9 m\u00e1s desea la flaca voluntad del estudiante o del novel doctor que poder legitimar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesi\u00f3n de insuficiencia intelectual!. De esta man\u00eda de exaltar sin medida el talento de los grandes investigadores, sin parar mientes en el desaliento causado en el lector, no est\u00e1n exentos ni aun bi\u00f3grafos de tan buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiograf\u00edas, en las que el sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con sus debilidades y pasiones, con sus errores y aciertos, constituyen un verdadero t\u00f3nico moral. Tras estas lecturas, henchido el \u00e1nimo de esperanza, no es raro que el lector exclame: <i>\u00abAnche io sono pittore\u00bb<\/i>.<\/p>\n<p><strong><span class=\"c1\">c. Pasi\u00f3n por la gloria.<\/span><\/strong><\/p>\n<p>La psicolog\u00eda del investigador se aparta un tanto de la que posee la sociedad de que forma parte. Sin duda le alientan las aspiraciones y le mueven los mismos resortes que a los dem\u00e1s hombres; pero en el sabio existen dos que obran con desusado vigor: el amor a la ciencia y la pasi\u00f3n por la gloria. El predominio de estas dos pasiones explica la vida entera del investigador; y del contraste del ideal que \u00e9ste se forma de la existencia, y el que se crea el vulgo de los hombres, resultan esas luchas, esos desv\u00edos y esas incomprensiones rec\u00edprocas que en todo tiempo han marcado las relaciones del sabio con el ambiente social.<\/p>\n<p>Para un soci\u00f3logo, el hombre de ciencia se presenta con los caracteres mentales del inadaptado. Pero esta falta de adecuaci\u00f3n entre la organizaci\u00f3n social y los sentimientos e ideales del investigador es m\u00e1s aparente que real: la adaptaci\u00f3n existe positivamente, pero no con relaci\u00f3n al ambiente actual, sino con relaci\u00f3n al del porvenir. El sabio, a pesar de todo, no es pesimista: combate el r\u00e9gimen intelectual existente para crear algo mejor que lo reemplace. Gracias a esos singulares talentos, cuya mirada penetra en las sombras del porvenir, y cuya exquisita sensibilidad les fuerza a condolerse de los errores y estancamientos de la rutina, es posible el progreso social y cient\u00edfico. S\u00f3lo al sabio le es dado oponerse a la corriente y modificar el medio moral; y bajo este aspecto es l\u00edcito afirmar que la misi\u00f3n del investigador no es la adaptaci\u00f3n de sus ideas a las de la sociedad, sino la adaptaci\u00f3n de la sociedad a sus ideas; y como tenga raz\u00f3n (y la suele tener), y proceda con esa suave manera con que la Naturaleza procede en sus creaciones, tarde o temprano la humanidad le sigue, le aplaude, y le cubre de gloria. En espera de este leg\u00edtimo tributo de respeto y de justicia trabaja todo investigador, porque sabe que, si los individuos son capaces de ingratitud, pocas veces lo son las colectividades, como alcancen plena conciencia de la realidad y utilidad de una idea.<\/p>\n<p>En grado variable, el af\u00e1n del aplauso agita a todos los hombres, y preferentemente a los dotados de peregrino entendimiento. Empero cada cual busca la gloria por distinto camino: uno marcha por el de las armas, tan celebrado por Cervantes en su <span class=\"c1\">Quijote,<\/span> y aspira a acrecentar la grandeza pol\u00edtica de su pa\u00eds; otros van por el del arte, ansiando el f\u00e1cil aplauso de las muchedumbres, que comprenden mucho mejor la belleza que la verdad; y unos pocos solamente en cada pa\u00eds, y singularmente en los m\u00e1s civilizados, siguen el de la investigaci\u00f3n cient\u00edfica, el solo derrotero que puede conducirnos a una explicaci\u00f3n racional y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea. Tengo para m\u00ed que esta aspiraci\u00f3n es una de las m\u00e1s dignas y loables que el hombre puede perseguir, porque acaso m\u00e1s que ninguna otra se halla impregnada con el perfume del amor y de la caridad universales.<\/p>\n<p>Nunca se repetir\u00e1 bastante el contraste que existe entre la figura moral del sabio y la del h\u00e9roe. Ambos representan los polos de la energ\u00eda humana y son igualmente necesarios al progreso y bienestar de los pueblos; pero la transcendencia de sus obras es harto diversa. Lucha el sabio en beneficio de la humanidad entera, ya para aumentar y dignificar la vida, ya para ahorrar el esfuerzo humano; ora para acallar el dolor, ora para retardar y dulcificar la muerte. Por el contrario, el h\u00e9roe sacrifica a su prestigio una parte m\u00e1s o menos considerable de la humanidad; su estatua se alza siempre sobre un pedestal de ruinas y cad\u00e1veres; su triunfo es exclusivamente celebrado por una tribu, por un partido o por una naci\u00f3n; y deja tras s\u00ed, en el pueblo vencido, y a menudo en la historia, reguero de odios y de sangrientas reivindicaciones. En cambio, la corona del sabio ot\u00f3rgala la humanidad entera; su estatua tiene por pedestal el amor, y sus triunfos desaf\u00edan a los ultrajes del tiempo y a los juicios de la historia: sus \u00fanicas v\u00edctimas son los ignorantes, los incompletos, los at\u00e1vicos, los que medran con el abuso; todos, en fin, los que en una sociedad bien organizada debieran ser desterrados como enemigos declarados de la felicidad de los buenos.<\/p>\n<p>Juzgo completamente necesario que el maestro, si quiere evitar la esterilidad de sus afanes, se rodee de esos esp\u00edritus generosos tan sensibles al aguij\u00f3n de la gloria como entusiastas de la contemplaci\u00f3n de la Naturaleza. En nuestro sentir, el hombre vale mucho menos por su entendimiento que por sus pasiones. Como nuestro disc\u00edpulo carezca de pasiones elevadas, en vano le exigiremos la renuncia de los placeres materiales o de las fr\u00edvolas ocupaciones de la vida. En la puerta de cada laboratorio, en ese templo sagrado donde la Naturaleza se digna revelar a sus devotos algunos de sus augustos misterios, debieran escribirse estas palabras: \u00a1Adelante los que sientan ansia de ideal, los que desean subordinar su vida a una idea grande! \u00a1Atr\u00e1s los Sancho Panzas cient\u00edficos, los que buscan la verdad para explotarla, los que desean convertir la pur\u00edsima doncella de la Ciencia en meretriz envilecida!<\/p>\n<p>Tan convencido estoy de que la verdadera utilidad social de un hombre depende, no de lo que sabe, sino de lo que desea, que estimo por superior para el cultivo de la Ciencia un mediano entendimiento, pero apasionado por el estudio y ganoso de reputaci\u00f3n, que un talento superior, falto de energ\u00eda e indiferente a los halagos de la notoriedad.<\/p>\n<p>No faltan, afortunadamente, en nuestra patria esos esp\u00edritus generosos que cifran su dicha en conquistar el aplauso de la opini\u00f3n; pero, por desgracia, y salvadas algunas y muy honrosas excepciones, nuestros ingenios prefieren ganar el lauro por la senda del arte o de la literatura, en lo cual muchos de ellos se equivocan; pues exceptuando unos cuantos talentos art\u00edsticos y literarios muy elevados, cuya obra ser\u00e1 acaso aplaudida por la mayor parte de los pueblos, \u00a1cu\u00e1n pocos de nuestros pintores y poetas pasar\u00e1n a la posteridad con pronunciamientos favorables! \u00a1Cu\u00e1ntos que luchan en vano por crearse un nombre como literatos, podr\u00edan alcanzarlo, sin tantos esfuerzos quiz\u00e1, como hombres de ciencia! \u00a1Qu\u00e9 dif\u00edcil la originalidad en un terreno en que casi todo est\u00e1 dicho por los antiguos, los cuales, con aquella maravillosa intuici\u00f3n de la belleza literaria y de la forma pl\u00e1stica, apenas dejaron nada que espigar en el campo del arte! Despu\u00e9s de leer las oraciones de Dem\u00f3stenes y de Cicer\u00f3n, las vidas paralelas de Plutarco, y las arengas de <span class=\"c1\">las D\u00e9cadas<\/span> de Tito Livio, se adquiere la convicci\u00f3n de que ning\u00fan orador moderno ha podido inventar un resorte nuevo para persuadir el entendimiento o mover el coraz\u00f3n humano. El papel del orador actual es aplicar a casos determinados y m\u00e1s o menos nuevos los innumerables t\u00f3picos de forma y argumentaci\u00f3n, imaginados por los autores cl\u00e1sicos. \u00bfY qu\u00e9 diremos de los que buscan en la poes\u00eda o en la alta prosa el prestigio de la originalidad? Despu\u00e9s de Homero y de Virgilio, de Horacio y de Marcial, de Shakespeare y Milton, de Goethe y de Heine, de Espronceda y Zorrilla, \u00bfqui\u00e9n es el osado que pretende inventar una figura po\u00e9tica, un matiz de expresi\u00f3n sentimental, una exquisitez de estilo, que hayan desconocido aquellos incomparables ingenios?.<\/p>\n<p>No pretendemos negar en absoluto la posibilidad de creaciones art\u00edsticas, comparables y acaso superiores a las legadas por los cl\u00e1sicos; afirmamos solamente que son dificil\u00edsimas y que exigen m\u00e1s trabajo que las producciones cient\u00edficas originales. Y la raz\u00f3n es obvia: el arte, atenido al concepto vulgar del Universo y nutri\u00e9ndose en el terreno del sentimiento, ha tenido tiempo de agotar cuasi del todo el contenido del alma humana; mientras que la Ciencia, apenas desflorada por los antiguos y totalmente ajena, as\u00ed al sentimentalismo del arte como a las invariables reglas de la tradici\u00f3n, acumula por cada d\u00eda nuevos materiales y nos brinda con una labor inacabable. Ante el cient\u00edfico est\u00e1 el Universo entero apenas explorado: el cielo salpicado de soles, que se agitan en las tinieblas de un espacio infinito; el mar con sus misteriosos abismos; la tierra guardando en sus entra\u00f1as el pasado de la vida y las p\u00e1ginas de la historia del hombre; y la vida, obra maestra de la creaci\u00f3n, ofreci\u00e9ndonos en cada c\u00e9lula una inc\u00f3gnita, y en cada latido un tema de eterna meditaci\u00f3n.<\/p>\n<p>Llevado de mi entusiasmo, acaso caiga en exageraciones; pero estoy persuadido de que la verdadera originalidad se halla en la Ciencia, y que el sabio descubridor de un hecho es el \u00fanico que puede lisonjearse de haber hollado un terreno completamente virgen, y de haber creado una idea que no cruz\u00f3 jam\u00e1s por la mente humana. A\u00f1adamos que su idea, como real que es, no est\u00e1 sujeta a los vaivenes del gusto, a los odios de escuela, al silencio de la envidia, ni a los rid\u00edculos histerismos de la moda, que hoy rechaza por malo lo que ayer ensalz\u00f3 por sublime.<\/p>\n<p>No conviene empero extremar el paneg\u00edrico de la Ciencia; porque muchos literatos, oradores y artistas, que la desprecian sin entenderla \u2013o la entienden a la manera de Mr. Bruneti\u00e8re, cr\u00edtico que en un c\u00e9lebre art\u00edculo la declaraba en bancarrota por no haber cumplido lo que jam\u00e1s prometi\u00f3, ni est\u00e1 en su naturaleza realizar\u2013, nos atajar\u00edan con las siguientes reflexiones: \u00abLa gloria, nos dir\u00edan, del artista o del literato es de m\u00e1s subidos quilates que la del cient\u00edfico, porque es universal. Nuestro p\u00fablico se extiende desde el artesano al pr\u00f3cer, desde el sabio al ignorante; mientras que vosotros, obscuros investigadores de la Naturaleza, s\u00f3lo sois comprendidos de un corto n\u00famero de personas; y, a\u00fan de \u00e9sas, no pocas os critican antes de comprenderos. \u00a1Menguado concepto ten\u00e9is de la gloria, si cre\u00e9is que \u00e9sta puede resultar de la tibia alabanza de una docena de curiosos, esparcidos por toda la tierra! Contemplad, en cambio, la aureola de prestigio que rodea al orador, al artista y al poeta: la plebe los aclama, la Prensa los mima, el Estado los protege y paga, la burgues\u00eda celebra fiestas en su honor: todos, en fin, tienen a gala el honrarlos y enriquecerlos, porque el hombre da con m\u00e1s gusto su dinero y sus aplausos al que le distrae con una f\u00e1bula que al que le instruye con la verdad. En tanto, vosotros pas\u00e1is la vida atormentados en el estudio o en el laboratorio, y nadie os conoce, porque a nadie interesan esos descubrimientos que gozan del triste privilegio de arrancar una a una las m\u00e1s caras ilusiones. El poeta y la mujer, que aman ante todo el misterio, porque han menester de la sombra para proyectar sobre ella&nbsp;sus dorados ensue\u00f1os, mirar\u00e1n siempre con soberano desd\u00e9n vuestra insana curiosidad y no os perdonar\u00e1n nunca vuestro empe\u00f1o en probar que el azul del cielo es polvo sutil en que la luz se refleja; que la belleza resulta de la grosera combinaci\u00f3n de la grasa, el epitelio y el pigmento; que la mirada m\u00e1s espiritual es una contracci\u00f3n muscular; que la espl\u00e9ndida cabellera de la hermosa es un epitelio c\u00f3rneo; que la pasi\u00f3n es una hiperemia. No contentos con semejantes profanaciones, hab\u00e9is impurificado el sonrosado cutis de la virgen, pobl\u00e1ndolo con el <span class=\"c1\">bacillus epidermidis;<\/span> hab\u00e9is convertido el beso, esa sublime conjugaci\u00f3n de dos almas, en un grosero trueque de bacterias; hab\u00e9is desprestigiado el aura perfumada del valle y las azules y tranquilas aguas del lago con el repugnante <span class=\"c1\">bacilo tifoso,<\/span> o el insolente <span class=\"c1\">plasmodium malariae.<\/span> Vosotros, en fin, hab\u00e9is rodeado de ego\u00edsta temor el lecho donde languidece el tuberculoso, hab\u00e9is hecho recelosa a la caridad, y sembrado de terrores el amor\u00bb.<\/p>\n<p>\u00abFinalmente, a\u00f1adir\u00e1 el poeta, nuestras bellas creaciones son como el vino rancio que alegra la existencia y cura las llagas abiertas en el alma por las asperezas de la realidad; y las vuestras, el caf\u00e9 que aguza el entendimiento y le sumerge en insanas cavilaciones. Nuestro lenguaje es brillante y seductor, y tan elocuente que llega a todas las almas; vosotros habl\u00e1is un dialecto b\u00e1rbaro, mezcla de griego y lat\u00edn, que el pueblo no sabe ni quiere descifrar. Nuestros libros no envejecen nunca, y el p\u00fablico los paga como oro de ley; y la riqueza leg\u00edtimamente ganada y amasada con la gloria nos asegura un puesto distinguido en la sociedad, y la holganza de nuestros hijos; mientras que vuestras laboriosas monograf\u00edas s\u00f3lo son le\u00eddas por unos cuantos especialistas, cuyas ofrendas no os enriquecer\u00e1n jam\u00e1s\u00bb.<\/p>\n<p>He aqu\u00ed el lenguaje que, salvo alguna exageraci\u00f3n de forma, oyen de boca de artistas y literatos los aficionados al cultivo de las ciencias.<\/p>\n<p>Escuchadas con harta frecuencia por los d\u00e9biles, por los flacos de voluntad, semejantes falacias, donde las alegaciones del sentimiento ahogan los dictados de la raz\u00f3n, constituyen, aparte otras concausas, uno de los motivos de la escasez de hombres que en nuestro pa\u00eds buscan honor y gloria por el camino de la Filosof\u00eda y de la Ciencia. El desd\u00e9n de la sociedad y de los Gobiernos completa admirablemente esa obra de desaliento y de descr\u00e9dito.<\/p>\n<p>\u00abPero vamos a cuentas: cabr\u00eda decir, a guisa de confortativo moral, a nuestro desanimado investigador que ya contemplamos vencido y maltrecho por las especiosas razones del poeta: \u2013Si abrigas verdadera pasi\u00f3n por la ciencia y trabajas por la verdad, \u00bfqu\u00e9 te importan las frialdades y las incomprensiones del vulgo, que no aplaude sino lo que entiende, y entiende solamente lo peor? Yo no acierto a comprender por qu\u00e9 un Mozart o un Beethoven habr\u00edan de disgustarse por no arrancar aplausos de una tribu de <span class=\"c1\">boschimanes<\/span>. Vive el pueblo en la esfera del sentimiento, y pedirle calor y apoyo para quien ejercita la raz\u00f3n es empresa tan vana como desatinada. Adem\u00e1s, \u00bfc\u00f3mo eres tan d\u00e9bil de esp\u00edritu que te envanecen las alabanzas del ignorante y desde\u00f1as las del entendido? Tu p\u00fablico existe, digan lo que quieran poetas, pol\u00edticos y literatos, y es mucho m\u00e1s numeroso de lo que t\u00fa presumes y de lo que imaginan esos or\u00e1culos de tribu o de pandilla, los cuales, cuando aciertan a alegrar los cascos de un p\u00fablico desocupado y maleante, creen haber hecho un beneficio a la Humanidad entera. Tu p\u00fablico est\u00e1 formado por la nobleza del talento, y se extiende a todos los pa\u00edses, y habla todas las lenguas, y se dilata hasta las m\u00e1s lejanas generaciones del porvenir. Cierto que tu Senado no palmotea ni se descompone con transportes de pasi\u00f3n; pero habla y escribe con mesura, y acaba por hacer, pese a los ataques pasajeros de la envidia, una plena y perdurable justicia. Rid\u00edculo es medir el aplauso por el ruido de la claque o por el alboroto de indocta muchedumbre, y no por el encomio desapasionado de los espectadores conspicuos. Considera que, en materia de gloria, el supremo placer ser\u00eda merecer el aplauso de un Senado tan poco numeroso que s\u00f3lo lo formaran esos genios que la Humanidad produce de vez en cuando. Por lo cual hallar\u00e1s muy natural el noble orgullo con que el matem\u00e1tico y fil\u00f3sofo Fontenelle dec\u00eda a un magnate, al presentarle su tratado de la <span class=\"c1\">G\u00e9om\u00e9trie de l \u0301infini:<\/span> \u00abHe aqu\u00ed una obra que s\u00f3lo podr\u00e1n leer en Francia cuatro o seis personas\u00bb. Dignas son tambi\u00e9n de meditaci\u00f3n aquellas elocuent\u00edsimas palabras con que Kepler, radiante de j\u00fabilo y palpitante emoci\u00f3n por el descubrimiento de la \u00faltima de sus memorables leyes, terminaba su obra <span class=\"c1\">Harmonices mundi&nbsp;<\/span>diciendo: \u00abEchada est\u00e1 la suerte; y con esto pongo fin a mi libro, import\u00e1ndome poco que sea le\u00eddo por la edad presente o por la posteridad. No le faltar\u00e1 lector alg\u00fan d\u00eda. Pues qu\u00e9, \u00bfno ha tenido Dios que esperar seis mil a\u00f1os para hallar en m\u00ed un contemplador e int\u00e9rprete de sus obras?\u00bb.<\/p>\n<p>Y a los que te dicen que la Ciencia apaga toda poes\u00eda, secando las fuentes del sentimiento y el ansia de misterio que late en el fondo del alma humana, cont\u00e9stales que a la vana poes\u00eda del vulgo, basada en una noci\u00f3n err\u00f3nea del Universo, noci\u00f3n tan mezquina como pueril, t\u00fa sustituyes otra mucho m\u00e1s grandiosa y sublime, que es la poes\u00eda de la verdad, la incomparable belleza de la obra de Dios y de las leyes eternas por \u00c9l establecidas. Diles tambi\u00e9n que, si la Ciencia ha disipado misterios, descubre a cada paso que avanza otros, mil veces m\u00e1s grandiosos y solemnes: en el espacio y en el tiempo, as\u00ed en la materia como en la fuerza, tanto en el relampagueo de la idea como en el arranque de la pasi\u00f3n. A\u00f1ade, en fin, que el progreso cient\u00edfico, lejos de achicar el ideal humano, lo eleva y dignifica, poni\u00e9ndolo en el total dominio de las fuerzas c\u00f3smicas, en la redenci\u00f3n de la ignorancia, en el perfeccionamiento f\u00edsico y moral de la especie humana, en la supresi\u00f3n del dolor, en el retardo, y \u00a1qui\u00e9n sabe si en la desaparici\u00f3n! de la muerte natural.<\/p>\n<p><strong><span class=\"c1\">d. Patriotismo.<\/span><\/strong><\/p>\n<p>Entre los sentimientos que deben animar al sabio, merece particular menci\u00f3n el patriotismo. Este sentimiento tiene en el sabio un signo exclusivamente positivo: ans\u00eda elevar el prestigio de su patria, pero no denigrar el cr\u00e9dito de la de los otros.<\/p>\n<p>Se ha dicho que la Ciencia no tiene patria, y esto es cierto; pero como contestaba Pasteur en ocasi\u00f3n solemne, \u00ablos sabios s\u00ed que la tienen\u00bb. El hombre de Ciencia no solamente pertenece a la Humanidad, sino a una raza que se envanece con sus talentos, a una naci\u00f3n que se enaltece con sus triunfos, y a una regi\u00f3n que le considera como el fruto selecto de su terru\u00f1o.<\/p>\n<p>Representando la Ciencia y la Filosof\u00eda el orden m\u00e1s elevado de la actividad mental y el dinam\u00f3metro de la jerarqu\u00eda intelectual de cada raza, compr\u00e9ndese bien el noble orgullo con que las naciones civilizadas ostentan sus fil\u00f3sofos, sus matem\u00e1ticos, sus f\u00edsicos y naturalistas, todos, en fin, aquellos de sus hijos preclaros que han ilustrado el nombre de la patria, enlaz\u00e1ndolo a la obra com\u00fan del progreso humano. Bajo este aspecto, los espa\u00f1oles tenemos mayor necesidad de ejercitar el patriotismo, por el desd\u00e9n con que, por causas que no queremos analizar aqu\u00ed, hemos mirado durante muchos siglos cuanto se refiere a la investigaci\u00f3n cient\u00edfica y a sus fecundas aplicaciones a la vida. Obligaci\u00f3n inexcusable de cuantos conservamos todav\u00eda sensible la fibra del patriotismo, m\u00e1s de una vez herida por los dardos de la cr\u00edtica extranjera, es volver por el prestigio de la raza y de la Ciencia espa\u00f1ola, probando a los extra\u00f1os que quienes siglos atr\u00e1s supieron inmortalizar sus nombres, as\u00ed en las legendarias haza\u00f1as de la guerra y en los peligros de exploraciones y descubrimientos geogr\u00e1ficos, como en las pac\u00edficas empresas del Arte, de la Literatura y de la Historia, sabr\u00e1n tambi\u00e9n luchar con igual tes\u00f3n y energ\u00eda en la investigaci\u00f3n de la Naturaleza, colaborando, al comp\u00e1s de los pueblos m\u00e1s ilustrados, en la obra magna de la civilizaci\u00f3n y del progreso.<\/p>\n<p>Los est\u00edmulos del patriotismo y de la gloria son excelentes para mover al sabio a grandes empresas; no le bastar\u00e1n, empero, si no posee un gran amor a la Ciencia, y si no aspira a obtener un aplauso, que vale m\u00e1s que el otorgado por la sociedad: el aplauso de su propia conciencia, reforzado por el sentimiento de la propia estima. Fuerte en este sentimiento, no har\u00e1n mella en su \u00e1nimo ni el silencio artificioso de sus \u00e9mulos \u2013que muchas veces, como dice Goethe, afectan ignorar lo que desean permanezca ignorado\u2013, ni la desconsideraci\u00f3n del medio, ni el desd\u00e9n de las Corporaciones oficiales. Las consideraciones que el mundo rinde al poder de la nobleza o del dinero no son nunca objeto de la codicia o de la envidia del sabio, porque siente en s\u00ed mismo una nobleza superior a todas las caprichosamente otorgadas por la ciega fortuna o por el buen humor de los pr\u00edncipes. Esta nobleza, de la que se envanece con tanto mayor motivo cuanto que es su propia obra, consiste en ser ministro del progreso, sacerdote de la verdad y confidente del Creador. \u00c9l acierta exclusivamente a comprender algo de ese lenguaje misterioso que Dios ha escrito en los fen\u00f3menos de la Naturaleza; y a \u00e9l solamente le ha sido dado desentra\u00f1ar la maravillosa obra de la Creaci\u00f3n para rendir a la Divinidad uno de los cultos m\u00e1s gratos y aceptos a un Supremo entendimiento, el de estudiar sus portentosas obras, para en ellas y por ellas conocerle, admirarle y reverenciarle. Bajo este punto de vista cabr\u00eda decir, con cierta osad\u00eda de lenguaje, que los dem\u00e1s hombres, incluyendo reyes y magnates, representan el protoplasma vegetativo de la Humanidad, el eslab\u00f3n de carne, que enlaza por ley de herencia, y de siglo en siglo o de lustro en lustro, aquellos elevados esp\u00edritus. La sociedad iletrada merece tambi\u00e9n consideraciones, no s\u00f3lo por estar formada de hombres que no tienen la culpa de pertenecer a esa <span class=\"c1\">gran edici\u00f3n en r\u00fastica y de surtido<\/span> de que hablaba F\u00edgaro, sino porque ella con sus exigencias, a veces con sus rigores, a menudo con sus aplausos, da ocasi\u00f3n a la aparici\u00f3n de aquellos seres privilegiados.<\/p>\n<p>A\u00f1adamos que el cultivo de la Ciencia proporciona emociones y placeres extraordinarios. En el solemne momento en que la Naturaleza, tras repetida y porfiada interrogaci\u00f3n, nos abandona una de sus ansiadas confidencias, el investigador es presa de la m\u00e1s sublime de las emociones. La alegr\u00eda es tan grande, y tan completo el olvido de los miserables bienes de la tierra, y hasta de todas las f\u00fatiles conveniencias con que la educaci\u00f3n social intenta disimular la emoci\u00f3n, que se comprende perfectamente aquella sublime locura de Arqu\u00edmedes, de quien cuentan los historiadores que, fuera de s\u00ed por la resoluci\u00f3n de un problema profundamente meditado, sali\u00f3 casi desnudo de su casa lanzando el famoso <span class=\"c1\">Eureka:<\/span> \u00a1Lo he encontrado! \u00a1Qui\u00e9n no recuerda la alegr\u00eda y la emoci\u00f3n de Newton al ver confirmada por el c\u00e1lculo, y en presencia de los nuevos datos aportados por Picard con la medici\u00f3n de un meridiano terrestre, su intuici\u00f3n general de la atracci\u00f3n universal! Todo investigador, por modesto que sea, habr\u00e1 sentido alguna vez algo de aquella sobrehumana satisfacci\u00f3n que debi\u00f3 experimentar Col\u00f3n al oir el grito de \u00a1Tierra! \u00a1Tierra! lanzado por Rodrigo de Triana. Este placer indefinible, al lado del cual todas las dem\u00e1s fruiciones de la vida se reducen a p\u00e1lidas sensaciones, indemniza sobradamente al investigador de la pesada y trabajosa labor anal\u00edtica, precursora, como el dolor al parto, de la aparici\u00f3n de la nueva verdad. Tan exacto es que para el sabio no hay nada comparable a la verdad descubierta por \u00e9l, que no se hallar\u00e1 acaso un investigador capaz de cambiar la paternidad de una conquista cient\u00edfica por todo el oro de la tierra. Y si existe alguno que busca en la Ciencia, en vez del aplauso de los doctos y de la \u00edntima satisfacci\u00f3n asociada a la funci\u00f3n misma del descubrir, un medio de granjear oro, \u00e9ste tal ha errado la vocaci\u00f3n: al ejercicio de la industria o del comercio debi\u00f3 por junto dedicarse.<\/p>\n","protected":false},"author":1,"menu_order":4,"template":"","meta":{"pb_show_title":"on","pb_short_title":"","pb_subtitle":"","pb_authors":[],"pb_section_license":""},"chapter-type":[],"contributor":[],"license":[],"class_list":["post-41","chapter","type-chapter","status-publish","hentry"],"part":37,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/41","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters"}],"about":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/types\/chapter"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/41\/revisions"}],"part":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/parts\/37"}],"metadata":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapters\/41\/metadata\/"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=41"}],"wp:term":[{"taxonomy":"chapter-type","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/pressbooks\/v2\/chapter-type?post=41"},{"taxonomy":"contributor","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/contributor?post=41"},{"taxonomy":"license","embeddable":true,"href":"https:\/\/www.publiconsulting.com\/wordpress\/reglasyconsejos\/wp-json\/wp\/v2\/license?post=41"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}